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miércoles, 26 de agosto de 2015

Los Trastornos Mentales y el Libre Albedrío

Esta entrada es un comentario a un artículo reciente de la revista Aeon que utiliza la experiencia de las personas con trastornos mentales para defender la existencia del libre albedrío. El argumento central sería: dado que cuando sufrimos un trastorno mental no tenemos libre albedrío, entonces cuando no tenemos una enfermedad mental sí tenemos libre albedrío. La idea se le ocurrió al autor, Walter Glannon cuando un alumno suyo no pudo acudir a clase por sufrir una depresión. Cuando ya estaba recuperado y acudió le dijo literalmente a Glannon: “no tenía libre albedrío”.

A partir de ahí plantea que la respuesta al eterno dilema del libe albedrío no hay que buscarla en la Física o en la estructura de nuestro universo y las leyes de la naturaleza sino en el cerebro, en la capacidad del cerebro para permitir o no que actuemos y pensemos. Parece definir el libre albedrío como actuar de acuerdo con nuestras preferencias, creencias e intenciones (y así definido acepto que tenemos free will, el problema es que no elegimos nuestras preferencias, creencias e intenciones y esa no es mi idea de una "voluntad libre"). Cuando padecemos una depresión, un TOC o cualquier otro trastorno mental no podemos hacerlo y por tanto no somos libres. Cuando no estamos enfermos sí seríamos libres.

Bien, como forma de hablar a nivel coloquial podemos entender lo que el autor quiere decir y podemos admitir que cuando estamos enfermos no tenemos la voluntad que tenemos en estado normal. Pero el argumento si lo analizamos con un poco de seriedad o profundidad falla estrepitosamente y voy a intentar explicar por qué. 

Para entenderlo voy a utilizar el ejemplo de la psicopatía de la que ya he hablado antes (aquí, aquí y aquí). Cada vez más autores están planteando que los psicópatas no son libres y que no pueden actuar de otra manera y se han propuesto alternativas a los fundamentos morales que utilizamos para condenarles y castigarles que actualmente se basan en condenarles porque pensamos que han elegido actuar de manera criminal y podían no haberlo hecho. Para los efectos de mi argumentación vamos a aceptar que los psicópatas no tienen libre albedrío (opinión todavía minoritaria). Si damos la vuelta al argumento obtendríamos el razonamiento de Glannon: si los psicópatas no tienen libre albedrío entonces los que no somos psicópatas sí lo tenemos.

La verdad es que ni los psicópatas ni los no-psicópatas tienen libre albedrío porque ninguno de ellos puede elegir. Libre albedrío es libertad para elegir otra cosa y eso no lo podemos hacer ni psicópatas ni no-psicópatas. A un psicópata no se le puede pedir que responda al castigo o que muestre las conductas morales propias de un cerebro moral, porque no lo tiene. Pero a una persona con cerebro moral tampoco se le puede pedir que tenga las conductas de un psicópata. Yo no puedo salir a la calle y violar a la primera mujer que me guste o robarle un reloj al peatón que pasa porque me he encaprichado con él (y de paso darle un navajazo si se resiste) o robar un banco (estoy caricaturizando un poco). Simplemente yo hago lo que está en mi naturaleza hacer y el psicópata hace lo que está en la suya, naturalezas que ni él ni yo hemos elegido. Tener libre albedrío sería poder tomar el otro camino, elegir la otra opción. Tener las dos opciones, no tener sólo una.

Y no es buen idea ir a buscar el libre albedrío en el cerebro (de esta manera) porque nuestro cerebro no es ajeno a las leyes de la Física, al contrario, está obligado a seguirlas. Y lo que observamos en este universo es que unos efectos tienen  unas causa previas, y estas a su vez otras causas previas y la voluntad no puede saltarse ese flujo causal y situarse al margen de él y decidir: “pues yo ahora voy por otro lado”…


Los humanos presumimos mucho del auto-control: nosotros no somos como los animales, que cuando quieren comer o tener sexo van y lo hacen, no…nosotros podemos esperar, auto-controlarnos…nosotros estamos al margen de la naturaleza…Pero no tenemos en cuenta una cosa muy importante. Si podemos ejercer ese autocontrol es porque tenemos unas fibras nerviosas que van desde la corteza hacia el sistema límbico que cumplen una función inhibidora de esos instintos básicos (y el control que tenemos es sólo parcial). Y esas fibras las ha puesto ahí la selección natural y lo ha hecho por una buena razón, porque en animales sociales inhibir esos instintos en situaciones grupales hace que pases más copias de genes a las generaciones futuras. Así que esa capacidad de autocontrol de la que presumimos no se salta las leyes de la Física ni proviene de Marte.

Por ampliar la discusión, voy a poner un ejemplo en base a factores determinantes ambientales para ilustrar la falacia del razonamiento de Glannon. Pensemos en el caso de Patricia Hearst y su famoso secuestro. Admitamos  que el grupo terrorista que la secuestró la lavó el cerebro con sus doctrinas maoístas y que Patty no era libre cuando atracó el banco con los componentes de ese grupo. Aplicando el razonamiento de Glannon diríamos: “Después del secuestro Patty no era libre porque le habían lavado el cerebro, pero antes del secuestro Patty sí era libre porque todavía no le habían lavado el cerebro”. Ya, ¿Y la influencia previa de su padres y su educación de niña rica no era un lavado de cerebro?

A donde quiero llegar es a que la conducta del ser humano ha evolucionado de la misma manera que la del resto de los animales. Tendremos más algoritmos, más lineas de código de programación si se quiere, pero no dejamos de ser criaturas programadas por la selección natural. Ya sé que eso no nos gusta. A Glannon se le escapa en el último párrafo de su artículo: “somos más que seres materiales”. Sí, preferimos seguir pensando que somos ángeles. Es muy fuerte la tendencia a pensar en “almas” “espíritus” y otro tipo de entidades al margen de la materia. No elegimos nuestras preferencias, creencias ni intuiciones. Pero nos hace mucha ilusión creer que sí lo hacemos.

@pitiklinov

Referencia:



sábado, 27 de junio de 2015

El Animal Cuentahistorias


El hombre -déjeme ofrecerle una definición- es el animal cuentahistorias
-Graham Swift, Waterland

Jonathan Gottschall ha escrito un bonito libro sobre la relación del ser humano con las historias, nuestra adicción a ellas, sobre cómo las creamos y cómo nos crean ellas a nosotros: The Storytelling Animal. Somos un primate al que podríamos llamar Homo fictus (hombre ficción) porque, nos demos cuenta o no, somos una criatura del imaginativo mundo “País de nunca jamás” (Neverland). El país de la fantasía es nuestro hogar y antes de que muramos habremos pasado décadas allí. Cuando digo historias me refiero a cuentos, novelas y todo tipo de narraciones y mitos tanto religiosos como profanos. Las historias son para el ser humano lo mismo que el agua para los peces.

Lo primero de lo que tenemos que ser conscientes es del poder de las historias. Estamos tan acostumbrados a ese poder que no le damos importancia, pero es algo que necesita una explicación. La idea de escribir este libro, por ejemplo, le vino a Gottschall por una canción. Iba conduciendo un día de otoño por la autopista escuchando la FM y , de repente, ponen una canción country. Con mucho sentido del humor, dice Gottschall que su respuesta habitual a este tipo de catástrofe habría sido cambiar de canal pero que había algo en la voz del cantante que le llamó la atención y siguió escuchando. La canción trata de un hombre joven que va a pedir la mano de su amada. El padre de la chica le hace esperar en el salón y allí se pone a mirar unas fotos donde una niña pequeña juega a ser Cenicienta, en otras monta en bicicleta y en otra está bailando con su padre. De pronto, el joven comprende que está robando algo precioso a ese padre, le está robando su Cenicienta. Antes de que acabara la canción cuenta Gottschall que estaba llorando de tal manera que tuvo que salirse de la carretera y parar un rato. La canción, Stealing Cinderella, de Chuck Wicks, había capturado algo universal, el dolor de ser padre y saber que nunca serás el hombre más importante en la vida de tu hija (Gottschall tiene dos hijas, Abigail y Annabel).

Gottschall se sintió triste por un rato pero a la vez maravillado de lo que había pasado. De una manera fulminante, una historia musical había derretido a un hombre hecho y derecho, que no suele llorar y al que encima no le gusta el country. Le pareció extraño que una historia -sea en un libro, una película, una canción-  pueda hacernos llorar, reír , enfadarnos, etc. El autor entra en nuestro cráneo y toma el control de nuestro cerebro. Así que decidió investigarlo. Y en el libro Gottschall utiliza estudios y datos procedentes de la psicología evolucionista, la biología y la neurociencia para entender lo que le pasó con aquella canción, y , en general, para descubrir cómo nos convertimos en el animal que cuenta historias.

Pero para ver el hechizo de las historias te propongo un experimento. Te voy a traducir un fragmento de la novela In the Heart of the Sea, de Nathaniel Philbrick, que trata de la catástrofe que inspiró a Herman Melville para escribir Moby Dick: el naufragio del ballenero Essex hundido por una furiosa ballena. Te advierto de que el autor va a intentar teletransportarte en el tiempo y en el espacio así que agárrate a la silla, nota su tacto y no pierdas de vista el ruido del tráfico o las señales del ambiente en que te encuentras. El capitán del ballenero Dauphin, Zimri Coffin, avista un pequeño bote a la deriva y ordena al timonel que se acerque al bote y lo deje a sotavento:

“Bajo la mirada de Coffin, el timonel acercó el barco todo lo que pudo a la abandonada embarcación. Aunque la inercia les hizo pasar de largo, los breves segundos durante los que el barco pasó a su lado les presentó una vista que no olvidarían el resto de sus vidas. Primero vieron los huesos -huesos humanos- ensuciando las bancadas y las tablas, como si el bote ballenero fuera la guarida marítima de una feroz bestia comehombres. Y entonces vieron a los dos hombres.  Estaban acurrucados en los extremos opuestos del bote, su piel cubierta con llagas, sus ojos sobresaliendo de los agujeros de sus cráneos, sus barbas impregnadas de sal y sangre coagulada. Estaban chupando la médula de los huesos de sus compañeros muertos.”

Rápido, ¿dónde estás? ¿estás todavía en tu silla notando su tacto así como los ruidos de tu ambiente? ¿O te ha hechizado Philbrick y estabas viendo los dientes y los labios de los dos hombres trabajando sobre lo huesos y sus barbas llenas de sal? Por mucho que lo intentemos no podemos resistir la gravedad de esos mundos alternativos. Como decía, Samuel Taylor Coleridge, leer una historia, cualquier historia, requiere que el lector “suspenda voluntariamente su incredulidad”…para pasarlo bien se dice a sí mismo: “voy a silenciar a mi escéptico interior y voy a creerme lo que me cuentan”. Lo que ocurre es que esto no es voluntario, como dice Coleridge.

Cuando lees la escena toma vida en tu mente: ¿cómo es el capitán Coffin?, ¿joven, mayor? ¿de qué color es su guerrera o su barba? ¿cuantos hombres forman la tripulación del Dauphin? No nos lo dicen. El autor nos engaña y deja que nosotros hagamos el trabajo de imaginarlo. A veces se dice que leer es algo pasivo pero no es cierto. Cuando leemos una historia nuestra mente está trabajando duro. El trabajo de un escritor se parece más a un dibujo que a una pintura. Él dibuja unas lineas maestras y nosotros le pintamos el cuadro completo.

La presencia de las historias en nuestra vida es enorme. Los niños pasan la mayor parte del tiempo en el mundo de la fantasía “jugando a” ser indios y vaqueros, príncipes y princesas, o lo que sea. Según estadísticas, vemos unas 5 horas al día de TV y cine. Cuando dormimos seguimos viviendo historias en el País de nunca jamás, pero también soñamos de día mientras trabajamos, conducimos, cocinamos o nos vestimos. Se estima que el “sueño despierto medio” dura unos 14 segundos y que tenemos unos 2.000 por día. Cuando vemos un anuncio de detergente no nos dicen que limpia muy bien sino que nos cuentan una historia de una mamá apurada por la suciedad de la ropa de sus hijos y de cómo la resuelve gracias al detergente. Cuando conversamos, el 70% del tiempo cotilleamos y contamos historias acerca de la vida de los demás. En definitiva, pasamos más tiempo en Neverland, en el País de la Fantasía, que en el mundo real. ¿Cuál es la explicación de esto?

¿Por qué contamos historias? No hay una explicación única satisfactoria en estos momentos (además las historias pueden cumplir más de una función o responder a presiones evolutivas diferentes) pero los autores señalan tres funciones como las más importantes. Algunos dicen que la fuente de la evolución de las historias es la selección sexual y no la selección natural, es decir, que las historias son para conseguir sexo. Mirad la foto del cuentacuentos !Kung y fijaos en las guapas chicas que están sentadas a la izquierda del narrador siguiendo encantadas la historia. Esa es la idea.

La hipótesis más aceptada es la del simulador virtual. Todos aceptamos que las historias sirven para evadirse del mundo real, que son una forma de escapar de la rutina. Pero si el escapismo fuera la explicación de las historias ¿por qué son los problemas el eje de cualquier historia? La realidad es que si no hay un problema no hay historia. Las historias en todos los lugares del mundo tratan de gente (o animales personificados) con problemas y el patrón es más o menos el mismo: complicación, crisis y resolución. Existe una gramática de las historias que es universal y no sólo en la forma sino en el fondo. Los temas de la literatura mundial son el amor, el sexo, la guerra, el miedo, la muerte, el poder…las cosas propias de la naturaleza humana que interesan a los seres humanos. Pues según pensadores evolucionistas como Brian Boyd, Steven Pinker o Michelle Scalise Sugiyama, las historias sirven para que la gente practique las habilidades que son esenciales para la vida social. Lo mismo que los pilotos practican en simuladores de vuelo las maniobras que luego ejecutarán en la vida real, podríamos decir que las historias son el simulador de vuelo de la vida social humana. La ficción es una tecnología virtual antigua que simula problemas humanos.

