lunes, 18 de noviembre de 2019

Dos Tipos de violencia de pareja

Comienzo con un breve resumen sobre la historia del estudio de la violencia de pareja en el que sigo casi al pie de la letra a Irene Hanson Frieze, una investigadora feminista, en este artículo.

La mayor parte de la investigación que se hizo en los años 70 y 80 del siglo pasado sobre la violencia en las relaciones de pareja fue llevada a cabo por autores feministas que estaban muy implicados con la situación de muchas mujeres a las que habían entrevistado o con las que habían trabajado, las cuales habían sido gravemente maltratadas por sus maridos o por los hombres con los que vivían. Muchos investigadores etiquetaron a estas mujeres como “esposas maltratadas” (battered wives) y se focalizaron en la violencia cometida por sus maridos sobre ellas. Cientos de estudios describieron a estas esposas maltratadas y el libro The Battered Woman fue el más citado sobre violencia matrimonial en los 80. Este libro pinta claramente a la mujer como una víctima indefensa de su abusador. Este fue el punto de vista dominate sobre la violencia matrimonial en los años 70 y 80. El primer libro de Rebecca y Russell Dobash, una pareja clave en la investigación de la violencia de pareja, se titulaba también Violence against Wives (1979).

Sin embargo, un creciente número de estudios empezó a sugerir que esta visión era demasiado estrecha. Empezaron a aparecer otros tipos de violencia de pareja y otras formas de agresión dentro de la pareja. Por ejemplo, Straus y cols. en 1980 presentaron los primeros datos de que no toda la violencia en las relaciones era perpetrada por los hombres hacia las mujeres sino que las mujeres también eran violentas hacia los hombres. Estas observaciones fueron rechazadas o ignoradas por la mayoría de los investigadores. Aunque algunos reconocieron que las mujeres podían ser violentas, la violencia femenina fue interpretada generalmente como defensiva contra su maltratador. Sin embargo, los estudios se fueron multiplicando y un primer metaanálisis de ellos fue realizado por Archer en 2000.

Empezaron a aparecer estudios de que también ocurría violencia en parejas de novios (dating violence). Tanto en estudiantes de High School como de universidad la violencia era relativamente frecuente por lo que la denominación esposas maltratadas dejó de ser adecuada. Pero lo que desafió todas las conclusiones y teorías existentes hasta ese momento fue que la violencia en parejas homosexuales era igual de frecuente que en parejas heterosexuales y que esa violencia también era mutua. Daley (2002) estima que hay violencia en el 25-50% de las parejas lesbianas y Balsam y Szymanski en una muestra de 272 mujeres lesbianas y bisexuales reclutadas en celebraciones del Orgullo Gay que viven con parejas del mismo sexo el 40% dicen haber sido físicamente violentas hacia su pareja y el 44% haber sido víctimas de violencia. Todo esto puso en cuestión la visión previa de que los hombres son el sexo violento y las mujeres las víctimas de la violencia masculina. Se fueron abandonando, como decía, nombres previos como violencia matrimonial o esposas maltratadas y, tras pasar por otros nombres como violencia doméstica, se fue llegando al más admitido actualmente que es el de violencia de pareja íntima (intimate partner violence) que es el que se usa de forma mayoritaria en la literatura especializada actualmente.

En todo este proceso se fueron haciendo dos bandos irreconciliables en este campo de la violencia de pareja. Por un lado, la Perspectiva Feminista (paradigma de género, según Dutton), que eran los que habían puesto el problema en el mapa, es decir, los que habían llamado la atención de la sociedad sobre este problema y lo habían politizado. Les había llevado mucho tiempo y esfuerzo problematizar la violencia masculina y que fuera vista por la sociedad como enraizada en el sistema social y no que tuviera nada que ver con la naturaleza o la personalidad. Habían conseguido ayudas para casas de acogida y otros recursos y tenia miedo de que todo eso se perdiera. Así que se ignoró y negó la violencia femenina y la violencia en parejas del mismo sexo. Todo esto conduce a unos modelos teóricos totalmente inadecuados y a unas intervenciones ineficaces. 

Por el otro lado, está la llamada Perspectiva de Violencia Familiar. Esta perspectiva es iniciada por Straus y Gelles en los años 70 sobre todo con unas encuestas nacionales en EEUU en los años 1975 y 1985 donde encuentran que ambos sexos son violentos y que la violencia es bidireccional. Los feministas tienen un foco más estrecho centrado en la atención a mujeres maltratadas en casas de acogida o las que se han puesto en contacto con agencias u hospitales. Los investigadores feministas se centran en la tradición histórica de la familia patriarcal y la desigualdad en las relaciones entre hombres y mujeres para explicar la violencia mientras que la perspectiva de familia se centra en los factores comunes de la violencia de pareja con otras formas de violencia en la familia, el papel del estrés y el conflicto en las relaciones y en el uso de la violencia como estrategia en ese contexto.

Aunque las diferencias entre ambas perspectivas es realmente grande, no se puede decir que no exista algo de solapamiento entre ambas perspectivas. Los investigadores de la violencia familiar aceptan el papel del patriarcado en el problema -aunque no de forma exclusiva- y han trabajado con mujeres atendidas en refugios también, aparte de estudios en la comunidad. Por otro lado, algunos investigadores feministas aceptan otros factores diferentes a la estructura patriarcal. Sin embargo, la separación de puntos de vista ha sido, y sigue siendo, muy grande y han ocurrido cosas muy feas principalmente contra investigadores de la perspectiva familiar o contra autores feministas cuando han aceptado puntos de vista de la perspectiva familiar (casos por ejemplo de Erin Pizzey, Suzanne Steinmetz).

¿Dos Tipos de Violencia de Pareja?

Así las cosas, en 1995 un investigador feminista, el sociólogo Michael P Johnson publica un influyente artículo , Patriarchal Terrorism and Common Couple Violence: Two Forms of Violence against Women, en el que viene a decir que esta historia es un poco como la de los ciegos y el elefante: que hay en realidad dos fenómenos, dos tipos de violencia de pareja diferentes, y que un bando está viendo un fenómeno y el otro bando está viendo otro. 

A una forma de violencia Johnson la llama inicialmente terrorismo patriarcal y es la violencia que ha sido el foco del movimiento feminista, la de las casas de acogida y muestras clínicas y judiciales. Según Johnson, es un producto de las tradiciones patriarcales sobre el derecho de los hombres a controlar a “sus” mujeres y sería una forma de control terrorista de los maridos que implica no sólo el uso de la violencia sino de la subordinación económica, amenazas, aislamiento y otras tácticas de control. Johnson explica en el artículo que ha evitado términos como maltrato de esposa porque ocurre en novios y en parejas del mismo sexo pero evita también un término que no haga referencia el género porque cree que la causa de esta violencia es básicamente las ideas de propiedad del hombre de su pareja femenina. Enseguida lo modificó y lo llamó terrorismo íntimo porque también lo practican las mujeres y ocurre en parejas del mismo sexo pero luego ha cambiado de nuevo el nombre a Violencia Coercitiva de Control (Coercive Controlling Violence) porque lo de terrorismo era un término poco apropiado para ser usado en los tribunales y juzgados. Me referiré a él como terrorismo íntimo.

