domingo, 10 de noviembre de 2019

El Ateísmo, los medios de comunicación y el aceleramiento moral


Las religiones presumen de valores éticos eternos, lo que explica por qué han contribuido tan poco al progreso moral  de la humanidad.
-Jorge Wagensberg

"Aunque la nuestra es una época sin Dios, es justo lo opuesto a no religiosa.”
-Eric Hoffer


En la última entrada, y en alguna otra, he comentado que estamos viviendo una epidemia de moralidad que está afectando a todas las esferas de la vida, no sólo a la política sino a la ciencia, al arte, al mundo laboral y, por supuesto, a las redes sociales y a los medios de masas en general, como ocurre con la publicidad en televisión. Las empresas no se limitan a alabar las cualidades de sus productos sino que tienen que demostrar que son buenas y que se alinean con los nuevos valores. Todo el mundo está señalando virtud constantemente -especialmente en las redes sociales-  y surgen nuevos valores sin interrupción. Todo se está moralizando, desde comer carne hasta ir en coche y cosas que antes eran neutras moralmente van adquiriendo la cualidad o valor moral de ser malas y condenables. Esta aceleración moral hace complicado mantenerse al día y cada vez más gente tiene miedo a tratar cualquier tema por miedo a meter la pata y encontrarse en el lado equivocado de la moral. Es como el juego de la silla, si no estás atento te quedas con el culo al aire.

Sería interesante entender las razones o las causas de este fenómeno de aceleración moral. En esta entrada voy a proponer que una de estas razones es el abandono de la religión tradicional y lo voy a hacer siguiendo en esencia el planteamiento de Hans-Georg Moeller en uno de los capítulos de su libro The Moral Fool. Junto con el abandono de la religión tradicional, destacaría en la generación de este fenómeno el papel de los nuevos medios de comunicación. 

Hemos asistido a un cambio en la sociología de la moralidad. En épocas anteriores, nuestra moralidad venía marcada por la Iglesia y, en conexión con la Iglesia, por la familia. La Biblia y otros textos religiosos eran las principales fuentes de los valores morales. Esta situación conducía necesariamente a una relativa estabilidad moral. La Biblia ha sido más o menos la misma durante siglos y, aunque las interpretaciones diferían de forma importante, existían limitaciones al alcance y la velocidad de la variación moral. Era muy difícil producir y distribuir un gran número de textos y los medios para diseminar valores morales de forma universal -veinticuatro horas al día, siete días a la semana- sencillamente no existían. Además, existía una autoridad centralizada en el Vaticano, con sus concilios de vez en cuando para tratar estas diferentes interpretaciones o las nuevas visiones, y lo que dictaminaba esta autoridad era reconocido a todos los niveles.

Todo esto empezó a cambiar con la aparición de la imprenta -y ahí tenemos la Reforma de Lutero- pero seguía siendo la iglesia y la religión la autoridad en materia moral. En el siglo pasado se producen los dos acontecimientos a los que hacía referencia más arriba: el abandono de la religión tradicional con el avance del ateísmo y la llegada de los medios de comunicación de masas a un nivel desconocido previamente: libros, periódicos, radio, TV, películas y ya por fin Internet. Estos medios de masas distribuyen noticias, programas de entretenimiento, publicidad, etc., y todo ello aparece y desaparece sin parar, todo se renueva constantemente. Pero, además de noticias y entretenimiento, los medios distribuyen y diseminan los valores morales. Los medios de comunicación son ahora la fuente de moralidad en la sociedad y el contenido moral sufre la misma aceleración que el resto del contenido de estos medios. Antes, el cura del pueblo daba un sermón los domingos o el papa publicaba la posición de la Iglesia de vez en cuando, pero ahora el cambio es constante.

El Papa y la Iglesia Católica, y otras iglesias y religiones también, tienen grandes dificultades para cambiar su posición en temas morales (ahí tenemos los ejemplos del aborto, la contracepción o la homosexualidad). Es muy difícil para ellos seguir el ritmo de los medios de masas incluso aunque, como por ejemplo en EEUU, aparecen continuamente en TV (telepredicadores) y en Internet. Si siguieran la velocidad de los medios, tendrían que negar básicamente la autoridad de sus escrituras y de sus tradiciones teológicas. Las iglesias tienden a afirmar que sus valores derivan de fuentes muy elevadas y eternas, de Dios básicamente, y Dios no se presta mucho a estar cambiando de criterio ininterrumpidamente. Dadas las diferentes características de estas dos moralidades (la de la religión y la de los medios de masas) no es ninguna sorpresa que no estén sincronizadas. Las iglesias no pueden adaptarse a la velocidad de los medios y los medios no pueden esperar a que las religiones se muevan. 

Pero tenemos que matizar una cosa. Que los medios de comunicación se hayan convertido en los distribuidores principales de la moralidad no quiere decir que ellos sean la fuente de los valores morales que distribuyen. Creo que éste es un asunto complejo y no del todo aclarado. No parece ocurrir que los medios sean los que impongan unos determinados valores directamente, ni tampoco que simplemente den voz a los valores que provienen de determinados grupos de la sociedad. Parece tratarse de un proceso de feedback en el que algún grupo con unos intereses o estilo de vida empuja por extender unos valores y los medios empiezan a hacerse eco de ellos con lo que cada vez más gente los va aceptando y así progresivamente. Pero no está muy claro la razón por la que unos valores se extienden y llegan a predominar mientras que otros no consiguen llegar a la mayoría de la población. Y, por supuesto, todo este proceso no es inocente o aleatorio y los medios (y los que los controlan) tienen sus propios intereses. Pero sí parece que las masas (la sociedad, o grupos dentro de ella) abrazan unos valores, los trasladan a la práctica y entonces alimentan a los medios sociales que los devuelven a las masas y esto se repite una y otra vez en una espiral sin fin.

Así que los medios “muestran” lo que es considerado en la actualidad moralmente bueno o malo en la sociedad pero resulta que de esta manera están “contaminando” o “infectando” con moralidad a todos los sistemas de la sociedad: política, religión, deportes, economía, arte, literatura, medicina, etc. Decía el sociólogo Niklas Luhmann: “todo lo que conocemos acerca de la sociedad, o acerca del mundo en el que vivimos, lo conocemos por los medios de comunicación”. Por supuesto, esto no es cierto literalmente, no conocemos a nuestros padres por los medios, por ejemplo. Pero Luhmann no se refiere a nosotros como individuos sino como sociedad: todo lo que nosotros conocemos acerca del mundo que todos compartimos lo conocemos por medio de los medios de masas. Esto es más verdad, lo que conocemos acerca de la política, los deportes, productos y marcas, etc., lo conocemos por medio de los medios de comunicación. Así que la Iglesia “conoce” por los medios que las relaciones prematrimoniales ya no están mal vistas, o ve en series que las madres solteras o los homosexuales ya no aparecen reflejados como deficientes morales. Y reacciona a ello. De la misma manera, los políticos ven qué valores empiezan a extenderse en los medios y corren a incorporarlos en sus discursos y programas (los partidos políticos también son agentes en la creación y distribución de valores). El resultado final es que la moralidad contamina o resuena en todos los sistemas y sectores de la sociedad.

