Mostrando entradas con la etiqueta neurociencia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta neurociencia. Mostrar todas las entradas

martes, 8 de septiembre de 2015

Dilemas filosóficos y Neurociencia

Existen debates en filosofía que se mantienen desde hace siglos. Se trata de dilemas que parecen intratables y que no encuentran respuesta: ¿es lícito para promover el bienestar de una mayoría sacrificar los derechos de unos pocos? Si nuestras acciones están predeterminadas, ¿podemos ser responsables de ellas? ¿debemos juzgar a la gente solamente por sus intenciones o por las consecuencias de sus actos? En esta entrada me voy a hacer eco de la hipótesis de algunos psicólogos morales, como Cushman, Greene o Young, que proponen que estos dilemas existen porque diferentes sistemas psicológicos dan diferentes respuestas al mismo problema. Escojamos la respuesta que escojamos una mitad de nosotros no queda satisfecha, por lo que básicamente no tienen solución. Para no extenderme demasiado, me voy a centrar en el dilema que los filósofos llaman suerte moral. Voy a explicar brevemente cuál es el problema y luego la explicación que los psicólogos/neurocientíficos  le dan. Acabaré con algunas reflexiones o implicaciones de esta hipótesis.

Imagina dos amigos, Pedro y Juan, que se van a ver un partido de fútbol y tomar unas cervezas; ambos beben el mismo número de cervezas y sufren una intoxicación etílica con niveles de alcoholemia igualmente elevados. Ambos deciden coger el coche para volver a casa y ambos se duermen al volante, pierden el control del coche y se salen de la carretera. Pedro se sale de la carretera y se golpea contra un árbol. Juan se sale de la carretera, atropella a una chica que iba por la acera y la mata. ¿Debería la diferencia accidental de que en un caso uno se encuentre con un árbol y otro con una chica hacer que la valoración moral sea diferente?

Esto es lo que los filósofos llaman el problema de la suerte moral y lleva décadas dando vueltas por ahí desde que  Bernard Williams y Thomas Nagel lo formularan. Según las leyes de diferentes países el resultado sería probablemente que a Pedro le caería una multa y le retirarían el carnet mientras que Juan acabaría en la cárcel. Por un lado, no parece que sea justo castigar más a Juan cuando ha realizado exactamente la misma conducta que Pedro. Pero, por otro lado, parece también injusto meter en la cárcel a Pedro cuando lo único que ha hecho es conducir ebrio o dejar libre a Juan con una multa cuando ha matado a una persona.

Este dilema desafía una intuición profunda en cuestiones morales que es que la valoración moral de un acto no debería depender de la suerte. A esta intuición se le suele llamar principio de control y dice que sólo es moralmente justo evaluar a una persona por factores que están bajo su control. El resultado del ejemplo que hemos puesto se debe a la suerte, no está bajo el control ni de Pedro ni de Juan y no debería influir en nuestra valoración del acto. Sin embargo, lo hace.
Fiery Cushman

Los psicólogos que he mencionado dicen que este dilema se debe al conflicto entre dos procesos psicológicos de juicio moral que dan respuestas diferentes al mismo problema. Uno de los sistemas se dispara por la presencia de un daño y condena al individuo responsable más o menos en proporción al daño y el otro sistema analiza los estados mentales de las personas implicadas, sus intenciones, y condena a los individuos cuyas acciones de manera previsible conducen a un daño y exculpa a los individuos que causan un daño que no podían haber previsto. Estos sistemas producen resultados contradictorios en caso de daño accidental: el sistema basado en el resultado se dispara por el daño y da una valoración moral negativa, mientras que el sistema que analiza el estado mental da una valoración positiva porque no había intención de hacer daño.

Una fuente de evidencia de que existen dos procesos psicológicos distintos (podríamos decir dos módulos que se disparan por estímulos diferentes y dan su propia respuesta) viene de estudios de desarrollo moral en niños. Los niños pequeños condenas las acciones en las que hay daño, es decir, no se fijan en intenciones. Sin embargo los niños mayores, de entre 5-8 años, tienen en cuenta las intenciones. Pero la aparición del segundo sistema no anula al primero, sino que los dos continúan en la vida adulta.