La segunda forma de violencia la llama violencia común de pareja (posteriormente ha cambiado el nombre a violencia situacional). Esta violencia es menos un producto del patriarcado y más un producto de las cosas que dicen los investigadores de la perspectiva de familia, es decir, el conflicto dentro de la pareja que se descontrola ocasionalmente y que da lugar a formas más leves de violencia. La violencia común o situacional es la más frecuente -es la que aparece en las encuestas y estudios comunitarios-, es utilizada tanto por hombres como mujeres mientras que la violencia terrorista es más grave y sería más utilizada por el hombre, según Johnson. La situacional no tiende a escalar a mayor gravedad mientras que la terrorista sí. Recalco que el factor esencial para Johnson es la motivación: en la violencia terrorista íntima hay un deseo de control “general” o “total” de la mujer (pareja cuando lo amplía) mientras que en la violencia situacional puede haber un conflicto y un deseo de salirse con la suya en un momento dado pero no hay una voluntad de control total de la pareja.

Johnson reconoce que otro autores como Steinmetz o Lloyd and Emery han propuesto con anterioridad una diferenciación en dos tipos de violencia muy similares a los que él propone y ha publicado después diversos artículos apoyando esta diferenciación, un trabajo que ha sido muy influyente. No voy a entrar en profundidad a hacer una crítica pero sí señalaré algunos problemas de la teoría. Una primera observación sería cómo podríamos explicar que siendo el sistema patriarcal tan estructural resulta que sólo afecta a un pequeño número de hombres, al tipo de violencia menos frecuente y no influye, o lo hace en menor medida, en la violencia más frecuente. Una vía explicativa sería pensar que habría factores protectores frente a esa estructura patriarcal supuestamente ubicua o factores agravantes (una cosa que no tocan los autores feministas es la amplia evidencia de que existe una regla cultural que precisamente proscribe la violencia y el daño contra las mujeres, Felson 2015). Otro problema de la teoría es que la violencia terrorista íntima ocurre en todo tipo de parejas (Graham Kevan, Hines y Douglas, 2010), incluidas las del mismo sexo. Un tercer problema es que los estudios sobre los motivos o causas de la violencia de pareja no apoyan esa diferente etiología para unas violencia y otras sino que los factores causales son más similares que diferentes tanto en parejas del mismo como de distinto sexo (Elmquist et al, 2014, Langhinrichsen-Rohling y McCukllars, 2012 ). Da la impresión de que la distinción de Johnson es un intento de salvar la teoría feminista buscando un subgrupo de la violencia de pareja al que poder aplicarla tras la avalancha de nuevos datos que desafían su modelo teórico. Por último, está el problema de diferenciar si esos dos tipos de violencia son realmente categorías diferentes o si se trata de una única dimensión de gravedad (es decir, si la diferencia es cualitativa o cuantitativa) y en realidad estaríamos hablando esencialmente de una violencia leve y de una violencia grave. Por ejemplo, personas con menos factores de riesgo de todo tipo (psicológicos, sociales, de historia personal) reaccionarían en situaciones de conflicto de pareja con una violencia más leve mientras que personas con mayor número de factores de riesgo (desventajas socioeconómicas, concepciones que apoyan el uso de la violencia en la relación de pareja, trastornos de personalidad, depresión y otra psicopatología, abuso de alcohol y drogas, etc.) producirían una violencia más grave ante las situaciones de conflicto que surgen en toda relación de pareja.

En cualquier caso, se trata de un artículo y un planteamiento muy interesante y existen otros autores que han encontrado resultados que coinciden en líneas generales con lo que plantea Johnson. Por ejemplo, este trabajo de Williams y Frieze en una muestra representativa de la población norteamericana que -aunque no usa el modelo de Johnson como tal- encuentra que, efectivamente, la violencia más frecuente es la leve bidireccional y que la grave unidireccional es muy poco frecuente. 

Pero voy a comentar aquí el trabajo de la investigadora Amy Holtzworth-Munroe que fue autora en 1994 de una clasificación de tipos de maltratadores bastante conocida (ha habido muchas otras bastante confluentes entre sí pero que no llegaron a ser aceptadas mayoritariamente y se han abandonado con la aparición de violencia en todo tipo de parejas). Holtzworth-Munroe distinguía inicialmente 3 tipos de hombres maltratadores (aunque luego llegó a añadir un cuarto) que eran: 

- Tipo sólo familia (Family only): perpetran la violencia más leve dentro de la familia y tienen muy poca violencia fuera de la familia y menos delitos y antecedentes penales y criminales.
- Tipo Borderline-disfórico: la gravedad del maltrato sería moderada-grave, la violencia se limita a la mujer aunque hay algo de violencia extrafamiliar. este grupo tiene problemas psicológicos principalmente características borderline de personalidad y abuso de sustancias.
- Tipo violento general: la violencia es también moderada-grave pero hay altos niveles de violencia fuera de la familia y de conducta criminal. La personalidad es de tipo psicopática y hay también abuso de sustancias.

El caso es que Holtzworth-Munroe realiza un estudio en 2003 sobre la evolución de estos tipos y su persistencia a lo largo del tiempo y básicamente encuentra que el tipo que ella llama “sólo de familia” se mantiene en niveles bajos de violencia y no suele escalar con el tiempo y es incluso en el que más desaparece la violencia. Por contra, los hombres del tipo Borderline-disfórico y violento general o psicopático tuvieron los niveles más altos de violencia y es menos probable que desistan de la violencia. Peo es interesante que la autora se plantea si en realidad los dos grupos graves (el borderline y el psicopático) son en realidad grupos diferentes o si tienen unas características en cuanto al tipo de violencia que permitiría agruparlos. 

Es un punto de vista diferente al de Johnson pero si juntamos las investigaciones de ambos autores vemos que pueden estar describiendo un cuadro bastante similar y que los hallazgos de Holtzworth-Munroe complementan incluso los de Johnson al añadirle la dimensión psicológica. Comento como curiosidad que la mayoría de los estudiosos de la violencia de pareja (tanto del bando feminista como del bando de familia) eran principalmente sociólogos y se centraron en factores sociales y culturales (los feministas en mayor medida, desde luego). Habría un tercer enfoque de la violencia de pareja que podríamos llamar más psicológico o criminalístico, una perspectiva que integra la violencia de pareja dentro del resto de violencias humanas, cuyo referente podría ser Terrie Moffitt y entre esos autores hay más psicólogos clínicos y criminólogos (en España tenemos buenos investigadores desde esta perspectiva, como los autores de estos trabajos). En definitiva, los datos de Holtzworth-Munroe ayudarían a explicar por qué una violencia es más grave que la otra (cosa difícil de lograr con factores solamente culturales o sociales), por la existencia de mayor carga de factores de riesgo de tipo psicopatológico en la violencia más grave. Añadir la dimensión psicológica nos ayudaría a una comprensión mejor del problema.

Conclusiones

De acuerdo, ¿pero es importante todo esto? Pues sí, es muy importante investigar si existen dos tipos de violencia de pareja tanto desde el punto de vista teórico como práctico. Si llegáramos a tener herramientas para diferenciar los dos tipos de violencia (si la evidencia apoya que realmente existen esos dos tipos), podríamos identificar cuál es el problema en un caso concreto y cuál es la intervención más apropiada tanto a nivel legal (sanciones, custodias…) como terapéutico. 

