sábado, 3 de agosto de 2019

Violencia de Género versus Violencia Doméstica. Una reflexión


“Es imposible para un hombre aprender lo que piensa que ya sabe”.
-Epícteto
“Cuando veo un ave que anda como un pato y nada como un pato y grazna como un pato, yo llamo a ese ave un pato.”
-James Whitcomb Riley, (1849-1916)

Recientemente, la presidenta del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género del Consejo General del Poder Judicial (CGPJ), Ángeles Carmona, ha realizado unas declaraciones en tono de poseer la verdad absoluta, sobre las diferencias entre la llamada violencia de género y la violencia doméstica en las que da por demostradas y evidentes cosas que no son ciertas según la literatura acerca de la violencia de pareja  ni según lo que sabemos sobre la psicología humana. Carmona básicamente lo que hace es repetir la doctrina feminista sobre la violencia de pareja, el llamado paradigma de género, postura que ha demostrado no estar apoyada por los hechos. Por ello, creo que es conveniente señalar algunas cosas al respecto.

                         I


Una de las afirmaciones de Carmona es la siguiente: “la violencia de género tiene unas raíces completamente diferentes a la “intrafamiliar” y merece un trato diferenciado”. Según la exposición de motivos de la Ley de Medidas de Protección Integral contra la violencia de género, en España se considera que la violencia de género es: “se trata de una violencia que se dirige sobre las mujeres por el hecho mismo de serlo, por ser consideradas por sus agresores carentes de los derechos mínimos de libertad, respeto y capacidad de decisión”. Además, siguiendo a la ONU, la define ampliamente como una manifestación de las relaciones de poder históricamente desiguales entre mujeres y hombres. Esa situación de desigualdad es el patriarcado y la ideología que la sostiene el machismo así que para resumir me referiré a la causa de la violencia de pareja, según el feminismo, como el machismo o el patriarcado y la solución a la misma sería más feminismo, como han repetido líderes políticos hace poco. El planteamiento de esta doctrina feminista es binario: los hombres son los perpetradores de la violencia y las mujeres las víctimas (las mujeres no son agresivas más que en respuesta a la violencia de los hombres).

Se considera por tanto que la violencia que ejercen las mujeres sobre los hombres no es violencia de género y tampoco lo es la que ejercen hombres contra hombres o mujeres contra mujeres en las relaciones entre parejas del mismo sexo. Estas otras formas de violencia están consideradas en España como violencia doméstica. A lo largo de la entrada yo me voy referir a la violencia de pareja y no voy a entrar en la violencia doméstica más amplia a nivel intrafamiliar (violencia de padres a hijos o de hijos a padres o entre otros familiares).

Así que lo que nos está diciendo Carmona es que la violencia que ejercen los hombres contra las mujeres en parejas de distinto sexo tiene unas causas totalmente diferentes a la que ejercen las mujeres contra los hombres en las relaciones entre parejas de distinto sexo y también diferentes a la que ejercen hombres sobre hombres y mujeres sobre mujeres en las relaciones entre parejas del mismo sexo. ¿Es esto cierto? Pues no. Para empezar, hay estudios desde los años 70 del siglo pasado que demuestran que las mujeres son perpetradoras de violencia de pareja con una frecuencia similar a los hombres y que la mayor parte de la violencia de pareja es bidireccional. Citaré dos estudios recientes, uno en Canadá y otro en seis países europeos. El primero concluye que se necesita un esquema que incluya tanto la violencia masculina como femenina y que tratar la violencia de pareja no es un juego de suma cero en el que abordar la violencia que sufren las víctimas masculinas suponga negar atención o recursos para las víctimas femeninas. El segundo concluye: “Los resultados apoyan la necesidad de considerar a hombres y mujeres tanto como víctimas potenciales como perpetradores al abordar la violencia de pareja”.

Pero se ha investigado también cuáles son las motivaciones de hombres y mujeres para cometer la violencia de pareja y lo que se encuentra es que hay más similitudes que diferencias. Por ejemplo, este estudio analiza las motivaciones para la violencia de pareja en hombres y mujeres detenidos por violencia doméstica y derivados a programas para maltratadores. Concluye: “hombres y mujeres refieren similares motivos para la perpetración de las agresiones”. O tenemos este metaanálisis de 580 estudios que compara 60 marcadores de riesgo de violencia de pareja en hombres y mujeres: sólo 3 de los 60 marcadores difieren de forma significativa entre hombres y mujeres. Y son que el consumo de alcohol, sufrir o presenciar maltrato en la infancia y un patrón de relación de pareja llamado de demanda/retirada se asocian más a la violencia en el caso de los hombres. Los autores concluyen: “Nuestros resultados sugieren que hay más semejanzas entre hombres y mujeres que diferencias en los marcadores de riesgo para la perpetración de violencia de pareja”. Por supuesto, hay más estudios, que replican estos resultados, como el estudio PASK pero no vamos a ser exhaustivos (ver también aquí).

Pero vamos a analizar un poco más en profundidad el planteamiento feminista. Lo que este planteamiento nos dice, por ilustrarlo con un ejemplo, sería lo siguiente:

  • cuando un hombre mira el móvil de su pareja a ver si habla con otra persona o qué hace lo está haciendo por el patriarcado, es decir: “por la situación de desigualdad y las relaciones de poder de los hombres sobre las mujeres, etc.”
  • cuando un hombre mira el móvil de su pareja gay no lo estaría haciendo por el patriarcado sino supongo que por la emoción humana conocida como celos, por necesidad de control de su pareja, etc.
  • cuando una mujer mira el móvil de su pareja mujer o el de su pareja hombre entonces también sería por celos u otras causas de la psicología humana.

Es decir, los motivos para una misma acción serían diferentes si los realiza un hombre sobre una mujer que en el resto de casos. ¿Es esto creíble? Pues difícilmente. Para empezar, tenemos datos de que las mujeres son tan controladoras como los hombres, como este estudio de Liz Bates y cols. (ver presentación PowerPoint aquí) y también informan de más agresión física y verbal. Es decir, no se confirma que los hombres sean más controladores (como dice la perspectiva feminista) ni que la conducta de control de la pareja esté ligada a violencia de pareja sólo en los hombres. Los autores concluyen que los datos lo que dicen es que la violencia de pareja no tiene una etiología especial y que se entiende mejor dentro del mismo contexto de otras formas de agresión.

Profundicemos un poco más en lo que la teoría feminista está diciendo implícitamente, aunque no explícitamente, sobre el origen de la violencia. Se supone que todos los seres humanos venimos al mundo con una serie de emociones y mecanismos psicológicos, como los celos, como comentábamos. Estos mecanismos serían los que causan la violencia en todos los casos menos en el de la violencia de los hombres sobre las mujeres. Es decir, en el momento en que el cerebro de un hombre queda infectado por el machismo se vuelve inmune y resistente a un montón de factores que se asocian a la violencia en general y también a la violencia de pareja. A ese cerebro ya no le afectan trastornos mentales como la depresión, la suicidalidad, los trastornos de personalidad, la psicosis, el consumo de alcohol y drogas, la experiencia de abusos infantiles, etc. Ese cerebro sólo actuaría por machismo.

Si fuera verdad, esto sería fascinante porque si descubriéramos el mecanismo por el que el cerebro de un hombre machista se vuelve resistente a todos esos factores (alcohol, psicopatología, etc) podríamos utilizarlo para tratar y disminuir el impacto de los trastornos mentales o el consumo de tóxicos en la población general. Se abriría una línea de investigación muy interesante. El problema es que no tenemos ninguna evidencia de que eso sea así, sino que los datos lo que apoyan es que los factores implicados en la violencia de pareja entre hombres y mujeres de cualquier sexo y orientación sexual son esencialmente los mismos, como venimos comentando y vamos a ver más abajo.

Para cerrar esta primera reflexión sobre las raíces de la violencia de pareja que, según el feminismo, estarían en el “machismo”, recordar que nos encontramos con la paradoja nórdica según la cual, países como Suecia con una igualdad mayor entre los sexos y un nivel de sexismo a nivel social mucho menor resulta que presentan tasas de violencia de pareja más altas que España. Acaba de publicarse un estudio al respecto que concluye: “Nuestros resultados muestran que la mayor prevalencia de violencia de pareja física y sexual contra la mujer en Suecia que en España refleja diferencias reales y no es resultado de un sesgo de medida, apoyando la idea de la ‘Paradoja Nórdica’.

