miércoles, 13 de junio de 2018

Ponencias II Jornada de Evolución y Neurociencia

Aquí os dejamos las ponencias de la II Jornada de Evolución y Neurociencia que tuvo lugar en Bilbao los días 24 y 25 de Mayo de 2018. No son todas y algunas de ellas no están completas por problemas técnicos pero esperamos que sean de vuestro interés.

Nuestro agradecimiento a todos los ponentes y a todos los asistentes que estuvisteis esos dos días con nosotros. ¡Un abrazo y os esperamos en la próxima!

Las Cajas Negras de la Evolución. Antonio J Osuna


Salud Mental en Grandes Simios. Entre la Ética y el Bienestar. Miquel Llorente



Qué significa ser humano. Una historia biológica de nuestra especie. Conchi de la Rúa



"Tchalacama", el concepto de enfermedad mental en los Hadza. Luis Caballero



Evolución Cultural y Origen del Altruismo. Juan Ignacio Pérez



Extensión tecnológica y arqueología cognitiva: la emoción cel contacto entre mano y piedra. Emiliano Bruner



El suicidio desde el punto de vista evolucionista. Pablo Malo



Evolución Cerebral y Evolución Cultural: el origen de la psicopatología. Julio San Juan.


sábado, 9 de junio de 2018

Ultrasociedad. El grupo Egoísta.

(publicada originalmente en La Nueva Ilustración Evolucionista el 13-04-2017)

Esta entrada es un comentario del libro de Peter Turchin Ultrasociety. How 10.000 years of war made humans the greatest cooperators on earth. La mayoría de los biólogos usan el término eusocialidad para referirse a los insectos sociales y ultrasocialidad (socialidad extrema) para los humanos. La vida social de termitas y hormigas, en la que algunas especies viven en colonias de millones de individuos es de una complejidad enorme. Pero los seres humanos hemos ido creando sociedades cada vez más grandes y complejas a una velocidad que no tiene parangón en otras especies. Hemos pasado de sociedades de decenas de personas a sociedades formadas por millones de personas en los últimos 10.000 años y esta transformación es la que Turchin pretende explicar en su libro.

La rapidez con la que se ha producido este cambio implica, según Turchin, que es demasiado rápida para que se deba por completo a la evolución del genoma humano. Para Turchin, esta historia es un proceso de evolución cultural. Hay que decir que Turchin es discípulo de Pete Richerson y Rob Boyd, los padres de la evolución cultural y colega de David Sloan Wilson, el padre de la selección multinivel. El libro, por lo tanto, está salpicado de críticas a Richard Dawkins cuya visión del Gen Egoísta está desfasada y es errónea, según todos estos autores.

Pero aquí es donde matizaría una cosa. Se ha criticado a Dawkins por la visión cruda y negativa  que da del ser humano y la sensibilidad moral de ciertas personas prefiere enfoques donde se hable de que el ser humano es también colaborador y no egoísta. Dejando a un lado que la existencia de genes egoístas no impide la de individuos egoístas, el problema que tiene la selección multinivel es que tampoco se libra del egoísmo. Turchin deja muy claro el lado oscuro de la selección de grupo. Lo expresa claramente cuando dice que esta gran expansión de las sociedades humanas sólo ha sido posible porque las sociedades compiten entre sí y aquellas que no tienen las instituciones adecuadas desaparecen. Las sociedades que poseen las características adecuadas destruyen a las que no las poseen.

Así que en vez de hablar del Gen Egoísta podríamos hablar del Grupo Egoísta. La idea central de este libro es que la competición entre grupos, normalmente en forma de guerra, es la que transformó la humanidad desde bandas de decenas de individuos hasta pueblos agricultores y luego a sociedades complejas social y económicamente. La guerra, según esta visión, es una destructividad creativa. Los seres humanos cooperan para competir. Los seres humanos son un animal de equipo. Cooperan, sí, pero contra alguien, contra otros equipos. Competimos como miembros de un equipo contra otros equipos y para ganar hay que suprimir la competición interna, la competición dentro del grupo. Así que esta visión de Turchin y Wilson la podríamos denominar El Grupo Egoísta o egoísmo multinivel, pero tal como lo veo lo que hace es ampliar el egoísmo y extenderlo desde los genes (Dawkins) a todos los demás niveles. Suena más a una ampliación de lo que dice Dawkins que a una refutación.

Al tratar del aumento de tamaño de las sociedades humanas, Turchin aborda un problema que creo que es muy interesante y es el de cómo y por qué apareció la desigualdad entre los seres humanos y por qué se consintió. La mayoría de antropólogos aceptan que las sociedades de cazadores recolectores eran igualitarias y no había grandes diferencias de estatus y poder entre los individuos ni tampoco entre los sexos. Sin embargo, cuando se crean los primeros estados arcaicos -lo que ocurre tras la aparición de la agricultura- nos encontramos ya reyes y unas élites que monopolizan un gran porcentaje de los recursos. La pregunta es: si sólo unos pocos ganan y una mayoría pierde, ¿por qué ocurrió esto y por qué los individuos lo permitieron y lo mantuvieron en el tiempo? 

Se han propuesto varias hipótesis para explicarlo, por ejemplo la religión. Es verdad que la religión, al hacer que los reyes se consideraran descendientes de los dioses, ayudó a legitimar y sostener a los reyes y élites y a impedir que la gente común matara a estos déspotas, pero la religión no explica el origen del fenómeno. Lo que explica el origen de este fenómeno es la guerra. Las sociedades grandes tienen una ventaja sobre las pequeñas: la fuerza. Por una ley llamada Lanchester´s Square Law la proporción de bajas infligidas por un ejército al adversario es el cuadrado de su ventaja numérica, es decir que doblar el número de efectivos genera más del doble de ventaja militar. Por lo tanto, existió una presión selectiva en pueblos enfrentados que vivían en llanuras (esta ley no se cumple en las montañas) para crear sociedades más grandes. 

Pero las guerras no se deciden a favor del que tiene más armas y más soldados. Hace falta cohesión, unidad y coordinación para ser más eficaces que el enemigo. Esto quiere decir que en condiciones de guerra, además de una selección para aumentar el tamaño hay una selección para formar una jerarquía militar eficaz. Pero la jerarquía militar puede mostrarse reacia a dejar el poder cuando acaba la guerra y existe la tentación de convertir su poder militar en ventajas materiales para ellos y sus familias. Este es el principio conocido como la La Ley de Hierro de la Oligarquía. Este principio, formulado por el sociólogo alemán Robert Michels en 1911, dice que toda forma de organización, independientemente de lo democrática o autocrática que pueda ser al principio, acabará evolucionando hacia una oligarquía. Michels estudió esto en partidos socialistas y movimientos obreros. Tanto los líderes como las organizaciones creían firmemente en la igualdad y la democracia pero al final, en la práctica, a medida que los líderes acumulaban poder empezaron a subvertir los procedimientos democráticos. El poder corrompe.

Así que el proceso fue que las sociedades necesitaban crecer para vencer a los vecinos y necesitaban una jerarquía militar que luego se hizo social. Pero este proceso llevó miles de años. El golpe militar, por así decirlo, lo daba un líder rodeado de sus jefes militares y el jefe compartía con ellos los frutos de su dominación para no ser derrocado. Pero para mantener ese poder en tiempos de paz era necesario legitimar el poder. Es por esto que pasó mucho tiempo desde que surgió la agricultura hasta que aparecieron los primeros estados arcaicos, los primeros jefes y bandas de guerreros no conseguían mantenerse en el poder. Esta legitimación vino con la religión y grandes rituales y empresas colectivas como monumentos y con otros cambios culturales como la propiedad privada ligada a la agricultura y ganadería. El rey era el que realizaba los rituales religiosos (un rey-dios) y todo ello legitimó su autoridad. 

Todo esto suena convincente, pero hay un paso posterior un tanto extraño. La guerra dio lugar a despotismo y desigualdad pero la competición militar entre sociedades continúa y en cierto momento se convierte en una fuerza para crear igualdad, menos violencia y en conjunto unas condiciones de vida mejores para todos. ¿Cómo ocurrió esto? Bien, la explicación de este cambio es de nuevo la religión y la guerra y el momento en que se produjo es la Era Axial. La Era Axial es una idea del filósofo Karl Jaspers que la propuso en un libro de 1949. Según él, se produjo un cambio en todo el mundo (el mundo conocido de entonces: Occidente, India y China) entre los años 800 y 200 anteriores a la era contemporánea, aproximadamente alrededor de 500 antes de Cristo. En esta época aparecen religiones como el judaísmo, el zoroastrismo, el budismo o el confucianismo. En esta época las religiones evolucionan desde dioses caprichosos que proyectan deseos humanos a dioses moralizadores, dioses preocupados porque las conductas de los humanos sean prosociales y que vigilan lo que éstos hacen. Y con estas religiones aparece de nuevo una ética igualitaria, surgen profetas y denunciadores y surgen reyes “amables” que se preocupan de sus súbditos como Ashoka. 

Todo esto ocurrió por sus propias razones y no por ocurrencia individual de los reyes o profetas. Los reinos arcaicos que duraron varios milenios eran muy inestables. Los reyes eran asesinados por alguno de sus hermanos que a su vez era asesinado por otro o por un señor de la guerra con ambiciones y estaban continuamente formándose y desapareciendo. Si quieres que tus soldados luchen a tu favor no puedes oprimirlos y si oprimes a tu pueblo no les des armas…Los estados arcaicos eran borrados del mapa continuamente así que el mensaje igualitario caló en ellos porque era una necesidad. Las religiones axiales promovieron la cooperación y la igualdad y limitaron el despotismo. Otro cambio fundamental de las religiones axiales fue el universalismo. Estas religiones ampliaron el círculo de cooperación más allá de la tribu o la etnia y se convirtieron en el pegamento social para formar imperios multiétnicos. En sociedades pequeñas los vecinos se vigilan unos a otros y se sabe que cuando la gente es vigilada se comporta bien. Ese papel de vigilancia en grandes sociedades lo pasó a desarrollar el dios monoteísta y universalista y esto permitió la confianza y cooperación necesaria para que las sociedades pudieran aumentar de tamaño.