En primer lugar, es importante por una cosa. El terrorismo íntimo ha sido el prototipo  de la violencia de pareja para el movimiento feminista y es el tipo en el que el ciudadano medio piensa cuando se habla de violencia de pareja. El feminismo se ha centrado en esta violencia y esto ha tenido un impacto en las instituciones y en el ciudadano medio de manera que las instituciones y la mayoría de la gente asume que toda violencia de pareja es del tipo grave o terrorista, según Johnson. Pero conviene señalar que esta violencia es muy rara, la mayor parte de la violencia de pareja es situacional. Es difícil hacer estimaciones concretas porque los resultados dependen de la muestra que estemos estudiando pero os doy un dato del propio Johnson en este artículo de 2011 donde está replicando a los autores “anti-feministas”(a los de familia): “…hay probablemente 3 veces más violencia situacional que terrorismo íntimo, lo que significa que el 75% de las mujeres que experimentan violencia de sus parejas está sufriendo violencia situacional”. Ante un incidente de violencia de pareja tanto perpetrado por un hombre como por una mujer, lo más probable es que no estemos ante un “maltratador/a” o “terrorista íntimo”, sino ante un episodio de violencia de pareja situacional.

En cuanto a la importancia para las medidas de prevención y tratamiento, pondré un ejemplo que menciona el propio Johnson en su artículo con Leone de 2005: la terapia de pareja. En 2008 el 65% de los estados de EEUU investigados por los autores de este artículo prohibían explícitamente cualquier tipo de terapia de pareja y tampoco se permitía prácticamente la terapia individual. La terapia prescrita por los tribunales estadounidenses era la de grupo según el llamado modelo Duluth. Esta prohibición tiene lógica en los casos más graves de violencia de pareja, en los que Johnson llama terrorismo íntimo. En estos casos, plantear una terapia de pareja no sólo es inadecuado sino que puede ser incluso peligroso. Pero en la violencia situacional la terapia de pareja tiene todo el sentido del mundo ya que les puede ayudar con sus capacidades de resolución de problemas, de expresión y manejo de la ira y de resolución de conflictos.

Este ha sido un corto viaje por la historia de la investigación de la violencia de pareja y no pretendo desde luego sugerir que este itinerario es el único y se quedan fuera muchos temas sin tratar. Sólo quería plantear la posible existencia de dos tipos de violencia de pareja. Concluyo con el párrafo final de Johnson en su artículo de 2011:

“La investigación actual provee considerable apoyo a la diferenciación entre tipos de violencia de pareja íntima, y tal diferenciación debería ofrecer beneficios a aquellos que tienen que hacer recomendaciones o tomar decisiones acerca de custodia y planes parentales, programas de tratamiento y sanciones legales”.

Referencias:

Además de todos los artículos enlazados en el texto, recomiendo este artículo en español, de José M Muñoz y Enrique Echeburúa:





Apéndice

Voy a añadir aquí al final, fuera del cuerpo general de la entrada para no ser pesado, algunos párrafos del artículo de Johnson de 2011en su debate con Dutton en los que reconoce bastantes de los puntos que defiende la perspectiva de familia, lo cual me parece muy interesante (aunque lógicamente matiza, enfatiza y destaca también cosas en las que no esta de acuerdo). Pero lo que acepta es bastante claro:

“Aunque este tipo de violencia (terrorismo íntimo), inicialmente identificada por el movimiento de mujeres maltratadas como característico de la violencia masculina que se encuentra en albergues y en el sistema legal, no es perpetrada por los hombres exclusivamente, ya que ha sido identificada en parejas lesbianas (Renzetti, 1992) y entre algunas mujeres que aterrorizan a sus parejas masculinas (Cook,1997; Hines &Douglas, 2010). Los datos son claros, sin embargo, en que los perpetradores primarios en las parejas heterosexuales son los hombres (Graham-Kevan & Archer, 2003; Johnson 2006a, 2008)”.

Creo que no es muy importante ahora tratar de las frecuencias hasta el último detalle, pero hay que decir que esto está en discusión ya que hay datos nuevos. Precisamente Graham-Kevan, a quien Johnson cita para apoyar sus ideas dice lo siguiente en el artículo que os he enlazado antes de ella:

“Mientras que Johnson (1999) informa de que es más probable que los terroristas íntimos sean hombres y sus víctimas mujeres, investigaciones recientes (Graham-Kevan & Archer 2003a, 2003b, 2009), incluyendo grandes muestras representativas (Bates & Graham-Kevan 2016, LaRoche 2008) no apoyan diferencias sexuales en la clasificación, es decir, es igualmente probable que hombres y mujeres sean terroristas íntimos”.

Sigo con algunos párrafos de Johnson:

“…Yo y otros hemos señalado siempre que la violencia situacional de pareja a) es de lejos la forma más frecuente de violencia de pareja, b) es perpetrada aproximadamente con la misma frecuencia por hombres y mujeres, y c) puede tener consecuencias graves.”

“El análisis feminista defiende que en las relaciones heterosexuales la mayoría de los terroristas intimos son hombres , pero también que la mayoría de hombres violentos no son terroristas íntimos”.

Ante la acusación de Dutton de que los feministas dicen que la causa de toda la violencia de pareja es el patriarcado replica:

“Empecemos por donde uno podría esperar que el análisis feminista fuera más inquebrantable, el terrorismo íntimo. Durante más de una década, mis colegas feministas y yo hemos incorporado el trabajo de Holtzworth-Munroe en nuestro análisis del terrorismo íntimo, trabajo que se centra en temas de personalidad en general y del apego en particular. Y mi trabajo con Alison Cares demuestra la relación entre la violencia en el hogar en la infancia y el terrorismo íntimo masculino…un postulado central del enfoque del aprendizaje para entender la violencia de pareja.  Como he señalado más arriba, y en un número de obras publicadas, el abuso de sustancias y problemas de comunicación en la pareja son centrales para cualquier análisis de la violencia de pareja situacional…y mi análisis de la violencia de pareja situacional ha enfatizado siempre la extrema variabilidad de sus causas”.

“La violencia situacional de pareja es iniciada en tasas similares por hombres y mujeres, tal como se mide en grandes estudios de población y muestras comunitarias…En conjunto, estos y otros estudios apoyan la afirmación de que ambos inician la violencia y participan en violencia mutua y que, en particular en muestras de adolescentes y jóvenes adultos, las mujeres perpetran la violencia contra sus parejas con más frecuencia que los hombres”.

También os copio algunos párrafos de otras autoras feministas, como Maureen McHugh:

“A medida que los investigadores identificaron nuevas y diferentes víctimas de violencia de pareja, se hizo aparente que no tenemos modelos teóricos adecuados para explicar la violencia interpersonal. Los modelos tempranos que explicaban la violencia doméstica en relación a roles maritales o roles de género no podía explicar la violencia de pareja o el abuso en parejas gais o el maltrato en lesbianas, y fracasan en explicar el uso de la violencia de las mujeres contra los hombres”.

“La violencia interpersonal es un fenómeno complejo y multidimensional. Concepciones simplistas y enfoques singulares no pueden ser adecuados para entenderla. Necesitamos desarrollar más modelos teóricos para entender cuándo y por qué ocurre la violencia interpersonal.”


Estos son solo algunos ejemplos de que algunos investigadores feministas han evolucionado en sus posiciones. También es verdad que muchos otros no y aquí cuenta Maureen McHugh  el caso de Irene Frieze que cuando empezó a hablar de la violencia que cometen las mujeres se encontró con hostilidad y resistencia por parte de sus colegas. Pero esto no es generalizado y desde luego hay una brecha entre lo que parte de este feminismo académico ha ido aceptando y las nuevas posiciones y reflexiones que ha ido realizando, por un lado, y la posición del feminismo digamos “de calle” o político al que toda esta evolución y matices no parece haber llegado. Para este feminismo, la causa de la violencia de pareja está clara, es única y es el patriarcado. 