                       II

Dice Ángeles Carmona también que no hay que confundir la violencia de género con la violencia doméstica, que es de Perogrullo. Se refiere a no confundir los conceptos y ya he defendido que esa división planteada por el feminismo no se sostiene. Pero al hilo de esa afirmación, y aunque ya sé que no es a eso exactamente a lo que se refiere Carmona, quería comentar algo que se suele olvidar: que la forma en que se manifiesta la “violencia doméstica” (por ejemplo la de un hombre sobe su pareja hombre o la de una mujer sobre su pareja mujer) es indistinguible de la del hombre sobre la mujer. Si yo describo un caso de violencia de pareja con iniciales es imposible saber si se trata de un caso de violencia de género o doméstica. Me parece interesante insistir en este punto. Voy a poner un ejemplo:

“El 28 de Enero de 2001 F.R. mató a M.D. de un tiro por la espalda y luego se suicidó empleando la misma arma. Junto a su cadáver se encontró el arma del crimen, así como una nota en la que explicaba las razones de su acción. En la carta, F.R. se lamenta de vivir «un amor incomprendido» y advierte a M.D. de que «si no eres para mí, no serás de nadie». Según fuentes policiales, M.D. había comunicado recientemente a F.R. que pensaba romper su relación sentimental”.

Bueno, podemos poner muchos otros ejemplos pero lo esencial es que por lo que las personas hacen o dicen no podemos saber si los hechos se corresponden a la distinción que hace nuestra ley entre violencia de género o doméstica. Si el agresor es un hombre y la víctima una mujer será violencia de género, de cualquier otra manera será doméstica. ¿Por qué? Pues porque hemos decidido de antemano que es así. En este caso concreto las dos personas son hombres. Y nos encontramos con la situación absurda de que si la frase “si no eres mía no serás de nadie” se lo dice un hombre a una mujer la causa de ello es el Patriarcado pero si se lo dice un hombre a un hombre, una mujer a una mujer o una mujer a un hombre entonces la causa es…

Todo esto lo que nos indica es que la llamada violencia de género que supuestamente se dirige contra las mujeres por el mero hecho de serlo no es tal sino que es una violencia que  se dirige contra las parejas, porque puede ocurrir en parejas de todo sexo, orientación e identidad sexual. En este artículo sobre feminicidios cometidos por mujeres se describen varios casos de feminicidios o intento de feminicidio y si el autor fuera un hombre y la víctima una mujer serían indistinguibles de la llamada violencia de género. Los autores del artículo dicen: “en los 9 casos, la violencia física anterior, las conductas de control, los celos, el alcohol y las drogas y terminar la relación fueron antecedentes consistentemente reportados del incidente” o “los factores identificados y  descritos en estos casos de mujeres asesinadas o casi asesinadas por una pareja mujer son sorprendentemente similares a aquellos que ocurren entre mujeres asesinadas por una pareja masculina”.



Conclusiones

La conducta de los demás es un recurso muy importante para nosotros, similar a otros recursos como el alimento o el dinero. Gran parte de nuestro comportamiento va dirigido a conseguir de los demás una conducta que nos venga bien a nosotros, pero esto está contrarrestado por los intentos de las otras personas de conseguir de nosotros una conducta que a ellos les venga bien. En particular, la conducta de la pareja es algo tremendamente importante para la mayoría de las personas (sean del sexo, orientación o identidad sexual que sean). Esta situación genera conflictos en las parejas y otras relaciones, y algunas personas (por razones complejas y multifactoriales) pueden recurrir a la violencia para conseguir sus objetivos. Esto puede pasar en todo tipo de parejas.

Pero el movimiento de la violencia de género es un componente icónico y central del movimiento feminista y el feminismo es un componente central de la estrategia de ciertos partidos políticos. Su planteamiento binario de que los hombres son perpetradores y las mujeres víctimas se ha demostrado erróneo ya desde los años 70 del siglo pasado pero el feminismo ha respondido a la realidad de los datos aparecidos en las últimas décadas con una “estrategia de contención”, de negarse a aceptar la violencia ejercida por las mujeres y que los hombres puedan ser víctimas. También evitan el hecho de que la violencia de pareja es por lo menos igual de frecuente en parejas del mismo sexo porque  esto pone en evidencia que la violencia de pareja no tiene que ver con el género porque ocurre en las parejas de todos los sexos y orientaciones sexuales.

Ha habido planteamientos desde el propio feminismo para abandonar esta estrategia de contención o de enrocamiento y aceptar la violencia ejercida por las mujeres y por hombres sobre hombres y mujeres sobre mujeres, como éste reciente de Jamie Abrams, pero no ha dado ningún fruto y no parece que lo vaya a dar a la corta. Hay mucho miedo a perder fondos para programas, a perder una identidad colectiva que esta ideología de género ha generado y a perder fuerza política para imponer un discurso y una narrativa. El feminismo de género domina el gobierno, las instituciones (como la del CGPJ, según estamos viendo), la acción de los partidos políticos, etc., así que no es probable que abandone una situación de poder. Probablemente, sólo una actuación organizada de colectivos de hombres y de colectivos LGTBI podría ejercer la suficiente presión para que se produzcan cambios pero no parece que nada de eso se encuentre en el horizonte.

@pitiklinov




jueves, 25 de julio de 2019

Límites biológicos al aprendizaje: el Efecto García


La evolución recopila información acerca del ambiente durante generaciones y almacena este conocimiento en el pool de genes de la especie. Los individuos llegan al mundo con ideas innatas y predisposiciones para aprender ciertas cosas de manera específica. Cada ser humano llega al mundo conociendo lo que tiene que aprender y aquello acerca de lo cual tiene que ser inteligente. Todos llegamos al mundo con el espacio de búsqueda definido estrechamente.
-Plotkin, 1997


En esta entrada voy a tratar el tema del aprendizaje preparado (prepared learning) según el que los organismos estarían preparados filogenéticamente para asociar ciertos estímulos con ciertas respuestas. Vamos a ver en concreto el efecto García que se refiere al descubrimiento de que las ratas asocian la náusea con la comida pero no con luces o sonidos. Este efecto ocurriría porque en las ratas, en su ambiente y a lo largo de su historia evolutiva, la náusea ha sido causada por tóxicos y patógenos y no por luces o sonidos. Este fenómeno demuestra que las ratas (y todos los organismos) evolucionaron para aprender unas cosas con más facilidad que otras. En definitiva, este fenómeno sería un ejemplo de que no somos tablas rasas.

Primero un ligero recordatorio del condicionamiento clásico iniciado por Pavlov con lo de la comida, los perros y las campanas.  En estos experimentos la comida es el estímulo no condicionado que produce de forma natural salivación en el perro. La campana es el estímulo condicionado, que, cuando se asocia con la comida, acaba provocando también la salivación. En los primeros tiempos del descubrimiento de este condicionamiento muchos pensaron que era posible asociar cualquier estímulo con cualquier respuesta. Lo que vamos a ver es que esto no es así sino que el aprendizaje requiere mecanismos evolucionados de aprendizaje y que los cerebros de diferentes animales están equipados con diferentes mecanismos de aprendizaje. Digamos que el aprendizaje no sería un proceso generalista sino que está sujeto a restricciones, que dificultan determinadas asociaciones y facilitan otras.

Los estudios sobre aversiones condicionadas al sabor se remontan a los años 40 del siglo pasado cuando se usaron venenos para intentar erradicar las plagas de ratas y ratones. Se observó que las ratas probaban y comían pequeñas cantidades de los venenos. Estas precauciones impedían que las ratas murieran pero no que sufrieran un cuadro de envenenamiento. Al recuperarse de la toxicosis lo que ocurría es que no volvían a probar los cebos de veneno. 

Pero fue John Garcia el que demostró la aversión condicionada al sabor en los años 50. Garcia había estudiado en la universidad de California, Berkeley, y luego trabajó para la Marina en San Francisco estudiando los efectos de la radiación en ratas (la cual produce malestar digestivo entre otras cosas). Garcia había observado que cuando se le daba agua en botellas de plástico a las ratas antes de inducirles una enfermedad por radiación, las ratas evitaban después beber agua de esas botellas. Las mismas ratas bebían sin problema el agua si se les daba en botellas de vidrio. Garcia y sus colegas especularon que el contenedor de plástico podía dar al agua un sabor nuevo y que las ratas asociaban ese sabor con la enfermedad subsiguiente. Garcia probó la idea dando a las ratas una solución de sacarina  antes de la radiación. Como esperaba, cuando se les ofrecía a esas ratas la solución después de la radiación las ratas la evitaban. La aversión a la sacarina persistía durante más de un mes a pesar de haber sido adquirida tras una única exposición asociando sacarina y radiación.

Una observación que llamó inmediatamente la atención de Garcia fue que las ratas casi nunca evitaban el compartimento en el que había sido administrada la radiación o, si lo hacían, esa evitación necesitaba más tiempo para aparecer y era menos estable que la aversión al sabor. La importante implicación de esta observación fue que no todo estímulo (en este caso el ambiente externo frente al sabor) era igualmente asociable con el malestar de la radiación.

Y fue entonces cuando Garcia y su colega Robert Koelling realizaron los famosos experimentos por los que son conocidos, los cuales consistieron en utilizar un pitorro del que bebían las ratas que activaba también una luz brillante y un sonido y luego se les daba la radiación. Los animales a los que se les aplicaba el proceso evitaban luego consumir la solución de sacarina aunque no llevara asociado un ruido ni una luz. Sin embargo, las mismas ratas no tenían problema en beber del pitorro una solución que no llevara sacarina aunque se encendieras las luces y sonaran los ruidos. Estos resultados mostraban claramente que el sabor dulce estaba asociado de una manera mucho más fuerte a la radiación que las luces y sonidos aunque los tres tipos de estímulos habían sido asociados al malestar producido por la radiación. 

Cuando estos mismos estímulos (sabor/luz/ruido) se asociaban a un shock eléctrico en otro grupo de ratas, eran los estímulos audiovisuales los que las ratas asociaban con el shock y no el sabor dulce. A partir de estos resultados, Garcia planteó que existe una selectividad en el aprendizaje por el que los sabores se asocian preferentemente con el malestar digestivo y los estímulos audiovisuales con el shock eléctrico. Esta conclusión chocaba con las ideas imperantes en la época que consideraban que cualquier tipo de estímulo se podía asociar con cualquier consecuencia.

Pero Garcia y sus colegas demostraron una cosa más que es típica de la aversión condicionada al sabor. Si las ratas bebían una solución de sacarina y después se les inducía una enfermedad producida por un fármaco (vómitos inducidos por una inyección de apomorfina), las ratas adquirían la aversión incluso cuando la inyección de apomorfina se retrasaba tanto como 75 minutos. Esto contrastaba con los conocimientos de la época basados en los estudios con estímulos auditivos y visuales que encontraban que el aprendizaje no se producía si el retraso era mayor de tan sólo unos segundos. Todos estos hallazgos de Garcia violaban las leyes del aprendizaje conocidas en la época y fueron recibidos con escepticismo y con una clara oposición ya que sus artículos fueron rechazados por varias revistas (Garcia bromeaba diciendo que los editores y revisores de las revistas eran criaturas “neofóbicas”). 

No ayudó precisamente a que estos hallazgos fueran bien recibidos el hecho de que el propio Garcia adelantara una explicación evolucionista para el fenómeno proponiendo que la evolución había moldeado estas características. En concreto, la capacidad de asociar un sabor con un efecto de envenenamiento tras una única exposición era altamente adaptativa ya que permitía a los animales evitar consecuencias potencialmente fatales por la ingestión de toxinas. Dado que una enfermedad es producida muchas veces por toxinas de las plantas o carne en mal estado , los animales que fueran capaces de asociar sabores con enfermedades tendrían una ventaja evolutiva.

Posteriormente, estos experimentos fueron replicados y se fue aceptando el punto de vista de que existen restricciones biológicas al aprendizaje. Esta visión propone que aunque el aprendizaje es un fenómeno general, puede ser limitado o facilitado en base a la historia natural del animal y que la teorías del aprendizaje animal y del condicionamiento tiene que tener en cuenta la historia natural de la especie. 

Es muy conocido también lo que le pasó a Martin Seligman y que él denominó síndrome de la salsa bearnaise. Seligman se encontró mal un día que había salido a comer y a un concierto con unos amigos, con un cuadro gastrointestinal probablemente de origen vírico, pero en la comida había probado esta salsa y aunque él entendía cognitivamente que la salsa no tenía nada que ver con su malestar el resultado fue que no pudo probar la salsa durante muchos años. 

Aparte de la aversión al sabor hay también ejemplos de aprendizaje preparado en el desarrollo de fobias y se observa que los monos desarrollan el miedo a las serpientes con gran facilidad, incluso después de exposiciones únicas, pero no las desarrollan a los conejos o a las flores. Especies que no han sido presas o víctimas de ataques de serpientes, por ejemplo, no evolucionaron este mecanismo de aprender un miedo específico. Como decía al principio, todo esto sugiere que los mecanismos de aprendizaje de una especie concreta pueden ser diferentes según las diferentes necesidades que han tenido esas especies durante su pasado evolutivo y que no somos tablas rasas, que venimos al mundo con la predisposición para aprender con más facilidad unas cosas que otras.

@pitiklinov

Referencias:


Garcia, J. 1981. Tilting at the paper mills of academe. American Psychologist 36:149–158.

Garcia, J., D. J. Kimeldorf, and R. A. Koelling. 1955. Conditioned aversion to saccharin resulting from exposure to gamma radiation. Science 122:157–158.

Garcia, J., and R. A. Koelling. 1966. Relation of cue to consequence in avoidance learning. Psychonomic Science 4:123–124.

Garcia, J., F. R. Ervin, and R. A. Koelling. 1966. Learning with prolonged delay of reinforcement. Psychonomic Science 5:121–122.












viernes, 19 de julio de 2019

¿Cuál es el mensaje a la sociedad sobre el suicidio?


No quites nunca una valla hasta que sepas la razón por la que fue colocada
-G.K. Chesterton

Recientemente, ha habido mucho revuelo por la noticia de una chica holandesa de 17 años con una historia personal de abusos sexuales, violación, depresión, anorexia y un sufrimiento personal insoportable que se dijo en principio que había sido objeto de eutanasia. La conmoción fue muy grande, aparecía el fantasma de la “cuesta deslizante” y todo el mundo se alarmó. Pero, enseguida, se corrigió la noticia y se aclaró que no se había concedido la eutanasia en este caso sino que la chica se había negado a comer y beber y, al parecer, los médicos que la trataban y los padres habían consentido el suicidio y no intervinieron para impedirlo. Así que como no ha sido eutanasia parece que podemos estar todos tranquilos, irnos a ver la película de la noche con el resto de la familia y olvidarnos del asunto.

Bueno, yo creo que no, que al margen del desastroso papel de la prensa “seria” en este asunto,  quedan infinidad de interrogantes éticos, legales y morales con respecto a la eutanasia/ suicidio asistido por razones psiquiátricas tanto en caso de trastorno mental como en el hipotético caso de que no lo haya y lo demande cualquier persona. Hay muchas preguntas sin respuesta. La sociedad está evolucionando y nos estamos metiendo en un territorio desconocido del que nadie tiene el mapa. Yo tampoco lo tengo pero de todos los posibles ángulos desde los que podríamos abordar este complicado asunto, voy a escoger uno en concreto. Quiero hacer una reflexión sobre el contradictorio mensaje que estamos empezando a mandar a la sociedad y a la ciudadanía sobre el suicidio y el posible efecto perjudicial que pudiera tener.

Por un lado, tenemos un primer mensaje que es el tradicional por decirlo de alguna manera. Podría ser el representado por este documento de la OMS: Prevenir el Suicidio: un imperativo global. El suicidio es un problema de salud pública de enorme gravedad sobre el que hay cada vez una mayor concienciación. Las autoridades están empezando a poner en marcha planes de prevención del suicidio y hay programas a nivel internacional como el de Suicidio Cero que dice que es posible reducir los suicidios a cero aplicando una serie de medidas. Se considera malo que el número de suicidios sea tan alto, se considera que algo estamos haciendo mal y que hay que intervenir para prevenir esta trágica pérdida de vidas humanas. Unido a ello está el objetivo de combatir el estigma de las enfermedades mentales, de que se busque ayuda para ellas, que se pueden tratar, y de normalizar su diagnostico y tratamiento. Este sería el primer mensaje.

Pero ha empezado a avanzar un segundo mensaje, que sería el de que si alguien tiene un sufrimiento insoportable tiene derecho a ser ayudado para acabar con ese sufrimiento y que el suicidio es una manera legítima de ser ayudado. Este mensaje entra en contradicción con el anterior y se puede producir la siguiente paradoja. Una persona comete suicidio. Nos parecería un fracaso de la sociedad. Pero si esa misma persona se presenta en un comité de valoración para ser ayudada a suicidarse, nos dice que sufre terriblemente y que no puede soportarlo, entonces tal vez consideraríamos que lo que tenemos que hacer es ayudarla a dejar de sufrir. Nos podríamos encontrar con una hipotética situación (en algunos países ya ocurre) en la que los servicios sanitarios tendrían a la vez planes de prevención y tratamiento para reducir el suicidio y por otro lado programas de ayuda al suicidio para las personas que lo pidieran. 

Hay una forma de resolver esta contradicción entre las dos posturas o mensajes: primero vamos a aplicar la política 1 (la de prevenir e impedir el suicidio) pero en determinados casos muy graves tendremos que aplicar la política 2, la de ayudar a morir. Tiene lógica, pero tiene también muchos problemas y, además, está la duda del efecto que pudiera tener el segundo mensaje -dirigido en principio a una minoría de casos resistentes- sobre el gran número de personas que contemplan en momentos de sufrimiento el suicidio. Vamos a ver algunos de los problemas:

1- La persona con ideas de suicidio puede negarse a ser tratada, sencillamente puede desear morir y no un tratamiento para seguir viviendo. Si no desea tratamiento, ¿vamos a obligarla a recibirlo? También hay que tener en cuenta que las leyes que contemplan la eutanasia por razones psiquiátricas suelen estipular que sólo los tratamientos aceptables para la persona que busca la eutanasia o suicidio asistido serán considerados a la hora de determinar si la condición es tratable o susceptible de mejoría. Es decir, si la persona no considera aceptable por ejemplo la terapia electroconvulsiva pues se considerará que se han usado todos los tratamientos disponibles (los que acepta el paciente, no todos los que hipotéticamente podrían haber aportado una mejoría). 

2- Tenemos muchos problemas para saber si la persona que quiere ser ayudada a morir tiene unas condiciones mentales que le permitan tomar esa decisión. ¿Una persona que tiene un sufrimiento insoportable puede tomar una decisión libre e informada respecto a la muerte asistida? La depresión se asocia a desesperanza y visión negativa del futuro las cuales aumentan el malestar subjetivo y la capacidad de decisión. ¿Es voluntaria y fiable la decisión de pedir el suicidio de una persona que padece un trastorno (depresión) que incluye entre sus síntomas la suicidalidad? Es muy difícil saber si el sufrimiento intolerable y la percepción de irreversibilidad, y de que no hay mejoría posible, son síntomas del trastorno subyacente o reflejan un juicio independiente del paciente. Es decir, es muy difícil saber si el paciente está haciendo un juicio independiente del trastorno mental subyacente. 

3-Y tenemos muchos problemas también para saber cuándo un tratamiento ha fracasado y podemos pasar de la política 1 a la política 2. La ciencia no pude ayudarnos de una forma definitiva en este tema, al menos por ahora, y siempre hay juicios subjetivos de manera que diferentes profesionales podrían tener diferentes opiniones. 

Jonathan Rottenberg, psicólogo, cuenta en su libro The Depths su propia depresión, un episodio depresivo muy grave que duró más de cuatro años. Su tratamiento fue resistente a más de una docena de antidepresivos, a psicoterapias, a un ingreso de un mes en la unidad de trastornos afectivos de la John Hopkins University y Jonathan tiene también antecedentes familiares de depresión. Pero a pesar de todos esos factores negativos, al final su depresión cedió y hoy, después de más de 20 años, no ha vuelto a sufrir ninguna recaída y lleva una vida satisfactoria trabajando por el reconocimiento de este trastorno. ¿Dónde ponemos el límite? No lo sabemos y tampoco puede ser igual para todas las personas. Cada día en que una persona está deprimida, esas veinticuatro horas son muy largas y difíciles de soportar. Decirle que  incluso después de 3 o de 5 años es posible la mejoría puede no ser suficiente. Puede que la persona valore que no le compensa vivir ese infierno tanto tiempo.

El recurso al suicidio asistido puede tener también el inconveniente de permitir la “rendición” en los casos psiquiátricos graves. En estos casos la frustración que sienten los familiares y los médicos tratantes es también my grande y el suicidio asistido puede aparecer como una opción de salida para todos (no solo el paciente) a una situación muy dura de sobrellevar. El mensaje sería: “hay casos desesperados en psiquiatría y usted puede ser uno de ellos”. Con esto no quiero decir que no haya casos en los que es legítimo rendirse, el problema es saber cuándo o dónde está el límite.

4- En el futuro es cada vez más probable que personas sin ningún trastorno mental pidan la ayuda al suicidio y en esos casos, desde un punto de vista filosófico y ético hay muy pocos argumentos para negárselo. Es muy difícil rebatir el argumento de que es a la propia persona a la que le corresponde decidir si su vida merece la pena ser vivida o no. No todas las personas que sufren depresión o un trastorno de personalidad desean morir, sólo una minoría. Esto quiere decir que el diagnóstico no es suficiente para orientar nuestra actuación. Todos conocemos el caso de Ramón Sampedro y su petición de suicidio asistido, pero un tetrapléjico con una sintomatología similar recorrió varios kilómetros por una autovía al equivocarse en un cruce cuando buscaba un club de alterne. La mayoría de pacientes con síndrome de enclaustramiento, pacientes que sólo pueden mover los ojos, no tiene ideas de suicidio. Lo que quiero decir con esto es que el criterio que nos queda al final es el sufrimiento insoportable y eso es subjetivo, lo que es soportable para una persona puede ser insoportable para otra.¿Cómo vamos a responder a las personas que nos digan que su vida no merece la pena ser vivida y quieren ayuda con el suicidio? ¿Les vamos a obligar a seguir viviendo? No hay que olvidar que estamos viviendo una época en la que la subjetividad y el sufrimiento de las personas se ha convertido en el criterio principal que guía la actuación en muchas materias.

Lo que estamos empezando a vivir nos recuerda lo dependientes que somos de las protecciones contra el suicidio transmitidas culturalmente. Tradicionalmente, la cultura ha diseñado una serie de barreras contra el suicidio: la religión lo ha considerado pecado, la ley, delito y existe todavía el estigma y el tabú del suicidio. Son estrategias muy criticables, porque pueden impedir que las personas que lo necesitan busquen ayuda pero no hay que olvidar que también son defensas contra el suicidio. Estamos empezando a derribarlas (tal vez es lo que hay que hacer) pero no sabemos lo que puede pasar.

@pitiklinov













sábado, 13 de julio de 2019

Hallazgos acerca de la violencia de pareja del Estudio Dunedin

Habíamos dejado pendiente en la entrada anterior comentar el capítulo 5 del libro Sex Differences in Antisocial Behavior, de Moffitt y cols., donde tratan el tema de la violencia de pareja. Decíamos que los hombres se comportan de forma más agresiva y tienen más conducta delictiva a todas las edades, y medida por todos los criterios, que las mujeres. Pero había tres excepciones. Una son los delitos relacionados con las drogas, otra es la conducta delictiva justo en la época peripubertal (13-15 años) donde se iguala mucho la conducta antisocial entre los chicos y las chicas. Y la tercera, de la que vamos a hablar, la violencia en la pareja.

En la evaluación que el estudio Dunedin realizó de su muestra a los 21 años de edad, se estudió también a las parejas de los participantes. 360 sujetos estaban saliendo, convivían o estaban ya casados a esa edad. Se usó el criterio de una relación mínima de 6 meses y se estudió la violencia de pareja en los dos miembros de la pareja. Se entrevistó a cada miembro de la pareja por separado, los investigadores que entrevistaron a un miembro no sabían lo que había contestado el otro y no se avisó previamente a la pareja sobre los temas que se iban a tratar en las entrevistas de manera que no tuvieron la posibilidad de ponerse de acuerdo al respecto. La correlación fue de 0,83 para los informes de violencia en la relación de los perpetradores masculinos y sus víctimas femeninas y de 0,71 para la correlación entre los informes de las perpetradoras femeninas y sus víctimas masculinas. Esto quiere decir que los informes de perpetración y victimización son fiables y válidos. 

El resultado general fue que las mujeres informaron de tanta violencia física hacia sus parejas (o ligeramente más) que los hombres. Este no es un hallazgo aislado, es algo que se ha encontrado en múltiples estudios que no voy a detallar pero a modo de ejemplo voy a poner uno de este mismo año de Canadá. Es importante insistir en la concordancia de los datos y en que la similitud en la conducta agresiva de la misma pareja se obtiene igual partamos de los informes del hombre como de los de la mujer. Estos resultados no se refieren sólo a casos leves sino que se mantienen también en una muestra de 30 parejas cuya violencia dio lugar a intervención policial y de los jueces o intervención médica. En esta muestra más grave la perpetración media de las mujeres fue 0,72 y de los hombres 0,84, es decir, tanto hombres como mujeres tuvieron similares y muy elevados niveles de perpetración lo que indica que esto no ocurre sólo en los casos leves.

Se repite con frecuencia que la violencia de las mujeres es defensiva. Hay muchos estudios que han investigado este asunto peguntando a ambos miembros de la pareja y los datos no apoyan que la razón de la autodefensa sea la única explicación para la violencia de las mujeres, aparte de que es con la misma frecuencia una razón para la violencia de los hombres, pero la polémica continúa. Así que los autores analizan esta posibilidad con detalle. Los autores comentan varios hallazgos que indican que la explicación de la autodefensa es incompleta. Estudios longitudinales prospectivos han encontrado que la historia de delincuencia temprana de las mujeres predice su violencia contra sus parejas. Y esto ocurre también en el estudio Dunedin: la delincuencia violenta a los 15 años predice violencia contra la pareja a los 21 años tanto en hombres como en mujeres. Esto indica que una tendencia preexistente a comportarse antisocialmente en las relaciones interpersonales predispone tanto a hombres como mujeres a maltratar a sus parejas.

Los autores realizan diversos análisis para ver si las mujeres con una historia de trastornos de conducta son violentas con su pareja después de controlar la cantidad de violencia que dicen que sus parejas cometen contra ellas. Si el maltrato que cometen las mujeres es una defensa al maltrato de los hombres, la historia de trastornos de conducta no debería predecir su maltrato después de controlar por el abuso que reciben. Entonces, encuentran por un lado que las mujeres con una historia de trastornos de conducta -como decíamos en la entrada anterior- tienden a implicarse en relaciones con hombres maltratadores lo que contribuye a su propia conducta violenta en la pareja. Este camino de un efecto indirecto sería compatible con la hipótesis de la autodefensa, es decir, ellas pegarían a sus parejas porque se han juntado con hombres que las pegan. Pero es que aún controlando para el abuso físico de sus parejas, sigue siendo más probable que las mujeres con una historia juvenil de problemas de conducta cometan violencia contra sus parejas. Esto es, las mujeres con una historia de conducta antisocial pegan a sus parejas independientemente de que ellos las peguen o no. Pero, además, estos hallazgos se aplican a los hombres. Juntando ambos hallazgos, lo que se observa es que la perpetración de violencia de pareja es una expresión más de una propensión antisocial que emerge tempranamente y no es sólo una respuesta defensiva a la violencia que comete contra ellos el otro miembro de la pareja.

Un tercer argumento es que en el estudio Dunedin se van midiendo características de personalidad a todas las edades. Si todas las mujeres son vulnerables al maltrato de los hombres y la violencia de las mujeres es sólo defensiva, las diferencias individuales en personalidad no deberían predecir el maltrato que ellas ejercen. Pero los hallazgos revelan que características como la aprobación del uso de la agresión, los celos excesivos y la suspicacia, la tendencia a experimentar intensas y rápidas emociones negativas o el pobre autocontrol predicen qué mujeres cometerán violencia contra sus parejas (y otras personas). Estas características predicen el maltrato tanto en hombres como en mujeres y lo hacen especialmente bien en la muestra más grave de 30 parejas que hemos comentado previamente. 

Por último, la autodefensa podría explicar el patrón de violencia hacia la pareja pero no hacia extraños y en el estudio Dunedin se observa un solapamiento similar entre violencia de pareja y violencia en general tanto en hombres como en mujeres. A los 21 años de edad, las mujeres que pegan a sus parejas tenían 4,4 veces mayor probabilidad de cometer delitos violentos contra gente que no es su pareja. Así que en conjunto podemos decir que sin duda parte del maltrato perpetrado por mujeres es autodefensa pero los datos sugieren que mucho maltrato perpetrado por mujeres está motivado por los mismos factores psicológicos intra-personales que motivan también la violencia de los hombres contra sus parejas.

Los autores tratan también el problema de que se tiende a minimizar la violencia que ejercen las mujeres y a quitarle importancia. Esto es un error y no ayuda a la resolución de las consecuencias a todos los niveles de la violencia de pareja por diversas razones. Por un lado, la violencia de la mujer puede aumentar la probabilidad de que su pareja responda a esa violencia y se entre en una escalada y se aumente el riesgo de violencia para ella misma. Decir que la violencia en la comunidad de las mujeres es trivial sería como decir que fumar en la comunidad es trivial y sólo hay que estudiar los casos de cáncer de pulmón, o que no usar preservativos es trivial y que sólo hay que estudiar los casos de infección por VIH. Si queremos hacer una labor de prevención hay que abordar todos los factores de riesgo. Por otro lado están las consecuencias del abuso para los hijos que observan ese maltrato de la mujer hacia el hombre. Hay estudios que muestran que la violencia de pareja iniciada por las madres predice depresión, abuso de sustancias y delitos en los hijos. 

Como conclusión, el estudio Dunedin sugiere que ambos sexos tiene patrones similares de perpetración de violencia de pareja incluso en los casos más severos que resultaron en heridas y necesitaron la intervención de las instituciones y que la autodefensa no es una explicación suficiente de la agresión de las mujeres. Los autores sugieren que es ya hora de que se acepten estos hallazgos -que han sido corroborados en muchos otros estudios- y que se dirija la investigación a las influencias situacionales compartidas por hombres y mujeres que podrían explicar estas conductas. Más de dos décadas después, esto no ha ocurrido.

Para los que no tengáis acceso al libro, existe un artículo disponible en la red donde los autores resumen sus hallazgos. También trae una bibliografía con bastantes artículos donde Moffitt y cols, han ido publicando aspectos de su estudio en relación a la violencia de pareja. Os extraigo algunos de los hallazgos citados en este artículo:

  • Un 27% de las mujeres y un 34% de los hombres informaron haber sido maltratados por sus parejas. un 37% de mujeres y un 22% de hombres dijeron haber perpetrado violencia.
  • Una de las primeras lecciones del estudio Dunedin es que no hay una clara distinción entre víctimas y perpetradores…fue 10 veces más probable que las mujeres víctimas fueran perpetradoras que otras mujeres y 19 veces más probable que los hombres agresores fueran víctimas
  • Tanto para hombres como mujeres perpetradores de violencia de pareja el principal factor de riesgo es historia de conducta delictiva agresiva física antes de los 15 años, el cual también es el principal factor de riesgo para las víctimas.
  • Hay una fuerte relación entre violencia contra la pareja y una historia de violencia contra otras víctimas. Más de la mitad de los hombres condenados por delitos violentos también maltrataban físicamente a sus parejas
  • 66% de las mujeres que sufrieron abuso grave y 88% de los hombres perpetradores tenían uno o más trastornos mentales
  • Los jóvenes adultos implicados en violencia de pareja es más probable que sean padres: las mujeres con hijos era el doble de probable que fueran víctimas y los padres con hijos 3 veces más probable que fueran perpetradores de abuso
  • Los hombres perpetradores de violencia severa tenían niveles extremos de abuso de drogas, personalidad antisocial, abandono escolar, desempleo crónico, pobre apoyo social y violencia contra víctimas fuera de la familia
  • Entre hombres perpetradores graves de violencia 72% usaban dos o más drogas ilegales, 56% habían dejado la escuela secundaria sin cualificaciones, 51% había asaltado a alguien además de su pareja en el último año y habían estado en paro más de 20 meses tras dejar la escuela.


@pitiklinov





domingo, 30 de junio de 2019

Diferencias sexuales en la conducta antisocial

Esta entrada es un resumen de los hallazgos del libro “Sex Differences in Antisocial Behavior”, de Moffitt y cols. El libro recoge los resultados en lo que respecta a conducta antisocial, delincuencia y violencia del estudio Dunedin, un estudio de una cohorte de unas 1.000 personas nacidas en 1972 y 1973 en Dunedin, Nueva Zelanda, que fueron seguidos desde los 3 a los 21 años. Se trata de una investigación de gran calidad científica que ha dado lugar a la publicación de decenas de artículos y el propio libro fue galardonado con el premio Maccoby Book Award de la American Psychological Association de 2002. Creo que el libro es interesante para profesionales de la psiquiatría, la psicología, la criminología y la educación. 

A modo de pequeño resumen, el libro muestra que los jóvenes desarrollan una conducta antisocial por dos razones:

1- Por un lado, una forma de conducta antisocial puede ser entendida como un trastorno del neuro-desarrollo y, al igual que el autismo, la hiperactividad o la dislexia, es de predominio masculino, de inicio en la infancia, persiste toda la vida y tiene una baja prevalencia en la población. El cociente sexual de esta variedad es de 10 hombres por mujer (afectaría a un 5% de los hombres). Esta forma es candidata a ser estudiada biológica y genéticamente sobre todo.

2- Por otro lado, tenemos la forma más habitual de conducta antisocial, sobre todo en mujeres, la cual se entiende mejor como un fenómeno que se origina en el contexto de las relaciones sociales, con inicio en la adolescencia y alta prevalencia. El cociente sexual de esta variante es de 1,5 hombres por mujer. La hipótesis de la existencia de estos dos tipos de conducta antisocial la plantearon los autores en 1993 en este artículo y la han revisado en 2015; podéis leer un resumen en Wikipedia. Las diferencias sexuales en esta forma son muy pequeñas. Por ejemplo, las conductas antisociales de hombres y mujeres son muy similares en los delitos relacionados con drogas y alcohol, en el período peri-pubertal concretamente y en la violencia de pareja. El estudio Dunedin encuentra que las mujeres perpetran violencia de pareja con la misma frecuencia que los hombres pero de los hallazgos del estudio Dunedin con respecto a la violencia de pareja hablaremos en otra entrada.

La conclusión principal del libro es que la conducta antisocial de las mujeres obedece las mismas leyes que la de los hombres. Es muy poco probable que las mujeres muestren la forma de neuro-desarrollo de la conducta antisocial porque es poco probable que tengan los factores de riesgo para ella, mientras que es tan probable que desarrollen la forma influida  socialmente porque comparten con los varones los factores de riesgo para la misma. Al final del libro se propone una agenda de investigación con los temas y la dirección a investigar. 

Antes de nada una pequeña descripción del Dunedin Multidisciplinary Health and Development Study. Se trata de una investigación sobre salud, desarrollo y conducta de una cohorte completa de todos los nacimientos entre 1 de Abril de 1972 y 31 de Marzo de 1973 en Dunedin, una ciudad de unos 120.000 habitantes. Se siguió al final a 1.037 niños (52% chicos y 48% chicas)  a los que se les realiza un estudio completísimo con todo tipo de escalas y mediciones a los 3, 5, 7, 9, 11, 13, 15, 18 y 21 años. Como a lo largo de los años la mitad de la muestra se traslada a vivir a otros lugares, el procedimiento es que se les invita a acudir al centro de investigación donde pasan un día completo realizando todas las pruebas. Algunos años hay participantes que fallan pero se incorporan en la siguiente medición y el seguimiento es muy alto, más del 97% participaron en la fase de los 21 años que se llevó a cabo en 1993-1994. Según las edades de los sujetos la recogida de datos es lógicamente diferente. En los primeros años se basa en tests y en los informes de padres y profesores y a medida que son mayores se incorporan auto-informes, entrevistas estructuradas con diagnósticos DSM, registros policiales y judiciales de delitos, informes de iguales y de sus parejas, etc. Vamos a ver ya algunos de los datos.

Diferencias sexuales en la cantidad de conducta antisocial

A cualquier edad y con todo tipo de fuentes de información, los hombres son más antisociales que las mujeres con una diferencia media de 0,25 desviaciones estándar. La menor diferencia se da entre los 13-15 años. Las diferencias en los contactos policiales y condenas judiciales son claras también con un mayor número de delitos cometidos por hombres: los hombres cometen entre dos tercios y cuatro quintos de todos los delitos. La diferencia es notable especialmente en los delitos violentos. 

Es importante tener en cuenta que se da una concentración de los delitos, es decir, que sólo una minoría de los jóvenes son responsables de la mayoría de los delitos. Por ejemplo, el 50% de las 64.062 ofensas reportadas por los hombres a los 21 años habían sido informadas por solo 41 hombres, el 8%. De forma similar, el 50% de las 23.613 ofensas autoinformadas por mujeres a los 21 años habían sido informadas por 27 mujeres, el 6% del total. Pero un corolario importante es que a la edad de 21 años el 5% más activo de hombres da cuenta del 28% de las ofensas mientras que el 5%  más activo de mujeres sólo da cuenta del 12%. Incluso las mujeres más perpetradoras dan cuenta de una proporción baja de los delitos totales. 

Unas preguntas a responder serían por qué las mujeres inician actividades delictivas a los 13-15 años, que luego suelen desaparecer, y por qué muestran una preferencia por actividades relacionadas con alcohol y drogas en vez de otras tipos de delitos. Moffitt y cols. sugieren que se produce una brecha de maduración entre la biología (a los 13 años el 52% de las chicas ha experimentado la menarquia y el 95% a los 15 años) y la madurez social. A esta edad admiran la conducta antisocial de los iguales y hay estudios en los que se ve que tanto chicos como chicas se ven atraídos por chicos que son agresivos y menos atraídos por los que tienen buena conducta en clase, tal vez como una manera de demostrar su autonomía con respecto a los padres. 

A favor de esta hipótesis estaría el hecho de que las chicas que experimentan antes la pubertad tienen mayor riesgo de problemas de conducta. La influencia de la relación con los iguales, sobre todo con los chicos, es muy importante y con las amigos más mayores. Las chicas que tienen la menarquia antes suelen iniciar también las relaciones sexuales antes. Estas chicas tienden a relacionarse con chicos más mayores entre los cuales hay más delincuencia. No se sabe cómo ocurre esto. Una posibilidad es que no se sienten a gusto con las niñas más infantiles y otra posibilidad sería que se vean rechazadas por las chicas de su edad. Una tercera posibilidad es que los chicos más mayores graviten hacia ellas y es posible que estos chicos que se ven atraídos por chicas con un desarrollo físico pero inmaduras socialmente  sean más antisociales, depredadores y buscadores de sensaciones. 

En cuanto a diagnósticos, un 29% de chicos y un 14% de chicas cumplen criterios para un diagnóstico de trastorno de conducta según el DSM-IV y 3 mujeres y 28 hombres a la edad de 21 años cumplen criterios para Trastorno Antisocial de Personalidad.

En cuanto a la edad de inicio de la conducta antisocial aunque hay menos mujeres antisociales que hombres, las mujeres que inician actividad antisocial la inician a la misma edad que los hombres. Entre los chicos que habían sido condenados por algún delito la edad de la primera condena fue 17,7 años y en las mujeres 17,9 años. Es muy interesante que el inicio de la conducta antisocial en la edad adulta es muy raro, sólo un 1-4% inician su actividad delictiva después de los 17 años. Es también muy llamativo que para los 18 años prácticamente todos los participantes del estudio Dunedin habían cometido algún tipo de actividad delictiva. Sólo el 9% de los chicos y el 14% de las chicas no habían cometido ningún delito para los 18 años y sólo el 3% de chicos y el 5% de chicas iniciaron delitos entre los 18 y los 21. A los 21 años y según los autoinformes el 60% había cometido algún robo, el 75% algún tipo de violencia y el 90% algún delito relacionado con el consumo de sustancias. No hubo diferidas entre los sexos en la edad de inicio de delitos relacionados con drogas y el número de chicos y chicas que los cometen es muy similar.

Posibles causas de las diferencias sexuales en conducta antisocial

Una hipótesis que investigan los autores con sus datos es la que dice que los chicos son más sensibles a los factores de riesgo que las chicas. Hay una serie de factores que se asocian a conducta antisocial: 

-Una inteligencia comprometida, un C.I. más bajo se asocia a mayor riesgo de conducta antisocial. Y no es un artefacto debido a que se les pille mejor a los que tienen un CI más bajo. Delincuentes que no han sido detectados y que son identificados en entrevistas también tienen un CI más bajo

-Chicos y chicas nacidos de madres más jóvenes, con menos C.I. y con peores capacidades de lectura, los que tienen madres con trastornos mentales y aquellos cuyos padres tienen una historia de delincuencia tienen un mayor riesgo de desarrollar conducta antisocial

-Chicos y chicas con madres muy negativas y críticas, con conflicto familiar, que cambiaron de domicilio con frecuencia, que pasaron largos periodos con un solo progenitor y que crecieron en ambientes socioeconómicos desfavorables tuvieron más riesgo de conducta antisocial. Hay algunos datos de que los chicos son más sensibles a factores estresantes como el hacinamiento en el hogar, el divorcio o la pérdida de un padre pero el efecto es muy pequeño.

-Chicos y chicas con temperamentos difíciles e hiperactividad tienen más riesgo de conducta antisocial.

-Chicos y chicas que son rechazados por otros niños en los años de primaria en la escuela, los que se unen a compañeros delincuentes y los que se sienten marginados por los compañeros de escuela más convencionales tienen mayor riesgo de conducta antisocial. Los chicos que se implican menos en la escuela tienen más riesgo de conducta antisocial.

En conjunto, la valoración de esta hipótesis no es cierta. Los mismos factores de riesgo predicen conducta antisocial en chicos y chicas. Hay alguna evidencia de que los chicos con baja inteligencia, dificultades de temperamento e hiperactividad tienen mayor riesgo de conducta antisocial que las chicas con los mismos factores pero el efecto es muy pequeño. 

Otra cuestión a investigar es si los chicos están expuestos a más factores de riesgo para la conducta antisocial que las chicas. Un primer hallazgo es que los investigadores encuentran que los chicos sufren una disciplina más dura que las chicas (d=0,22) pero no podemos deducir que esto cause conducta antisocial en los chicos sino que puede ser una consecuencia y se deba a un intento de los padres de controlarles. Sí encuentran más presencia de factores de riesgo neurológico y cognitivo para conducta antisocial en los chicos. Los chicos tienen más anormalidades neurológicas, puntúan peor en test neuropsicológicos y son peores lectores. Todo ello sería consistentes con una mayor deterioro en el neuro-desarrollo de los chicos. Hay grandes diferencias en hiperactividad que es el factor aislado que más contribuye a la conducta antisocial. No se sabe por qué la hiperactividad es mucho más frecuente en chicos, se cree que los factores genéticos son importantes. Cuando todos estos factores se tienen en cuenta explican el 56-65% de las diferencias en conductas antisociales entre los sexos. 

El segundo factor más importante que contribuye  a las diferencias sexuales en conducta antisocial son las relaciones con los iguales. Los grupos sociales de chicos son diferentes a los de chicas en muchos sentidos. Los intercambios entre chicos tienen más que ver con dominación  y con fanfarronería; los chicos se implican más en conductas de riesgo y de buscar los límites; los grupos de chicos están más orientados a presentarse como muy masculinos; los grupos de chicos tienden  ser más grandes y están más orientados a las actividades: los grupos de chicos tienden a estar más separados del mundo de los adultos y de su control social; la dominancia y el estatus son más importantes en los grupos de chicos que en los de chicas. Tampoco se puede generalizar porque hay diferencias entre unos grupos y otros pero las culturas de los grupos de chicos y chicas tienden a ser diferentes de manera que chicos y chicas se ven expuestos a diferentes influencias relacionadas con la delincuencia. 

En resumen, los hallazgos de los autores sugieren que las chicas son menos antisociales porque sufren menos déficits neurocognitivos, temperamentos descontrolados e hiperactividad y porque como adolescentes desarrollan unas mejores relaciones con sus iguales. Los chicos tienen tasas más altas de todos estos factores de riesgo. Estos factores de riesgo explican del 50% a los dos tercios de las diferencias; las diferencias en temperamento e hiperactividad explican alrededor de un tercio y las diferencia en las relaciones con los iguales explicarían alrededor de un cuarto.

Otra cuestión que estudian los investigadores es si las diferencias en personalidad entre los sexos explican las diferencias en conducta antisocial. Prestan atención especial a dos factores de personalidad que son especialmente útiles en predecir la conducta antisocial según el trabajo de diferentes autores: Bajo autocontrol (constraint) y Emocionalidad Negativa. Estos rasgos de personalidad se asocian al tipo de conducta antisocial persistente a lo largo de la vida y predicen la conducta antisocial, el maltrato de pareja y las condenas por delitos violentos. La emocionalidad negativa se refiere a nerviosismo, vulnerabilidad, tendencia a las preocupaciones y ser incapaz de afrontar el estrés, sentimientos de tensión, miedo e ira, tendencia a sentirse suspicaz y receloso y ver al mundo como poblado de potenciales enemigos y la tendencia buscar venganza por las ventajas de otra gente. En resumen, sería la tendencia a experimentar estados afectivos aversivos de ira, ansiedad e irritabilidad.

Los resultados son que estos rasgos de personalidad se asocian efectivamente a conducta antisocial pero que los hombres tienen niveles más altos de emocionalidad negativa y niveles más bajos de autocontrol. Es probable que las personas con niveles crónicamente elevados de afecto negativo perciban las relaciones interpersonales  de manera diferente (percibir provocación donde  no la hay y reaccionar con agresión) y estén predispuestos a procesar la información de una forma sesgada, lo cual es peor si encima se asocia a menor autocontrol. Lo que no está claro es el origen de estos rasgos de personalidad aunque se inician tempranamente en la infancia y son bastante estables en el tiempo. 

Diferencias sexuales en las consecuencias las de la conducta antisocial

Los autores estudian si las conductas antisociales dan lugar a diferentes tipos de problemas y de consecuencias en la vida de hombres y mujeres. Lo que encuentran es que la conducta antisocial tiene consecuencias muy graves en todas las esferas de la vida: nivel educativo logrado, mundo laboral, relaciones familiares y personales, salud mental, capacidad para establecer un hogar, etc.
La similitud de las consecuencias para hombres y mujeres es llamativa. A pesar de ello, hay algunas medidas en las que las consecuencias son más graves para un sexo que para otro. Los hombres con trastornos de conducta tienen peores consecuencias a nivel de relaciones con la justicia y de consumo de sustancias. Por contra, las mujeres tienen peores consecuencias en la capacidad de establecer un hogar, en las relaciones con la pareja y en la salud física.

Por ejemplo, la conducta antisocial es predictor robusto de una educación truncada. Los adolescentes antisociales dejan antes el instituto y tienen menos probabilidad de ingresar en la universidad. Aproximadamente un tercio de los adolescentes sin trastornos de conducta ingresan en la universidad mientras que sólo una décima parte de los que tienen conducta antisocial acuden a la universidad. Una razón para ello es que los adolescentes antisociales tienen mayor riesgo de una paternidad y maternidad temprana en especial las mujeres ya que más mujeres que hombres (10% frente a 6%) han tenido un hijo antes de los 21 años.

A nivel laboral ocurre lo mismo: la conducta antisocial predice paro y problemas en el mundo laboral. Como decíamos, muchas chicas salen del mercado laboral por la maternidad. Los problemas laborales no son derivados sólo de una peor formación, como señalábamos, sino que hay otros factores. Por un lado, los jóvenes inconformistas en general van a rechazar roles tradicionales incluido el del trabajo. Por otro, los jóvenes antisociales van a incorporarse de forma selectiva a trabajos con mucho recambio. También es probable que los sujetos antisociales realicen mal su trabajo por incumplir horarios y normas y que tengan problemas con compañeros y jefes.

En cuanto a otros resultados, los adolescentes antisociales se van de casa antes, tienen más hijos que los no antisociales, tienen problemas de vivienda lo que les lleva a cohabitar con otras personas con las que acaban teniendo problemas, un paso previo a acabar en situación de sin techo. Los sujetos antisociales acaban necesitando la atención de los servicios sociales en mayor medida y acaban implicados en situaciones de violencia de pareja con mayor frecuencia. Las mujeres más implicadas en situaciones de pareja insatisfactorias y en maltrato de pareja fueron la que habían recibido diagnóstico de conducta antisocial en la adolescencia. 

El vínculo entre conducta antisocial en la adolescencia y violencia de pareja posterior no se ha mencionado lo suficiente en la literatura sobre violencia de pareja aunque ha sido replicado por lo menos por seis autores. En conjunto, estos estudios muestran que los problems de conducta infantiles, incluso en la primera década de la vida, predicen la violencia de pareja tanto en chicos como en chicas, tanto como perpetradores como víctimas. Este hallazgo de que los jóvenes que tienen una historia antisocial es probable que empleen luego similares técnicas agresivas en sus relaciones de pareja adultas sugiere la hipótesis de que las causas de los trastornos de conducta son también causas de la violencia de pareja.

En este sentido, hay una relación entre la paternidad temprana y la violencia de pareja. En la muestra Dunedin, el 8% tenía uno o más hijos para los 21 años y el 39% de ellos estaba envuelto en una situación de maltrato de pareja comparado con el 15% de los que no eran padres. No está claro si esto se debe al estrés de la crianza o a otros factores pero el caso es que hijos pequeños y violencia de pareja se concentran en el mismo segmento de la población con el resultado de que muchos niños presencian violencia de pareja en casa preparando el terreno para una transmisión inter-generacional de la violencia, de lo que luego hablaremos.

La conducta antisocial se asocia a mayor nivel de ansiedad, psicosis, manía, y a una peor salud física. También a mayor riesgo de problemas por abuso de sustancias, especialmente en los hombres. Como decíamos, también a un mayor riesgo de acabar en prisión. En resumen, la conducta antisocial tiene unas consecuencias desoladoras a todos los niveles para los sujetos y para la sociedad en su conjunto.

Pero la cosa es peor todavía porque, como dice el refrán, “Dios los cría y ellos se juntan”: Moffitt y cols. encuentran datos de lo que se llama emparejamiento selectivo (assortative mating), es decir, de que los sujetos antisociales tienen tendencia a emparejarse entre sí. Las personas que se casan con otras personas similares a ellas tienen menos probabilidades de cambiar. El emparejamiento selectivo tiene consecuencias intergeneracionales por razones tanto genéticas como sociales. Cuando parejas seleccionadas se reproducen, familias enteras difieren entre sí como resultado de influencias tanto genéticas como ambientales. 

Por esta razón, en el estudio Dunedin en la fase de 21 años se estudió también a las parejas de los participantes en el estudio. 474 miembros del estudio tenía pareja estable y el 76% (360) aceptó participar en el estudio. La duración media de la relación era de 26 meses. Las parejas fueron entrevistadas de forma independiente, por investigadores ciegos a los datos de su pareja y sin aviso previo de los temas a estudiar. Se les pasó todo tipo de cuestionarios y escalas de personalidad, etc. 

Los resultado fueron que los adolescentes, tanto hombres como mujeres, con historia de conducta antisocial se unen a personas que son perores lectores que tienen menos estudios, que provienen de estratos sociales desfavorecidos y que tienen historia delictiva. Es también más frecuente que se impliquen en una relación con alguien que les maltrata. Tanto hombres como mujeres con historia antisocial tienen mayor tendencia a unirse a personas que puntúan alto en Emocionalidad Negativa.

Hay muchas dinámicas por las que se da el emparejamiento selectivo. Puede ser que elijan una pareja similar para que apruebe lo que ellos hacen y seguir haciéndolo. Puede ser que las personas más convencionales les rechacen y eviten el contacto con personas antisociales por lo que no les quedaría más remedio que emparejarse con personas similares a ellos. Pero sea como sea, el caso es que cuando una persona antisocial se une a otra persona antisocial el resultado es como echar gasolina al fuego porque se produce lo que se llama “amplificación social”. Y las consecuencias parecen ser peores para las mujeres. Los resultados del estudio Dunedin sugieren que los hombres antisociales se van a seguir comportando de forma antisocial independientemente de que la mujer sea antisocial. Pero sí parece existir un efecto de amplificación social en el caso de las mujeres. Las mujeres antisociales que se emparejan con antisociales siguen una carrera antisocial en mayor medida que las que se emparejan con hombres no antisociales y acaban cometiendo mayor número de delitos.

Pero además de estas consecuencias intrageneracionales están las consecuencias intergeneracionales. Nos encontramos con niños pequeños que están naciendo en hogares donde ambos padres son antisociales, con pocos estudios, con problemas de trabajo, sin hogar estable, con problemas de abuso de sustancias, de violencia de pareja, de depresión y otros problemas mentales y de salud general…Si esto se repite durante generaciones nos encontramos con familias que tienen un fenotipo diferente al de otras familias. Es como si los altos se casaran solo con los altos. Se produce una interacción genes-ambiente. Los hijos de estas familias reciben una vulnerabilidad genética y además son criados en una ambiente familiar criminogénico.

Comorbilidad de los trastornos de conducta con otros trastornos mentales

Otra cuestión estudiada en la muestra Dunedin es la comorbilidad de los trastornos de conducta con otros trastornos mentales como retraso mental, retraso en la lectura, Trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), trastornos de ansiedad, depresión, manía, trastornos  de alimentación, trastornos por uso de sustancias y síntomas esquizofreniformes. La comorbilidad con todos estos trastornos es altísima (sólo un 10% no tiene alguna comorbilidad) pero destacan tres trastornos en especial: el TDAH, la dependencia del consumo de marihuana y los casos esquizofreniformes. Dos tercios de los individuos con estos tres trastornos también desarrollaron trastornos de conducta. El TDAH y los problemas de lectura fueron especialmente frecuentes en chicos pero las tasas de  comorbilidad no alcanzan significación estadística a lo largo de la vida.

Donde sí hay una diferencia entre los sexos es en la relación entre conducta antisocial y depresión. En las mujeres esta relación aparece ya a los 15 años y continúa de ahí en adelante. Existe una creencia extendida de que la conducta antisocial se transforma en depresión a medida que las adolescentes se van convirtiendo en mujeres. La tasa más alta de depresión a los 21 años se da en aquellas mujeres que han tenido trastornos de conducta previos. Claramente, los problemas de conducta en la adolescencia predicen depresión en la mujer en la edad adulta. La razón para este aumento de depresión en las chicas con historia antisocial es desconocida. ¿Reaccionan con más sentimientos de culpa por su pasado? ¿Son más criticadas y rechazadas por la familia y amigos? ¿Hay alguna relación entre el consumo de drogas y alcohol y la biología de la depresión? ¿Es el trastorno de conducta antisocial una fase prodrómica de la depresión y una parte del síndrome de internalización en las mujeres?

Valoración de otras hipótesis

Hay una hipótesis que atrae a varios investigadores que dice que las mujeres que desarrollan conducta antisocial han pasado un umbral más alto de riesgo que los hombres y que por lo tanto están más gravemente afectadas. Se le ha llamado de varias maneras: hipótesis del umbral, resistencia de grupo o paradoja de género. Generalmente, se supone que el umbral femenino lo sube la socialización de las mujeres en contra de la agresión, es decir que sería cultural, mientras que el impulso para saltar el umbral seria psico-biológico, a nivel individual. Moffitt y cols. analizan los datos y en 43 de las 45 variables estudiadas no encuentran un mayor efecto del trastorno de conducta para las mujeres. En su muestra las mujeres que son diagnosticadas de trastorno de conducta no experimentan un empuje etiológico más fuerte para pasar el umbral. Más bien, los datos del estudio Dunedin muestran que pocas mujeres se convierten en antisociales a pesar de tener el mismo umbral que los hombres porque experimentan bajos niveles de factores de riesgo. Los autores creen que esta creencia puede ser un artefacto porque en la primera mitad del siglo XX las políticas judiciales eran más paternalistas y se ponía un umbral más alto para poner a las mujeres en tratamiento. Con los mismos actos antisociales a las mujeres se las devolvía a las familias para un control privado. 

También se ha propuesto que se deberían relajar los criterios para diagnosticar trastorno de conducta en mujeres y que se pidieran menos criterios para diagnosticar a las mujeres. Autores como Zahn-Waxler están en contra de esta idea porque sería como pedir relajar los criterios de depresión en los hombres porque los hombres tienen menos depresión que las mujeres. Moffitt y cols. estudian si los niveles subclínicos de diagnóstico predicen problemas de conducta sólo en mujeres. Lo que encuentran es que un mayor número de síntomas de trastorno de conducta predicen peor resultado tanto en hombres como en mujeres por lo que no ven sentido a una relajación de los criterios diagnósticos.

Por último, lo que sí encuentran es que la división en los dos tipos de antisocialidad que hemos relatado (la de inicio infantil y persistente a lo largo de la vida y la limitada a la adolescencia) es aplicable también a mujeres. Lo que ocurre es que hay menos mujeres del tipo persistente (1 de cad 100 mujeres con una proporción 10 hombres por cada mujer) porque las mujeres experimentan menos factores de riesgo neurocognitivos, de autocontrol y de hiperactividad. La mayoría de las mujeres antisociales encajan en el tipo limitado a la adolescencia donde la relación es 1,5 hombres por cada mujer.


Conclusiones

Un aspecto que puede ser interesante es el de las condenas judiciales a adolescentes y hasta qué punto las penas de cárcel pueden ser un obstáculo en la recuperación de una vida normal en los sujetos con una conducta antisocial limitada a la adolescencia. La cárcel y los antecedentes penales no van a ayudar precisamente a que encuentren trabajo y a que se integren mejor en la sociedad debido al rechazo y estigma que provocan. Se ha propuesto que en la conducta antisocial del tipo limitado a la adolescencia se estudien penas que ayuden a la reforma de los adolescentes. 

En este sentido hay que decir que no están suficientemente estudiados los factores o el proceso por el que los adolescentes de la tipología limitada a la adolescencia consiguen salir de la delincuencia y se incorporan a la sociedad. En algunos cruces del camino hay sujetos que realizan un buen matrimonio, encuentran un buen trabajo, se incorporan al ejército o lo que sea y su vida cambia y se estabilizan pero es algo en lo que se necesita mayor investigación para ver si hay alguna manera  de mejorar la evolución de estos sujetos.

Otras dos cuestiones que hay que investigar en mayor profundidad son:

  • los factores del neurodesarrollo que afectan a nivel individual a los sujetos con el tipo de conducta antisocial persistente y que afectan fundamentalmente a los hombres. Factores como el bajo autocontrol, el temperamento descontrolado, la hiperactividad y los déficit neurocognitivos aparecen muy temprano en la vida y es necesario su estado para entender la conducta antisocial persistente y grave.

  • los contextos sociales como factor etiológico. Habría que estudiar por qué las chicas son más antisociales alrededor de la pubertad y también por qué cometen el mismo tipo de delitos relacionados con drogas y alcohol. Este fenómeno no se ha explicado y apenas se ha investigado.

En resumen, Sex differences in Antisocial Behavior es un libro muy recomendable del que podemos aprender muchas cosas. 

@pitiklinov