miércoles, 20 de junio de 2018

¿Existe una moral universal?

The Evolution Institute ha realizado una encuesta entre 15 autores, que te puedes bajar en .PDF en una especie de librillo aquí, sobre el debate ya clásico de si existe una moral universal por debajo de todas las diferencias en normas morales que vemos en las diferentes culturas. Cuando observamos diferentes sociedades vemos que las normas morales (con respecto por ejemplo al matrimonio o las relaciones prematrimoniales/extramatrimoniales, o los alimentos que se pueden comer, etc.) son muy variadas y a veces contradictorias. Esto nos puede llevar a pensar que las normas morales son relativas y que hay no hay un terreno moral común a toda la humanidad; a primera vista, no parecen existir normas aceptadas universalmente.

Pero, a la vez, tenemos una creciente literatura sobre la existencia de un instinto moral en los humanos. Algunos, como Marc Hauser, han comparado el instinto moral al instinto del lenguaje (Hauser habla de una gramática moral) y de la misma manera que todos los niños nacen con la predisposición a aprender un lenguaje que luego dependerá de la cultura en la que se encuentren, existiría también un instinto moral (un órgano moral) que predispondría a los niños a ver el mundo de una manera moral y cumplir las normas morales. Ahora bien, esas normas, como las lenguas, son diferentes en cada sitio. Este instinto moral lo vemos aparecer en los niños antes de la socialización (como ha estudiado entre otros Paul Bloom) así que estas observaciones nos hablan de una psicología evolucionada producto de la selección natural. ¿Podemos reconciliar ambas observaciones? Las respuestas que dan los diferentes autores son variadas y muchas veces opuestas. Los editores las han agrupado en tres grupos: sí, no y tal vez, lo que quiere decir que el debate no está resuelto. Pero hay algunas conclusiones que podemos sacar a pesar de los diferentes puntos de vista.

Una cuestión que llama la atención es que la mayoría de autores sí están de acuerdo en qué es la moralidad y cuál es su origen desde el punto de vista evolucionista. En todas partes la mayoría de la gente tiene un sentido del bien y el mal que se corresponde con el bien del grupo. Y casi todos los autores reconocen que la moralidad es una tecnología que responde a nuestras necesidades como animales sociales. Más en concreto, la moralidad evolucionó para cumplir una función pro-social: promover la cooperación y la supervivencia del grupo. Diferentes líneas de investigación (teoría de juegos, psicología, etología y antropología…) sugieren que la moralidad es una colección de herramientas para la promoción de la cooperación. Llamaríamos a esto la teoría de la “moralidad como cooperación”.

También están de acuerdo en que hay una serie de cosas como la injusticia, la deslealtad, el robo, el incesto, no cumplir un compromiso o la palabra dada o la falta de reciprocidad que son juzgadas de forma negativa desde el punto de vista moral en todos los lugares. Es interesante en este sentido la aportación de Oliver Scott Curry que ha realizado un estudio en 60 sociedades y ha encontrado siete normas morales que se cumplen en todas partes:

1- Ama a tu familia
2- Ayuda a tu grupo
3- Devuelve los favores
4- Sé valiente
5- Obedece a la autoridad
6- Sé justo
7- Respeta la propiedad de otros

Estas siete conductas cooperativas son consideradas moralmente buenas en todas las culturas estudiadas pero es interesante otra cosa: no hay contra-ejemplos, en ninguna cultura estas conductas son consideradas moralmente malas. Pero aún así, habría mucho que matizar en cómo se aplican estas normas. Por ejemplo, aunque la primera norma es ama a tu familia, la definición de familia es probablemente variable de una cultura a otra. Es probable que una cultura considere que los primos carnales no se pueden casar entre sí por la norma del incesto mientras que otra tal vez sí lo permita…O tenemos un ejemplo acerca del respeto a la propiedad privada en este mismo librillo en la aportación de Richard Sosis a este debate. Cuenta Sosis cómo unos nativos de Micronesia robaron cosas a una pareja de alemanes que habían llegado allí en barco y cuando éstos pidieron al jefe de la tribu que les devolvieran lo robado el jefe les dijo que eso no era robo sino que ellos eran ricos y se trataba de una redistribución de la riqueza…Esto no quiere decir que en esta cultura se permita robar y seguro que tienen normas que lo castigan en otras condiciones, sino que lo que se considera robo o el respeto a la propiedad privada no es exactamente igual en un lugar y en otro.

Pero la teoría de la “moralidad como cooperación” no predice que los valores morales van a  ser idénticos en todas las culturas sino que lo que predice son variaciones sobre un mismo tema: los valores morales reflejarán diferentes tipos de cooperación bajo diferentes condiciones sociales y ecológicas y Scott Curry encuentra efectivamente diferencias en cómo las diferentes culturas priorizan estas siete normas morales. Como dice Massimo Pigliuci, la palabra latina “moral” viene de costumbre o hábito y aunque la moralidad es un fenómeno cooperativo, según las costumbres y el estilo de vida de cada cultura es probable que lo que es bueno en un lugar sea malo en otro. Por poner un ejemplo, en la cultura esquimal cuando un anciano no puede aportar a la tribu se acepta abandonarlo a su suerte para que no ponga en peligro la supervivencia de todo el grupo. En otras condiciones ecológicas o de estilo de vida abandonar a los ancianos puede ser considerado malo moralmente. Lo mismo podría ocurrir con el infanticidio o cualquier otra conducta. Tal vez por eso, la única manera de que todos tuviéramos la misma moral sería un estilo y unas condiciones de vida exactamente iguales en todas partes…

Durante unos 50 millones de años, los humanos y sus ancestros han vivido en grupos sociales y la selección natural nos ha dotado de unas adaptaciones para esa vida social entre las que se encuentra el instinto moral, instinto que podemos observar en un estado rudimentario en otros primates, como ha estudiado, por ejemplo, Frans de Waal. Sobre esos fundamentos biológicos, los humanos hemos construido innovaciones culturales como leyes o instituciones que fomentan más todavía la cooperación. De manera que tanto mecanismos biológicos como culturales proveen la motivación para la conducta cooperativa, altruista y social.

Así que, como decíamos, tienen razón tanto los que ven una moral universal como los que no la ven sino que, al contrario observan desacuerdos y a veces muy violentos sobre qué acciones son morales y cuáles no. Es decir, que siempre queda la posibilidad de ver la botella medio llena o medio vacía, de fijarnos en lo que todas las culturas tienen en común o en lo que las diferencia.