@pitiklinov












domingo, 10 de noviembre de 2019

El Ateísmo, los medios de comunicación y el aceleramiento moral


Las religiones presumen de valores éticos eternos, lo que explica por qué han contribuido tan poco al progreso moral  de la humanidad.
-Jorge Wagensberg

"Aunque la nuestra es una época sin Dios, es justo lo opuesto a no religiosa.”
-Eric Hoffer


En la última entrada, y en alguna otra, he comentado que estamos viviendo una epidemia de moralidad que está afectando a todas las esferas de la vida, no sólo a la política sino a la ciencia, al arte, al mundo laboral y, por supuesto, a las redes sociales y a los medios de masas en general, como ocurre con la publicidad en televisión. Las empresas no se limitan a alabar las cualidades de sus productos sino que tienen que demostrar que son buenas y que se alinean con los nuevos valores. Todo el mundo está señalando virtud constantemente -especialmente en las redes sociales-  y surgen nuevos valores sin interrupción. Todo se está moralizando, desde comer carne hasta ir en coche y cosas que antes eran neutras moralmente van adquiriendo la cualidad o valor moral de ser malas y condenables. Esta aceleración moral hace complicado mantenerse al día y cada vez más gente tiene miedo a tratar cualquier tema por miedo a meter la pata y encontrarse en el lado equivocado de la moral. Es como el juego de la silla, si no estás atento te quedas con el culo al aire.

Sería interesante entender las razones o las causas de este fenómeno de aceleración moral. En esta entrada voy a proponer que una de estas razones es el abandono de la religión tradicional y lo voy a hacer siguiendo en esencia el planteamiento de Hans-Georg Moeller en uno de los capítulos de su libro The Moral Fool. Junto con el abandono de la religión tradicional, destacaría en la generación de este fenómeno el papel de los nuevos medios de comunicación. 

Hemos asistido a un cambio en la sociología de la moralidad. En épocas anteriores, nuestra moralidad venía marcada por la Iglesia y, en conexión con la Iglesia, por la familia. La Biblia y otros textos religiosos eran las principales fuentes de los valores morales. Esta situación conducía necesariamente a una relativa estabilidad moral. La Biblia ha sido más o menos la misma durante siglos y, aunque las interpretaciones diferían de forma importante, existían limitaciones al alcance y la velocidad de la variación moral. Era muy difícil producir y distribuir un gran número de textos y los medios para diseminar valores morales de forma universal -veinticuatro horas al día, siete días a la semana- sencillamente no existían. Además, existía una autoridad centralizada en el Vaticano, con sus concilios de vez en cuando para tratar estas diferentes interpretaciones o las nuevas visiones, y lo que dictaminaba esta autoridad era reconocido a todos los niveles.

Todo esto empezó a cambiar con la aparición de la imprenta -y ahí tenemos la Reforma de Lutero- pero seguía siendo la iglesia y la religión la autoridad en materia moral. En el siglo pasado se producen los dos acontecimientos a los que hacía referencia más arriba: el abandono de la religión tradicional con el avance del ateísmo y la llegada de los medios de comunicación de masas a un nivel desconocido previamente: libros, periódicos, radio, TV, películas y ya por fin Internet. Estos medios de masas distribuyen noticias, programas de entretenimiento, publicidad, etc., y todo ello aparece y desaparece sin parar, todo se renueva constantemente. Pero, además de noticias y entretenimiento, los medios distribuyen y diseminan los valores morales. Los medios de comunicación son ahora la fuente de moralidad en la sociedad y el contenido moral sufre la misma aceleración que el resto del contenido de estos medios. Antes, el cura del pueblo daba un sermón los domingos o el papa publicaba la posición de la Iglesia de vez en cuando, pero ahora el cambio es constante.

El Papa y la Iglesia Católica, y otras iglesias y religiones también, tienen grandes dificultades para cambiar su posición en temas morales (ahí tenemos los ejemplos del aborto, la contracepción o la homosexualidad). Es muy difícil para ellos seguir el ritmo de los medios de masas incluso aunque, como por ejemplo en EEUU, aparecen continuamente en TV (telepredicadores) y en Internet. Si siguieran la velocidad de los medios, tendrían que negar básicamente la autoridad de sus escrituras y de sus tradiciones teológicas. Las iglesias tienden a afirmar que sus valores derivan de fuentes muy elevadas y eternas, de Dios básicamente, y Dios no se presta mucho a estar cambiando de criterio ininterrumpidamente. Dadas las diferentes características de estas dos moralidades (la de la religión y la de los medios de masas) no es ninguna sorpresa que no estén sincronizadas. Las iglesias no pueden adaptarse a la velocidad de los medios y los medios no pueden esperar a que las religiones se muevan. 

Pero tenemos que matizar una cosa. Que los medios de comunicación se hayan convertido en los distribuidores principales de la moralidad no quiere decir que ellos sean la fuente de los valores morales que distribuyen. Creo que éste es un asunto complejo y no del todo aclarado. No parece ocurrir que los medios sean los que impongan unos determinados valores directamente, ni tampoco que simplemente den voz a los valores que provienen de determinados grupos de la sociedad. Parece tratarse de un proceso de feedback en el que algún grupo con unos intereses o estilo de vida empuja por extender unos valores y los medios empiezan a hacerse eco de ellos con lo que cada vez más gente los va aceptando y así progresivamente. Pero no está muy claro la razón por la que unos valores se extienden y llegan a predominar mientras que otros no consiguen llegar a la mayoría de la población. Y, por supuesto, todo este proceso no es inocente o aleatorio y los medios (y los que los controlan) tienen sus propios intereses. Pero sí parece que las masas (la sociedad, o grupos dentro de ella) abrazan unos valores, los trasladan a la práctica y entonces alimentan a los medios sociales que los devuelven a las masas y esto se repite una y otra vez en una espiral sin fin.

Así que los medios “muestran” lo que es considerado en la actualidad moralmente bueno o malo en la sociedad pero resulta que de esta manera están “contaminando” o “infectando” con moralidad a todos los sistemas de la sociedad: política, religión, deportes, economía, arte, literatura, medicina, etc. Decía el sociólogo Niklas Luhmann: “todo lo que conocemos acerca de la sociedad, o acerca del mundo en el que vivimos, lo conocemos por los medios de comunicación”. Por supuesto, esto no es cierto literalmente, no conocemos a nuestros padres por los medios, por ejemplo. Pero Luhmann no se refiere a nosotros como individuos sino como sociedad: todo lo que nosotros conocemos acerca del mundo que todos compartimos lo conocemos por medio de los medios de masas. Esto es más verdad, lo que conocemos acerca de la política, los deportes, productos y marcas, etc., lo conocemos por medio de los medios de comunicación. Así que la Iglesia “conoce” por los medios que las relaciones prematrimoniales ya no están mal vistas, o ve en series que las madres solteras o los homosexuales ya no aparecen reflejados como deficientes morales. Y reacciona a ello. De la misma manera, los políticos ven qué valores empiezan a extenderse en los medios y corren a incorporarlos en sus discursos y programas (los partidos políticos también son agentes en la creación y distribución de valores). El resultado final es que la moralidad contamina o resuena en todos los sistemas y sectores de la sociedad.

Pero hay más derivaciones. Una de ellas es que el conflicto tienen un interés especial para los medios de comunicación. Por ejemplo, es más noticioso que dos países están en guerra que el hecho de que tenga unas relaciones pacíficas. En las series es más interesante presentar conflictos entre parejas, entre ladrones y policías, entre partidos, entre equipos de fútbol, que hablar de que todo el mundo se lleva bien. Y en ese sentido los medios están más interesados en el conflicto moral que en el consenso moral, la indignación moral vende. Las redes sociales hacen negocio con la moralidad, la indignación moral es un negocio para ellas como el sexo lo es para las webs porno. Les consigue usuarios y clics y todo esto funciona porque el contenido moral toca una tecla de la naturaleza humana: la necesidad de señalar virtud a los miembros de nuestro grupo. En resumen, un mundo sin conflictos y sin escándalos no interesa a los medios porque tendrían menos material para sus programas.