Pero hay más derivaciones. Una de ellas es que el conflicto tienen un interés especial para los medios de comunicación. Por ejemplo, es más noticioso que dos países están en guerra que el hecho de que tenga unas relaciones pacíficas. En las series es más interesante presentar conflictos entre parejas, entre ladrones y policías, entre partidos, entre equipos de fútbol, que hablar de que todo el mundo se lleva bien. Y en ese sentido los medios están más interesados en el conflicto moral que en el consenso moral, la indignación moral vende. Las redes sociales hacen negocio con la moralidad, la indignación moral es un negocio para ellas como el sexo lo es para las webs porno. Les consigue usuarios y clics y todo esto funciona porque el contenido moral toca una tecla de la naturaleza humana: la necesidad de señalar virtud a los miembros de nuestro grupo. En resumen, un mundo sin conflictos y sin escándalos no interesa a los medios porque tendrían menos material para sus programas.

Volviendo al planteamiento inicial, vivimos una época de aceleramiento moral y es muy probable que una de las causas haya sido el abandono de la religión que ha actuado de freno para un instinto humano que es el de señalar virtud a los demás, el de transmitir que uno es un buen compañero o colaborador con el que se puede contar. La religión establecía un cauce para que la gente señalara virtud y luego la gente podía dedicarse a hacer otras cosas…a vivir. La vida es muy compleja para reducirla a la moralidad y, si tienen razón los argumentos que di en la entrada anterior, no es bueno reducir la realidad a la moralidad. Ya no hay tampoco una fuente de valores morales centralizada, la Biblia o las sagradas escrituras, la cual ha sido reemplazada por algo mucho más cambiante, los medios de masas.

Decía también Luhmann que uno debería ser muy cauto con la moralidad y “tocarla sólo con los instrumentos más estériles y con los guantes puestos porque es una sustancia altamente contagiosa”. La moralidad es como un monstruo con mil cabezas, una Hidra que genera dos cabezas por cada una que le cortas. 

Termino con una propuesta que hace Moeller para concluir su libro. Propone que los programas de TV, las películas, noticias, debates, etc., que contienen una alta dosis de moralidad que incluyan una advertencia similar a la de los paquetes de tabaco: “Este producto está lleno de moralidad y por tanto puede conducir a una implicación comunicativa no deseada y resultar en un posible daño a la salud personal y social”. Dice que, aunque sólo sea para proteger a los menores, debería haber un sistema similar al que antes controlaba los contenidos violentos y sexuales que advierta de lo contaminado moralmente que está cada programa. Mientras tanto, como decía en la entrada anterior, tened cuidado ahí fuera con la moralidad. 


@pitiklinov

domingo, 20 de octubre de 2019

Los peligros de la Moralidad

"Es mucho más fácil matar a un hombre si crees que es el mal, y que tú eres bueno."
-Hans Georg Moeller, The Moral Fool”


Los que seguís este blog ya sabéis que todo lo relativo a la moral, y a la evolución de la moral especialmente, es uno de sus hilos conductores. Y algo que ha ido apareciendo repetidamente es la idea de que la moral es un arma de doble filo, que tiene aspectos positivos y negativos, una idea que contrasta con la visión más extendida que consiste en pensar que ser moral es siempre algo bueno. Aquí voy a volver sobre el “lado oscuro” o los “efectos secundarios” de esa adaptación humana que es la moralidad.

La definición de moralidad que voy a manejar es la capacidad humana -instinto, incluso-  de ver valores en el mundo, en las acciones o en las personas, es decir, la capacidad de considerar que existen cosas que son buenas y cosas que son malas ahí fuera. Y voy a entender la moralidad humana desde el punto de vista de la psicología evolucionista como una tecnología social que sirve para favorecer la coordinación de los grupos humanos. Creo que hay un consenso bastante amplio entre los autores en esta visión de la moralidad como una tecnología para la cooperación aunque pueda haber diferencias y matices entre ellos. Si cualquiera hiciera lo que le da la gana la vida social no sería posible. El mayor representante de esta forma de entender la moralidad puede ser Oliver Scott Curry y su reciente trabajo en 60 culturas donde encuentra 7 normas básicas morales que se cumplen en toda ellas, pero otros autores como Jonathan Haidt o Josuah Greene  comparten en líneas generales el origen evolucionista de la moral.

Bien, después de las definiciones vamos al grano: ¿Por qué es mala la moralidad? Pues voy a dar algunas razones, por lo menos tres.

1- Cuando un problema o un conflicto se convierte en moral es más difícil resolverlo, llegar a acuerdos o compromisos. 

Hay un ingrediente de la moral que es la obligatoriedad, y la universalidad, que hace muy complicado ponernos de acuerdo en un problema moral. Si yo creo que llevar minifalda es malo moralmente, no me voy a limitar a no llevar minifalda yo sino que voy a impedir que tú lleves minifalda. Así que ya nos hacemos una idea de la gravedad del problema. Esto tiene toda la lógica del mundo. Si yo creo que matar es malo no puedo tomar la postura de que yo no voy a matar pero que el que quiera que mate…si yo creo que abortar es acabar con la vida de una persona pues no me voy a limitar a no abortar yo sino que voy a tratar de impedir que nadie aborte. Es precisamente por ser un problema moral que el problema del aborto sigue con nosotros.

Si yo creo que estoy en posesión de la verdad moral, me veo legitimado -es más, obligado, con el deber- de recortar las acciones de los demás…sus derechos y libertades. Desde el momento en que estoy en posesión de la verdad tengo la superioridad moral y la superioridad moral me autoriza a imponer cosas a los demás. El problema es que diferentes personas o grupos creen estar en posesión de la verdad y con el derecho y la autoridad para imponerse a los demás …

Esta característica de la moral es letal cuando se introduce en campos como la política o la ciencia. Vamos a verlo. Es letal para la democracia. Se supone que en un régimen democrático existen diferentes visiones de la realidad, todas ellas legítimas, y que votamos o elegimos entre ellas. La democracia implícitamente asume que yo puedo no tener razón y que otras personas tienen visiones o ideas que pueden aportar a la convivencia y la vida social. Pero si moralizamos la política (y no hace falta que diga que eso está ocurriendo en todo el mundo occidental) entonces ya estamos votando entre unas opciones que son las “buenas” moralmente y otras que son “malas” y es evidente, por la regla de la obligatoriedad que explicaba antes, que con las opciones malas no puedo entenderme ni llegar a acuerdos de ninguna manera. La acción política queda bloqueada. Pensar que hay una opción “buena” y otra “mala” es herir de muerte la democracia, es decir, si ya sabemos cuál es la opción buena y la que tiene que gobernar, pues nos sobra la democracia, sólo necesitamos un partido, el de los buenos…La democracia requiere una humildad epistemológica que no es compatible con la superioridad moral que genera la moralización de los asuntos.
A propósito de esto que estamos tratando, voy a citar al sociólogo Niklas Luhmann en su charla con motivo de la concesión del premio Hegel de 1988, Paradigm Lost: on the ethical reflection of morality:

“Sobre todo debe ser concedido que ninguno de los sistemas funcionales pueden ser integrados en el sistema social por medio de la moralidad. Los sistemas funcionales deben su autonomía a sus funciones individuales, pero también a su código binario individual, por ejemplo la distinción entre verdadero y falso en el sistema científico o la distinción entre gobierno y oposición en el sistema político democrático. En ningún caso los dos valores de estos códigos pueden hacerse congruentes con los dos valores del código de la moralidad. No queremos que el gobierno sea declarado bueno y la oposición estructuralmente mala o, peor, el mal. Esto seria la sentencia de muerte para la democracia”.