Así que las sociedades humanas han evolucionado según lo que parece una paradoja: La violencia (la guerra de unas sociedades contra otras) dio lugar a la ultrasocialidad y la ultrasocialidad ha hecho disminuir la violencia. La clave en la evolución humana ha sido el aumento de la escala de la cooperación humana. Y esta evolución cultural y social humana ha seguido un curso en zigzag: desde la desigualdad existente en nuestros ancestros primates a la igualdad de los cazadores recolectores, desde aquí a la desigualdad de nuevo de los estados arcaicos y después la igualdad en las sociedades democráticas. Todo lo hablado en esta entrada queda resumido en esta imagen:



@pitiklinov

Referencia:


Peter Turchin. Ultrasociety. How 10.000 years of war made humans the greatest cooperators on earth. Beresta Books 2016

La fantasía sexual de los cuernos

La fantasía sexual en la que un hombre se siente excitado por el acto de que su pareja tenga relaciones sexuales con otro hombre es muy frecuente y han aparecido varios artículos en prensa general últimamente tratando este  intrigante fenómeno. Lo que ha despertado la atención de la prensa es que esta fantasía es muy frecuente, el término “cuckold porn” (cuckold y cuckolding son las palabras inglesas para cuernos y poner los cuernos) es el segundo término más buscado después de “youth”. El equivalente femenino de cuckold es cuckquean y de cuckolding cuckqueaning y al fenómeno en general en el que alguien se excita por ver a su pareja tener sexo con otra persona se le ha dado en llamar troilismo, termino que parece provenir del francés trois. Según la encuesta referida en ese artículo, un 35% de las mujeres refieren fantasías de troilismo frente a un 49% de los hombres. En esta entrada yo voy a hablar del caso de los hombres.

Como nos cuentan aquí, existe toda una terminología  al respecto. Al hombre que realiza su fantasía se le llama Stag, a la mujer Vixen y al invitado Bull y en este mismo artículo nos cuentan el caso de un pareja casada, con trabajo e hijos, que ha hecho de esta práctica sexual el eje de su vida sexual y tienen una cuenta en Twitter muy visitada. Por otro lado, como nos dice Justin Lehmiller en esta entrada, estas fantasías no son un invento moderno sino que están ya recogidas en los escritos de Freud y otras fuentes.

El problema es que desde una perspectiva evolucionista esta fantasía sexual es contraria a los comportamientos habituales de los machos, y de los hombres en particular. En animales en los que las hembras presentan fertilización interna los machos tienen el problema de que no pueden estar seguros de que son ellos los que han fertilizado a la hembra, es decir no tienen certeza de paternidad, y sabemos de muchas conductas de los machos como el control de la pareja (mate guarding), o los celos sexuales, que van dirigidos a evitar precisamente que la pareja tenga relaciones con otros machos. Históricamente sabemos que los hombres han realizado grandes esfuerzos para evitar ser engañados y ahí tenemos el caso de los famosos cinturones de castidad y la violencia incluso en el caso de infidelidad. Así que la cuestión es de dónde pueden salir estas fantasías.

Pues es muy conocido que en muchas especies diferentes el macho residente, es decir el que controla un determinado territorio, copule con su hembra cuando otro macho realiza una incursión en su territorio. Esto tiene sentido biológico ya que el intruso puede venir buscando oportunidades sexuales, o puede haberlas encontrado, y al copular el macho tiene más oportunidades de asegurar su paternidad. El caso es que en animales monógamos sociales la posibilidad de que la hembra pueda tener sexo fuera de la pareja parece tener un efecto estimulante o afrodisíaco. En el caso de unos pájaros llamados orioles los machos copulan inmediatamente con la hembra si escuchan la grabación del canto de otro oriol. El significado evolutivo es que si un macho está cantando en las cercanías es posible que haya copulado con la hembra. 

David Barash ha trabajado con patos y ha observado que algunos machos que no tienen pareja realizan copulaciones forzadas de hembras que ya tienen pareja y cuando esto ocurre, el macho de la pareja intenta evitar la copulación atacando y alejando al macho forastero pero poco después fuerza él mismo una copulación de su pareja. Busca contrarrestar la situación al intentar que sea su semen el que fertilice a la hembra (en muchos pájaros, no siempre, el último que copula suele tener una ventaja a la hora de fertilizar a la hembra). El caso del halcón de las Galápagos es inusual porque es una especie con poliandria en la que hasta cinco machos se emparejan, social y sexualmente, con una hembra. En cuanto un macho copula con la hembra inmediatamente los demás se ponen en fila para hacer lo mismo. El objetivo es interferir con el semen de los otros machos y a este fenómenos se le llama competencia espermática.

Los mamíferos no son inmunes a este tipo de prácticas. En ratas, los machos copulan con una hembra tan rápido como sea posible después de que ella haya terminado de copular con otro macho.  También se ha observado por lo menos en un tipo de rata que cuando un macho ha copulado con una hembra el intervalo de tiempo hasta que vuelve a copular con esa misma hembra se acorta si la observa copular con otro macho. En primates, los machos también copulan con una hembra que ha copulado recientemente. La atracción de ver copular no tiene nada de extraño en humanos tampoco porque es precisamente la base de la pornografía y el voyerismo (¿neuronas espejo?) y tiene lógica evolutiva en el sentido de que la existencia de actividad sexual alrededor de un macho indica que hay una hembra receptiva. También se ha propuesto que existe esta competición espermática de la que estamos hablando en humanos, aunque las pruebas que se han dado no son concluyentes.

Así que todos estos ejemplos y esta historia filogenética nos plantean la provocativa posibilidad de que los hombres (en general los machos) puedan estar “cableados” para encontrar los escenarios de infidelidad, o de actividadad sexual en general, como excitantes porque promueven conductas que buscan conseguir que sea su esperma el que gane en la carrera por fertilizar a la hembra.

Evidentemente, no podemos pretender que esta sea la explicación de estas fantasías ni mucho menos que sea la única. Es muy probable que diferentes fantasías tengan diferentes motivaciones y que tengamos que tener en cuenta otros factores psicológicos y sociales, si es que, como parece, estas fantasías han aumentado en las últimas décadas. Tampoco nos explica la competición espermática el caso de las fantasías en hembras. Así que quedan muchos interrogantes sobre este interesante fenómeno.

Referencia:

David Barash y Judith Eve Lipton . The myth of monogamy Holt Paperbacks 2001 (pp 38-40)




domingo, 27 de mayo de 2018

Darwin y el fin del bien y el mal

(Entrada publicada originalmente en La Nueva Ilustración Evolucionista el 25-06-2015)

La moralidad es una ilusión colectiva de los genes. Necesitamos creer en la moralidad y, por tanto, gracias a nuestra biología, creemos en la moralidad. No hay fundamento “ahí fuera” más allá de la naturaleza humana.
-Michael Ruse

Veíamos en una entrada anterior que las consecuencias morales de la selección natural fueron probablemente la causa de que Darwin tardara tanto tiempo en publicar sus ideas. En esta entrada voy a intentar explicar por qué Darwin dinamita nuestra moralidad y supone el fin del mundo tal como lo conocíamos antes de él, el fin de la idea del bien y del mal. Ni Copérnico, que nos desplazó del centro del Universo, ni Freud, que señaló que no éramos los dueños de nuestra propia mente, ni la cosmología, ni la geología, ni ninguna otra rama de la ciencia supone un corte tan profundo en la yugular de la comprensión de nuestra propia naturaleza (ni ponen los pelos de punta a los creacionistas de la misma manera). Nada de eso es comparable a la revolución y el peligro que supone Darwin. Voy a seguir para ello a Steve Stewart- Williams, al que ya entrevistamos aquí,  en el último capítulo de su libro, Darwin, God and the meaning of live.

El problema, la cuestión, es la siguiente: ¿pensamos que ciertas acciones son moralmente buenas porque  son moralmente buenas? ¿O pensamos que son buenas solo porque esa forma de pensar hizo que nuestros ancestros tuvieran más descendencia que los que pensaban de otra manera? ¿El hecho de que nuestras creencias morales tengan un origen evolucionista implica que nuestras creencias morales son falsas? ¿Implica esto que la moralidad es “luz de luna” como decía Adam Sedgwick, o que nuestra moralidad es en vano, como decía Charles Lyell? ¿Quiere decir esto que podemos hacer lo que queramos, que no hay verdades morales?

Hay dos maneras en las que la teoría evolucionista mina la moralidad. La primera sería que conduce a la gente a perder su fe en Dios y en la inmortalidad personal. La segunda es que la selección natural dinamita la idea de que existen unos cimientos objetivos sobre los que apoyar la moralidad. Voy a decir algo sobre la primera parte pero el meollo de la cuestión es el segundo punto. Y la respuesta es que sí, que la teoría de la evolución hace imposible fundar la moralidad sobre bases sólidas objetivas, no hay moralidad ahí fuera, como dice Ruse.

Es un argumento que se repite mucho: que Dios, o la religión, hace buena  a la gente y el ateísmo la hace mala. En primer lugar quiero decir algo sobre el llamado “error de Huxley”, porque fue Thomas Huxley en una famosa conferencia en 1894 el que lo formuló: “el progreso ético…depende…de combatir nuestra naturaleza”. Esta visión supone que la naturaleza del hombre es egoísta, cruel y competitiva y que es la religión, o Dios, la causa de que seamos cooperadores y altruistas. Bien, actualmente hay evidencia de sobra de que todo lo que encontramos moralmente atractivo en la naturaleza humana: el altruismo, el amor, la simpatía, la generosidad, la virtud, etc., son también producto del mismo proceso de selección natural (y este es el meollo del asunto, como luego veremos). No hay ningún problema para que genes egoístas usen individuos nada egoístas para conseguir sus objetivos y en determinado nivel de complejidad y de organización social desde luego que les compensa a los genes hacer que los vehículos que los portan no sean egoístas.

Podríamos decir más cosas sobre si el ateísmo te hace malo (teorías aparte, los datos en cualquier caso no lo apoyan) pero habría también mucho que hablar sobre si la religión te hace bueno. Por un lado, si esto fuera así la policía y las cárceles sólo serían necesarias para los ateos pero parece que este no es el caso. Y, por otro lado, tenemos el tema de la Violencia Virtuosa. Los terroristas suicidas del 11-S creían sinceramente que estaban haciendo algo noble y correcto y todos sabemos las cosas horribles que se han hecho en nombre de la religión : Cruzadas, Inquisición, quema de brujas, guerras religiosas, etc. A lo largo de la historia, y desgraciadamente hoy en día, la gente persigue y mata al prójimo en base a meras supersticiones. La religión vende que hace buena a la gente, pero nuestro sentido moral es innato.