Volviendo al planteamiento inicial, vivimos una época de aceleramiento moral y es muy probable que una de las causas haya sido el abandono de la religión que ha actuado de freno para un instinto humano que es el de señalar virtud a los demás, el de transmitir que uno es un buen compañero o colaborador con el que se puede contar. La religión establecía un cauce para que la gente señalara virtud y luego la gente podía dedicarse a hacer otras cosas…a vivir. La vida es muy compleja para reducirla a la moralidad y, si tienen razón los argumentos que di en la entrada anterior, no es bueno reducir la realidad a la moralidad. Ya no hay tampoco una fuente de valores morales centralizada, la Biblia o las sagradas escrituras, la cual ha sido reemplazada por algo mucho más cambiante, los medios de masas.

Decía también Luhmann que uno debería ser muy cauto con la moralidad y “tocarla sólo con los instrumentos más estériles y con los guantes puestos porque es una sustancia altamente contagiosa”. La moralidad es como un monstruo con mil cabezas, una Hidra que genera dos cabezas por cada una que le cortas. 

Termino con una propuesta que hace Moeller para concluir su libro. Propone que los programas de TV, las películas, noticias, debates, etc., que contienen una alta dosis de moralidad que incluyan una advertencia similar a la de los paquetes de tabaco: “Este producto está lleno de moralidad y por tanto puede conducir a una implicación comunicativa no deseada y resultar en un posible daño a la salud personal y social”. Dice que, aunque sólo sea para proteger a los menores, debería haber un sistema similar al que antes controlaba los contenidos violentos y sexuales que advierta de lo contaminado moralmente que está cada programa. Mientras tanto, como decía en la entrada anterior, tened cuidado ahí fuera con la moralidad. 


@pitiklinov

domingo, 20 de octubre de 2019

Los peligros de la Moralidad

"Es mucho más fácil matar a un hombre si crees que es el mal, y que tú eres bueno."
-Hans Georg Moeller, The Moral Fool”


Los que seguís este blog ya sabéis que todo lo relativo a la moral, y a la evolución de la moral especialmente, es uno de sus hilos conductores. Y algo que ha ido apareciendo repetidamente es la idea de que la moral es un arma de doble filo, que tiene aspectos positivos y negativos, una idea que contrasta con la visión más extendida que consiste en pensar que ser moral es siempre algo bueno. Aquí voy a volver sobre el “lado oscuro” o los “efectos secundarios” de esa adaptación humana que es la moralidad.

La definición de moralidad que voy a manejar es la capacidad humana -instinto, incluso-  de ver valores en el mundo, en las acciones o en las personas, es decir, la capacidad de considerar que existen cosas que son buenas y cosas que son malas ahí fuera. Y voy a entender la moralidad humana desde el punto de vista de la psicología evolucionista como una tecnología social que sirve para favorecer la coordinación de los grupos humanos. Creo que hay un consenso bastante amplio entre los autores en esta visión de la moralidad como una tecnología para la cooperación aunque pueda haber diferencias y matices entre ellos. Si cualquiera hiciera lo que le da la gana la vida social no sería posible. El mayor representante de esta forma de entender la moralidad puede ser Oliver Scott Curry y su reciente trabajo en 60 culturas donde encuentra 7 normas básicas morales que se cumplen en toda ellas, pero otros autores como Jonathan Haidt o Josuah Greene  comparten en líneas generales el origen evolucionista de la moral.

Bien, después de las definiciones vamos al grano: ¿Por qué es mala la moralidad? Pues voy a dar algunas razones, por lo menos tres.

1- Cuando un problema o un conflicto se convierte en moral es más difícil resolverlo, llegar a acuerdos o compromisos. 

Hay un ingrediente de la moral que es la obligatoriedad, y la universalidad, que hace muy complicado ponernos de acuerdo en un problema moral. Si yo creo que llevar minifalda es malo moralmente, no me voy a limitar a no llevar minifalda yo sino que voy a impedir que tú lleves minifalda. Así que ya nos hacemos una idea de la gravedad del problema. Esto tiene toda la lógica del mundo. Si yo creo que matar es malo no puedo tomar la postura de que yo no voy a matar pero que el que quiera que mate…si yo creo que abortar es acabar con la vida de una persona pues no me voy a limitar a no abortar yo sino que voy a tratar de impedir que nadie aborte. Es precisamente por ser un problema moral que el problema del aborto sigue con nosotros.

Si yo creo que estoy en posesión de la verdad moral, me veo legitimado -es más, obligado, con el deber- de recortar las acciones de los demás…sus derechos y libertades. Desde el momento en que estoy en posesión de la verdad tengo la superioridad moral y la superioridad moral me autoriza a imponer cosas a los demás. El problema es que diferentes personas o grupos creen estar en posesión de la verdad y con el derecho y la autoridad para imponerse a los demás …

Esta característica de la moral es letal cuando se introduce en campos como la política o la ciencia. Vamos a verlo. Es letal para la democracia. Se supone que en un régimen democrático existen diferentes visiones de la realidad, todas ellas legítimas, y que votamos o elegimos entre ellas. La democracia implícitamente asume que yo puedo no tener razón y que otras personas tienen visiones o ideas que pueden aportar a la convivencia y la vida social. Pero si moralizamos la política (y no hace falta que diga que eso está ocurriendo en todo el mundo occidental) entonces ya estamos votando entre unas opciones que son las “buenas” moralmente y otras que son “malas” y es evidente, por la regla de la obligatoriedad que explicaba antes, que con las opciones malas no puedo entenderme ni llegar a acuerdos de ninguna manera. La acción política queda bloqueada. Pensar que hay una opción “buena” y otra “mala” es herir de muerte la democracia, es decir, si ya sabemos cuál es la opción buena y la que tiene que gobernar, pues nos sobra la democracia, sólo necesitamos un partido, el de los buenos…La democracia requiere una humildad epistemológica que no es compatible con la superioridad moral que genera la moralización de los asuntos.
A propósito de esto que estamos tratando, voy a citar al sociólogo Niklas Luhmann en su charla con motivo de la concesión del premio Hegel de 1988, Paradigm Lost: on the ethical reflection of morality:

“Sobre todo debe ser concedido que ninguno de los sistemas funcionales pueden ser integrados en el sistema social por medio de la moralidad. Los sistemas funcionales deben su autonomía a sus funciones individuales, pero también a su código binario individual, por ejemplo la distinción entre verdadero y falso en el sistema científico o la distinción entre gobierno y oposición en el sistema político democrático. En ningún caso los dos valores de estos códigos pueden hacerse congruentes con los dos valores del código de la moralidad. No queremos que el gobierno sea declarado bueno y la oposición estructuralmente mala o, peor, el mal. Esto seria la sentencia de muerte para la democracia”.

Si mi discurso es la verdad y el discurso de mi oponente es un discurso de odio, si mi oponente es Hitler, evidentemente, no hay acuerdo posible, y parece que últimamente todos los adversarios son Hitler o algo peor. Si con respecto al cambio climático dividimos las posturas en destructores del planeta y en protectores del planeta no hay acuerdo posible; si en el tema de la violencia de pareja dividimos las posturas en los que quieren que mueran mujeres y los protectores de las mujeres, etc., etc., no hay diálogo posible.  