Tenemos también pruebas de imagen cerebral. La activación de la unión temporoparietal derecha está implicada en la valoración de los estados mentales (no en vano es parte del circuito de Teoría de la Mente), de manera que cuanto más se activa esta región menos tendemos a condenar a las personas por las consecuencias no intencionadas de sus actos. Si esta región se activa poco (por ejemplo en niños o en personas con S. de Asperger) entonces asignan más culpa a esas personas. Esto podría ser sólo un epifenómeno, una correlación, pero tenemos datos de que no se trata sólo de eso. Young ha estimulado con estimulación magnética transcraneal esa unión temporoparietal derecha (lo que produce una “lesión virtual temporal”)  y han conseguido alterar el juicio, la valoración que hacían las personas, lo que sugiere un rol causal. 

Cushman especula que el instinto básico de castigar el daño habría surgido en un período muy antiguo de nuestra evolución cuando todavía no éramos capaces de comunicar nuestras intenciones de una manera fiable y la mejor manera de promover una conducta prosocial era castigar el daño y recompensar las buenas acciones, fueran accidentales o no. En una etapa posterior ya entraría en escena la Teoría de la Mente y el segundo sistema que atiende a las intenciones. Estos autores también sugieren que una cosa es valorar la bondad o maldad de un acto (para ello se miran las intenciones) y otra cosa es valorar si una acción merece o no castigo (y para ello se mira el daño).
Liane Young

Lo mismo que acabo de explicar para este dilema sería válido para el caso de hacer daño a una persona para salvar a muchas. Me refiero a los famosos dilemas de los tranvías de Greene o al caso del bebé que llora en un sótano donde hay unas personas que se están escondiendo de los nazis y el llanto del niño les puede delatar y todos morirían. ¿Es justo matar al niño para salvar al resto? En este caso un sistema “caliente” dice “no mates al niño” (tiene representación en el cerebro en áreas relacionadas con la emoción -corteza prefrontal ventromedial), mientras que otro sistema “frío” dice: “el niño va a morir de todos modos, salva a los otros matando al niño” (relacionado con áreas de procesamiento cognitivo y lógico).

De igual manera, en el problema del libre albedrío una parte lógica o “fría” nos dice que todo efecto tiene causas previas y que el universo es determinista, pero cuando hay un daño y alguien comete un asesinato, por ejemplo, el sistema “caliente” se dispara y nos dice que el sujeto es responsable y se merece el castigo. Este procesamiento psicológico dual afecta incluso a las propias teoría filosóficas. Por ejemplo, la división entre kantianos y utilitaristas podría tener su raíz en diferentes procesos psicológicos propios de nuestra mente humana. Los kantianos dicen que hay principios, que un ser humano no es medio para un fin, etc. Los utilitaristas dicen que el fin justifica los medios, que si salvo a 20 matando a uno eso vale…Vemos que es el mismo conflicto entre dos sistemas irreconciliables propios de la psique humana.

¿Y qué enseñanzas sacamos de todo esto? Para la moral, una conclusión que podemos sacar es que tal vez va a ser imposible desarrollar una teoría coherente y unificada de la responsabilidad y de la moral humana. Si la moral es múltiple, si es un racimo de módulos con entradas y salidas diferentes (la visión de Jonathan Haidt de varios pilares fundamentales para la moral, que responden cada uno a diferentes presiones evolutivas, va también esa línea) podría ser una utopía poder llegar a una visión unificada. A los neurocientíficos la existencia de esos dilemas les puede señalar fallas en la tectónica de nuestra mente, lugares donde pueden investigar y descubrir sistemas cerebrales diferentes. Y para los filósofos no me atreve a sacar conclusiones porque seguro que le buscarían pegas a cualquier cosa que pueda decir.

@pitiklinov

Referencias:










lunes, 31 de agosto de 2015

Justicia y Neurociencia

En esta entrada voy a poner sobre la mesa el problema que supone el avance de la neurociencia para nuestro actual sistema de justicia. Son varios los autores que vienen llamando la atención sobre este asunto y voy a seguir fundamentalmente a David Eagleman en su clásico artículo, The Brain on Trial de 2011. La conclusión sería que nuestro sistema legal no sólo es erróneo sino injusto por tratar a la gente como si todos fuéramos iguales. Reconozco, sin embargo, que todavía no estamos en condiciones de articular una alternativa al sistema actual.