Esta teoría de que la moralidad se sustenta en Dios técnicamente se llama la Teoría del Mandato Divino y parece implicar , como dijo Dostoyewsky, que si Dios no existe, todo está permitido. Pero la falsedad esta teoría ya la dejó sentada Platón hace más de 2.000 años en el dilema de Eutifrón: ¿Son las cosas que Dios manda buenas porque Dios lo manda o Dios las manda porque son buenas? Si decimos que las cosas son buenas porque Dios las manda eso implica que si Dios dijera que hay que torturar niños entonces esa conducta sería buena y justa, lo cual es contrario a nuestra intuición moral. Los creyentes pueden argumentar que Dios no va a mandar esas cosas terribles porque Dios es bueno y sólo va a mandar cosas buenas. Pero esa salida asume que hay un estándar de lo que es bueno y malo que es independiente de Dios. Dios ya no sería el fundamento de la moralidad porque esas cosas serían buenas aunque Dios no las mandara.

Y llegamos así al núcleo del asunto, al nihilismo moral que supone la teoría de la selección natural. Filósofos como Michael Ruse o Richard Joyce señalan que nuestras creencias morales son ilusiones y las tenemos no porque sean ciertas sino porque son útiles para regular nuestra vida social. Entender esto es muy contraintuitivo y mucha gente encuentra difícil aceptar que la capacidad humana para hacer el bien es producto del mismo proceso “estúpido” y “brutal” de la selección natural. Randolph Nesse expresa muy bien el “choque” que se siente cuando uno se da cuenta de esto:

“El descubrimiento de que las tendencias para el altruismo están modeladas por nuestros genes es uno de los hechos más perturbadores de la historia de la ciencia. Cuando lo comprendí por primera vez dormí muy mal durante muchas noches intentando encontrar alguna alternativa que no supusiera un desafío tan grave para mi sentido del bien y el mal”

La cuestión es que si nuestra naturaleza y nuestra historia filogenética y el estilo de vida de la especie fuera diferente, nuestras creencias morales serían diferentes. Lo mismo que a nosotros nos resultan repelentes las heces pero a las moscas les atrae, lo mismo podría haber ocurrido con la prohibición de matar o con cualquier otra norma moral. Si matar o cualquier cosa que ahora consideramos mala hubiera aumentado el número de descendencia de nuestros ancestros ahora sería considerada buena. El propio Darwin se dio perfecta cuenta de esto y escribió:

“Yo no quiero mantener que cualquier animal estrictamente social, si sus facultades intelectuales llegaran a ser tan activas y elevadas como las del hombre, adquiriría el mismo sentido moral que nosotros. De la misma manera que diversos animales tienen su propio sentido de la belleza, aunque admiran objetos muy diferentes, así tendrían un sentido del bien y el mal, pero les llevaría a tomar diferentes líneas de conducta. Si, por ejemplo, para tomar un caso extremo, los seres humanos fueran criados en las mismas condiciones que las abejas, no habría duda de que nuestras mujeres solteras, al igual que las abejas obreras, creerían que es un deber sagrado matar a sus hermanos y las madres intentarían matar a sus hijas fértiles; y a nadie se le ocurriría interferir. No obstante, la abeja, o cualquier otro animal social, ganaría en este supuesto caso, tal como me parece a mí, un sentimiento del bien y el mal, o una conciencia.”

Es decir, que intentos como los de Kant u otros filósofos de que la moralidad se puede deducir a partir de la nada por pura deducción lógica no tienen ningún sentido. La razón nos puede permitir deducir nuevos principios morales, o nuevas conclusiones, pero siempre después de que hayamos establecido un principio ético fundamental. Y ese principio ético fundamental no tenemos donde apoyarlo. Podemos imaginarnos que decidimos que un Universo con menos sufrimiento es preferible a un Universo con más sufrimiento. A partir de esta premisa yo deduzco que como los animales no-humanos sufren también debemos hacer todo lo posible para reducir su sufrimiento. La razón nos llevará a aceptar esas conclusiones morales pero después de haber aceptado el principio fundamental. La razón no nos puede decir cuál es ese principio fundamental. Debemos empezar en algún sitio, sin ninguna justificación. Nuestro punto de partida es siempre una disposición, una intuición, un sentimiento de que algo es deseable moralmente. Pero no hay una justificación última para ello.

¿Y dónde nos deja esto? ¿Cuál es la salida? Pues no la hay, así que sálvese quien pueda. Os puedo contar la salida de Stewart-Williams, que es una salida utilitarista. Stewart-Williams reconoce que nuestras decisiones están influenciadas por nuestra naturaleza evolucionada y que nuestros códigos éticos nunca pueden trascender o escapar de estos orígenes evolucionistas. Steve elige precisamente el camino que acabo de señalar de disminuir el sufrimiento en el Universo pero reconoce que no puede justificarlo ni apoyarlo en nada (y que en el fondo está siguiendo un dictado de la naturaleza, o sea que está cayendo en la falacia naturalista…). ¿Cómo podemos justificar que el utilitarismo es una buena filosofía moral y que debemos adoptarla? Pues reconoce que no puede. Simplemente, aunque el Universo no tenga sentido, él prefiere una felicidad sin sentido a un sufrimiento sin sentido. El sistema de valores utilitarista será aceptado por aquellos que decidan que  su elección se basa en esa preferencia de evitar el sufrimiento y aumentar la felicidad, pero que no es justificable de manera última. Lo reconoce así y no lo intenta justificar.

¿Supone esta salida una base suficiente para un sistema moral o ético? Pues depende. Para Steve y otros sí, pero para muchos otros no. El hecho es que supone una base más sólida que la idea de que Dios creó las normas morales del mundo, por la sencilla razón de que eso no es cierto. Para mucha gente lo que dice Steve representa el fin de la moralidad pero para Steve representa una moralidad despojada de superstición.

Una visión darwiniana de la moralidad como la que defiende Stewart-Williams implica aceptar que probablemente no existe Dios, que no hay otra vida, ni almas, que no hay una base objetiva para la moralidad ni un propósito para nuestro sufrimiento; que somos insignificantes en un cosmos vasto e impersonal, que nuestra existencia no tiene sentido ni significado, y que los efectos de nuestras acciones desaparecerán sin dejar rastro. Y, a pesar de todas estas duras verdades, esforzarse como si la vida tuviera sentido y luchar por un mundo mejor, sin promesas de una recompensa eterna ni de la victoria final. 

@pitiklinov

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sábado, 26 de mayo de 2018

Las creencias falsas como dispositivos de compromiso con el grupo


Zhao Gao fue un poderoso hombre ávido de más poder. Un día llevó un ciervo a una reunión con el emperador y muchos oficiales del más ato rango, llamando al ciervo un “gran caballo”. El emperador, que consideraba a Zhao Galo como un maestro confió en él completamente y estuvo de acuerdo en que era un caballo, y muchos oficiales también. Otros, sin embargo, se callaron u objetaron. Así fue como Zhao Gao depuró a sus enemigos. Poco después, asesinó a todos los oficiales que rehusaron llamar caballo al ciervo.


En un mundo en el que unos grupos compiten con otros grupos es lógico esperar que los grupos compitan por conseguir miembros. De la misma manera, también es de esperar que los individuos compitan por la pertenencia a los grupos más grandes y unidos. En el contexto de esta competición, la capacidad de señalar que uno no puede cambiar de grupo puede ser una ventaja estratégica porque los miembros de los grupos preferirán tener aliados leales que gente que puede cambiar de grupo y abandonarlo si las condiciones cambian. Esta idea explica por qué los miembros de ciertos grupos usan cicatrices y marcas más o menos permanentes en el cuerpo para señalar su pertenencia. En la medida en que estas marcas corporales hacen difícil unirse a los grupos rivales sirven muy bien para señalar el compromiso del sujeto con el grupo. Es posible que el apoyo público a ciertos tipos de creencias tenga el mismo efecto que estas marcas. En concreto, mantener determinados tipos de creencias, puede hacer que sólo sea posible la pertenencia a un grupo. Robert Kurzban y  John Christner proponen en un artículo que este planteamiento sirve para explicar la creencia en seres/fenómenos sobrenaturales aunque el mecanismo es aplicable a ciertas creencias falsas en general. Vamos a ver en resumen sus argumentos.

En principio, las creencias verdaderas son útiles y las creencias falsas no deberían serlo. Actuar en base a una creencia que no captura algo real acerca del mundo puede llevarnos a malos resultados. Por ejemplo, si tengo una creencia falsa acerca de lo que puedo comer y actúo en base a ella puedo acabar envenenado o intoxicado. En base a ello, uno podría esperar que las mentes humanas (si no existe alguna fuerza selectiva por alguna razón) deberían estar diseñadas para resistir adoptar falsas creencias. Pero hay razones evolucionistas para que esto no sea así. Una primera excepción se refiere por ejemplo a decisiones binarias del tipo escapar o no escapar de una situación cuyo ejemplo más famoso es si escapamos o no cuando oímos un ruido o vemos un movimiento en el bosque. El coste de este tipo de decisiones es asimétrico en el sentido de que el coste de estar equivocado es mucho mayor en los falsos negativos que en los falsos positivos: si yo creo que no hay un tigre tras los matorrales y sí lo hay, estoy muerto mientras que si no lo hay cuando pienso que sí me va a generar un susto pero viviré para contarlo. Esto hace que la mente humana, al igual que los detectores de humo, estén diseñados para estar sesgados o dar preferencia a creencias erróneas, a creer cosas que no son reales porque el diseño de la mente humana se va a inclinar por una tendencia a mantener errores que pueden favorecer la supervivencia.

Existe otro mecanismo selectivo que puede contrarrestar la tendencia que en principio la naturaleza debería tener a evitar la creencia en cosas falsas: que una creencia tenga ventajas sociales. Es decir, si una creencia errónea puede hacer que el individuo tenga un mejor estatus social en su grupo y un mayor prestigio, las ventajas que se derivan de ello pueden compensar los inconvenientes de mantener una creencia errónea. Si mi creencia errónea va a alterar la conducta de los demás hacia mí de una forma ventajosa, evidentemente me compensa tenerla. Como veíamos hace un par de entradas, la conducta de los demás en un animal ultrasocial como nosotros es un recurso, lo mismo que la comida el agua o el territorio, y me puede reportar considerables beneficios.