@pitiklinov


miércoles, 13 de junio de 2018

Ponencias II Jornada de Evolución y Neurociencia

Aquí os dejamos las ponencias de la II Jornada de Evolución y Neurociencia que tuvo lugar en Bilbao los días 24 y 25 de Mayo de 2018. No son todas y algunas de ellas no están completas por problemas técnicos pero esperamos que sean de vuestro interés.

Nuestro agradecimiento a todos los ponentes y a todos los asistentes que estuvisteis esos dos días con nosotros. ¡Un abrazo y os esperamos en la próxima!

Las Cajas Negras de la Evolución. Antonio J Osuna


Salud Mental en Grandes Simios. Entre la Ética y el Bienestar. Miquel Llorente



Qué significa ser humano. Una historia biológica de nuestra especie. Conchi de la Rúa



"Tchalacama", el concepto de enfermedad mental en los Hadza. Luis Caballero



Evolución Cultural y Origen del Altruismo. Juan Ignacio Pérez



Extensión tecnológica y arqueología cognitiva: la emoción cel contacto entre mano y piedra. Emiliano Bruner



El suicidio desde el punto de vista evolucionista. Pablo Malo



Evolución Cerebral y Evolución Cultural: el origen de la psicopatología. Julio San Juan.


sábado, 9 de junio de 2018

Ultrasociedad. El grupo Egoísta.

(publicada originalmente en La Nueva Ilustración Evolucionista el 13-04-2017)

Esta entrada es un comentario del libro de Peter Turchin Ultrasociety. How 10.000 years of war made humans the greatest cooperators on earth. La mayoría de los biólogos usan el término eusocialidad para referirse a los insectos sociales y ultrasocialidad (socialidad extrema) para los humanos. La vida social de termitas y hormigas, en la que algunas especies viven en colonias de millones de individuos es de una complejidad enorme. Pero los seres humanos hemos ido creando sociedades cada vez más grandes y complejas a una velocidad que no tiene parangón en otras especies. Hemos pasado de sociedades de decenas de personas a sociedades formadas por millones de personas en los últimos 10.000 años y esta transformación es la que Turchin pretende explicar en su libro.

La rapidez con la que se ha producido este cambio implica, según Turchin, que es demasiado rápida para que se deba por completo a la evolución del genoma humano. Para Turchin, esta historia es un proceso de evolución cultural. Hay que decir que Turchin es discípulo de Pete Richerson y Rob Boyd, los padres de la evolución cultural y colega de David Sloan Wilson, el padre de la selección multinivel. El libro, por lo tanto, está salpicado de críticas a Richard Dawkins cuya visión del Gen Egoísta está desfasada y es errónea, según todos estos autores.

Pero aquí es donde matizaría una cosa. Se ha criticado a Dawkins por la visión cruda y negativa  que da del ser humano y la sensibilidad moral de ciertas personas prefiere enfoques donde se hable de que el ser humano es también colaborador y no egoísta. Dejando a un lado que la existencia de genes egoístas no impide la de individuos egoístas, el problema que tiene la selección multinivel es que tampoco se libra del egoísmo. Turchin deja muy claro el lado oscuro de la selección de grupo. Lo expresa claramente cuando dice que esta gran expansión de las sociedades humanas sólo ha sido posible porque las sociedades compiten entre sí y aquellas que no tienen las instituciones adecuadas desaparecen. Las sociedades que poseen las características adecuadas destruyen a las que no las poseen.

Así que en vez de hablar del Gen Egoísta podríamos hablar del Grupo Egoísta. La idea central de este libro es que la competición entre grupos, normalmente en forma de guerra, es la que transformó la humanidad desde bandas de decenas de individuos hasta pueblos agricultores y luego a sociedades complejas social y económicamente. La guerra, según esta visión, es una destructividad creativa. Los seres humanos cooperan para competir. Los seres humanos son un animal de equipo. Cooperan, sí, pero contra alguien, contra otros equipos. Competimos como miembros de un equipo contra otros equipos y para ganar hay que suprimir la competición interna, la competición dentro del grupo. Así que esta visión de Turchin y Wilson la podríamos denominar El Grupo Egoísta o egoísmo multinivel, pero tal como lo veo lo que hace es ampliar el egoísmo y extenderlo desde los genes (Dawkins) a todos los demás niveles. Suena más a una ampliación de lo que dice Dawkins que a una refutación.

Al tratar del aumento de tamaño de las sociedades humanas, Turchin aborda un problema que creo que es muy interesante y es el de cómo y por qué apareció la desigualdad entre los seres humanos y por qué se consintió. La mayoría de antropólogos aceptan que las sociedades de cazadores recolectores eran igualitarias y no había grandes diferencias de estatus y poder entre los individuos ni tampoco entre los sexos. Sin embargo, cuando se crean los primeros estados arcaicos -lo que ocurre tras la aparición de la agricultura- nos encontramos ya reyes y unas élites que monopolizan un gran porcentaje de los recursos. La pregunta es: si sólo unos pocos ganan y una mayoría pierde, ¿por qué ocurrió esto y por qué los individuos lo permitieron y lo mantuvieron en el tiempo? 

Se han propuesto varias hipótesis para explicarlo, por ejemplo la religión. Es verdad que la religión, al hacer que los reyes se consideraran descendientes de los dioses, ayudó a legitimar y sostener a los reyes y élites y a impedir que la gente común matara a estos déspotas, pero la religión no explica el origen del fenómeno. Lo que explica el origen de este fenómeno es la guerra. Las sociedades grandes tienen una ventaja sobre las pequeñas: la fuerza. Por una ley llamada Lanchester´s Square Law la proporción de bajas infligidas por un ejército al adversario es el cuadrado de su ventaja numérica, es decir que doblar el número de efectivos genera más del doble de ventaja militar. Por lo tanto, existió una presión selectiva en pueblos enfrentados que vivían en llanuras (esta ley no se cumple en las montañas) para crear sociedades más grandes. 