Si mi discurso es la verdad y el discurso de mi oponente es un discurso de odio, si mi oponente es Hitler, evidentemente, no hay acuerdo posible, y parece que últimamente todos los adversarios son Hitler o algo peor. Si con respecto al cambio climático dividimos las posturas en destructores del planeta y en protectores del planeta no hay acuerdo posible; si en el tema de la violencia de pareja dividimos las posturas en los que quieren que mueran mujeres y los protectores de las mujeres, etc., etc., no hay diálogo posible.  


Lo mismo ocurre con la ciencia. El código binario de la ciencia, como dice Luhmann, es verdad/error, de lo que se ocupa la ciencia es de ir acercándonos poco poco cada vez más a la verdad, de intentar descubrir la verdad. Si metemos el código binario bueno/malo en la ciencia nos la hemos cargado porque ya estamos anticipando lo que la ciencia puede o no investigar y a qué resultados y conclusiones debe llegar, las que previamente hemos acordado que son las buenas. Y así ya estamos cerrando los temas, estamos diciendo que ya lo sabemos todo y que no hay que seguir investigando. Dice Luhmann: “Los códigos funcionales (se refiere al de la ciencia, por ejemplo, el de verdad/falso) deben operar a un nivel más alto de amoralidad porque deben hacer sus dos valores disponibles para todas las operaciones del sistema”. Es decir, habría que limitar la esfera de aplicación de la moralidad. Pero actualmente estamos haciendo todo lo contrario, estamos metiendo la moralidad hasta en la sopa. La moralidad es una sustancia altamente contagiosa que lo está contaminando todo. Estamos viendo cómo científicos, académicos y filósofos piden que no no se deje hablar a otros científicos y académicos porque son el demonio, el mal, y así la ciencia no puede trabajar.

2- Las sociedades morales tienden al autoritarismo, la jerarquía, el elitismo y la desigualdad. 

Decíamos que la moralidad es una tecnología para la cooperación y coordinación de los grupos humanos. Pero filósofos como Ian Hinckfuss hacen hincapié en que, históricamente, hemos visto cómo la moralidad se ha utilizado para reforzar el poder de las élites y justificar el orden establecido. Las connotaciones morales de conceptos como lealtad o patriotismo se han utilizado para condenar como traidores/criminales a los reformadores y críticos. Los que han dicho qué es lo bueno y qué es lo malo han sido los que mandan y ese poder terrenal ha sido apoyado, por ejemplo en otros tiempos, por los valores morales aportados por el poder divino (la Iglesia). Lo bueno ha sido muchas veces lo que hacen las clases altas y lo malo lo que hacen las clases bajas. Igual es exagerado decir que la moralidad es la causa de estas desigualdades pero sí tiene un punto probablemente Hinckfuss en que la moralidad se ha usado para justificar el statu quo y mantener las estructuras jerárquicas. Como hemos dicho, la gente desea desesperadamente hacer lo que está bien y se siente mal si no lo hace. Por lo tanto, el que determina qué es lo bueno y qué es lo malo tiene un poder enorme, el poder de marcar el discurso y el rumbo de la sociedad en su conjunto.

3- La moralidad promueve las guerras y los genocidios.

Hemos hablado otras veces de que la mayoría de la violencia en el mundo es una violencia moralista, Violencia Virtuosa, es la violencia de la gente que cree que está haciendo el bien y en base a ello mata o comete genocidios. No es la única causa pero la moral colabora a que la gente normal se convierta en genocida. Decía Steven Weinberg: “La religión es un insulto a la dignidad humana. Con o sin religión siempre habrá buena gente haciendo cosas buenas y mala gente haciendo cosas malas. Pero para que la buena gente haga cosas malas hace falta la religión”. Creo que Weinberg se equivoca en parte porque se centra en la religión pero el problema es más amplio, ideologías laicas como el comunismo han cometido terribles barbaridades también. El problema es la moral, la fe en nuestra superioridad, creerse en posesión de la verdad y por tanto legitimado para acabar con el mal encarnado en los otros, en esos adversarios diabólicos que son un obstáculo para conseguir el mundo feliz y la utopía que buscamos.

Bien, hasta aquí algunos argumentos en defensa de la postura de que la moralidad es un peligro, de que por un lado es necesaria pero que por otro nos acerca al abismo. Suponiendo que os hayan convencido, la pregunta ahora sería: ¿Y deberíamos abolir la moralidad? ¿viviríamos mejor en un mundo sin moralidad? De eso hablaremos otro día, pero mientras tanto una sugerencia: tened cuidado ahí fuera con la moralidad, especialmente con la creencia de ser superior moralmente.

@pitiklinov 



domingo, 15 de septiembre de 2019

Instintos Coalicionales

En esta entrada voy a comentar brevemente un texto muy corto pero, a mi juicio, muy profundo, del pionero de la psicología evolucionista John Tooby. La web edge.org tiene la costumbre de hacer una pregunta anual a una serie de científicos y personalidades. En 2017 la pregunta era: “¿qué concepto o término científico debería ser más ampliamente conocido?”. Según John Tooby, el concepto científico que debería ser más conocido es el de que los humanos tenemos unos “instintos coalicionales” y la gran influencia que estos instintos grupales tienen en nuestras creencias. Vamos a ver brevemente su planteamiento.

“Instintos coalicionales” son unos programas psicológicos que tenemos para navegar el mundo de las coaliciones: formar, mantener, pertenecer, reconocer, abandonar, defender, subordinarnos, resistirnos, oponernos, atacar, etc., a coaliciones. Las coaliciones son conjuntos de individuos  que son vistos por ellos mismos o por los demás como miembros que comparten una identidad común abstracta. ¿Por qué vemos el mundo de esta manera? Muchas especies desde luego no lo ven así. Por ejemplo, entre los elefantes marinos el macho alfa es el que más se reproduce y excluye de la reproducción al resto de los machos aunque si se unieran el macho beta y el macho gamma serían más fuertes que el macho alfa. El problema es que para hacer eso hay que tener unas capacidades cognitivas y hay que coordinar esas capacidades cognitivas. Pero los humanos sí llegaron en un momento dado a darse cuenta de que actuar en grupo, formar coaliciones, tiene ventajas, en algún momento se dieron cuenta de que dos pueden vencer a uno, que tres vencen a dos y así sucesivamente. 

En este nuevo mundo, el poder cambió de los alfas solitarios a grupos coordinados eficazmente, dando lugar a un nuevo paisaje de amenazas y oportunidades. Y nosotros somos descendientes de la gente que se manejó mejor en este nuevo mundo de las coaliciones, los que estaban equipados con los mejores instintos coalicionales. 

La función principal de las coaliciones, por tanto, es amplificar el poder de sus miembros en conflicto con otros no-miembros. En tiempos ancestrales si no pertenecías a una coalición, a un grupo, estabas perdido, desnudo, a merced de otros individuos que hubieran formado un grupo. Por ello, el instinto de pertenecer a un grupo y de ser admitido es una urgencia y una necesidad humana. 

Y esta necesidad humana de pertenecer a una coalición explica muchas cosas y entre ellas que las creencias de los grupos puedan llegar a ser tan extrañas y desconectadas de la realidad: porque son señales de pertenencia y formas de dejar en mal lugar y sentirnos moralmente superiores a los demás. Para ser admitido en el grupo tienes que enviar señales de que apoyas a ese grupo frente a otros. Creencias que se basan en la realidad y en cuestiones prácticas no sirven como señal diferencial porque cualquiera puede tenerlas, pertenezca o no a nuestro grupo. Creencias sobrenaturales o extrañas, como que Dios es tres personas y una, sí sirven porque ya no las tiene cualquiera. Por ejemplo, si todo el mundo se pone de acuerdo en algo, como que la esclavitud está mal, eso deja de ser un tema moral importante porque no puedes ya dejar mal a los rivales o ponerte en un lugar moralmente superior con respecto a ellos. Hay que buscar unas nuevas creencias que nos diferencien.

Todo esto genera un problema enorme para la ciencia y los científicos, ya que los científicos son personas como todas las demás y también están equipados con los mismos instintos coalicionales y los instintos coalicionales hacen a los colectivos más estúpidos que a los individuos. Ocurre una curiosa paradoja que es la siguiente. Un partido político unido por creencias sobrenaturales podría cambiar sus creencias acerca de temas económicos o científicos, pongamos el cambio climático, sin ningún problema porque lo que les define y les une es -pongamos por caso- su creencia en la Santísima Trinidad. Ahora bien, la gente cuya pertenencia a una coalición se basa en su adherencia a unas proposiciones científicas “racionales” tienen un problema cuando (como suele pasar) nuevos datos e informaciones científicas obligan a revisar esas creencias. Se encuentran con que ellos no pueden actualizar esas creencias porque eso supondría la destrucción del grupo. El que cambiara de opinión y dejara de creer en las creencias del grupo sería un miembro inmoral de la coalición y estaría en riesgo de perder sus amigos, su trabajo y su querida identidad de grupo.

Formar coaliciones alrededor de cuestiones científicas y factuales es desastroso porque enfrenta nuestro instinto de buscar la verdad con nuestro instinto prácticamente insuperable de ser un buen miembro de la coalición. Cuando un tema científico se moraliza, el proceso científico queda herido de muerte. Es muy, muy difícil que alguien ponga la verdad científica por encima de los intereses del grupo y el que los haga -los Galileos que por suerte existen y han exisitido- ya saben que serán objeto de todo tipo de ataques, persecución e intentos de aniquilación, incluso física. Y sólo tenemos que mirar alrededor para verlo.

@pitiklinov

sábado, 3 de agosto de 2019

Violencia de Género versus Violencia Doméstica. Una reflexión


“Es imposible para un hombre aprender lo que piensa que ya sabe”.
-Epícteto
“Cuando veo un ave que anda como un pato y nada como un pato y grazna como un pato, yo llamo a ese ave un pato.”
-James Whitcomb Riley, (1849-1916)

Recientemente, la presidenta del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), Ángeles Carmona, ha realizado unas declaraciones en tono de poseer la verdad absoluta, sobre las diferencias entre la llamada violencia de género y la violencia doméstica en las que da por demostradas y evidentes cosas que no son ciertas según la literatura acerca de la violencia de pareja  ni según lo que sabemos sobre la psicología humana. Carmona básicamente lo que hace es repetir la doctrina feminista sobre la violencia de pareja, el llamado paradigma de género, postura que ha demostrado no estar apoyada por los hechos. Por ello, creo que es conveniente señalar algunas cosas al respecto.

                         I


Una de las afirmaciones de Carmona es la siguiente: “la violencia de género tiene unas raíces completamente diferentes a la “intrafamiliar” y merece un trato diferenciado”. Según la exposición de motivos de la Ley de Medidas de Protección Integral contra la violencia de género, en España se considera que la violencia de género es: “se trata de una violencia que se dirige sobre las mujeres por el hecho mismo de serlo, por ser consideradas por sus agresores carentes de los derechos mínimos de libertad, respeto y capacidad de decisión”. Además, siguiendo a la ONU, la define ampliamente como una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre mujeres y hombres. Esa situación de desigualdad es el patriarcado y la ideología que la sostiene el machismo así que para resumir me referiré a la causa de la violencia de pareja, según el feminismo, como el machismo o el patriarcado y la solución a la misma sería más feminismo, como han repetido líderes políticos hace poco. El planteamiento de esta doctrina feminista es binario: los hombres son los perpetradores de la violencia y las mujeres las víctimas (las mujeres no son agresivas más que en respuesta a la violencia de los hombres).

Se considera por tanto que la violencia que ejercen las mujeres sobre los hombres no es violencia de género y tampoco lo es la que ejercen hombres contra hombres o mujeres contra mujeres en las relaciones entre parejas del mismo sexo. Estas otras formas de violencia están consideradas en España como violencia doméstica. A lo largo de la entrada yo me voy referir a la violencia de pareja y no voy a entrar en la violencia doméstica más amplia a nivel intrafamiliar (violencia de padres a hijos o de hijos a padres o entre otros familiares).

Así que lo que nos está diciendo Carmona es que la violencia que ejercen los hombres contra las mujeres en parejas de distinto sexo tiene unas causas totalmente diferentes a la que ejercen las mujeres contra los hombres en las relaciones entre parejas de distinto sexo y también diferentes a la que ejercen hombres sobre hombres y mujeres sobre mujeres en las relaciones entre parejas del mismo sexo. ¿Es esto cierto? Pues no. Para empezar, hay estudios desde los años 70 del siglo pasado que demuestran que las mujeres son perpetradoras de violencia de pareja con una frecuencia similar a los hombres y que la mayor parte de la violencia de pareja es bidireccional. Citaré dos estudios recientes, uno en Canadá y otro en seis países europeos. El primero concluye que se necesita un esquema que incluya tanto la violencia masculina como femenina y que tratar la violencia de pareja no es un juego de suma cero en el que abordar la violencia que sufren las víctimas masculinas suponga negar atención o recursos para las víctimas femeninas. El segundo concluye: “Los resultados apoyan la necesidad de considerar a hombres y mujeres tanto como víctimas potenciales como perpetradores al abordar la violencia de pareja”.

Pero se ha investigado también cuáles son las motivaciones de hombres y mujeres para cometer la violencia de pareja y lo que se encuentra es que hay más similitudes que diferencias. Por ejemplo, este estudio analiza las motivaciones para la violencia de pareja en hombres y mujeres detenidos por violencia doméstica y derivados a programas para maltratadores. Concluye: “hombres y mujeres refieren similares motivos para la perpetración de las agresiones”. O tenemos este metaanálisis de 580 estudios que compara 60 marcadores de riesgo de violencia de pareja en hombres y mujeres: sólo 3 de los 60 marcadores difieren de forma significativa entre hombres y mujeres. Y son que el consumo de alcohol, sufrir o presenciar maltrato en la infancia y un patrón de relación de pareja llamado de demanda/retirada se asocian más a la violencia en el caso de los hombres. Los autores concluyen: “Nuestros resultados sugieren que hay más semejanzas entre hombres y mujeres que diferencias en los marcadores de riesgo para la perpetración de violencia de pareja”. Por supuesto, hay más estudios, que replican estos resultados, como el estudio PASK pero no vamos a ser exhaustivos (ver también aquí).

Pero vamos a analizar un poco más en profundidad el planteamiento feminista. Lo que este planteamiento nos dice, por ilustrarlo con un ejemplo, sería lo siguiente:

  • cuando un hombre mira el móvil de su pareja a ver si habla con otra persona o qué hace lo está haciendo por el patriarcado, es decir: “por la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, etc.”
  • cuando un hombre mira el móvil de su pareja gay no lo estaría haciendo por el patriarcado sino supongo que por la emoción humana conocida como celos, por necesidad de control de su pareja, etc.
  • cuando una mujer mira el móvil de su pareja mujer o el de su pareja hombre entonces también sería por celos u otras causas de la psicología humana.

Es decir, los motivos para una misma acción serían diferentes si los realiza un hombre sobre una mujer que en el resto de casos. ¿Es esto creíble? Pues difícilmente. Para empezar, tenemos datos de que las mujeres son tan controladoras como los hombres, como este estudio de Liz Bates y cols. (ver presentación PowerPoint aquí) y también informan de más agresión física y verbal. Es decir, no se confirma que los hombres sean más controladores (como dice la perspectiva feminista) ni que la conducta de control de la pareja esté ligada a violencia de pareja sólo en los hombres. Los autores concluyen que los datos lo que dicen es que la violencia de pareja no tiene una etiología especial y que se entiende mejor dentro del mismo contexto de otras formas de agresión.

Profundicemos un poco más en lo que la teoría feminista está diciendo implícitamente, aunque no explícitamente, sobre el origen de la violencia. Se supone que todos los seres humanos venimos al mundo con una serie de emociones y mecanismos psicológicos, como los celos, como comentábamos. Estos mecanismos serían los que causan la violencia en todos los casos menos en el de la violencia de los hombres sobre las mujeres. Es decir, en el momento en que el cerebro de un hombre queda infectado por el machismo se vuelve inmune y resistente a un montón de factores que se asocian a la violencia en general y también a la violencia de pareja. A ese cerebro ya no le afectan trastornos mentales como la depresión, la suicidalidad, los trastornos de personalidad, la psicosis, el consumo de alcohol y drogas, la experiencia de abusos infantiles, etc. Ese cerebro sólo actuaría por machismo.

Si fuera verdad, esto sería fascinante porque si descubriéramos el mecanismo por el que el cerebro de un hombre machista se vuelve resistente a todos esos factores (alcohol, psicopatología, etc) podríamos utilizarlo para tratar y disminuir el impacto de los trastornos mentales o el consumo de tóxicos en la población general. Se abriría una línea de investigación muy interesante. El problema es que no tenemos ninguna evidencia de que eso sea así, sino que los datos lo que apoyan es que los factores implicados en la violencia de pareja entre hombres y mujeres de cualquier sexo y orientación sexual son esencialmente los mismos, como venimos comentando y vamos a ver más abajo.

Para cerrar esta primera reflexión sobre las raíces de la violencia de pareja que, según el feminismo, estarían en el “machismo”, recordar que nos encontramos con la paradoja nórdica según la cual, países como Suecia con una igualdad mayor entre los sexos y un nivel de sexismo a nivel social mucho menor resulta que presentan tasas de violencia de pareja más altas que España. Acaba de publicarse un estudio al respecto que concluye: “Nuestros resultados muestran que la mayor prevalencia de violencia de pareja física y sexual contra la mujer en Suecia que en España refleja diferencias reales y no es resultado de un sesgo de medida, apoyando la idea de la ‘Paradoja Nórdica’.

                       II

Dice Ángeles Carmona también que no hay que confundir la violencia de género con la violencia doméstica, que es de Perogrullo. Se refiere a no confundir los conceptos y ya he defendido que esa división planteada por el feminismo no se sostiene. Pero al hilo de esa afirmación, y aunque ya sé que no es a eso exactamente a lo que se refiere Carmona, quería comentar algo que se suele olvidar: que la forma en que se manifiesta la “violencia doméstica” (por ejemplo la de un hombre sobe su pareja hombre o la de una mujer sobre su pareja mujer) es indistinguible de la del hombre sobre la mujer. Si yo describo un caso de violencia de pareja con iniciales es imposible saber si se trata de un caso de violencia de género o doméstica. Me parece interesante insistir en este punto. Voy a poner un ejemplo:

“El 28 de Enero de 2001 F.R. mató a M.D. de un tiro por la espalda y luego se suicidó empleando la misma arma. Junto a su cadáver se encontró el arma del crimen, así como una nota en la que explicaba las razones de su acción. En la carta, F.R. se lamenta de vivir «un amor incomprendido» y advierte a M.D. de que «si no eres para mí, no serás de nadie». Según fuentes policiales, M.D. había comunicado recientemente a F.R. que pensaba romper su relación sentimental”.

Bueno, podemos poner muchos otros ejemplos pero lo esencial es que por lo que las personas hacen o dicen no podemos saber si los hechos se corresponden a la distinción que hace nuestra ley entre violencia de género o doméstica. Si el agresor es un hombre y la víctima una mujer será violencia de género, de cualquier otra manera será doméstica. ¿Por qué? Pues porque hemos decidido de antemano que es así. En este caso concreto las dos personas son hombres. Y nos encontramos con la situación absurda de que si la frase “si no eres mía no serás de nadie” se lo dice un hombre a una mujer la causa de ello es el Patriarcado pero si se lo dice un hombre a un hombre, una mujer a una mujer o una mujer a un hombre entonces la causa es…

Todo esto lo que nos indica es que la llamada violencia de género que supuestamente se dirige contra las mujeres por el mero hecho de serlo no es tal sino que es una violencia que  se dirige contra las parejas, porque puede ocurrir en parejas de todo sexo, orientación e identidad sexual. En este artículo sobre feminicidios cometidos por mujeres se describen varios casos de feminicidios o intento de feminicidio y si el autor fuera un hombre y la víctima una mujer serían indistinguibles de la llamada violencia de género. Los autores del artículo dicen: “en los 9 casos, la violencia física anterior, las conductas de control, los celos, el alcohol y las drogas y terminar la relación fueron antecedentes consistentemente reportados del incidente” o “los factores identificados y  descritos en estos casos de mujeres asesinadas o casi asesinadas por una pareja mujer son sorprendentemente similares a aquellos que ocurren entre mujeres asesinadas por una pareja masculina”.



Conclusiones

La conducta de los demás es un recurso muy importante para nosotros, similar a otros recursos como el alimento o el dinero. Gran parte de nuestro comportamiento va dirigido a conseguir de los demás una conducta que nos venga bien a nosotros, pero esto está contrarrestado por los intentos de las otras personas de conseguir de nosotros una conducta que a ellos les venga bien. En particular, la conducta de la pareja es algo tremendamente importante para la mayoría de las personas (sean del sexo, orientación o identidad sexual que sean). Esta situación genera conflictos en las parejas y otras relaciones, y algunas personas (por razones complejas y multifactoriales) pueden recurrir a la violencia para conseguir sus objetivos. Esto puede pasar en todo tipo de parejas.

Pero el movimiento de la violencia de género es un componente icónico y central del movimiento feminista y el feminismo es un componente central de la estrategia de ciertos partidos políticos. Su planteamiento binario de que los hombres son perpetradores y las mujeres víctimas se ha demostrado erróneo ya desde los años 70 del siglo pasado pero el feminismo ha respondido a la realidad de los datos aparecidos en las últimas décadas con una “estrategia de contención”, de negarse a aceptar la violencia ejercida por las mujeres y que los hombres puedan ser víctimas. También evitan el hecho de que la violencia de pareja es por lo menos igual de frecuente en parejas del mismo sexo porque  esto pone en evidencia que la violencia de pareja no tiene que ver con el género porque ocurre en las parejas de todos los sexos y orientaciones sexuales.

Ha habido planteamientos desde el propio feminismo para abandonar esta estrategia de contención o de enrocamiento y aceptar la violencia ejercida por las mujeres y por hombres sobre hombres y mujeres sobre mujeres, como éste reciente de Jamie Abrams, pero no ha dado ningún fruto y no parece que lo vaya a dar a la corta. Hay mucho miedo a perder fondos para programas, a perder una identidad colectiva que esta ideología de género ha generado y a perder fuerza política para imponer un discurso y una narrativa. El feminismo de género domina el gobierno, las instituciones (como la del CGPJ, según estamos viendo), la acción de los partidos políticos, etc., así que no es probable que abandone una situación de poder. Probablemente, sólo una actuación organizada de colectivos de hombres y de colectivos LGTBI podría ejercer la suficiente presión para que se produzcan cambios pero no parece que nada de eso se encuentre en el horizonte.

@pitiklinov




jueves, 25 de julio de 2019

Límites biológicos al aprendizaje: el Efecto García


La evolución recopila información acerca del ambiente durante generaciones y almacena este conocimiento en el pool de genes de la especie. Los individuos llegan al mundo con ideas innatas y predisposiciones para aprender ciertas cosas de manera específica. Cada ser humano llega al mundo conociendo lo que tiene que aprender y aquello acerca de lo cual tiene que ser inteligente. Todos llegamos al mundo con el espacio de búsqueda definido estrechamente.
-Plotkin, 1997


En esta entrada voy a tratar el tema del aprendizaje preparado (prepared learning) según el que los organismos estarían preparados filogenéticamente para asociar ciertos estímulos con ciertas respuestas. Vamos a ver en concreto el efecto García que se refiere al descubrimiento de que las ratas asocian la náusea con la comida pero no con luces o sonidos. Este efecto ocurriría porque en las ratas, en su ambiente y a lo largo de su historia evolutiva, la náusea ha sido causada por tóxicos y patógenos y no por luces o sonidos. Este fenómeno demuestra que las ratas (y todos los organismos) evolucionaron para aprender unas cosas con más facilidad que otras. En definitiva, este fenómeno sería un ejemplo de que no somos tablas rasas.

Primero un ligero recordatorio del condicionamiento clásico iniciado por Pavlov con lo de la comida, los perros y las campanas.  En estos experimentos la comida es el estímulo no condicionado que produce de forma natural salivación en el perro. La campana es el estímulo condicionado, que, cuando se asocia con la comida, acaba provocando también la salivación. En los primeros tiempos del descubrimiento de este condicionamiento muchos pensaron que era posible asociar cualquier estímulo con cualquier respuesta. Lo que vamos a ver es que esto no es así sino que el aprendizaje requiere mecanismos evolucionados de aprendizaje y que los cerebros de diferentes animales están equipados con diferentes mecanismos de aprendizaje. Digamos que el aprendizaje no sería un proceso generalista sino que está sujeto a restricciones, que dificultan determinadas asociaciones y facilitan otras.

Los estudios sobre aversiones condicionadas al sabor se remontan a los años 40 del siglo pasado cuando se usaron venenos para intentar erradicar las plagas de ratas y ratones. Se observó que las ratas probaban y comían pequeñas cantidades de los venenos. Estas precauciones impedían que las ratas murieran pero no que sufrieran un cuadro de envenenamiento. Al recuperarse de la toxicosis lo que ocurría es que no volvían a probar los cebos de veneno. 

Pero fue John Garcia el que demostró la aversión condicionada al sabor en los años 50. Garcia había estudiado en la universidad de California, Berkeley, y luego trabajó para la Marina en San Francisco estudiando los efectos de la radiación en ratas (la cual produce malestar digestivo entre otras cosas). Garcia había observado que cuando se le daba agua en botellas de plástico a las ratas antes de inducirles una enfermedad por radiación, las ratas evitaban después beber agua de esas botellas. Las mismas ratas bebían sin problema el agua si se les daba en botellas de vidrio. Garcia y sus colegas especularon que el contenedor de plástico podía dar al agua un sabor nuevo y que las ratas asociaban ese sabor con la enfermedad subsiguiente. Garcia probó la idea dando a las ratas una solución de sacarina  antes de la radiación. Como esperaba, cuando se les ofrecía a esas ratas la solución después de la radiación las ratas la evitaban. La aversión a la sacarina persistía durante más de un mes a pesar de haber sido adquirida tras una única exposición asociando sacarina y radiación.

Una observación que llamó inmediatamente la atención de Garcia fue que las ratas casi nunca evitaban el compartimento en el que había sido administrada la radiación o, si lo hacían, esa evitación necesitaba más tiempo para aparecer y era menos estable que la aversión al sabor. La importante implicación de esta observación fue que no todo estímulo (en este caso el ambiente externo frente al sabor) era igualmente asociable con el malestar de la radiación.

Y fue entonces cuando Garcia y su colega Robert Koelling realizaron los famosos experimentos por los que son conocidos, los cuales consistieron en utilizar un pitorro del que bebían las ratas que activaba también una luz brillante y un sonido y luego se les daba la radiación. Los animales a los que se les aplicaba el proceso evitaban luego consumir la solución de sacarina aunque no llevara asociado un ruido ni una luz. Sin embargo, las mismas ratas no tenían problema en beber del pitorro una solución que no llevara sacarina aunque se encendieras las luces y sonaran los ruidos. Estos resultados mostraban claramente que el sabor dulce estaba asociado de una manera mucho más fuerte a la radiación que las luces y sonidos aunque los tres tipos de estímulos habían sido asociados al malestar producido por la radiación. 

Cuando estos mismos estímulos (sabor/luz/ruido) se asociaban a un shock eléctrico en otro grupo de ratas, eran los estímulos audiovisuales los que las ratas asociaban con el shock y no el sabor dulce. A partir de estos resultados, Garcia planteó que existe una selectividad en el aprendizaje por el que los sabores se asocian preferentemente con el malestar digestivo y los estímulos audiovisuales con el shock eléctrico. Esta conclusión chocaba con las ideas imperantes en la época que consideraban que cualquier tipo de estímulo se podía asociar con cualquier consecuencia.

Pero Garcia y sus colegas demostraron una cosa más que es típica de la aversión condicionada al sabor. Si las ratas bebían una solución de sacarina y después se les inducía una enfermedad producida por un fármaco (vómitos inducidos por una inyección de apomorfina), las ratas adquirían la aversión incluso cuando la inyección de apomorfina se retrasaba tanto como 75 minutos. Esto contrastaba con los conocimientos de la época basados en los estudios con estímulos auditivos y visuales que encontraban que el aprendizaje no se producía si el retraso era mayor de tan sólo unos segundos. Todos estos hallazgos de Garcia violaban las leyes del aprendizaje conocidas en la época y fueron recibidos con escepticismo y con una clara oposición ya que sus artículos fueron rechazados por varias revistas (Garcia bromeaba diciendo que los editores y revisores de las revistas eran criaturas “neofóbicas”). 

No ayudó precisamente a que estos hallazgos fueran bien recibidos el hecho de que el propio Garcia adelantara una explicación evolucionista para el fenómeno proponiendo que la evolución había moldeado estas características. En concreto, la capacidad de asociar un sabor con un efecto de envenenamiento tras una única exposición era altamente adaptativa ya que permitía a los animales evitar consecuencias potencialmente fatales por la ingestión de toxinas. Dado que una enfermedad es producida muchas veces por toxinas de las plantas o carne en mal estado , los animales que fueran capaces de asociar sabores con enfermedades tendrían una ventaja evolutiva.

Posteriormente, estos experimentos fueron replicados y se fue aceptando el punto de vista de que existen restricciones biológicas al aprendizaje. Esta visión propone que aunque el aprendizaje es un fenómeno general, puede ser limitado o facilitado en base a la historia natural del animal y que la teorías del aprendizaje animal y del condicionamiento tiene que tener en cuenta la historia natural de la especie. 

Es muy conocido también lo que le pasó a Martin Seligman y que él denominó síndrome de la salsa bearnaise. Seligman se encontró mal un día que había salido a comer y a un concierto con unos amigos, con un cuadro gastrointestinal probablemente de origen vírico, pero en la comida había probado esta salsa y aunque él entendía cognitivamente que la salsa no tenía nada que ver con su malestar el resultado fue que no pudo probar la salsa durante muchos años. 

Aparte de la aversión al sabor hay también ejemplos de aprendizaje preparado en el desarrollo de fobias y se observa que los monos desarrollan el miedo a las serpientes con gran facilidad, incluso después de exposiciones únicas, pero no las desarrollan a los conejos o a las flores. Especies que no han sido presas o víctimas de ataques de serpientes, por ejemplo, no evolucionaron este mecanismo de aprender un miedo específico. Como decía al principio, todo esto sugiere que los mecanismos de aprendizaje de una especie concreta pueden ser diferentes según las diferentes necesidades que han tenido esas especies durante su pasado evolutivo y que no somos tablas rasas, que venimos al mundo con la predisposición para aprender con más facilidad unas cosas que otras.

@pitiklinov

Referencias:


Garcia, J. 1981. Tilting at the paper mills of academe. American Psychologist 36:149–158.

Garcia, J., D. J. Kimeldorf, and R. A. Koelling. 1955. Conditioned aversion to saccharin resulting from exposure to gamma radiation. Science 122:157–158.

Garcia, J., and R. A. Koelling. 1966. Relation of cue to consequence in avoidance learning. Psychonomic Science 4:123–124.

Garcia, J., F. R. Ervin, and R. A. Koelling. 1966. Learning with prolonged delay of reinforcement. Psychonomic Science 5:121–122.












viernes, 19 de julio de 2019

¿Cuál es el mensaje a la sociedad sobre el suicidio?


No quites nunca una valla hasta que sepas la razón por la que fue colocada
-G.K. Chesterton

Recientemente, ha habido mucho revuelo por la noticia de una chica holandesa de 17 años con una historia personal de abusos sexuales, violación, depresión, anorexia y un sufrimiento personal insoportable que se dijo en principio que había sido objeto de eutanasia. La conmoción fue muy grande, aparecía el fantasma de la “cuesta deslizante” y todo el mundo se alarmó. Pero, enseguida, se corrigió la noticia y se aclaró que no se había concedido la eutanasia en este caso sino que la chica se había negado a comer y beber y, al parecer, los médicos que la trataban y los padres habían consentido el suicidio y no intervinieron para impedirlo. Así que como no ha sido eutanasia parece que podemos estar todos tranquilos, irnos a ver la película de la noche con el resto de la familia y olvidarnos del asunto.

Bueno, yo creo que no, que al margen del desastroso papel de la prensa “seria” en este asunto,  quedan infinidad de interrogantes éticos, legales y morales con respecto a la eutanasia/ suicidio asistido por razones psiquiátricas tanto en caso de trastorno mental como en el hipotético caso de que no lo haya y lo demande cualquier persona. Hay muchas preguntas sin respuesta. La sociedad está evolucionando y nos estamos metiendo en un territorio desconocido del que nadie tiene el mapa. Yo tampoco lo tengo pero de todos los posibles ángulos desde los que podríamos abordar este complicado asunto, voy a escoger uno en concreto. Quiero hacer una reflexión sobre el contradictorio mensaje que estamos empezando a mandar a la sociedad y a la ciudadanía sobre el suicidio y el posible efecto perjudicial que pudiera tener.

Por un lado, tenemos un primer mensaje que es el tradicional por decirlo de alguna manera. Podría ser el representado por este documento de la OMS: Prevenir el Suicidio: un imperativo global. El suicidio es un problema de salud pública de enorme gravedad sobre el que hay cada vez una mayor concienciación. Las autoridades están empezando a poner en marcha planes de prevención del suicidio y hay programas a nivel internacional como el de Suicidio Cero que dice que es posible reducir los suicidios a cero aplicando una serie de medidas. Se considera malo que el número de suicidios sea tan alto, se considera que algo estamos haciendo mal y que hay que intervenir para prevenir esta trágica pérdida de vidas humanas. Unido a ello está el objetivo de combatir el estigma de las enfermedades mentales, de que se busque ayuda para ellas, que se pueden tratar, y de normalizar su diagnostico y tratamiento. Este sería el primer mensaje.