Lo mismo ocurre con la ciencia. El código binario de la ciencia, como dice Luhmann, es verdad/error, de lo que se ocupa la ciencia es de ir acercándonos poco poco cada vez más a la verdad, de intentar descubrir la verdad. Si metemos el código binario bueno/malo en la ciencia nos la hemos cargado porque ya estamos anticipando lo que la ciencia puede o no investigar y a qué resultados y conclusiones debe llegar, las que previamente hemos acordado que son las buenas. Y así ya estamos cerrando los temas, estamos diciendo que ya lo sabemos todo y que no hay que seguir investigando. Dice Luhmann: “Los códigos funcionales (se refiere al de la ciencia, por ejemplo, el de verdad/falso) deben operar a un nivel más alto de amoralidad porque deben hacer sus dos valores disponibles para todas las operaciones del sistema”. Es decir, habría que limitar la esfera de aplicación de la moralidad. Pero actualmente estamos haciendo todo lo contrario, estamos metiendo la moralidad hasta en la sopa. La moralidad es una sustancia altamente contagiosa que lo está contaminando todo. Estamos viendo cómo científicos, académicos y filósofos piden que no no se deje hablar a otros científicos y académicos porque son el demonio, el mal, y así la ciencia no puede trabajar.

2- Las sociedades morales tienden al autoritarismo, la jerarquía, el elitismo y la desigualdad. 

Decíamos que la moralidad es una tecnología para la cooperación y coordinación de los grupos humanos. Pero filósofos como Ian Hinckfuss hacen hincapié en que, históricamente, hemos visto cómo la moralidad se ha utilizado para reforzar el poder de las élites y justificar el orden establecido. Las connotaciones morales de conceptos como lealtad o patriotismo se han utilizado para condenar como traidores/criminales a los reformadores y críticos. Los que han dicho qué es lo bueno y qué es lo malo han sido los que mandan y ese poder terrenal ha sido apoyado, por ejemplo en otros tiempos, por los valores morales aportados por el poder divino (la Iglesia). Lo bueno ha sido muchas veces lo que hacen las clases altas y lo malo lo que hacen las clases bajas. Igual es exagerado decir que la moralidad es la causa de estas desigualdades pero sí tiene un punto probablemente Hinckfuss en que la moralidad se ha usado para justificar el statu quo y mantener las estructuras jerárquicas. Como hemos dicho, la gente desea desesperadamente hacer lo que está bien y se siente mal si no lo hace. Por lo tanto, el que determina qué es lo bueno y qué es lo malo tiene un poder enorme, el poder de marcar el discurso y el rumbo de la sociedad en su conjunto.

3- La moralidad promueve las guerras y los genocidios.

Hemos hablado otras veces de que la mayoría de la violencia en el mundo es una violencia moralista, Violencia Virtuosa, es la violencia de la gente que cree que está haciendo el bien y en base a ello mata o comete genocidios. No es la única causa pero la moral colabora a que la gente normal se convierta en genocida. Decía Steven Weinberg: “La religión es un insulto a la dignidad humana. Con o sin religión siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas. Pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión”. Creo que Weinberg se equivoca en parte porque se centra en la religión pero el problema es más amplio, ideologías laicas como el comunismo han cometido terribles barbaridades también. El problema es la moral, la fe en nuestra superioridad, creerse en posesión de la verdad y por tanto legitimado para acabar con el mal encarnado en los otros, en esos adversarios diabólicos que son un obstáculo para conseguir el mundo feliz y la utopía que buscamos.

Bien, hasta aquí algunos argumentos en defensa de la postura de que la moralidad es un peligro, de que por un lado es necesaria pero que por otro nos acerca al abismo. Suponiendo que os hayan convencido, la pregunta ahora sería: ¿Y deberíamos abolir la moralidad? ¿viviríamos mejor en un mundo sin moralidad? De eso hablaremos otro día, pero mientras tanto una sugerencia: tened cuidado ahí fuera con la moralidad, especialmente con la creencia de ser superior moralmente.

@pitiklinov 



domingo, 15 de septiembre de 2019

Instintos Coalicionales

En esta entrada voy a comentar brevemente un texto muy corto pero, a mi juicio, muy profundo, del pionero de la psicología evolucionista John Tooby. La web edge.org tiene la costumbre de hacer una pregunta anual a una serie de científicos y personalidades. En 2017 la pregunta era: “¿qué concepto o término científico debería ser más ampliamente conocido?”. Según John Tooby, el concepto científico que debería ser más conocido es el de que los humanos tenemos unos “instintos coalicionales” y la gran influencia que estos instintos grupales tienen en nuestras creencias. Vamos a ver brevemente su planteamiento.

“Instintos coalicionales” son unos programas psicológicos que tenemos para navegar el mundo de las coaliciones: formar, mantener, pertenecer, reconocer, abandonar, defender, subordinarnos, resistirnos, oponernos, atacar, etc., a coaliciones. Las coaliciones son conjuntos de individuos  que son vistos por ellos mismos o por los demás como miembros que comparten una identidad común abstracta. ¿Por qué vemos el mundo de esta manera? Muchas especies desde luego no lo ven así. Por ejemplo, entre los elefantes marinos el macho alfa es el que más se reproduce y excluye de la reproducción al resto de los machos aunque si se unieran el macho beta y el macho gamma serían más fuertes que el macho alfa. El problema es que para hacer eso hay que tener unas capacidades cognitivas y hay que coordinar esas capacidades cognitivas. Pero los humanos sí llegaron en un momento dado a darse cuenta de que actuar en grupo, formar coaliciones, tiene ventajas, en algún momento se dieron cuenta de que dos pueden vencer a uno, que tres vencen a dos y así sucesivamente. 

En este nuevo mundo, el poder cambió de los alfas solitarios a grupos coordinados eficazmente, dando lugar a un nuevo paisaje de amenazas y oportunidades. Y nosotros somos descendientes de la gente que se manejó mejor en este nuevo mundo de las coaliciones, los que estaban equipados con los mejores instintos coalicionales. 

La función principal de las coaliciones, por tanto, es amplificar el poder de sus miembros en conflicto con otros no-miembros. En tiempos ancestrales si no pertenecías a una coalición, a un grupo, estabas perdido, desnudo, a merced de otros individuos que hubieran formado un grupo. Por ello, el instinto de pertenecer a un grupo y de ser admitido es una urgencia y una necesidad humana. 

Y esta necesidad humana de pertenecer a una coalición explica muchas cosas y entre ellas que las creencias de los grupos puedan llegar a ser tan extrañas y desconectadas de la realidad: porque son señales de pertenencia y formas de dejar en mal lugar y sentirnos moralmente superiores a los demás. Para ser admitido en el grupo tienes que enviar señales de que apoyas a ese grupo frente a otros. Creencias que se basan en la realidad y en cuestiones prácticas no sirven como señal diferencial porque cualquiera puede tenerlas, pertenezca o no a nuestro grupo. Creencias sobrenaturales o extrañas, como que Dios es tres personas y una, sí sirven porque ya no las tiene cualquiera. Por ejemplo, si todo el mundo se pone de acuerdo en algo, como que la esclavitud está mal, eso deja de ser un tema moral importante porque no puedes ya dejar mal a los rivales o ponerte en un lugar moralmente superior con respecto a ellos. Hay que buscar unas nuevas creencias que nos diferencien.