Es relativamente sorprendente la facilidad con la que los humanos tienen creencias en lo sobrenatural, en cosas que de entrada deberíamos pensar que son falsas. Y no sólo es que los seres humanos estén predispuestos a tenerlas sino que están hasta deseosos de hacerlo. Y eso que estas creencias tienen un coste: perder tiempo rezando, construir monumentos a dioses inexistentes, sacrificar animales a dioses en lugar de comérselos, realizar rituales complicados, etc. Así que la pregunta sería: ¿por qué son las creencias en lo sobrenatural tan frecuentes en los seres humanos?

Sin entrar en todos los detalles, los estudiosos han dado dos tipos de razones  para las creencias sobrenaturales. La primera explicación es que son un subproducto de mecanismos diseñados para otra cosa, es decir, la capacidad humana de creer en lo sobrenatural sería un efecto secundario de algo que sí ha sido seleccionado por la selección natural, de la misma manera que el color blanco de los huesos es un efecto secundario de la selección del calcio como elemento para darles consistencia y resistencia. Lo vemos mejor con un ejemplo como la creencia en fantasmas. Por un lado, los fantasmas son personas, o tienen muchas características de las personas, (se mueven, tienen intenciones, etc.) pero a la vez hacen cosas que violan las expectativas acerca de lo que hacen las personas (por ejemplo, atravesar paredes o cosas de ese tipo). Estas violaciones de las expectativas llaman poderosamente la atención y tienden a fijarse en nuestra mente. Es decir, la creencia en fantasmas sería un subproducto de mecanismos de computación de nuestra mente diseñada para hacer inferencias y para centrar la atención en cosas que desafían nuestras expectativas. Kurzban y Christner critican esta explicación porque consideran que explica mejor que se recuerden estas creencias pero no que se mantengan en primera instancia. 

El segundo tipo de argumentos es la visión adaptacionista, es decir, que los mecanismos para creer en cosas sobrenaturales han sido seleccionados directamente porque tienen ventajas. Por ejemplo, creer en un dios que castiga las malas acciones tendría ventajas porque evitaría cometer actos egoístas que habrían llevado a ser castigados por los miembros del grupo. Por ello, los individuos con creencias sobrenaturales acabarían desplazando a los que no las tengan. Un argumento adaptacionista de otro tipo tiene que ver con la emisión de señales a los demás. En el contexto de la religión, el sujeto que soporta los costes impuestos por la religión (daño físico como circuncisión u otros rituales, hacer ayuno, etc.) está mandando señales a los demás de su calidad como el pavo real las manda por medio de su cola. Pero estos argumentos, según Kurzban y Christner, tienen también problemas porque asumir unos costes para entrar en un grupo no quiere decir que el sujeto no puede abandonar el grupo más adelante. Muchos de estos costes se imponen mientas el individuo está en el grupo y se podrían asumir pero luego, a pesar de ello, abandonar el grupo.

Así que Kurzban y Christner creen que hay que buscar explicaciones alternativas y proponen la suya, que las creencias en lo sobrenatural son dispositivos para el compromiso. Ellos parten de la premisa de que la historia humana se ha caracterizado por un baile de alianzas, una creación y ruptura continua de las mismas. Esto no quiere decir que no hayan existido alianzas estables, como las basadas en parentesco, pero basta con la idea de que ha habido volatilidad en las alianzas. También asumen que pertenecer a una alianza es un beneficio y que no ser miembro es un coste. Los individuos que no pertenecen a un grupo estarían expuestos a la explotación al no tener quién les defienda. Un dato que apoya esto es que los humanos derivamos placer de la pertenencia a grupos y dolor cuando somos excluidos de ellos lo que indica que hay sistemas motivacionales trabajando para que nos incluyamos en grupos y evitemos quedarnos fuera (la visión de la autoestima como un sociómetro va en esta línea).

Dadas estas premisas, un parámetro clave que un grupo examinaría a la hora de aceptar un miembro sería su probabilidad de cambiar de bando si es que las cosas se ponen feas o si aparecen oportunidades mejores en otros grupos. Esto sugiere que la capacidad para señalar que uno no quiere -o mejor aún: que uno no puede- cambiar de bando sería muy beneficioso para el individuo porque le haría más valioso para el grupo. Esta idea es un caso específico de un fenómeno más general que consiste en que disminuir las opciones de las que uno mismo dispone puede ser una ventaja siempre que se señale este hecho a los demás (el dilema del secuestrador de Schelling). Como decía al inicio, las marcas, cicatrices o tatuajes corporales cumplen esta función porque es menos probable que el grupo rival acepte a alguien con marcas del grupo enemigo en su seno.

Las creencias son diferentes a las marcas corporales pero Kurzban y Christner dicen que pueden cumplir la misma función. Para empezar, las creencias son invisibles y, en teoría, se pueden cambiar pero generar una creencia en la cabeza de la otra persona puede dar lugar a un compromiso. Poníamos un ejemplo de ello en esta entrada sobre las ideas de Robert Frank. Si Albert le cuenta a Bob una información que podría ser desastrosa para él si se conoce (por ejemplo, que mató a una persona), Alfred está asegurándole a Bob que no le va a traicionar porque entonces Bob podría ir a la policía a contarlo. Es decir, transmitir ciertos tipos de información a los demás (por ejemplo información que nos hace vulnerables) puede aumentar la probabilidad de que piensen que uno va a seguir siendo un aliado. 

Pero vamos por fin al meollo de la postura de Kurzban y Christner. Pascal Boyer dice que hay creencias que hacen imposible la pertenencia de alguien a un grupo. Fijaos en las tres afirmaciones siguientes:

1- Colón descubrió América en 1215
2- La Tierra es plana
3- Me gusta comer mis propias heces.

Mantener las creencias 1 y 2 actualmente pueden dar lugar a una evaluación negativa. En general, la gente preferiría miembros en su grupo que no tengan estas creencias. Sin embargo, aunque conociéramos que alguien las mantiene no conduciría probablemente a la exclusión social. Sin embargo, la creencia 3 es muy diferente, la evaluación negativa que suscita es mucho mayor y hace al sujeto que la mantenga incapaz de pertenecer a un grupo, porque nadie le aceptaría. Por lo tanto, para solucionar el problema del compromiso lo que se necesita es mantener una creencia que haga al sujeto incapaz de pertenecer a todos los grupos excepto al grupo al que quiere señalar su lealtad. Muchos grupos religiosos tienen éxito porque las creencias que les hacen distintos son creencias que provocan el ridículo, el aislamiento o la persecución. Con esas creencias no se puede ir a ningún sitio, no se puede salir del grupo. Casi podríamos decir que lo raro de muchas creencias se debe precisamente a este mecanismo. Como creencias más normales o menos extremas las pueden tener otros grupos religiosos, hay que derivar a creencias cada vez más extrañas para poder diferenciarse. 

En definitiva, las creencias que impiden que los sujetos pertenezcan a otros grupos son valiosas como señales de compromiso. Muchas creencia sobrenaturales pueden hacer pensar a los que no las comparten que esa persona tiene un trastorno mental. Si las creencias en lo sobrenatural pueden funcionar como marcas de pertenencia entonces sería posible que existan mecanismos de selección para generar y mantener creencias sobrenaturales. Kurzban y Christner se centran en creencias de tipo religioso pero creo que el mecanismo es aplicable a otras creencias no religiosas, creencias conspiranoicas o de otro tipo pueden igualmente señalar el compromiso con cierto grupo.

En este sentido, es muy interesante que los mayores odios se dan entre grupos religiosos relativamente próximos. Uno podría pensar que un grupo  católico sería fieramente antagónico a un grupo hindú pero la historia nos dice que los mayores derramamientos de sangre se han producido por luchas entre sectas o grupos que diferían sólo en un puñado de creencias. Esto puede tener la explicación de que compiten por el mismo mercado pero es congruente con esta explicación de que las creencias están diseñadas para señalar el compromiso con el grupo.

Resumiendo, los mecanismos para dar lugar a creencias sobrenaturales que hacen que su portador sea temido y odiado por otros grupos que no comparten sus creencias están funcionando de la manera para la que han sido diseñados y no son un error de diseño. 

@pitiklinov

Referencia:





miércoles, 23 de mayo de 2018

Las doctrinas “torre y patio”

En esta entrada vamos a ver una maniobra retórica que en inglés se llama “Motte and Bailey doctrine” y que ha sido descrita por el filósofo Nicholas Shackel en este artículo donde ataca al postmodernismo. Según Shackel, muchas de las doctrinas post-modernistas han sido refutadas pero  ellos siguen captando seguidores gracias a dispositivos poco honestos que él trata de desenmascarar en su artículo.  Uno de los que menciona es del que nos vamos a ocupar ahora: la “doctrina torre y patio” que es muy interesante  en muchos aspectos porque no sólo la utilizan los post-modernistas sino que también se utiliza en campos como el de la religión, el feminismo o la pseudociencia. Hay que señalar que la difusión de esta doctrina hay que agradecérsela a Scott Alexander que la ha comentado en su blog Slate Star Codex en este primer artículo y luego con más detalle en este otro. El propio autor, Shackel, ha añadido más precisiones a su artículo original en este otro artículo. Vamos a empezar por explicar de dónde viene el nombre tan extraño de esta maniobra retórica.

Un castillo del tipo “torre y patio” es un un tipo de castillo medieval en el que existe una torre (motte) rodeada por un campo (bailey) y en la parte exterior hay una muralla rodeándolo todo (y tal vez un foso u otro tipo de defensa exteriores). El patio es la parte productiva del castillo donde se realiza la actividad económica y en realidad toda la vida del castillo. Cuando el castillo es atacado puede ser que las murallas y fosos exteriores resistan el ataque enemigo y éstos no puedan introducirse en el castillo pero si los atacantes superan estas defensas entonces los habitantes del castillo se retiran a la torre, que es muy fea y no es un sitio apropiado para vivir, pero es muy segura y desde allí se les tiran flechas y aceite hirviendo a los enemigos hasta que se van. Cuando los atacantes se van, la gente vuelve a salir al patio a seguir con su vida.

Así que una doctrina “torre y patio” sería aquella que hace afirmaciones arriesgadas y controvertidas (patio) y disfruta de las recompensas de ocupar ese territorio productivo pero cuando alguien la desafía se retira a posiciones filosóficas más defendibles (torre) donde disimula hasta que el que ha criticado las afirmaciones se va y entonces la doctrina vuelve a realizar sus afirmaciones exageradas. Las afirmaciones exageradas, las del patio, son débiles argumentalmente pero son epatantes y sexys. Por contra, los argumentos fuertes, los de la torre, son muy defendibles lógicamente pero son sosos, poco interesantes y no tienen glamour. Vamos a ver algunos ejemplos.

Empezamos con los post-modernistas, ya que hablábamos de ellos. Los post-modernistas suelen decir que la realidad es una construcción social y esto es evidentemente cierto en muchos sentidos ya que no experimentamos la realidad, sobre todo la realidad social, más que a través de categorías y acuerdos que nos llegan de la cultura en la que estamos inmersos. Pero los postmodernistas van más allá. Si una tribu primitiva dice que el sol es una luz que sale de los cuernos del dios X y que el mundo se sujeta sobre una tortuga, mientras que la ciencia dice que es una masa incandescente de gas en fusión nuclear, los postmodernistas dirán que la concepción del pueblo primitivo es tan objetiva y real como la que transmite la ciencia (patio). Si les desafías dirán que estás negando que la realidad es una construcción social (torre).

Podemos observar el mismo fenómeno en algunos planteamientos religiosos. Muchos grupos religiosos creen en un dios personal que intervienen en los asuntos humanos  y crea personas a partir de costillas y cura a los enfermos si le rezas de forma adecuada (patio). Si desafías estas creencias, te dirán tal vez algo como: “hombre, Dios es sólo el nombre que le damos a la belleza y el orden del Universo y también Einstein y Spinoza creían en eso (torre)…”. Pero en cuanto te vas pues vuelven a lo de crear personas a partir de costillas y que te vas a ir al infierno si no te lo crees, etc.

Con el feminismo ocurre algo parecido. En su inicio era un movimiento para conseguir los mismos derechos y oportunidades para las mujeres pero luego ha ido derivando a una ideología donde ser feminista consiste en creer una serie de cosas, como que vivimos en una cultura de la violación, que a las mujeres se les paga menos por el mismo trabajo, o que las diferencias entre hombres y mujeres son construcción social exclusivamente (patio). Si se critican estas creencias y alguien dice que no se siente feminista en ese sentido ni apoya algunas de esas ideologías, entonces se retiran a la posición de defender que las mujeres deben tener los mismos derechos y oportunidades (torre).

Un último ejemplo lo podemos ver en el campo de la pseudociencia. Es habitual escuchar que determinadas terapias alternativas curan el cáncer o todo tipo de enfermedades (patio). Cuando se desatan esas afirmaciones, entonces los proponentes de esas terapias se retiran a posiciones más seguras como que la gente necesita esperanza y que intervenciones de este tipo ayudan aunque sea por un efecto placebo (torre) y que no se puede negar a los pacientes esa posibilidad. En cuanto el atacante se da la vuelta vuelven a afirmar que su tratamiento cura el cáncer.

En definitiva, este movimiento de hacer a la vez una afirmación controvertida y otra menos controvertida y moverse atrás y adelante entre ellas según la conveniencia es algo que se realiza en muchos campos y es interesante conocerlo. Al principio os he dejado los enlaces por si queréis explorarlo en mayor profundidad. 

@pitiklinov 


sábado, 12 de mayo de 2018

El Paradigma de Género no explica la violencia de pareja



Sólo aquellos tan autoengañados como para pensar que su propio juicio es infalible prohibirían a otros ser expuestos a puntos de vista diferentes
- John Stuart Mill
Uno de los más patéticos -y peligrosos- signos de nuestros tiempos es el creciente número de individuos y grupos que creen que nadie puede estar en desacuerdo con ellos por una razón honesta.
-Thomas Sowell
La ciencia está convencida de que debe buscar la verdad, la religión está convencida de que ya la tiene
-Jorge Wagensberg
El Paradigma de Género

El paradigma de género es el concepto o la visión de que la violencia de pareja íntima (VPI) es perpetrada por los hombres contra las mujeres para defender el patriarcado, una estructura social jerárquica que otorga el poder a los hombres. Según los defensores de este paradigma, si queremos entender la violencia doméstica debemos entender primero que la estructura de poder de la sociedad es una en la que los hombres son política, social y económicamente dominantes sobre las mujeres. Esta estructura de poder social se refleja en las relaciones interpersonales y los hombres mal-usan el poder que tienen en sus relaciones porque han sido socializados para creer que tienen el poder de controlar a las mujeres, incluso por medios violentos. Por tanto, argumenta el feminismo, la violencia doméstica es un problema de género, de violencia de los hombres contra las mujeres. 

Su formulación inicial  está en trabajos como los de Dobash y Dobash (1979) o MacKinnon (1989) que se adhieren al punto de vista de la sociología funcional, es decir, que la VPI es un acto político para preservar el patriarcado y el poder masculino. Esta teoría, que es la que maneja el feminismo radical, tiene un origen neomarxista viendo todas las relaciones como relaciones de género y poder donde los hombres (que juegan el papel de la burguesía en la ideología marxista) tienen el poder sobre las mujeres (que juegan el papel del proletariado) y la VPI sólo tiene dos fuentes: o es abuso de los hombres para defender el poder o es violencia defensiva de las mujeres para autoprotegerse. En definitiva, los hombres son los perpetradores de la VPI y las mujeres las víctimas. Las mujeres nunca son violentas excepto en defensa propia.

Esta visión es el paradigma dominante actualmente para entender la VPI en los ámbitos de nuestra sociedad que realmente importan: prensa, universidad, sistema judicial, partidos políticos, etc. En esta entrada voy a explicar los problemas que tiene esta visión y a concluir que este paradigma es un dogma ideológico sin base científica ni poder explicativo para entender la conducta humana. Vamos a empezar por mostrar los datos que tenemos que no apoyan este paradigma.

Los Problemas del Paradigma de Género

Una primera cuestión sería que desde esta visión no está claro cómo podríamos hacer responsables a los hombres de forma individual de sus actos si la culpa la tiene el patriarcado y los hombres simplemente han sido adoctrinados y educados en él. Tampoco está clara la explicación de por qué  la mayoría de los hombres logran sustraerse a esta socialización, ya que la mayoría de los hombres no agreden a sus mujeres ni a otras personas ni consideran que a violencia contra la mujer es aceptable (Simon,2001). Pero vamos a ver algunos datos. Los voy a agrupar en varios bloques aunque, evidentemente, todos están relacionados:

1- La mayor parte de la violencia de pareja es simétrica

Aquí tocamos un tema que todavía se debate y en el que es fácil entrar en una guerra de cifras. Los datos varían mucho según la procedencia de las muestras. Cuando se usan muestras representativas de la población general y se pregunta por actos de violencia, encontramos que la violencia de pareja es recíproca y que las mujeres agreden tanto o más que los hombres (Archer,2000). La frecuencia en la población general puede llegar hasta un tercio de la población pero la gravedad de esta violencia es baja. Martin Fiebert recoge bibliografía sobre este tema y lleva ya recogidas más de 200 referencias que lo confirman, (Fiebert,2012). Un estudio reciente en 6 países europeos encuentra que la violencia bidireccional o recíproca es la más frecuente, con tasas similares de victimización y perpetración en hombres y mujeres (Costa y cols., 2015). En muestras de población general se encuentra que un 25% de la violencia es iniciada sólo por la mujer, un 25% sólo por el hombre y un 50% mutuamente (Satel, 1997). En una muestra de jóvenes de 18-28 años del National Longitudinal Study of Adolescent health de 2001 Whitaker encuentra que en el 24% de las relaciones hay algún tipo de violencia y la mitad de ella es violencia recíproca (49,7%); en la violencia que no es recíproca, las mujeres son las perpetradoras en el 70% de los casos (Whitaker, 2007)

Pero lo que también es verdad es que la violencia de los hombres tiene consecuencias más negativas que la de las mujeres en el sentido de que las mujeres resultan heridas con más frecuencia y la violencia masculina genera más miedo de la pareja, aunque los datos concretos dependen mucho de las muestras (Kar y O´Leary, 2010). Cuando en las encuestas se pregunta por delitos violentos (crime), agresiones que la gente considera como delitos, las frecuencias  cambian porque mucha gente no considera ciertas agresiones como delitos y encontramos por ejemplo en Walby  y Towers, 2018 que las mujeres son el 74% de las víctimas, y los hombres el 26% y encuentran sólo 300.000 víctimas de delitos violentos domésticos, un 0,7% de la población adulta de Inglaterra y Gales, que es donde se lleva a cabo el estudio. En este estudio, en los casos de violencia repetida grave el 80% de las víctimas son mujeres.

Aún así, la gravedad de la violencia que sufren los hombres no se puede obviar. En el estudio de Archer (2000) las mujeres resultaban heridas con más frecuencia en una proporción de 1/6 de una desviación estándar y requerían asistencia médica con mayor frecuencia en una proporción de 1/12 de una desviación estándar. En este estudio, (Weiss, 2010) las heridas significativas ocurren en un 12,6% de mujeres y un 8,5% de hombres. Las diferencias son menores también cuando se controla para tamaño y fuerza física (Felson, 1996). En el British Crime Survey, actos agresivos menores llevaron a heridas físicas en el 49% de los casos en mujeres y en un 36% cuando las víctimas eran hombres; en el caso de actos graves la diferencia fue 77% y 56%, respectivamente (Walby y Allen, 2004). Por supuesto, no se trata de una competición a ver quién es más víctima. Toda violencia contra cualquier persona debe ser combatida y todas las víctimas merecen nuestra empatía, solidaridad y esfuerzo. Aunque las mujeres resulten heridas con mayor frecuencia, los hombres también lo son (Straus, 2010) por lo que no se les debería negar protección. 

Además, no hay que pasar por alto las consecuencias negativas de la violencia de las mujeres para ellas mismas y para la familia. Si la mujer introduce la violencia en la relación está mandando el mensaje al hombre de que es una estrategia válida para resolver los problemas y éste va a responder con violencia con consecuencias probablemente más graves. Y también muy graves son las consecuencias para la familia. Los hijos e hijas de padres donde existe violencia de pareja tienen más riesgo de perpetrar ellos mismos VPI. Una madre que dé un sopapo a su marido en el transcurso  de una discusión o conflicto está mandando a sus hijos el mensaje de que la agresión es una manera de resolver conflictos.

Son de gran calidad los trabajos prospectivos que forman parte del estudio Dunedin (hay también otros), del grupo de Terrie Moffitt, que encuentran que el abuso es un proceso diádico y ambos sexos participan en él (Moffitt y cols, 2001). Algunos de sus hallazgos, aparte de que las mujeres usan la violencia por lo menos tanto como los hombres (Moffitt y cols. 1997), son que tener padres de clase alta y crecer en un hogar con los dos padres presentes se asocia a bajo riesgo posterior de VPI; que dejar la escuela, un bajo C.I. y problemas de lectura se asocia a alto riesgo de VPI; que trastornos de conducta y delincuencia a los 15 años se asocia a alto riesgo de VPI; que jóvenes que tienen un largo historial de resolver los problemas interpersonales de una manera coercitiva usarán una táctica similar posteriormente en sus relaciones de pareja; que el uso de drogas en adolescencia predice VPI posteriormente; que la perpetración de VPI y el ser víctima de VPI están altamente correlacionados (Magdol y cols, 1998), solapamiento agresor/víctima que han encontrado otros (Beckley y cols, 2017) (Barnes y Beaver, 2012) (Vaske y cols 2012); y que existe un emparejamiento selectivo (assortative mating), es decir, que chicos y chicas con trastornos de personalidad y riesgo de VPI tienden a emparejarse entre sí (Moffit y cols.,2001). Capaldi y cols.(2004) concluyen también en su estudio en jóvenes que “la agresión parece bidireccional y basada en el emparejamiento selectivo, es decir, la gente agresiva se escoge mutuamente”.

También encontraron que el 10% de la muestra Dunedin que presentó conductas antisociales desde la niñez fue el responsable del 62% de las condenas por violencia contra las mujeres a los 26 años (Moffit y cols 2002). Que la presencia de trastornos de personalidad medidos 10 años antes predicen la posterior perpetración de VPI (Ehrensaft y cols., 2006). Con respecto a las chicas en concreto, Moffit y cols. encuentran que rasgos antisociales a los 15 años predicen la elección posterior de un hombre abusivo  así como la perpetración de violencia de pareja por parte de estas chicas sobre sus parejas (aún descontando la violencia cometida por la pareja). Características como aprobación del uso de la agresión, excesivos celos y suspicacia, tendencia a experimentar emociones intensas y rápidas y pobre autocontrol predicen la perpetración de VPI, características que se encuentran también en los hombres abusadores. En un estudio prospectivo a 40 años, su grupo encuentra que la violencia en la pareja es mutua y que existe una relación entre conductas antisociales en la adolescencia y posterior VPI por lo que la prevención de la violencia de pareja debe empezar ya en la adolescencia (Lussier y cols., 2009). En conjunto, todos estos hallazgos cuestionan la visión de que la psicología y la psicopatología no importan y que todo se explica con el Patriarcado; es más, los trastornos de personalidad tienen mayor poder predictivo que el sexo. En este video Terrie Moffit explica que cuando salieron estas conclusiones por primera vez fueron rechazadas por las criminólogas feministas y que tuvieron muchas dificultades para publicar sus artículos y que después de publicados nunca les invitaron a presentar los resultados en ninguna conferencia. Y estamos hablando de una investigadora de un gran prestigio que ha recibido premios al máximo nivel en psicología y criminología.

2-Las mujeres también son perpetradoras de la violencia

Cada vez hay más evidencia de que se ha subestimado el papel de la mujer como perpetradora de la violencia de pareja. Ver artículo divulgativo en el Scientific American o en The Atlantic así como los artículos originales, (Lara Stemple,2017) (Lara Stemple,2014) basados en datos del Bureau of Justice Statistics (JBS) y del Centers for Disease Control and Prevention (CDC). En estos estudios las muestras no se refieren sólo a violencia de pareja o domestica sino a instituciones para jóvenes o cárceles y la frecuencia de perpetración de violencia por parte de las mujeres es elevada . Otras referencias: (Carney y cols 2006) (Hines y Douglas, 2009)

3- Los hombres también son víctimas

Los hombres son también víctimas. Hay también muchas referencias. Por citar algunas: Hines,2007, Perryman y Appleton 2016, (Nowinski y Bowen, 2012) (Dutton y White, 2013) (Wright, 2016) (Cook, 2009). Los hallazgos principales son que un número significativo de hombres informan ser víctimas de abuso doméstico, que los hombres son reacios a informar o denunciar este abuso, que cuando lo hacen se encuentran con barreras y estigma y que la victimización masculina está infraestudiada. Según datos de la Office for National Statistics británica entre 2012-2013 un 7% de mujeres y un 4% de hombres fueron víctimas de abuso doméstico (Wright, 2016). Como dice Hines, con respecto al reconocimiento de este hecho estamos todavía en una situación similar a la que se estaba en los años 70 del siglo pasado con respecto al reconocimiento de la violencia contra las mujeres en el matrimonio.

4- La violencia en parejas homosexuales y heterosexuales ocurre con una frecuencia similar. 

La violencia en parejas homosexuales ocurre con una frecuencia similar a la que ocurre en parejas heterosexuales. Las mujeres agreden a las mujeres en parejas lesbianas y los hombres a los hombres en parejas gay. La bibliografía en este tema es también muy clara. Por citar algunas referencias: Battered gay men: an exploration of abuse, help seeking, and why the stay (Merril y Wolfe,2014) y Shattering Illusions: same-sex domestic violence (Pam Elliott,1996).

5- Maltrato infantil

Las mujeres perpetran violencia contra los niños, incluyendo filicidio e infanticidio, con una frecuencia similar a los hombres: Filicidio, infanticidio y neonaticidio: estudio descriptivo de la situación en España entre los años 2000-2010, (Alba Company Fernandez y cols, 2015), Child Homicide perpetrators worldwide: a systematic review (Heidi Stöckl y cols. 2017).

Bien. Con esto es suficiente para poner en entredicho los presupuestos del paradigma de género en el sentido de que los hombres siempre son perpetradores de la violencia  y las mujeres las víctimas. Vamos a ver ahora si el paradigma de género puede explicar estos datos.

¿Puede el Paradigma de Género acomodar estos datos?

Los datos expuestos anteriormente cuestionan la visión de la violencia que nos presenta el paradigma de género. ¿Puede el paradigma de género acomodar estos datos? Se observan varias maneras en las que sus defensores intentan hacerlo, a mi modo de ver de forma infructuosa:

1- Argumentar que la violencia heterosexual es diferente al resto de violencias de pareja y/o domésticas. 

Un primer intento de solución que se observa sería defender que la violencia del hombre contra la mujer, la violencia heterosexual, es diferente a todas las demás y argumentar que se debe al patriarcado y a una violencia “estructural” mientras que las otras violencias se deben a la psicología humana o a otras causas. Ya he tratado este tema al hablar del feminismo y la violencia en parejas homosexuales. La violencia en parejas homosexuales y heterosexuales tiene las mismas manifestaciones y los mismos mecanismos: celos, necesidad de control de la pareja, rechazo e ira por el abandono; factores como la presencia de trastornos de personalidad o abuso de alcohol y sustancias son también similares y las razones por las que las personas permanecen en la relación también son el amor y la ilusión de que el otro miembro de la pareja va a cambiar.

Si describiéramos los casos clínicos con iniciales no hay forma de diferenciarlos. Si yo os digo que el señor P agredió a su mujer y la arrojó contra una mesa y le dijo: “antes de que me dejes te mato yo, yo decido cuándo vas a vivir o morir”, y que entonces la agredida le dijo que la relación había terminado y que recogiera sus cosas… y entonces el hombre pegó fuego a las ropas de la cama y a la casa y se marchó a tomar una copa al bar, seguro que muchos pensarías que estamos ante un ejemplo de libro de patriarcado y de violencia estructural, de socialización en que las mujeres son posesión de los hombres y que se las puede pegar si es necesario. Pero si os digo que este es un caso real y que la agresora es una mujer a su pareja lesbiana, entonces muchos cambiarían el discurso para explicar que esto no es violencia estructural…

¿Qué queremos decir con violencia estructural? ¿que es más frecuente? ¿y cómo de frecuente? ¿la violencia contra los niños es estructural?¿la violencia contra los mayores? ¿la violencia filio-paternal lo es?

2- Argumentar que todas las violencias se deben al género/sexismo/socialización

Un segundo argumento para salvar al paradigma de género sería explicar todas las violencias con el sexismo y la socialización: si lo que tenemos es un martillo pues vamos a convertir todos los problemas en clavos…El inconveniente es que hay que hacer muchos malabarismos dialécticos para convertir la violencia de hombre contra hombre, de mujer contra mujer, de mujer contra hombre, de mujeres contra niños, de niños contra padres, etc., en clavos. Y en el proceso hay que cargarse también todo lo que sabemos sobre la agresión y la violencia en otros animales y todo lo que sabemos sobre la psicología y la naturaleza humana.

Sabemos, por ejemplo, que la agresión y la violencia son anteriores a la existencia del ser humano y al patriarcado. Los celos, la vigilancia y control de la pareja o la coerción sexual no las ha inventado el patriarcado, están ya en nuestros primos mamíferos y primates: Sexual coercion in animal societies (Clutton-Brock y Parker, 1995), When Violence pays: a cost-benefit analysis of agresivo behavior in animal and humans (Georgiev y cols,2014), Sexual coerción in primates and humans: an evolutionary perspectiva on male aggression against females (Muller y Wrangham, 2009), The phylogenetic roots of human lethal violence (Jose María Gómez y cols.,2016). Como dice Marta Iglesias en este artículo, tenemos datos para pensar que la agresión es un comportamiento humano regulado por la selección sexual.

El cuadro que aparece estudiando la filogenia de la violencia lo resumen Gómez y cols: “la agresión en los mamíferos, incluyendo los humanos, tiene un componente genético con alta heredabilidad. Consecuentemente, está ampliamente reconocido que la evolución ha moldeado también la violencia humana. Desde esta perspectiva, la violencia puede verse como una estrategia adaptativa que favorece el éxito reproductivo del perpetrador en términos de parejas, estatus o recursos. Sin embargo, esto no significa que la violencia es invariable o incluso adaptativa en todas las situaciones. De hecho, dado que las condiciones bajo las que la violencia beneficia el éxito reproductivo dependen del contexto ecológico y cultural, los niveles de violencia tienden a variar entre las poblaciones humanas”.

Desde una perspectiva funcional, la agresión puede entenderse como la expresión de una competición. Los miembros de una misma especie compiten por una serie de recursos como hemos comentado: parejas, comida, territorio…y la mayoría de las veces no utilizan la agresión porque la agresión tiene un coste elevado y los organismos tienden a utilizar la estrategia con la relación beneficio/coste más alta. Pero, como decimos, es evidente que las personas no tienen los mismos intereses: los padres no tienen los mismos intereses que los hijos y los dos miembros de una pareja no tienen tampoco los mismo intereses. La convivencia humana implica conflicto, diferencias en cuanto a la frecuencia del sexo, en cuanto a dónde ir de vacaciones, en qué gastar el dinero, etc. Y en el contexto de ese conflicto de intereses, un miembro de la pareja puede recurrir a la violencia. En que recurra a ella influyen muchos factores, que van desde su C.I. hasta traumas infantiles, psicopatología, factores genéticos y también, por supuesto, factores culturales.

Hay un recurso muy importante para unos animales ultrasociales como somos los humanos: la conducta de los demás. La conducta de los demás es un recurso como el agua, la comida o el territorio. Gran parte de nuestra actividad y conducta va dirigida a manipular a los demás para que su conducta favorezca nuestros intereses. En el mundo social en el que nos movemos los humanos esto es esencial. Y cuando nuestros hijos o pareja no muestran la conducta que necesitamos o esperamos existe el riesgo de recurrir  a la violencia, a la agresión, para conseguir que cambien de conducta.

Ignorar la psicología y la naturaleza humana y considerar que los seres humanos somos tablas rasas sobre las que escribe la socialización es algo que no sostiene la ciencia actual. Entre otras cosas, implicaría asumir que toda esa herencia filogenética habría desaparecido de forma misteriosa y los seres humanos habrían vivido en un mundo feliz hasta que nuestra maravillosa cultura, única en el Universo, va y vuelve a reinventar lo que ya estaba inventado en nuestros primos primates: la violencia y la agresión.

3- Argumentar que no es una cuestión de género sino de poder

Hay una tercera posibilidad. En boca de Pam Elliott (Elliott,1996) : “El fenómeno de la violencia doméstica intrasexual ilustra que la intimidación rutinaria, intencional, por medio de actos abusivos y palabras no es un asunto de género, sino de poder”. Bien, a continuación hablo del poder, pero esto implica abandonar ya el paradigma de género. Si la violencia de pareja no es un asunto de género pues pasemos a llamarla “violencia de poder” en vez de la denominación más habitual de violencia de género.

¿Pero es realmente una cuestión de poder? ¿A qué tipo de poder nos referimos, económico, físico, psicológico…? El poder es multidimensional. Porque si un hombre como Harvey Weinstein usa el poder estaría confirmando este argumento -en realidad se suele encontrar una relación inversa entre VPI e ingresos y nivel educativo, Gage y Hutchinson, 2006- pero si, como ocurre muchas veces, los hombres (o mujeres) que perpetran VPI son los que tienen menos poder (Babcock y cols, 1993) se suele explicar entonces como que utilizan la violencia para compensar su falta de poder y recursos…o se habla de deseo de poder. Es decir, que tanto el poder como la falta del mismo sirven para explicar la violencia, lo cual suena un poco a la estrategia: “cara yo gano, cruz tú pierdes”. Pero es que en el fondo decir que la violencia se debe a un desequilibrio de poder es una pseudoexplicación, una tautología: el que ejerce la violencia es porque puede pegar, por lo tanto es evidente que la violencia existe porque alguien puede ser violento contra otro. Esto explica desde la violencia de un león sobre otro león hasta la de una cuidadora a una persona con demencia, la de un hijo a su padre más débil, la de una madre a su niño recién nacido, la de un compañero de trabajo sobre otro o la del dueño a su mascota. Pero si entendemos la agresión como un mecanismo adaptativo psicológico, entenderemos que los que usan muchas veces la agresión para conseguir sus objetivos son las personas con menos poder y recursos, las que no tienen otras vías y entonces, por ejemplo ante el miedo a ser abandonados, recurren a la fuerza para intentar retener a su pareja.

La conclusión de este apartado es que los argumentos para conseguir que el paradigma de género dé cuenta de los datos que tenemos sobre la violencia de pareja y doméstica no funcionan. La primera vía era decir que la violencia heterosexual se debe al patriarcado y las otras a la psicología humana. La segunda vía es defender que todo se debe al patriarcado y nada a la psicología y naturaleza humana. Y la tercera vía es recurrir al poder.

Pero quiero añadir algo más. Los defensores del paradigma de género son conscientes de estas deficiencias lógicas. No es casualidad que no tengamos datos oficiales acerca de las violencias que no encajan con el paradigma de género: datos de violencia de mujeres contra hombres, de violencia en parejas homosexuales, de violencia contra los niños. Creo que no es casualidad que las ausencias de datos vayan todas en la misma dirección (invisibilizar a las mujeres como perpetradoras y a los hombres como víctimas) y los datos que se airean sean los que refuerzan el paradigma. 


La realidad científica sobre la violencia de pareja

Frente a la concepción del paradigma de género de que la VPI no es un problema psicológico, hay que decir que la realidad es que se trata de un problema multifactorial donde entran factores genéticos, experienciales, psicológicos y también sociales y culturales. La violencia es un problema humano (y animal), no un problema de género.

Algunos de los factores que se han implicado en la VPI son: 

  • factores genéticos, hay predisposiciones genéticas a verse envuelto en relaciones agresivas (Hines y Saudino, 2004), (Barnes y cols., 2012). La influencia genética es probabilística, no determinista, es decir, la manipulación del ambiente puede prevenir la expresión completa de cualquier predisposición genética.
  • Educación secundaria, alta clase social y matrimonio formal son factores protectores frente a la VPI, según el estudio en varios países de la ONU (Abramsky y cols., 2011)
  • Según este mismo estudio, el abuso de alcohol, edad más joven, actitudes que apoyan el golpear a la mujer, experimentar maltrato y abuso infantil, crecer en un hogar donde ocurre VPI y ejercer otras formas de violencia de adulto aumentan el riesgo de VPI (Abramsky y cols, 2011).
  • Unos bajos ingresos familiares se asocian a aumento de riesgo de VPI tanto para hombres como para mujeres (Ahmadabadi y cols., 2017). La pobreza aumenta el riesgo de violencia familiar, tanto de maltrato infantil como de violencia de pareja (Maurer,2015) (Jewkes, 2002)
  • Traumatismos craneoencefálicos,  trastornos de personalidad, sobre todo el antisocial y el borderline (Chester y DeWall, 2017) y la depresión (Dutton y Karakanta, 2013).
  • Estudios citados aquí (Sherman y cols, 2018) encuentran que el mejor predictor disponible de homicidio doméstico es la anterior conducta suicida del agresor (intentos, amenazas, ideación o auto lesiones).(Bridger y cols, 2017) La depresión y la ideación suicida son especialmente importantes en el tipo de homicidio de pareja que se caracteriza por homicidio seguido de suicidio.
  • Problemas de apego. Si las necesidades de apego del niño/a no se ven satisfechas, por ejemplo por la existencia de abusos o maltrato infantil, se pueden producir trastornos en los patrones de apego en las relaciones de adulto. Varios investigadores han encontrado una correlación entre estos trastornos del apego y VPI y se cree que el mediador pueden ser los trastornos de personalidad. Es decir, la secuencia podría ser: maltrato infantil > patrones de apego inestable> trastornos de personalidad borderline/dependiente> VPI (Mauricio y cols, 2007) (Ali y Neylor,2013) (Holtzworth-Munroe y cols., 1997) (Henderson y cols, 2005) (Bartholomew y cols, 2000)  (Bartholomew y Allison, 2006)
  • Factores culturales: sociedades que aprueban la dominación y el uso de la fuerza sobre las mujeres tienen más violencia de pareja y hombres con ideas que denigran el estatus social de las mujeres es más probable que las maltraten (Jewkes, 2002)

Con esto es suficiente para llegar a la conclusión de que es absurdo dejar a la psicología humana fuera de la explicación para entender la VPI. Como decía más arriba, la vida es conflicto y las personas tienen conflictos de intereses. Los intereses del marido no coinciden al 100% con los de su esposa ni los intereses de un padre coinciden por completo con los de sus hijos. Toda persona (sea del sexo, orientación o identidad sexual que sea) quiere controlar a su pareja, tiene celos de su pareja, tiene diferencias de intereses con ella y tienen conflictos por muchas cosas de forma continua. Algunas personas (de todo sexo, orientación e identidad) recurren a la agresión para intentar conseguir sacar adelante sus intereses y objetivos y controlar ese recurso tras importante que es la conducta de los demás. En que hagan esto influyen muchos factores, que van desde su C.I. hasta traumas infantiles, psicopatología, factores genéticos y también, por supuesto, factores culturales, sociales y económicos.

Podemos explicar sin el Patriarcado que una persona (de cualquier sexo/orientación/identidad sexual) que está enamorada de su pareja y a la que ésta le dice que la va a abandonar, tenga reacciones de suplicar, de pedirle que no la abandone, de mandarle mensajes, de acosarla e incluso, en determinados casos y dependiendo de la personalidad y otras circunstancias referidas antes, que recurra a la violencia para intentar conservar a esa pareja. Y lo entendemos porque se ponen en marcha mecanismos psicológicos que todos tenemos: el sufrimiento por el abandono y el rechazo, el amor, los celos, etc. Ocurren en niños pequeños cuando su madre se separa de ellos y lloran gritan y patalean para que vuelva (antes de ser socializados). Y estos mismos comportamientos los vemos en otros primates y mamíferos. No necesitamos el Patriarcado para explicar esto. De la misma manera, podemos entender que una persona con un Trastorno Borderline de Personalidad (altamente relacionado con la violencia de pareja), que tiene dificultad en el control de impulsos y que es muy inestable emocionalmente, y que consume alcohol y drogas con frecuencia, puede tener un día una discusión con su pareja y puede perder el control y reaccionar con agresividad (que nadie confunda explicar o entender con justificar moralmente, ninguna violencia ni de pareja ni de otro tipo está justificada: ver Armenti y Babcock, 2018 para conocer su hipersensibilidad al rechazo y sus reacciones de ira). No necesitamos tampoco el Patriarcado para explicarlo. Para entender esto nos basta la naturaleza humana y la psicología humana, cosas que no ha inventado el Patriarcado, sino que son previas y las ha diseñado la selección natural. La literatura psicológica demuestra claramente que la convivencia íntima genera estados emocionales, como ansiedad e ira, que pueden dar lugar a abuso, sobre todo si existen trastornos de personalidad, y esto ocurre independientemente del sexo. En palabras de Naomi Eisenberger y cols.: “hay algo en la exclusión por parte de los demás que es percibido como perjudicial para nuestra supervivencia, como algo que físicamente duele y nuestro cuerpo sabe esto automáticamente…Puedes imaginar que esta parte del cerebro está activa cada vez que somos separados de nuestros compañeros más cercanos. Estaría desde luego activa cuando experimentamos una pérdida (tal como la muerte o el final de una relación)”(Eisenberger y cols., 2003)

Esto no quiere decir que los factores culturales no tenga también su importancia y debamos incluirlos en la explicación de la VPI. Una determinada cultura que denigre a las mujeres, que admita el uso de la violencia contra ellas como algo normal, etc. por supuesto que va a ser un factor que agravará el riesgo y la frecuencia de presentación de la VPI. Pero lo que no podemos es reducir todo a este factor. Una visión más razonable es la que podemos ver en la figura.



¿Por qué es el paradigma de género el dominante en nuestra sociedad?

Para finalizar una cuestión importante. Si el paradigma de género tiene tan poca base científica, ¿entonces por qué es el modelo hegemónico desde hace por lo menos 30 años? Hay varias posibles explicaciones:

1- Razones morales

Creo que una probable explicación es que fueron las feministas de los años 60 y 70 del siglo pasado las que llamaron la atención y cambiaron la concepción de la sociedad sobre la violencia contra las mujeres, una violencia que ha sido ignorada durante siglos, y todavía lo es en muchos lugares del mundo. Esto les ha colocado en una posición de superioridad moral y se confunde criticar la posición científica del feminismo en el tema de la VPI con criticar su posición moral. También esta historia previa innegable otorga el papel de víctima a las mujeres lo cual confiere un mayor estatus moral. Pero creo que es fundamental separar ciencia y moral. Considero que la batalla moral esta ganada, todo el mundo admite -salvo excepciones- que todo tipo de violencia contra mujeres u hombres, hijos o padres, y también fuera del ámbito doméstico, es absolutamente condenable desde el punto de vista moral y que tenemos que hacer todos los esfuerzos por conseguir una sociedad donde esa violencia no tenga cabida. En esta condena moral no hay vuelta atrás.

Una segunda razón, unida a lo anterior, es probablemente el miedo a  que reconocer que la violencia es simétrica y que los hombres también son víctimas pueda suponer un retroceso en las medidas o en los fondos económicos dedicados a combatir la violencia contra las mujeres (hogares, ayudas económicas, etc.). También puede existir incluso el miedo a que los estudios científicos sobre que la violencia es simétrica (y que las mujeres también son perpetradoras y los hombres víctimas) puedan aportar munición a ciertos grupos políticamente retrógrados que defienden falsamente que la agresión contra las mujeres no es un problema. Creo que este planteamiento es comprensible pero erróneo. La empatía y la solidaridad con las víctimas no es un recurso finito. De la misma manera que reconocer que los niños son víctimas de violencia y que hay que tomar medidas contra el maltrato infantil es una necesidad y un campo en el que la sociedad debe aumentar sus esfuerzos, también lo es reconocer que muchos hombres son víctimas y necesitan ayuda y muchas mujeres son perpetradoras y también la necesitan para abandonar la violencia.

Imaginemos, como la crítica al paradigma de género plantea, que el feminismo está equivocado al explicar la violencia de pareja sólo por el paradigma de género y supongamos que factores de la psicología, la biología y la naturaleza humana son importantes. Nada de eso cambia la naturaleza moral, condenable e inadmisible de la violencia contra cualquier persona (sea del sexo, orientación o identidad sexual que sea) por parte de su pareja, familiar o extraño. Sea el “machismo” la causa o no lo sea, eso no cambia absolutamente ni una coma el objetivo común de disminuir todo lo posible todo tipo de violencia. El feminismo no tiene ninguna necesidad de comprometerse con una teoría o ideología porque corre el riesgo de perder credibilidad si esa teoría o ideología se demuestra errónea. Todos los conocimientos científicos que podamos obtener serán ayudas en la consecución de ese objetivo y nunca un obstáculo. Cuanto mejor conozcamos el origen y el funcionamiento de la agresión y violencia humana en mejores condiciones estaremos para combatirla.

El feminismo tiene una autoridad moral, como decía, pero la ciencia no la deben hacer las autoridades morales a no ser que queramos volver a los tiempos de Galileo. La Iglesia estaba equivocada y lo acabó reconociendo siglos después. El feminismo tampoco tiene por qué comprometerse necesariamente con una teoría o una ideología o con un tipo de terapia concreto y tampoco tiene por qué prefijar lo que los investigadores de la agresión la violencia humana tienen que encontrar. Que deje ese trabajo a los científicos para que podamos conocer de la mejor manera posible la agresión y la violencia humana y así tener las mejores herramientas para combatirlas.

2- Instintos coalicionales. 

Es un error y un desastre politizar la ciencia. Los seres humanos tenemos unos fuertes instintos de mantener y defender las coaliciones (los grupos) a los que pertenecemos (John Tooby los llama instintos coalicionales). En los tiempos ancestrales el ser humano que no tuviera una coalición estaba desnudo y a expensas de los que sí formaron coaliciones. Por eso somos descendientes de los humanos que tuvieron fuertes instintos de coalición. Por ello, formar coaliciones alrededor de temas científicos es un desastre. Y lo es porque enfrenta dos instintos básicos del ser humano: el de buscar la verdad y el de no traicionar al grupo, el de ser un buen miembro de una coalición. Si moralizamos una cuestión científica el proceso científico está herido de muerte porque nadie quiere ser un traidor a su grupo y si publicar ciertos datos va a causar un daño al grupo, la mayoría de científicos e investigadores lo van a evitar. En la mayoría de personas pesa más el instinto de defender su grupo que la búsqueda de la verdad y esto puede dar lugar a comportamientos científicos poco éticos que a continuación describo. 

3-Falta de ética

Las dos explicaciones anteriores han dado lugar a comportamientos de mala práctica científica (pero realizados con la convicción de que era lo moralmente correcto) que han ayudado y ayudan a la perpetuación del paradigma de género. Los defensores del paradigma de género han utilizado -y utilizan- un arsenal de medidas absolutamente condenables para impedir el avance científico en este campo. Algunas son las siguientes:

  • Amenazar y atacar personalmente a investigadores que han defendido paradigmas alternativos como el modelo de violencia familiar, como se hizo con Murray Straus o Susan Steinmetz. También se ha amenazado a investigadores de que si se metían en este campo no iban a conseguir puestos en la universidad.
  • Ocultar la evidencia de que la violencia es simétrica y que las mujeres también son perpetradoras y los hombres víctimas
  • Evitar que se consigan datos sobre que las mujeres son perpetradoras de la violencia negando la concesión de becas para estudios que investiguen la violencia femenina, por ejemplo.
  • Bloquear la publicación de estudios al respecto, como comentaba Terrie Moffitt en el vídeo que citaba más arriba
  • Afirmar en los estudios sobre VPI conclusiones que contradicen los propios datos del estudio. Es decir, en muchos estudios uno mira las tablas y ve que la violencia es simétrica pero los autores en los conclusiones hablan solo de la violencia ejercida por el hombre. Hay ejemplos en (Straus 2010).
  • Ofrecer en los medios de comunicación una visión sesgada dando publicidad a la violencia que encaja con el paradigma de género (la masculina) y ocultando la violencia ejercida por la mujer.
  • Ocultar, como he dicho más arriba, desde instancias oficiales toda la violencia que no encaja con la del paradigma de género, evitando recoger datos sobre la misma para invisibilizarla: la violencia ejercida por la mujer contra el hombre o contra los niños, la violencia en parejas homosexuales, etc.

Conclusiones y perspectivas futuras

El paradigma de género debe ser abandonado. Su función original fue generar cambio social en una dirección que corrigiera el desequilibrio contra las mujeres. El resultado, sin embargo, ha sido desinformar las políticas sociales así como a jueces, policías, etc., ocultar datos que le contradicen y desorientar las medidas terapéuticas para cambiar la conducta de los perpetradores de VPI. Sorprenderá saber que en algunos estados de los EEUU como Georgia, Oregon o Alabama han estado prohibidas terapias como la de pareja o de familia, el tratamiento de adicciones, de la psicopatología o intervenciones psicodinámicas en el caso de los abusadores (Dutton, 2006 pp296-298). El paradigma de género es un modelo simplista que no refleja la complejidad de la mente humana y que nos obliga a tirar a la basura conocimientos sólidos sobre la psicología humana.

No hay ninguna duda de que las mujeres han sufrido una historia de maltrato amparado por instituciones legales y religiosas y que incluso se les ha culpado de esa violencia ejercida sobre ellas. En respuesta a esta historia de opresión, el péndulo ha girado hacia una posición igualmente simplista de considerar que todo es culpa de los hombres. La posición actual y mayoritaria en nuestra sociedad es que la violencia no es una solución válida para resolver problemas independientemente del sexo, edad, orientación o identidad sexual de la persona que la ejerza. Existe una gran evidencia de que tanto hombres como mujeres ejercen violencia y nuestros modelos tienen que incorporar esos datos y buscar soluciones para todas las personas implicadas en la violencia de pareja y familiar. Queda mucho todavía por hacer para prevenir la violencia contra hombres, mujeres y niños. Dejemos a los científicos que estudien y debatan en libertad las causas y soluciones de la violencia humana y dejemos de lado los dogmas que fijan de antemano lo que deben encontrar. Toda la sociedad saldrá ganando empezando por las víctimas.


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