Charles Whitman fue un joven de 25 años, uno de estos asesinos múltiples que se llenan de armas hasta los dientes, que se fue a la universidad de Texas Tower en Austin y se puso a disparar contra todos y asesinó a 13 personas e hirió a 32. Es interesante, sin embargo, que Whitman  había dejado unas notas donde indicaba que quería que se le hiciera la autopsia porque se sentía raro y con unos impulsos violentos que no había sentido nunca. De hecho, antes de marchar a disparar a la universidad había asesinado a su madre y a su esposa a la que amaba, sin ninguna razón. El resultado de la autopsia fue un glioblastoma, un tumor cerebral, que afectaba al tálamo, al hipotálamo y a la amígdala, siendo esta última una región especialmente relacionada con el miedo y la agresión.

Es famoso también el caso de un hombre de 40 años, llamémosle Alex, que empieza a desarrollar unas preferencias sexuales que no había tenido nunca. Se empieza a interesar por la pornografía infantil, hasta el punto de que empieza a realizar acercamientos sexuales a su hijastra, lo que alarma a su esposa. Se le encuentra culpable de molestar a niños, se le echa de casa y se le condena a rehabilitación en vez de prisión. Sin embargo, estando en rehabilitación realiza acercamientos sexuales inapropiados al personal y a otros clientes y acaba en prisión. A la vez que ocurría todo esto, Alex se quejaba de dolores de cabeza y estando en prisión son tan insoportables que le llevan a Urgencias. Se le realiza un TAC craneal y se le encuentra un tumor en la región orbitofrontal. Se le opera a Alex y su sexualidad vuelve a la normalidad. Un año después de la operación Alex empieza otra vez con conductas pedofílicas. Se le vuelve a realizar scanner y se descubre un trozo de tumor que no había sido extirpado en la intervención inicial y había crecido. Se le reopera y la sexualidad de Alex se normaliza.

Cambios en la química cerebral dan lugar a cambios en la conducta. Si la biología cambia, cambian nuestros deseos, impulsos y la capacidad de controlarlos y de tomar decisiones. Por ejemplo, algunos pacientes de Parkinson a los que se les da agentes dopaminérgicos como el pramipexol desarrollan juego patológico, hipersexualidad y un aumento del apetito. Si los polos frontales se afectan, como en la decencia froto-temporal o en ACV o tumores en la zona, aparecen conductas desinhibidas, inmorales y cambios de personalidad.

Lo que estos ejemplos nos indican es que la conducta humana no puede ser separada de la biología. La mayoría de nosotros pensamos que todos los adultos tenemos la misma capacidad para realizar elecciones morales, pero esto es erróneo. Los cerebros de las personas son muy diferentes. Creemos que existe una especie de Pepito Grillo en nuestro cerebro, una voluntad inamovible o una conciencia, que es independiente de nuestros genes y de nuestro ambiente. Nada de eso le afecta, es un brújula que marca el bien y siempre sabemos cuál es el bien y podemos elegir libremente hacerlo. Los que no lo hacen son malos y tienen que ir a la cárcel, punto. Pero esto no es así. Pepito Grillo está hecho de instintos, motivaciones, capacidad de autocontrol y de inhibición de impulsos, etc.; Pepito Grillo no está al margen de genes y ambiente sino que está constituido por los genes y el ambiente de cada persona.

Voy a poner más ejemplos. Veamos el caso de Robert Alton Harris, un asesino condenado a muerte en San Quintin en 1992. Los dos padres de Harris eran alcohólicos y probablemente psicópatas, por lo menos el padre que estuvo dos veces en prisión por abusar sexualmente de sus hijas. Parece que Harris nació con síndrome fetal alcohólico y prematuro por una patada que el padre dio a la madre. Harris fue torturado por su sádico padre porque pensaba que no era hijo suyo sino fruto de un affair de su esposa. La madre odiaba a Harris porque le consideraba culpable de las palizas que recibía a manos de su padre. Harris fue objeto de bullying aunque pronto ingresó en una cárcel para menores donde fue violado repetidamente desde la edad de 14 años.