Pero las guerras no se deciden a favor del que tiene más armas y más soldados. Hace falta cohesión, unidad y coordinación para ser más eficaces que el enemigo. Esto quiere decir que en condiciones de guerra, además de una selección para aumentar el tamaño hay una selección para formar una jerarquía militar eficaz. Pero la jerarquía militar puede mostrarse reacia a dejar el poder cuando acaba la guerra y existe la tentación de convertir su poder militar en ventajas materiales para ellos y sus familias. Este es el principio conocido como la La Ley de Hierro de la Oligarquía. Este principio, formulado por el sociólogo alemán Robert Michels en 1911, dice que toda forma de organización, independientemente de lo democrática o autocrática que pueda ser al principio, acabará evolucionando hacia una oligarquía. Michels estudió esto en partidos socialistas y movimientos obreros. Tanto los líderes como las organizaciones creían firmemente en la igualdad y la democracia pero al final, en la práctica, a medida que los líderes acumulaban poder empezaron a subvertir los procedimientos democráticos. El poder corrompe.

Así que el proceso fue que las sociedades necesitaban crecer para vencer a los vecinos y necesitaban una jerarquía militar que luego se hizo social. Pero este proceso llevó miles de años. El golpe militar, por así decirlo, lo daba un líder rodeado de sus jefes militares y el jefe compartía con ellos los frutos de su dominación para no ser derrocado. Pero para mantener ese poder en tiempos de paz era necesario legitimar el poder. Es por esto que pasó mucho tiempo desde que surgió la agricultura hasta que aparecieron los primeros estados arcaicos, los primeros jefes y bandas de guerreros no conseguían mantenerse en el poder. Esta legitimación vino con la religión y grandes rituales y empresas colectivas como monumentos y con otros cambios culturales como la propiedad privada ligada a la agricultura y ganadería. El rey era el que realizaba los rituales religiosos (un rey-dios) y todo ello legitimó su autoridad. 

Todo esto suena convincente, pero hay un paso posterior un tanto extraño. La guerra dio lugar a despotismo y desigualdad pero la competición militar entre sociedades continúa y en cierto momento se convierte en una fuerza para crear igualdad, menos violencia y en conjunto unas condiciones de vida mejores para todos. ¿Cómo ocurrió esto? Bien, la explicación de este cambio es de nuevo la religión y la guerra y el momento en que se produjo es la Era Axial. La Era Axial es una idea del filósofo Karl Jaspers que la propuso en un libro de 1949. Según él, se produjo un cambio en todo el mundo (el mundo conocido de entonces: Occidente, India y China) entre los años 800 y 200 anteriores a la era contemporánea, aproximadamente alrededor de 500 antes de Cristo. En esta época aparecen religiones como el judaísmo, el zoroastrismo, el budismo o el confucianismo. En esta época las religiones evolucionan desde dioses caprichosos que proyectan deseos humanos a dioses moralizadores, dioses preocupados porque las conductas de los humanos sean prosociales y que vigilan lo que éstos hacen. Y con estas religiones aparece de nuevo una ética igualitaria, surgen profetas y denunciadores y surgen reyes “amables” que se preocupan de sus súbditos como Ashoka. 

Todo esto ocurrió por sus propias razones y no por ocurrencia individual de los reyes o profetas. Los reinos arcaicos que duraron varios milenios eran muy inestables. Los reyes eran asesinados por alguno de sus hermanos que a su vez era asesinado por otro o por un señor de la guerra con ambiciones y estaban continuamente formándose y desapareciendo. Si quieres que tus soldados luchen a tu favor no puedes oprimirlos y si oprimes a tu pueblo no les des armas…Los estados arcaicos eran borrados del mapa continuamente así que el mensaje igualitario caló en ellos porque era una necesidad. Las religiones axiales promovieron la cooperación y la igualdad y limitaron el despotismo. Otro cambio fundamental de las religiones axiales fue el universalismo. Estas religiones ampliaron el círculo de cooperación más allá de la tribu o la etnia y se convirtieron en el pegamento social para formar imperios multiétnicos. En sociedades pequeñas los vecinos se vigilan unos a otros y se sabe que cuando la gente es vigilada se comporta bien. Ese papel de vigilancia en grandes sociedades lo pasó a desarrollar el dios monoteísta y universalista y esto permitió la confianza y cooperación necesaria para que las sociedades pudieran aumentar de tamaño.

Así que las sociedades humanas han evolucionado según lo que parece una paradoja: La violencia (la guerra de unas sociedades contra otras) dio lugar a la ultrasocialidad y la ultrasocialidad ha hecho disminuir la violencia. La clave en la evolución humana ha sido el aumento de la escala de la cooperación humana. Y esta evolución cultural y social humana ha seguido un curso en zigzag: desde la desigualdad existente en nuestros ancestros primates a la igualdad de los cazadores recolectores, desde aquí a la desigualdad de nuevo de los estados arcaicos y después la igualdad en las sociedades democráticas. Todo lo hablado en esta entrada queda resumido en esta imagen:



@pitiklinov

Referencia:


Peter Turchin. Ultrasociety. How 10.000 years of war made humans the greatest cooperators on earth. Beresta Books 2016

La fantasía sexual de los cuernos

La fantasía sexual en la que un hombre se siente excitado por el acto de que su pareja tenga relaciones sexuales con otro hombre es muy frecuente y han aparecido varios artículos en prensa general últimamente tratando este  intrigante fenómeno. Lo que ha despertado la atención de la prensa es que esta fantasía es muy frecuente, el término “cuckold porn” (cuckold y cuckolding son las palabras inglesas para cuernos y poner los cuernos) es el segundo término más buscado después de “youth”. El equivalente femenino de cuckold es cuckquean y de cuckolding cuckqueaning y al fenómeno en general en el que alguien se excita por ver a su pareja tener sexo con otra persona se le ha dado en llamar troilismo, termino que parece provenir del francés trois. Según la encuesta referida en ese artículo, un 35% de las mujeres refieren fantasías de troilismo frente a un 49% de los hombres. En esta entrada yo voy a hablar del caso de los hombres.

Como nos cuentan aquí, existe toda una terminología  al respecto. Al hombre que realiza su fantasía se le llama Stag, a la mujer Vixen y al invitado Bull y en este mismo artículo nos cuentan el caso de un pareja casada, con trabajo e hijos, que ha hecho de esta práctica sexual el eje de su vida sexual y tienen una cuenta en Twitter muy visitada. Por otro lado, como nos dice Justin Lehmiller en esta entrada, estas fantasías no son un invento moderno sino que están ya recogidas en los escritos de Freud y otras fuentes.