Todo esto genera un problema enorme para la ciencia y los científicos, ya que los científicos son personas como todas las demás y también están equipados con los mismos instintos coalicionales y los instintos coalicionales hacen a los colectivos más estúpidos que a los individuos. Ocurre una curiosa paradoja que es la siguiente. Un partido político unido por creencias sobrenaturales podría cambiar sus creencias acerca de temas económicos o científicos, pongamos el cambio climático, sin ningún problema porque lo que les define y les une es -pongamos por caso- su creencia en la Santísima Trinidad. Ahora bien, la gente cuya pertenencia a una coalición se basa en su adherencia a unas proposiciones científicas “racionales” tienen un problema cuando (como suele pasar) nuevos datos e informaciones científicas obligan a revisar esas creencias. Se encuentran con que ellos no pueden actualizar esas creencias porque eso supondría la destrucción del grupo. El que cambiara de opinión y dejara de creer en las creencias del grupo sería un miembro inmoral de la coalición y estaría en riesgo de perder sus amigos, su trabajo y su querida identidad de grupo.

Formar coaliciones alrededor de cuestiones científicas y factuales es desastroso porque enfrenta nuestro instinto de buscar la verdad con nuestro instinto prácticamente insuperable de ser un buen miembro de la coalición. Cuando un tema científico se moraliza, el proceso científico queda herido de muerte. Es muy, muy difícil que alguien ponga la verdad científica por encima de los intereses del grupo y el que los haga -los Galileos que por suerte existen y han exisitido- ya saben que serán objeto de todo tipo de ataques, persecución e intentos de aniquilación, incluso física. Y sólo tenemos que mirar alrededor para verlo.

@pitiklinov

sábado, 3 de agosto de 2019

Violencia de Género versus Violencia Doméstica. Una reflexión


“Es imposible para un hombre aprender lo que piensa que ya sabe”.
-Epícteto
“Cuando veo un ave que anda como un pato y nada como un pato y grazna como un pato, yo llamo a ese ave un pato.”
-James Whitcomb Riley, (1849-1916)

Recientemente, la presidenta del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), Ángeles Carmona, ha realizado unas declaraciones en tono de poseer la verdad absoluta, sobre las diferencias entre la llamada violencia de género y la violencia doméstica en las que da por demostradas y evidentes cosas que no son ciertas según la literatura acerca de la violencia de pareja  ni según lo que sabemos sobre la psicología humana. Carmona básicamente lo que hace es repetir la doctrina feminista sobre la violencia de pareja, el llamado paradigma de género, postura que ha demostrado no estar apoyada por los hechos. Por ello, creo que es conveniente señalar algunas cosas al respecto.

                         I


Una de las afirmaciones de Carmona es la siguiente: “la violencia de género tiene unas raíces completamente diferentes a la “intrafamiliar” y merece un trato diferenciado”. Según la exposición de motivos de la Ley de Medidas de Protección Integral contra la violencia de género, en España se considera que la violencia de género es: “se trata de una violencia que se dirige sobre las mujeres por el hecho mismo de serlo, por ser consideradas por sus agresores carentes de los derechos mínimos de libertad, respeto y capacidad de decisión”. Además, siguiendo a la ONU, la define ampliamente como una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre mujeres y hombres. Esa situación de desigualdad es el patriarcado y la ideología que la sostiene el machismo así que para resumir me referiré a la causa de la violencia de pareja, según el feminismo, como el machismo o el patriarcado y la solución a la misma sería más feminismo, como han repetido líderes políticos hace poco. El planteamiento de esta doctrina feminista es binario: los hombres son los perpetradores de la violencia y las mujeres las víctimas (las mujeres no son agresivas más que en respuesta a la violencia de los hombres).

Se considera por tanto que la violencia que ejercen las mujeres sobre los hombres no es violencia de género y tampoco lo es la que ejercen hombres contra hombres o mujeres contra mujeres en las relaciones entre parejas del mismo sexo. Estas otras formas de violencia están consideradas en España como violencia doméstica. A lo largo de la entrada yo me voy referir a la violencia de pareja y no voy a entrar en la violencia doméstica más amplia a nivel intrafamiliar (violencia de padres a hijos o de hijos a padres o entre otros familiares).

Así que lo que nos está diciendo Carmona es que la violencia que ejercen los hombres contra las mujeres en parejas de distinto sexo tiene unas causas totalmente diferentes a la que ejercen las mujeres contra los hombres en las relaciones entre parejas de distinto sexo y también diferentes a la que ejercen hombres sobre hombres y mujeres sobre mujeres en las relaciones entre parejas del mismo sexo. ¿Es esto cierto? Pues no. Para empezar, hay estudios desde los años 70 del siglo pasado que demuestran que las mujeres son perpetradoras de violencia de pareja con una frecuencia similar a los hombres y que la mayor parte de la violencia de pareja es bidireccional. Citaré dos estudios recientes, uno en Canadá y otro en seis países europeos. El primero concluye que se necesita un esquema que incluya tanto la violencia masculina como femenina y que tratar la violencia de pareja no es un juego de suma cero en el que abordar la violencia que sufren las víctimas masculinas suponga negar atención o recursos para las víctimas femeninas. El segundo concluye: “Los resultados apoyan la necesidad de considerar a hombres y mujeres tanto como víctimas potenciales como perpetradores al abordar la violencia de pareja”.

Pero se ha investigado también cuáles son las motivaciones de hombres y mujeres para cometer la violencia de pareja y lo que se encuentra es que hay más similitudes que diferencias. Por ejemplo, este estudio analiza las motivaciones para la violencia de pareja en hombres y mujeres detenidos por violencia doméstica y derivados a programas para maltratadores. Concluye: “hombres y mujeres refieren similares motivos para la perpetración de las agresiones”. O tenemos este metaanálisis de 580 estudios que compara 60 marcadores de riesgo de violencia de pareja en hombres y mujeres: sólo 3 de los 60 marcadores difieren de forma significativa entre hombres y mujeres. Y son que el consumo de alcohol, sufrir o presenciar maltrato en la infancia y un patrón de relación de pareja llamado de demanda/retirada se asocian más a la violencia en el caso de los hombres. Los autores concluyen: “Nuestros resultados sugieren que hay más semejanzas entre hombres y mujeres que diferencias en los marcadores de riesgo para la perpetración de violencia de pareja”. Por supuesto, hay más estudios, que replican estos resultados, como el estudio PASK pero no vamos a ser exhaustivos (ver también aquí).

Pero vamos a analizar un poco más en profundidad el planteamiento feminista. Lo que este planteamiento nos dice, por ilustrarlo con un ejemplo, sería lo siguiente:

  • cuando un hombre mira el móvil de su pareja a ver si habla con otra persona o qué hace lo está haciendo por el patriarcado, es decir: “por la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, etc.”
  • cuando un hombre mira el móvil de su pareja gay no lo estaría haciendo por el patriarcado sino supongo que por la emoción humana conocida como celos, por necesidad de control de su pareja, etc.
  • cuando una mujer mira el móvil de su pareja mujer o el de su pareja hombre entonces también sería por celos u otras causas de la psicología humana.

Es decir, los motivos para una misma acción serían diferentes si los realiza un hombre sobre una mujer que en el resto de casos. ¿Es esto creíble? Pues difícilmente. Para empezar, tenemos datos de que las mujeres son tan controladoras como los hombres, como este estudio de Liz Bates y cols. (ver presentación PowerPoint aquí) y también informan de más agresión física y verbal. Es decir, no se confirma que los hombres sean más controladores (como dice la perspectiva feminista) ni que la conducta de control de la pareja esté ligada a violencia de pareja sólo en los hombres. Los autores concluyen que los datos lo que dicen es que la violencia de pareja no tiene una etiología especial y que se entiende mejor dentro del mismo contexto de otras formas de agresión.