Pero ha empezado a avanzar un segundo mensaje, que sería el de que si alguien tiene un sufrimiento insoportable tiene derecho a ser ayudado para acabar con ese sufrimiento y que el suicidio es una manera legítima de ser ayudado. Este mensaje entra en contradicción con el anterior y se puede producir la siguiente paradoja. Una persona comete suicidio. Nos parecería un fracaso de la sociedad. Pero si esa misma persona se presenta en un comité de valoración para ser ayudada a suicidarse, nos dice que sufre terriblemente y que no puede soportarlo, entonces tal vez consideraríamos que lo que tenemos que hacer es ayudarla a dejar de sufrir. Nos podríamos encontrar con una hipotética situación (en algunos países ya ocurre) en la que los servicios sanitarios tendrían a la vez planes de prevención y tratamiento para reducir el suicidio y por otro lado programas de ayuda al suicidio para las personas que lo pidieran. 

Hay una forma de resolver esta contradicción entre las dos posturas o mensajes: primero vamos a aplicar la política 1 (la de prevenir e impedir el suicidio) pero en determinados casos muy graves tendremos que aplicar la política 2, la de ayudar a morir. Tiene lógica, pero tiene también muchos problemas y, además, está la duda del efecto que pudiera tener el segundo mensaje -dirigido en principio a una minoría de casos resistentes- sobre el gran número de personas que contemplan en momentos de sufrimiento el suicidio. Vamos a ver algunos de los problemas:

1- La persona con ideas de suicidio puede negarse a ser tratada, sencillamente puede desear morir y no un tratamiento para seguir viviendo. Si no desea tratamiento, ¿vamos a obligarla a recibirlo? También hay que tener en cuenta que las leyes que contemplan la eutanasia por razones psiquiátricas suelen estipular que sólo los tratamientos aceptables para la persona que busca la eutanasia o suicidio asistido serán considerados a la hora de determinar si la condición es tratable o susceptible de mejoría. Es decir, si la persona no considera aceptable por ejemplo la terapia electroconvulsiva pues se considerará que se han usado todos los tratamientos disponibles (los que acepta el paciente, no todos los que hipotéticamente podrían haber aportado una mejoría). 

2- Tenemos muchos problemas para saber si la persona que quiere ser ayudada a morir tiene unas condiciones mentales que le permitan tomar esa decisión. ¿Una persona que tiene un sufrimiento insoportable puede tomar una decisión libre e informada respecto a la muerte asistida? La depresión se asocia a desesperanza y visión negativa del futuro las cuales aumentan el malestar subjetivo y la capacidad de decisión. ¿Es voluntaria y fiable la decisión de pedir el suicidio de una persona que padece un trastorno (depresión) que incluye entre sus síntomas la suicidalidad? Es muy difícil saber si el sufrimiento intolerable y la percepción de irreversibilidad, y de que no hay mejoría posible, son síntomas del trastorno subyacente o reflejan un juicio independiente del paciente. Es decir, es muy difícil saber si el paciente está haciendo un juicio independiente del trastorno mental subyacente. 

3-Y tenemos muchos problemas también para saber cuándo un tratamiento ha fracasado y podemos pasar de la política 1 a la política 2. La ciencia no pude ayudarnos de una forma definitiva en este tema, al menos por ahora, y siempre hay juicios subjetivos de manera que diferentes profesionales podrían tener diferentes opiniones. 

Jonathan Rottenberg, psicólogo, cuenta en su libro The Depths su propia depresión, un episodio depresivo muy grave que duró más de cuatro años. Su tratamiento fue resistente a más de una docena de antidepresivos, a psicoterapias, a un ingreso de un mes en la unidad de trastornos afectivos de la John Hopkins University y Jonathan tiene también antecedentes familiares de depresión. Pero a pesar de todos esos factores negativos, al final su depresión cedió y hoy, después de más de 20 años, no ha vuelto a sufrir ninguna recaída y lleva una vida satisfactoria trabajando por el reconocimiento de este trastorno. ¿Dónde ponemos el límite? No lo sabemos y tampoco puede ser igual para todas las personas. Cada día en que una persona está deprimida, esas veinticuatro horas son muy largas y difíciles de soportar. Decirle que  incluso después de 3 o de 5 años es posible la mejoría puede no ser suficiente. Puede que la persona valore que no le compensa vivir ese infierno tanto tiempo.

El recurso al suicidio asistido puede tener también el inconveniente de permitir la “rendición” en los casos psiquiátricos graves. En estos casos la frustración que sienten los familiares y los médicos tratantes es también my grande y el suicidio asistido puede aparecer como una opción de salida para todos (no solo el paciente) a una situación muy dura de sobrellevar. El mensaje sería: “hay casos desesperados en psiquiatría y usted puede ser uno de ellos”. Con esto no quiero decir que no haya casos en los que es legítimo rendirse, el problema es saber cuándo o dónde está el límite.

4- En el futuro es cada vez más probable que personas sin ningún trastorno mental pidan la ayuda al suicidio y en esos casos, desde un punto de vista filosófico y ético hay muy pocos argumentos para negárselo. Es muy difícil rebatir el argumento de que es a la propia persona a la que le corresponde decidir si su vida merece la pena ser vivida o no. No todas las personas que sufren depresión o un trastorno de personalidad desean morir, sólo una minoría. Esto quiere decir que el diagnóstico no es suficiente para orientar nuestra actuación. Todos conocemos el caso de Ramón Sampedro y su petición de suicidio asistido, pero un tetrapléjico con una sintomatología similar recorrió varios kilómetros por una autovía al equivocarse en un cruce cuando buscaba un club de alterne. La mayoría de pacientes con síndrome de enclaustramiento, pacientes que sólo pueden mover los ojos, no tiene ideas de suicidio. Lo que quiero decir con esto es que el criterio que nos queda al final es el sufrimiento insoportable y eso es subjetivo, lo que es soportable para una persona puede ser insoportable para otra.¿Cómo vamos a responder a las personas que nos digan que su vida no merece la pena ser vivida y quieren ayuda con el suicidio? ¿Les vamos a obligar a seguir viviendo? No hay que olvidar que estamos viviendo una época en la que la subjetividad y el sufrimiento de las personas se ha convertido en el criterio principal que guía la actuación en muchas materias.

Lo que estamos empezando a vivir nos recuerda lo dependientes que somos de las protecciones contra el suicidio transmitidas culturalmente. Tradicionalmente, la cultura ha diseñado una serie de barreras contra el suicidio: la religión lo ha considerado pecado, la ley, delito y existe todavía el estigma y el tabú del suicidio. Son estrategias muy criticables, porque pueden impedir que las personas que lo necesitan busquen ayuda pero no hay que olvidar que también son defensas contra el suicidio. Estamos empezando a derribarlas (tal vez es lo que hay que hacer) pero no sabemos lo que puede pasar.

@pitiklinov