El problema es que desde una perspectiva evolucionista esta fantasía sexual es contraria a los comportamientos habituales de los machos, y de los hombres en particular. En animales en los que las hembras presentan fertilización interna los machos tienen el problema de que no pueden estar seguros de que son ellos los que han fertilizado a la hembra, es decir no tienen certeza de paternidad, y sabemos de muchas conductas de los machos como el control de la pareja (mate guarding), o los celos sexuales, que van dirigidos a evitar precisamente que la pareja tenga relaciones con otros machos. Históricamente sabemos que los hombres han realizado grandes esfuerzos para evitar ser engañados y ahí tenemos el caso de los famosos cinturones de castidad y la violencia incluso en el caso de infidelidad. Así que la cuestión es de dónde pueden salir estas fantasías.

Pues es muy conocido que en muchas especies diferentes el macho residente, es decir el que controla un determinado territorio, copule con su hembra cuando otro macho realiza una incursión en su territorio. Esto tiene sentido biológico ya que el intruso puede venir buscando oportunidades sexuales, o puede haberlas encontrado, y al copular el macho tiene más oportunidades de asegurar su paternidad. El caso es que en animales monógamos sociales la posibilidad de que la hembra pueda tener sexo fuera de la pareja parece tener un efecto estimulante o afrodisíaco. En el caso de unos pájaros llamados orioles los machos copulan inmediatamente con la hembra si escuchan la grabación del canto de otro oriol. El significado evolutivo es que si un macho está cantando en las cercanías es posible que haya copulado con la hembra. 

David Barash ha trabajado con patos y ha observado que algunos machos que no tienen pareja realizan copulaciones forzadas de hembras que ya tienen pareja y cuando esto ocurre, el macho de la pareja intenta evitar la copulación atacando y alejando al macho forastero pero poco después fuerza él mismo una copulación de su pareja. Busca contrarrestar la situación al intentar que sea su semen el que fertilice a la hembra (en muchos pájaros, no siempre, el último que copula suele tener una ventaja a la hora de fertilizar a la hembra). El caso del halcón de las Galápagos es inusual porque es una especie con poliandria en la que hasta cinco machos se emparejan, social y sexualmente, con una hembra. En cuanto un macho copula con la hembra inmediatamente los demás se ponen en fila para hacer lo mismo. El objetivo es interferir con el semen de los otros machos y a este fenómenos se le llama competencia espermática.

Los mamíferos no son inmunes a este tipo de prácticas. En ratas, los machos copulan con una hembra tan rápido como sea posible después de que ella haya terminado de copular con otro macho.  También se ha observado por lo menos en un tipo de rata que cuando un macho ha copulado con una hembra el intervalo de tiempo hasta que vuelve a copular con esa misma hembra se acorta si la observa copular con otro macho. En primates, los machos también copulan con una hembra que ha copulado recientemente. La atracción de ver copular no tiene nada de extraño en humanos tampoco porque es precisamente la base de la pornografía y el voyerismo (¿neuronas espejo?) y tiene lógica evolutiva en el sentido de que la existencia de actividad sexual alrededor de un macho indica que hay una hembra receptiva. También se ha propuesto que existe esta competición espermática de la que estamos hablando en humanos, aunque las pruebas que se han dado no son concluyentes.

Así que todos estos ejemplos y esta historia filogenética nos plantean la provocativa posibilidad de que los hombres (en general los machos) puedan estar “cableados” para encontrar los escenarios de infidelidad, o de actividadad sexual en general, como excitantes porque promueven conductas que buscan conseguir que sea su esperma el que gane en la carrera por fertilizar a la hembra.

Evidentemente, no podemos pretender que esta sea la explicación de estas fantasías ni mucho menos que sea la única. Es muy probable que diferentes fantasías tengan diferentes motivaciones y que tengamos que tener en cuenta otros factores psicológicos y sociales, si es que, como parece, estas fantasías han aumentado en las últimas décadas. Tampoco nos explica la competición espermática el caso de las fantasías en hembras. Así que quedan muchos interrogantes sobre este interesante fenómeno.

Referencia:

David Barash y Judith Eve Lipton . The myth of monogamy Holt Paperbacks 2001 (pp 38-40)




domingo, 27 de mayo de 2018

Darwin y el fin del bien y el mal

(Entrada publicada originalmente en La Nueva Ilustración Evolucionista el 25-06-2015)

La moralidad es una ilusión colectiva de los genes. Necesitamos creer en la moralidad y, por tanto, gracias a nuestra biología, creemos en la moralidad. No hay fundamento “ahí fuera” más allá de la naturaleza humana.
-Michael Ruse

Veíamos en una entrada anterior que las consecuencias morales de la selección natural fueron probablemente la causa de que Darwin tardara tanto tiempo en publicar sus ideas. En esta entrada voy a intentar explicar por qué Darwin dinamita nuestra moralidad y supone el fin del mundo tal como lo conocíamos antes de él, el fin de la idea del bien y del mal. Ni Copérnico, que nos desplazó del centro del Universo, ni Freud, que señaló que no éramos los dueños de nuestra propia mente, ni la cosmología, ni la geología, ni ninguna otra rama de la ciencia supone un corte tan profundo en la yugular de la comprensión de nuestra propia naturaleza (ni ponen los pelos de punta a los creacionistas de la misma manera). Nada de eso es comparable a la revolución y el peligro que supone Darwin. Voy a seguir para ello a Steve Stewart- Williams, al que ya entrevistamos aquí,  en el último capítulo de su libro, Darwin, God and the meaning of live.

El problema, la cuestión, es la siguiente: ¿pensamos que ciertas acciones son moralmente buenas porque  son moralmente buenas? ¿O pensamos que son buenas solo porque esa forma de pensar hizo que nuestros ancestros tuvieran más descendencia que los que pensaban de otra manera? ¿El hecho de que nuestras creencias morales tengan un origen evolucionista implica que nuestras creencias morales son falsas? ¿Implica esto que la moralidad es “luz de luna” como decía Adam Sedgwick, o que nuestra moralidad es en vano, como decía Charles Lyell? ¿Quiere decir esto que podemos hacer lo que queramos, que no hay verdades morales?

Hay dos maneras en las que la teoría evolucionista mina la moralidad. La primera sería que conduce a la gente a perder su fe en Dios y en la inmortalidad personal. La segunda es que la selección natural dinamita la idea de que existen unos cimientos objetivos sobre los que apoyar la moralidad. Voy a decir algo sobre la primera parte pero el meollo de la cuestión es el segundo punto. Y la respuesta es que sí, que la teoría de la evolución hace imposible fundar la moralidad sobre bases sólidas objetivas, no hay moralidad ahí fuera, como dice Ruse.