Profundicemos un poco más en lo que la teoría feminista está diciendo implícitamente, aunque no explícitamente, sobre el origen de la violencia. Se supone que todos los seres humanos venimos al mundo con una serie de emociones y mecanismos psicológicos, como los celos, como comentábamos. Estos mecanismos serían los que causan la violencia en todos los casos menos en el de la violencia de los hombres sobre las mujeres. Es decir, en el momento en que el cerebro de un hombre queda infectado por el machismo se vuelve inmune y resistente a un montón de factores que se asocian a la violencia en general y también a la violencia de pareja. A ese cerebro ya no le afectan trastornos mentales como la depresión, la suicidalidad, los trastornos de personalidad, la psicosis, el consumo de alcohol y drogas, la experiencia de abusos infantiles, etc. Ese cerebro sólo actuaría por machismo.

Si fuera verdad, esto sería fascinante porque si descubriéramos el mecanismo por el que el cerebro de un hombre machista se vuelve resistente a todos esos factores (alcohol, psicopatología, etc) podríamos utilizarlo para tratar y disminuir el impacto de los trastornos mentales o el consumo de tóxicos en la población general. Se abriría una línea de investigación muy interesante. El problema es que no tenemos ninguna evidencia de que eso sea así, sino que los datos lo que apoyan es que los factores implicados en la violencia de pareja entre hombres y mujeres de cualquier sexo y orientación sexual son esencialmente los mismos, como venimos comentando y vamos a ver más abajo.

Para cerrar esta primera reflexión sobre las raíces de la violencia de pareja que, según el feminismo, estarían en el “machismo”, recordar que nos encontramos con la paradoja nórdica según la cual, países como Suecia con una igualdad mayor entre los sexos y un nivel de sexismo a nivel social mucho menor resulta que presentan tasas de violencia de pareja más altas que España. Acaba de publicarse un estudio al respecto que concluye: “Nuestros resultados muestran que la mayor prevalencia de violencia de pareja física y sexual contra la mujer en Suecia que en España refleja diferencias reales y no es resultado de un sesgo de medida, apoyando la idea de la ‘Paradoja Nórdica’.

                       II

Dice Ángeles Carmona también que no hay que confundir la violencia de género con la violencia doméstica, que es de Perogrullo. Se refiere a no confundir los conceptos y ya he defendido que esa división planteada por el feminismo no se sostiene. Pero al hilo de esa afirmación, y aunque ya sé que no es a eso exactamente a lo que se refiere Carmona, quería comentar algo que se suele olvidar: que la forma en que se manifiesta la “violencia doméstica” (por ejemplo la de un hombre sobe su pareja hombre o la de una mujer sobre su pareja mujer) es indistinguible de la del hombre sobre la mujer. Si yo describo un caso de violencia de pareja con iniciales es imposible saber si se trata de un caso de violencia de género o doméstica. Me parece interesante insistir en este punto. Voy a poner un ejemplo:

“El 28 de Enero de 2001 F.R. mató a M.D. de un tiro por la espalda y luego se suicidó empleando la misma arma. Junto a su cadáver se encontró el arma del crimen, así como una nota en la que explicaba las razones de su acción. En la carta, F.R. se lamenta de vivir «un amor incomprendido» y advierte a M.D. de que «si no eres para mí, no serás de nadie». Según fuentes policiales, M.D. había comunicado recientemente a F.R. que pensaba romper su relación sentimental”.

Bueno, podemos poner muchos otros ejemplos pero lo esencial es que por lo que las personas hacen o dicen no podemos saber si los hechos se corresponden a la distinción que hace nuestra ley entre violencia de género o doméstica. Si el agresor es un hombre y la víctima una mujer será violencia de género, de cualquier otra manera será doméstica. ¿Por qué? Pues porque hemos decidido de antemano que es así. En este caso concreto las dos personas son hombres. Y nos encontramos con la situación absurda de que si la frase “si no eres mía no serás de nadie” se lo dice un hombre a una mujer la causa de ello es el Patriarcado pero si se lo dice un hombre a un hombre, una mujer a una mujer o una mujer a un hombre entonces la causa es…

Todo esto lo que nos indica es que la llamada violencia de género que supuestamente se dirige contra las mujeres por el mero hecho de serlo no es tal sino que es una violencia que  se dirige contra las parejas, porque puede ocurrir en parejas de todo sexo, orientación e identidad sexual. En este artículo sobre feminicidios cometidos por mujeres se describen varios casos de feminicidios o intento de feminicidio y si el autor fuera un hombre y la víctima una mujer serían indistinguibles de la llamada violencia de género. Los autores del artículo dicen: “en los 9 casos, la violencia física anterior, las conductas de control, los celos, el alcohol y las drogas y terminar la relación fueron antecedentes consistentemente reportados del incidente” o “los factores identificados y  descritos en estos casos de mujeres asesinadas o casi asesinadas por una pareja mujer son sorprendentemente similares a aquellos que ocurren entre mujeres asesinadas por una pareja masculina”.



Conclusiones

La conducta de los demás es un recurso muy importante para nosotros, similar a otros recursos como el alimento o el dinero. Gran parte de nuestro comportamiento va dirigido a conseguir de los demás una conducta que nos venga bien a nosotros, pero esto está contrarrestado por los intentos de las otras personas de conseguir de nosotros una conducta que a ellos les venga bien. En particular, la conducta de la pareja es algo tremendamente importante para la mayoría de las personas (sean del sexo, orientación o identidad sexual que sean). Esta situación genera conflictos en las parejas y otras relaciones, y algunas personas (por razones complejas y multifactoriales) pueden recurrir a la violencia para conseguir sus objetivos. Esto puede pasar en todo tipo de parejas.

Pero el movimiento de la violencia de género es un componente icónico y central del movimiento feminista y el feminismo es un componente central de la estrategia de ciertos partidos políticos. Su planteamiento binario de que los hombres son perpetradores y las mujeres víctimas se ha demostrado erróneo ya desde los años 70 del siglo pasado pero el feminismo ha respondido a la realidad de los datos aparecidos en las últimas décadas con una “estrategia de contención”, de negarse a aceptar la violencia ejercida por las mujeres y que los hombres puedan ser víctimas. También evitan el hecho de que la violencia de pareja es por lo menos igual de frecuente en parejas del mismo sexo porque  esto pone en evidencia que la violencia de pareja no tiene que ver con el género porque ocurre en las parejas de todos los sexos y orientaciones sexuales.

Ha habido planteamientos desde el propio feminismo para abandonar esta estrategia de contención o de enrocamiento y aceptar la violencia ejercida por las mujeres y por hombres sobre hombres y mujeres sobre mujeres, como éste reciente de Jamie Abrams, pero no ha dado ningún fruto y no parece que lo vaya a dar a la corta. Hay mucho miedo a perder fondos para programas, a perder una identidad colectiva que esta ideología de género ha generado y a perder fuerza política para imponer un discurso y una narrativa. El feminismo de género domina el gobierno, las instituciones (como la del CGPJ, según estamos viendo), la acción de los partidos políticos, etc., así que no es probable que abandone una situación de poder. Probablemente, sólo una actuación organizada de colectivos de hombres y de colectivos LGTBI podría ejercer la suficiente presión para que se produzcan cambios pero no parece que nada de eso se encuentre en el horizonte.

@pitiklinov