La otra hipótesis es que las historias sirven para unir a la gente. Si volvéis a mirar la foto del cuentacuentos !Kung veréis lo juntos que están todos, abrazados, piel con piel. Durante la mayor parte de nuestra historia como especie no hemos disfrutado de libros, ni pantallas y la forma de transmitir las historias ha sido la vía oral escuchando a narradores. Pero incluso hoy en día si entras en un cine y miras a la gente cuando ven una película verás que todos responden al unísono. Una película coge a un grupo de extraños y los sincroniza: sincroniza lo que piensan, lo que sienten, su ritmo cardiaco, su respiración y hasta lo que sudan. Una historia impone una unidad emocional y psíquica, funde las mentes, hace que la gente sean todos uno. De esta manera se refuerzan los valores comunes y se estrechan los lazos en una cultura común.

¿Y cual es la base biológica del poder de las historias? Pues tampoco lo sabemos pero algunos autores señalan a las neuronas espejo como responsables de la capacidad de meternos en la piel de un protagonista y sentir lo que él siente. Estas neuronas se disparan no sólo cuando nosotros hacemos una cosa sino cuando otra persona las hace. Gracias a las neuronas espejo podemos tener una experiencia vicaria, por una persona interpuesta. También se han realizado experimentos de Resonancia Magnética funcional donde se escanea el cerebro de sujetos que ven a un actor tomar un líquido y hacer un gesto de asco y también se les escanea mientras ellos tienen la experiencia de asco y las regiones que se activan son las mismas (la ínsula anterior). Todo esto indica que cuando experimentamos una ficción nuestras neuronas disparan como si la viviéramos realmente, pero hay controversias en este tema y tendremos que esperar para saber si las neuronas espejo son o no la explicación última de cómo nos afectan las historias física y mentalmente.

Pero no sólo contamos historias a los demás. También nos las contamos a nosotros mismos. Nuestra identidad es una historia que nos contamos a nosotros mismos. Y estas historias no son objetivas, son ficciones que nos ayudan a vivir, a seguir adelante. Como en las películas basadas en hecho reales, nuestras historias vitales deberían llevar el anuncio: “esta historia que cuento acerca de mí mismo está basada en hechos reales pero es una ficción, una ficción útil. Soy en buena parte un engaño de mi imaginación”. Y necesitamos el autoengaño para seguir viviendo y no caer en la desesperación. Como lo expresa William Hirstein:

“La verdad es deprimente. Vamos a morir, lo más probable después de una enfermedad; todos nuestros amigos morirán también; somos unos puntos insignificantes de un insignificante planeta(…) Se necesita el autoengaño para salir de la cama cada mañana”

Y cuando esta narración nos falla viene la depresión. Psicólogos como Michele Crossley dicen que la depresión surge de una “historia incoherente” de una historia rota, de una narración inadecuada acerca de uno mismo, de una historia vital que ha descarrilado. La psicoterapia ayuda a las personas infelices a reparar sus historias vitales, las que se cuentan a sí mismos. Les da una historia con la que puedan vivir. Y funciona. Así que el terapeuta es una especie de guionista, de editor de historias que ayuda al paciente a revisar su historia vital y reescribirla para que pueda volver a jugar el papel de protagonista.

En definitiva, las historias -sagradas o profanas- son probablemente la fuerza de cohesión más importante en la vida humana. Una sociedad se compone de personas con diferentes personalidades, objetivos y agendas. ¿Qué las conecta a todas? Las historias. Como dijo John Gardner, “la ficción es seria y beneficiosa, es un juego contra el caos y la muerte, contra la entropía”. Las narraciones son el contrapeso al trastorno social, a la tendencia de las cosas a separarse. Las historias son el núcleo sin el que el resto no se sostendría.

¿Y cuál es el futuro de las historias? Pues mientras el hombre sea hombre no van a desaparecer, al contrario, cada vez van a tener más importancia. Somos criaturas del País de la Fantasía, ése es nuestro hábitat. Y las nuevas tecnologías, como los videojuegos y la realidad virtual, nos van a facilitar sumergirnos en él. Ya hay gente que pasa más horas en mundos virtuales que en el mundo real. Como dice el economista Edward Castronovo en su libro Exodus to the Virtual World, hemos empezado la mayor migración en la historia de la Humanidad, hemos empezado a movernos del mundo real al virtual (algo que siempre hemos querido hacer).

@pitiklinov

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