Es un argumento que se repite mucho: que Dios, o la religión, hace buena  a la gente y el ateísmo la hace mala. En primer lugar quiero decir algo sobre el llamado “error de Huxley”, porque fue Thomas Huxley en una famosa conferencia en 1894 el que lo formuló: “el progreso ético…depende…de combatir nuestra naturaleza”. Esta visión supone que la naturaleza del hombre es egoísta, cruel y competitiva y que es la religión, o Dios, la causa de que seamos cooperadores y altruistas. Bien, actualmente hay evidencia de sobra de que todo lo que encontramos moralmente atractivo en la naturaleza humana: el altruismo, el amor, la simpatía, la generosidad, la virtud, etc., son también producto del mismo proceso de selección natural (y este es el meollo del asunto, como luego veremos). No hay ningún problema para que genes egoístas usen individuos nada egoístas para conseguir sus objetivos y en determinado nivel de complejidad y de organización social desde luego que les compensa a los genes hacer que los vehículos que los portan no sean egoístas.

Podríamos decir más cosas sobre si el ateísmo te hace malo (teorías aparte, los datos en cualquier caso no lo apoyan) pero habría también mucho que hablar sobre si la religión te hace bueno. Por un lado, si esto fuera así la policía y las cárceles sólo serían necesarias para los ateos pero parece que este no es el caso. Y, por otro lado, tenemos el tema de la Violencia Virtuosa. Los terroristas suicidas del 11-S creían sinceramente que estaban haciendo algo noble y correcto y todos sabemos las cosas horribles que se han hecho en nombre de la religión : Cruzadas, Inquisición, quema de brujas, guerras religiosas, etc. A lo largo de la historia, y desgraciadamente hoy en día, la gente persigue y mata al prójimo en base a meras supersticiones. La religión vende que hace buena a la gente, pero nuestro sentido moral es innato.

Esta teoría de que la moralidad se sustenta en Dios técnicamente se llama la Teoría del Mandato Divino y parece implicar , como dijo Dostoyewsky, que si Dios no existe, todo está permitido. Pero la falsedad esta teoría ya la dejó sentada Platón hace más de 2.000 años en el dilema de Eutifrón: ¿Son las cosas que Dios manda buenas porque Dios lo manda o Dios las manda porque son buenas? Si decimos que las cosas son buenas porque Dios las manda eso implica que si Dios dijera que hay que torturar niños entonces esa conducta sería buena y justa, lo cual es contrario a nuestra intuición moral. Los creyentes pueden argumentar que Dios no va a mandar esas cosas terribles porque Dios es bueno y sólo va a mandar cosas buenas. Pero esa salida asume que hay un estándar de lo que es bueno y malo que es independiente de Dios. Dios ya no sería el fundamento de la moralidad porque esas cosas serían buenas aunque Dios no las mandara.

Y llegamos así al núcleo del asunto, al nihilismo moral que supone la teoría de la selección natural. Filósofos como Michael Ruse o Richard Joyce señalan que nuestras creencias morales son ilusiones y las tenemos no porque sean ciertas sino porque son útiles para regular nuestra vida social. Entender esto es muy contraintuitivo y mucha gente encuentra difícil aceptar que la capacidad humana para hacer el bien es producto del mismo proceso “estúpido” y “brutal” de la selección natural. Randolph Nesse expresa muy bien el “choque” que se siente cuando uno se da cuenta de esto:

“El descubrimiento de que las tendencias para el altruismo están modeladas por nuestros genes es uno de los hechos más perturbadores de la historia de la ciencia. Cuando lo comprendí por primera vez dormí muy mal durante muchas noches intentando encontrar alguna alternativa que no supusiera un desafío tan grave para mi sentido del bien y el mal”

La cuestión es que si nuestra naturaleza y nuestra historia filogenética y el estilo de vida de la especie fuera diferente, nuestras creencias morales serían diferentes. Lo mismo que a nosotros nos resultan repelentes las heces pero a las moscas les atrae, lo mismo podría haber ocurrido con la prohibición de matar o con cualquier otra norma moral. Si matar o cualquier cosa que ahora consideramos mala hubiera aumentado el número de descendencia de nuestros ancestros ahora sería considerada buena. El propio Darwin se dio perfecta cuenta de esto y escribió:

“Yo no quiero mantener que cualquier animal estrictamente social, si sus facultades intelectuales llegaran a ser tan activas y elevadas como las del hombre, adquiriría el mismo sentido moral que nosotros. De la misma manera que diversos animales tienen su propio sentido de la belleza, aunque admiran objetos muy diferentes, así tendrían un sentido del bien y el mal, pero les llevaría a tomar diferentes líneas de conducta. Si, por ejemplo, para tomar un caso extremo, los seres humanos fueran criados en las mismas condiciones que las abejas, no habría duda de que nuestras mujeres solteras, al igual que las abejas obreras, creerían que es un deber sagrado matar a sus hermanos y las madres intentarían matar a sus hijas fértiles; y a nadie se le ocurriría interferir. No obstante, la abeja, o cualquier otro animal social, ganaría en este supuesto caso, tal como me parece a mí, un sentimiento del bien y el mal, o una conciencia.”

Es decir, que intentos como los de Kant u otros filósofos de que la moralidad se puede deducir a partir de la nada por pura deducción lógica no tienen ningún sentido. La razón nos puede permitir deducir nuevos principios morales, o nuevas conclusiones, pero siempre después de que hayamos establecido un principio ético fundamental. Y ese principio ético fundamental no tenemos donde apoyarlo. Podemos imaginarnos que decidimos que un Universo con menos sufrimiento es preferible a un Universo con más sufrimiento. A partir de esta premisa yo deduzco que como los animales no-humanos sufren también debemos hacer todo lo posible para reducir su sufrimiento. La razón nos llevará a aceptar esas conclusiones morales pero después de haber aceptado el principio fundamental. La razón no nos puede decir cuál es ese principio fundamental. Debemos empezar en algún sitio, sin ninguna justificación. Nuestro punto de partida es siempre una disposición, una intuición, un sentimiento de que algo es deseable moralmente. Pero no hay una justificación última para ello.

¿Y dónde nos deja esto? ¿Cuál es la salida? Pues no la hay, así que sálvese quien pueda. Os puedo contar la salida de Stewart-Williams, que es una salida utilitarista. Stewart-Williams reconoce que nuestras decisiones están influenciadas por nuestra naturaleza evolucionada y que nuestros códigos éticos nunca pueden trascender o escapar de estos orígenes evolucionistas. Steve elige precisamente el camino que acabo de señalar de disminuir el sufrimiento en el Universo pero reconoce que no puede justificarlo ni apoyarlo en nada (y que en el fondo está siguiendo un dictado de la naturaleza, o sea que está cayendo en la falacia naturalista…). ¿Cómo podemos justificar que el utilitarismo es una buena filosofía moral y que debemos adoptarla? Pues reconoce que no puede. Simplemente, aunque el Universo no tenga sentido, él prefiere una felicidad sin sentido a un sufrimiento sin sentido. El sistema de valores utilitarista será aceptado por aquellos que decidan que  su elección se basa en esa preferencia de evitar el sufrimiento y aumentar la felicidad, pero que no es justificable de manera última. Lo reconoce así y no lo intenta justificar.

¿Supone esta salida una base suficiente para un sistema moral o ético? Pues depende. Para Steve y otros sí, pero para muchos otros no. El hecho es que supone una base más sólida que la idea de que Dios creó las normas morales del mundo, por la sencilla razón de que eso no es cierto. Para mucha gente lo que dice Steve representa el fin de la moralidad pero para Steve representa una moralidad despojada de superstición.

Una visión darwiniana de la moralidad como la que defiende Stewart-Williams implica aceptar que probablemente no existe Dios, que no hay otra vida, ni almas, que no hay una base objetiva para la moralidad ni un propósito para nuestro sufrimiento; que somos insignificantes en un cosmos vasto e impersonal, que nuestra existencia no tiene sentido ni significado, y que los efectos de nuestras acciones desaparecerán sin dejar rastro. Y, a pesar de todas estas duras verdades, esforzarse como si la vida tuviera sentido y luchar por un mundo mejor, sin promesas de una recompensa eterna ni de la victoria final. 

@pitiklinov

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sábado, 26 de mayo de 2018

Las creencias falsas como dispositivos de compromiso con el grupo


Zhao Gao fue un poderoso hombre ávido de más poder. Un día llevó un ciervo a una reunión con el emperador y muchos oficiales del más ato rango, llamando al ciervo un “gran caballo”. El emperador, que consideraba a Zhao Galo como un maestro confió en él completamente y estuvo de acuerdo en que era un caballo, y muchos oficiales también. Otros, sin embargo, se callaron u objetaron. Así fue como Zhao Gao depuró a sus enemigos. Poco después, asesinó a todos los oficiales que rehusaron llamar caballo al ciervo.


En un mundo en el que unos grupos compiten con otros grupos es lógico esperar que los grupos compitan por conseguir miembros. De la misma manera, también es de esperar que los individuos compitan por la pertenencia a los grupos más grandes y unidos. En el contexto de esta competición, la capacidad de señalar que uno no puede cambiar de grupo puede ser una ventaja estratégica porque los miembros de los grupos preferirán tener aliados leales que gente que puede cambiar de grupo y abandonarlo si las condiciones cambian. Esta idea explica por qué los miembros de ciertos grupos usan cicatrices y marcas más o menos permanentes en el cuerpo para señalar su pertenencia. En la medida en que estas marcas corporales hacen difícil unirse a los grupos rivales sirven muy bien para señalar el compromiso del sujeto con el grupo. Es posible que el apoyo público a ciertos tipos de creencias tenga el mismo efecto que estas marcas. En concreto, mantener determinados tipos de creencias, puede hacer que sólo sea posible la pertenencia a un grupo. Robert Kurzban y  John Christner proponen en un artículo que este planteamiento sirve para explicar la creencia en seres/fenómenos sobrenaturales aunque el mecanismo es aplicable a ciertas creencias falsas en general. Vamos a ver en resumen sus argumentos.

En principio, las creencias verdaderas son útiles y las creencias falsas no deberían serlo. Actuar en base a una creencia que no captura algo real acerca del mundo puede llevarnos a malos resultados. Por ejemplo, si tengo una creencia falsa acerca de lo que puedo comer y actúo en base a ella puedo acabar envenenado o intoxicado. En base a ello, uno podría esperar que las mentes humanas (si no existe alguna fuerza selectiva por alguna razón) deberían estar diseñadas para resistir adoptar falsas creencias. Pero hay razones evolucionistas para que esto no sea así. Una primera excepción se refiere por ejemplo a decisiones binarias del tipo escapar o no escapar de una situación cuyo ejemplo más famoso es si escapamos o no cuando oímos un ruido o vemos un movimiento en el bosque. El coste de este tipo de decisiones es asimétrico en el sentido de que el coste de estar equivocado es mucho mayor en los falsos negativos que en los falsos positivos: si yo creo que no hay un tigre tras los matorrales y sí lo hay, estoy muerto mientras que si no lo hay cuando pienso que sí me va a generar un susto pero viviré para contarlo. Esto hace que la mente humana, al igual que los detectores de humo, estén diseñados para estar sesgados o dar preferencia a creencias erróneas, a creer cosas que no son reales porque el diseño de la mente humana se va a inclinar por una tendencia a mantener errores que pueden favorecer la supervivencia.

Existe otro mecanismo selectivo que puede contrarrestar la tendencia que en principio la naturaleza debería tener a evitar la creencia en cosas falsas: que una creencia tenga ventajas sociales. Es decir, si una creencia errónea puede hacer que el individuo tenga un mejor estatus social en su grupo y un mayor prestigio, las ventajas que se derivan de ello pueden compensar los inconvenientes de mantener una creencia errónea. Si mi creencia errónea va a alterar la conducta de los demás hacia mí de una forma ventajosa, evidentemente me compensa tenerla. Como veíamos hace un par de entradas, la conducta de los demás en un animal ultrasocial como nosotros es un recurso, lo mismo que la comida el agua o el territorio, y me puede reportar considerables beneficios.

Es relativamente sorprendente la facilidad con la que los humanos tienen creencias en lo sobrenatural, en cosas que de entrada deberíamos pensar que son falsas. Y no sólo es que los seres humanos estén predispuestos a tenerlas sino que están hasta deseosos de hacerlo. Y eso que estas creencias tienen un coste: perder tiempo rezando, construir monumentos a dioses inexistentes, sacrificar animales a dioses en lugar de comérselos, realizar rituales complicados, etc. Así que la pregunta sería: ¿por qué son las creencias en lo sobrenatural tan frecuentes en los seres humanos?

Sin entrar en todos los detalles, los estudiosos han dado dos tipos de razones  para las creencias sobrenaturales. La primera explicación es que son un subproducto de mecanismos diseñados para otra cosa, es decir, la capacidad humana de creer en lo sobrenatural sería un efecto secundario de algo que sí ha sido seleccionado por la selección natural, de la misma manera que el color blanco de los huesos es un efecto secundario de la selección del calcio como elemento para darles consistencia y resistencia. Lo vemos mejor con un ejemplo como la creencia en fantasmas. Por un lado, los fantasmas son personas, o tienen muchas características de las personas, (se mueven, tienen intenciones, etc.) pero a la vez hacen cosas que violan las expectativas acerca de lo que hacen las personas (por ejemplo, atravesar paredes o cosas de ese tipo). Estas violaciones de las expectativas llaman poderosamente la atención y tienden a fijarse en nuestra mente. Es decir, la creencia en fantasmas sería un subproducto de mecanismos de computación de nuestra mente diseñada para hacer inferencias y para centrar la atención en cosas que desafían nuestras expectativas. Kurzban y Christner critican esta explicación porque consideran que explica mejor que se recuerden estas creencias pero no que se mantengan en primera instancia. 

El segundo tipo de argumentos es la visión adaptacionista, es decir, que los mecanismos para creer en cosas sobrenaturales han sido seleccionados directamente porque tienen ventajas. Por ejemplo, creer en un dios que castiga las malas acciones tendría ventajas porque evitaría cometer actos egoístas que habrían llevado a ser castigados por los miembros del grupo. Por ello, los individuos con creencias sobrenaturales acabarían desplazando a los que no las tengan. Un argumento adaptacionista de otro tipo tiene que ver con la emisión de señales a los demás. En el contexto de la religión, el sujeto que soporta los costes impuestos por la religión (daño físico como circuncisión u otros rituales, hacer ayuno, etc.) está mandando señales a los demás de su calidad como el pavo real las manda por medio de su cola. Pero estos argumentos, según Kurzban y Christner, tienen también problemas porque asumir unos costes para entrar en un grupo no quiere decir que el sujeto no puede abandonar el grupo más adelante. Muchos de estos costes se imponen mientas el individuo está en el grupo y se podrían asumir pero luego, a pesar de ello, abandonar el grupo.

Así que Kurzban y Christner creen que hay que buscar explicaciones alternativas y proponen la suya, que las creencias en lo sobrenatural son dispositivos para el compromiso. Ellos parten de la premisa de que la historia humana se ha caracterizado por un baile de alianzas, una creación y ruptura continua de las mismas. Esto no quiere decir que no hayan existido alianzas estables, como las basadas en parentesco, pero basta con la idea de que ha habido volatilidad en las alianzas. También asumen que pertenecer a una alianza es un beneficio y que no ser miembro es un coste. Los individuos que no pertenecen a un grupo estarían expuestos a la explotación al no tener quién les defienda. Un dato que apoya esto es que los humanos derivamos placer de la pertenencia a grupos y dolor cuando somos excluidos de ellos lo que indica que hay sistemas motivacionales trabajando para que nos incluyamos en grupos y evitemos quedarnos fuera (la visión de la autoestima como un sociómetro va en esta línea).

Dadas estas premisas, un parámetro clave que un grupo examinaría a la hora de aceptar un miembro sería su probabilidad de cambiar de bando si es que las cosas se ponen feas o si aparecen oportunidades mejores en otros grupos. Esto sugiere que la capacidad para señalar que uno no quiere -o mejor aún: que uno no puede- cambiar de bando sería muy beneficioso para el individuo porque le haría más valioso para el grupo. Esta idea es un caso específico de un fenómeno más general que consiste en que disminuir las opciones de las que uno mismo dispone puede ser una ventaja siempre que se señale este hecho a los demás (el dilema del secuestrador de Schelling). Como decía al inicio, las marcas, cicatrices o tatuajes corporales cumplen esta función porque es menos probable que el grupo rival acepte a alguien con marcas del grupo enemigo en su seno.

Las creencias son diferentes a las marcas corporales pero Kurzban y Christner dicen que pueden cumplir la misma función. Para empezar, las creencias son invisibles y, en teoría, se pueden cambiar pero generar una creencia en la cabeza de la otra persona puede dar lugar a un compromiso. Poníamos un ejemplo de ello en esta entrada sobre las ideas de Robert Frank. Si Albert le cuenta a Bob una información que podría ser desastrosa para él si se conoce (por ejemplo, que mató a una persona), Alfred está asegurándole a Bob que no le va a traicionar porque entonces Bob podría ir a la policía a contarlo. Es decir, transmitir ciertos tipos de información a los demás (por ejemplo información que nos hace vulnerables) puede aumentar la probabilidad de que piensen que uno va a seguir siendo un aliado. 

Pero vamos por fin al meollo de la postura de Kurzban y Christner. Pascal Boyer dice que hay creencias que hacen imposible la pertenencia de alguien a un grupo. Fijaos en las tres afirmaciones siguientes:

1- Colón descubrió América en 1215
2- La Tierra es plana
3- Me gusta comer mis propias heces.

Mantener las creencias 1 y 2 actualmente pueden dar lugar a una evaluación negativa. En general, la gente preferiría miembros en su grupo que no tengan estas creencias. Sin embargo, aunque conociéramos que alguien las mantiene no conduciría probablemente a la exclusión social. Sin embargo, la creencia 3 es muy diferente, la evaluación negativa que suscita es mucho mayor y hace al sujeto que la mantenga incapaz de pertenecer a un grupo, porque nadie le aceptaría. Por lo tanto, para solucionar el problema del compromiso lo que se necesita es mantener una creencia que haga al sujeto incapaz de pertenecer a todos los grupos excepto al grupo al que quiere señalar su lealtad. Muchos grupos religiosos tienen éxito porque las creencias que les hacen distintos son creencias que provocan el ridículo, el aislamiento o la persecución. Con esas creencias no se puede ir a ningún sitio, no se puede salir del grupo. Casi podríamos decir que lo raro de muchas creencias se debe precisamente a este mecanismo. Como creencias más normales o menos extremas las pueden tener otros grupos religiosos, hay que derivar a creencias cada vez más extrañas para poder diferenciarse. 

En definitiva, las creencias que impiden que los sujetos pertenezcan a otros grupos son valiosas como señales de compromiso. Muchas creencia sobrenaturales pueden hacer pensar a los que no las comparten que esa persona tiene un trastorno mental. Si las creencias en lo sobrenatural pueden funcionar como marcas de pertenencia entonces sería posible que existan mecanismos de selección para generar y mantener creencias sobrenaturales. Kurzban y Christner se centran en creencias de tipo religioso pero creo que el mecanismo es aplicable a otras creencias no religiosas, creencias conspiranoicas o de otro tipo pueden igualmente señalar el compromiso con cierto grupo.

En este sentido, es muy interesante que los mayores odios se dan entre grupos religiosos relativamente próximos. Uno podría pensar que un grupo  católico sería fieramente antagónico a un grupo hindú pero la historia nos dice que los mayores derramamientos de sangre se han producido por luchas entre sectas o grupos que diferían sólo en un puñado de creencias. Esto puede tener la explicación de que compiten por el mismo mercado pero es congruente con esta explicación de que las creencias están diseñadas para señalar el compromiso con el grupo.

Resumiendo, los mecanismos para dar lugar a creencias sobrenaturales que hacen que su portador sea temido y odiado por otros grupos que no comparten sus creencias están funcionando de la manera para la que han sido diseñados y no son un error de diseño. 

@pitiklinov

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miércoles, 23 de mayo de 2018

Las doctrinas “torre y patio”

En esta entrada vamos a ver una maniobra retórica que en inglés se llama “Motte and Bailey doctrine” y que ha sido descrita por el filósofo Nicholas Shackel en este artículo donde ataca al postmodernismo. Según Shackel, muchas de las doctrinas post-modernistas han sido refutadas pero  ellos siguen captando seguidores gracias a dispositivos poco honestos que él trata de desenmascarar en su artículo.  Uno de los que menciona es del que nos vamos a ocupar ahora: la “doctrina torre y patio” que es muy interesante  en muchos aspectos porque no sólo la utilizan los post-modernistas sino que también se utiliza en campos como el de la religión, el feminismo o la pseudociencia. Hay que señalar que la difusión de esta doctrina hay que agradecérsela a Scott Alexander que la ha comentado en su blog Slate Star Codex en este primer artículo y luego con más detalle en este otro. El propio autor, Shackel, ha añadido más precisiones a su artículo original en este otro artículo. Vamos a empezar por explicar de dónde viene el nombre tan extraño de esta maniobra retórica.

Un castillo del tipo “torre y patio” es un un tipo de castillo medieval en el que existe una torre (motte) rodeada por un campo (bailey) y en la parte exterior hay una muralla rodeándolo todo (y tal vez un foso u otro tipo de defensa exteriores). El patio es la parte productiva del castillo donde se realiza la actividad económica y en realidad toda la vida del castillo. Cuando el castillo es atacado puede ser que las murallas y fosos exteriores resistan el ataque enemigo y éstos no puedan introducirse en el castillo pero si los atacantes superan estas defensas entonces los habitantes del castillo se retiran a la torre, que es muy fea y no es un sitio apropiado para vivir, pero es muy segura y desde allí se les tiran flechas y aceite hirviendo a los enemigos hasta que se van. Cuando los atacantes se van, la gente vuelve a salir al patio a seguir con su vida.

Así que una doctrina “torre y patio” sería aquella que hace afirmaciones arriesgadas y controvertidas (patio) y disfruta de las recompensas de ocupar ese territorio productivo pero cuando alguien la desafía se retira a posiciones filosóficas más defendibles (torre) donde disimula hasta que el que ha criticado las afirmaciones se va y entonces la doctrina vuelve a realizar sus afirmaciones exageradas. Las afirmaciones exageradas, las del patio, son débiles argumentalmente pero son epatantes y sexys. Por contra, los argumentos fuertes, los de la torre, son muy defendibles lógicamente pero son sosos, poco interesantes y no tienen glamour. Vamos a ver algunos ejemplos.

Empezamos con los post-modernistas, ya que hablábamos de ellos. Los post-modernistas suelen decir que la realidad es una construcción social y esto es evidentemente cierto en muchos sentidos ya que no experimentamos la realidad, sobre todo la realidad social, más que a través de categorías y acuerdos que nos llegan de la cultura en la que estamos inmersos. Pero los postmodernistas van más allá. Si una tribu primitiva dice que el sol es una luz que sale de los cuernos del dios X y que el mundo se sujeta sobre una tortuga, mientras que la ciencia dice que es una masa incandescente de gas en fusión nuclear, los postmodernistas dirán que la concepción del pueblo primitivo es tan objetiva y real como la que transmite la ciencia (patio). Si les desafías dirán que estás negando que la realidad es una construcción social (torre).

Podemos observar el mismo fenómeno en algunos planteamientos religiosos. Muchos grupos religiosos creen en un dios personal que intervienen en los asuntos humanos  y crea personas a partir de costillas y cura a los enfermos si le rezas de forma adecuada (patio). Si desafías estas creencias, te dirán tal vez algo como: “hombre, Dios es sólo el nombre que le damos a la belleza y el orden del Universo y también Einstein y Spinoza creían en eso (torre)…”. Pero en cuanto te vas pues vuelven a lo de crear personas a partir de costillas y que te vas a ir al infierno si no te lo crees, etc.

Con el feminismo ocurre algo parecido. En su inicio era un movimiento para conseguir los mismos derechos y oportunidades para las mujeres pero luego ha ido derivando a una ideología donde ser feminista consiste en creer una serie de cosas, como que vivimos en una cultura de la violación, que a las mujeres se les paga menos por el mismo trabajo, o que las diferencias entre hombres y mujeres son construcción social exclusivamente (patio). Si se critican estas creencias y alguien dice que no se siente feminista en ese sentido ni apoya algunas de esas ideologías, entonces se retiran a la posición de defender que las mujeres deben tener los mismos derechos y oportunidades (torre).

Un último ejemplo lo podemos ver en el campo de la pseudociencia. Es habitual escuchar que determinadas terapias alternativas curan el cáncer o todo tipo de enfermedades (patio). Cuando se desatan esas afirmaciones, entonces los proponentes de esas terapias se retiran a posiciones más seguras como que la gente necesita esperanza y que intervenciones de este tipo ayudan aunque sea por un efecto placebo (torre) y que no se puede negar a los pacientes esa posibilidad. En cuanto el atacante se da la vuelta vuelven a afirmar que su tratamiento cura el cáncer.

En definitiva, este movimiento de hacer a la vez una afirmación controvertida y otra menos controvertida y moverse atrás y adelante entre ellas según la conveniencia es algo que se realiza en muchos campos y es interesante conocerlo. Al principio os he dejado los enlaces por si queréis explorarlo en mayor profundidad. 

@pitiklinov