Bien. Con lo hablado hasta aquí todavía podemos intentar sacar la conclusión de que tenemos  una capacidad moral que funciona bien pero que se altera en casos muy extremos y muy especiales de tumores cerebrales, accidentes cerebro-vasculares, demencias y en psicópatas graves, o en gente a los que les damos determinados medicamentos. Pero esto es usar la técnica del avestruz y esconder la cabeza. Porque es sólo cuestión de tiempo que la tecnología sea capaz de hacer distinciones más finas que las que hacemos ahora a nivel de tumores o ACVs. En el futuro detectaremos patrones y detalles a nivel microscópico y en circuitería que se correlacionan con problemas de conducta con implicaciones morales. Un poco más abajo pongo otro ejemplo un poco diferente. No hay distinción entre la biología y la persona con su capacidad de tomar decisiones, son la misma cosa.

A la hora de metabolizar productos en el hígado una personas somos metabolizadores rápidos y otras son lentos. Todos no metabolizamos a la misma velocidad un bocadillo de chorizo porque no tenemos la misma cantidad de jugos gástricos, enzimas, ni la misma flora bacterian. Es sólo cuestión de tiempo encontrar diferencias similares en el cerebro y la línea que separa a los “responsables” de los que no lo son se va a hacer más borrosa. En cualquier eje que midamos - inteligencia, control de impulsos, agresión, empatía, etc.-, nos encontramos con una distribución variable. No somos iguales. Y muchas de estas variables afectan a la conducta moral.

Lo voy a ilustra con otro ejemplo. Existe una hipótesis que plantea que el Trastorno Borderline de Personalidad (luego se ha ampliado también al Trastorno Antisocial de la Personalidad) se debe a una alteración en el sistema de opiáceos del cerebro, y que los síntomas de estos pacientes son intentos incontrolables e inconscientes de estimular su sistema opiáceo defectuoso y su sistema dopaminérgico. Las conductas de las que hablo son conductas agresivas, hipersexualidad, autolesiones, abusos de sustancias…, es decir, conductas con repercusiones morales y legales. Personalmente, puedo comentar el caso de una paciente borderline con impulsos a robar en tiendas (cleptomanía o shop-lifting) que me dice que la necesidad que tiene de robar va aumentando a medida que pasa el tiempo hasta convertirse en una necesidad urgente que se alivia con el acto, para volver luego a aumentar progresivamente. Suponiendo que esta teoría y otros hallazgos similares en el futuro se demuestren, ¿sería justo meter en el mismo saco legal a personas con el sistema opioide alterado y personas que no lo tienen alterado? ¿Es justo juzgar igual a alguien como Robert Harris, que ha heredado esos genes de psicopatía y ese ambiente, y a alguien que no los ha heredado? ¿Es acertado suponer que esas dos personas tienen el mismo Pepito Grillo? Creo que no, y que sostener la existencia de una “voluntad libre” que no se ve afectada por la lotería de los genes y el ambiente es mantener un estatus quo que perjudica a los más desfavorecidos, a los que peor suerte han tenido en la vida.

A medida que avance la neurociencia descubriremos que la gente se distribuye en un continuo y no en categorías simples. No podremos mantener que todos los cerebros responden igual y todos merecen el mismo castigo. El sistema legal supone que todos somos iguales ante la ley, que todos somos igual de capaces de controlar nuestros impulsos, de tomar decisiones y de comprender sus consecuencias. Este mito es admirable en espíritu y era lógico mantenerlo hace siglos. Pero sencillamente no es cierto.

Mi intención con este post ha sido señalar que tenemos un problema. Davig Eagleman aventura cómo podríamos realizar los cambios necesarios para el futuro pero creo que todavía no tenemos una alternativa factible, porque la ciencia no ha avanzado lo suficiente. Pero es muy importante empezar por reconocer que tenemos un problema, es el primer paso para buscar soluciones.


@pitiklinov

Referencia: