sábado, 3 de febrero de 2018

“Por el hecho de ser mujer”


Es muy difícil conseguir que un hombre entienda algo cuando su sueldo depende de no entenderlo.
-Upton Sinclair

Lo que nos mete en problemas no es lo que no sabemos, sino aquello que sabemos y estamos seguros, pero que simplemente no es así
-Mark Twain

El Consejo General del Poder Judicial (CGPJ) va a ampliar el concepto de violencia machista para incluir delitos que se produzcan también fuera de las relaciones de pareja. Angeles Carmona, presidenta del Observatorio de Violencia de Género y Doméstica dice que a partir de ahora “haremos estudios de los asesinatos y de las sentencias que afecten a delitos cometidos por un hombre sobre una mujer por el hecho de serlo”. Y cuando los periodistas le pidieron que concretara a qué se refería cuando hablaba de agresiones contra la mujer por el hecho de serlo contesto que: “estamos hablando de cualquier asesinato o delito por desprecio de género”. No sé si os queda claro a qué se refiere pero a mí no y pienso que esta filosofía en su conjunto es un error y voy a defender mi postura en esta entrada.

Para empezar quiero dejar sentada una premisa que me parece importante. Esta ampliación, salvo que se nos comuniquen criterios más precisos, me parece que implica redefinir el machismo como “cualquier cosa que le haga un hombre a una mujer” o “todo lo que un hombre haga a una mujer”, porque se basa en una tautología: “Cómo sabemos que lo que le ha hecho un hombre a una mujer es por el hecho de ser mujer? Pues está claro: es algo que ha hecho un hombre… y se lo ha hecho a una mujer, ¿qué más pruebas hacen falta? Por eso me parece básico señalar que un hombre puede tener un problema con una mujer o va a interactuar en cantidad de ocasiones con una mujer como persona, no como sujeto del sexo femenino. 

Para verlo mejor voy a hacer una analogía con el racismo. Un empresario blanco puede despedir a un trabajador negro por racismo o por razones que no tienen nada que ver con el racismo. Si lo despide porque el trabajador llega sistemáticamente tarde a su puesto de trabajo -o porque no hace bien su trabajo- ese despido no tiene nada que ver con el racismo. Si lo despide porque cree que los negros son inferiores y no quiere un trabajador de esa raza en su empresa, entonces sí está actuando de una manera racista. De la misma manera, yo puedo tener un problema con mi mujer por diferencias de opinión o de intereses en muchos temas como el lugar de vacaciones o la educación de los hijos. Nada de todo esto es por el hecho de que sea mujer. Tendría exactamente los mismos problemas o discusiones con mi pareja si fuera homosexual y mi pareja fuera un hombre. También puedo tener problemas con una compañera de trabajo porque la calidad o cantidad de su trabajo es muy baja y como consecuencia yo me veo perjudicado y tengo que realizar más tareas que las que me corresponden. Esos problemas los tendría con un compañero varón que trabajara igual de poco o igual de mal. Puede que en una de esas discusiones se escape algún insulto o alguna palabra fuerte. Con esta nueva filosofía del CGPJ, lo que puede ocurrir es que cualquier incidente entre hombres y mujeres pueda ser denunciado y considerado como violencia machista.

Vais a pensar que exagero pero un caso al que se está aplicando esta nueva visión es al asesinato de Diana Quer y se le pone como ejemplo del tipo de delito que va a ser considerado machista. Personalmente, coincido con la opinión de algunos criminólogos, que he visto por Twitter, en el sentido de que este asesinato no es un asesinato machista. Reducir la psicología de El Chicle a que es un machista es como definir la Tierra como un planeta donde hay moscas. Es decir, algo falto de todo rigor donde se toma la parte por el todo. Es más que probable que el Chicle sea machista (como es cierto que en la Tierra hay moscas) pero eso no prueba que su ideología machista sea el motor de sus actos sino que es mucho más probable que la causa de sus conductas delictivas haya que buscarla en su personalidad antisocial y probablemente psicopática. Estamos hablando de un delincuente que se ha saltado las normas previamente con delitos como el tráfico de drogas. Se supone que el machismo es algo universal en nuestra sociedad y la mayoría de los hombres no van por ahí matando mujeres así que harán falta otros factores para explicar la conducta de estos asesinos. Y no hay que confundir que el móvil sea el machismo con que el móvil sea el sexo. El Chicle es hetorosexual y ha cometido sus crímenes contra mujeres pero si hubiera sido homosexual habría cometido sus crímenes contra hombres como han hecho a lo largo de la historia psicópatas homosexuales como Jeffrey Dahmer, Fritz Haarmann, John Wayne Gacy, Dean Corll y muchos otros. Estos asesinos actuaron contra los hombres y jóvenes que mataron por un trastorno mental (por cierto, la psicopatía es más frecuente en hombres) unida a una orientación sexual determinada. ¿Tiene sentido aplicar penas diferentes  al Chicle o a John Gacy porque la víctima (podrían haber sido las víctimas) del Chicle es una mujer y se concede que actúa en nombre del patriarcado mientras que las de Gacy son hombres y no ha actuado como agente del patriarcado? ¿Despreció Gacy el género de los jóvenes que asesinó? Por cierto, fijaos en el detalle de que al Chicle no le han recibido el resto de los presos con abrazos y champán sino que le están protegiendo en la cárcel y le van a trasladar para que no le maten.

Hay que decir que la opinión mayoritaria entre los investigadores que estudian la violencia de pareja  es que se trata de un fenómeno multicausal en el que entran desde factores biológicos y genéticos hasta factores culturales, como el machismo, pasando por factores psicológicos como trastornos mentales y de personalidad, abuso de sustancias o maltrato infantil. Para empezar, en la literatura científica y en documentos oficiales se le llama violencia de pareja intima (Intimate Partner Violence) porque ocurre entre todos los géneros y tipos de unión sean homosexuales o heterosexuales. Y ya que estamos hablando de un sujeto antisocial, probablemente psicópata, tenemos datos de que existe una correlación entre conductas y personalidad antisocial y violencia de pareja. En este estudio prospectivo de la cohorte masculina del estudio Dunedin se encuentra que el 10% de la muestra - los sujetos con conductas antisociales que se inician en la infancia y continuan en la adolescencia- son responsables del 62% de las condenas por violación y violencia contra la mujer a los 26 años, como podéis ver en la gráfica (es el grupo en negro llamado LCP: life-course persistent offenders). La misma relación entre conductas antisociales en la adolescencia y riesgo posterior de violencia de pareja encuentra este estudio prospectivo longitudinal de 40 años. Lo que quiero explicar con esto es que no todo es machismo. Tampoco estoy diciendo que la explicación de la violencia contra las mujeres sea la psicopatía. Insisto en que es un fenómeno heterogéneo y multicausal donde en un caso individual actuarán un conjunto de factores y en otro caso pueden intervenir factores distintos. Lo que sí sabemos es que las tipologías de perpetradores de violencia de pareja suelen considerar un subgrupo de sujetos antisociales con condenas por otros tipos de delitos y conductas antisociales en general que no se limitan a violencia contra la pareja. 

Varios estudios concluyen que hay una continuidad entre la conducta antisocial y la violencia de pareja de adulto. Se observa una continuidad de las agresiones desde la infancia a la edad adulta, concepto que se denomina continuidad heterotípica (una continuidad desde unas variantes de conducta antisocial hacia otras según la edad y el nivel de desarrollo por lo que se ve a la vez continuidad y cambio de patrón). En la infancia temprana se observa conflicto con la autoridad en casa, conductas de oposición y agresiones físicas. En la infancia más tardía la resistencia a la autoridad se manifiesta en la escuela, absentismo escolar, mentiras y pequeños robos en tiendas. En la adolescencia aparece la violencia en bandas, robos más serios, consumo de drogas y promiscuidad sexual. En la edad adulta, cuando ya tengan una pareja, a todo lo anterior se añaden nuevas conductas como la agresión verbal y física contra su pareja. Hablamos de hombres jóvenes que tienen una larga historia de delincuencia y violencia física acostumbrados a resolver sus problemas interpersonales de una manera coercitiva y que, por lo tanto, es muy probable que utilicen las mismas tácticas con sus primeras parejas de adultos. 

Con respecto al tema de los motivos sexuales y la orientación sexual os propongo un experimento mental. Imaginad la sociedad tal como la tenemos ahora con su “patriarcado”, su “machismo ancestral”, los mismos medios de comunicación que objetifican a la mujer, lo que queráis. Pero resulta que llega alguien y disemina una infección vírica en la población (o una droga en el agua o en el aire) que tiene el efecto de cambiar la orientación sexual de la gente. Y debido a los efectos de ese virus o droga todos los hombres y mujeres se vuelven homosexuales. Yo os pregunto: ¿qué creéis que pasaría con la violencia que existe actualmente contra las mujeres? ¿Seguiríamos teniendo unas 50 mujeres asesinadas al año por hombres debido al machismo rampante en la sociedad? ¿O lo que tendríamos serían mujeres y hombres asesinados por sus parejas mujeres y hombres homosexuales? Mis dos céntimos van a que las mujeres convivirían con otras mujeres y  los problemas los tendrían con ellas, no porque son mujeres sino porque son sus parejas sexuales y románticas. Y los hombres tendrían problemas con sus parejas masculinas no porque son hombres sino porque son sus parejas sexuales y románticas. Os recuerdo que lo único que habíamos cambiado es la orientación sexual de la gente y no la cultura, ni la educación ni su socialización. Dadle una vuelta.

Recapitulando, esta nueva política del CGPJ va a coger una teoría- que es la de que la violencia de pareja se debe a la socialización exclusivamente- que no sirve para explicarnos la violencia a nivel de parejas y la va a extender para explicar, comprender o juzgar otro tipo de violencias en general. Como decía, creo que si no se tiene muy claro lo que se va a hacer es un error y un potencial desastre.

Dice Upton Sinclair en la cita que he puesto de cabecera que no podemos pretender que un hombre entienda algo cuando su sueldo depende de no entenderlo. De igual manera, no podemos pretender que el feminismo (me refiero al hegemónico social y políticamente, no al feminismo de igualdad) entienda algo cuando su poder e influencia depende de no entenderlo. Potenciar una teoría de la que algunos están absolutamente seguros (que la violencia de pareja y otras se deben al machismo), teoría de la que muchos datos científicos nos dicen que simplemente no es así, no va a solucionar ninguno de los problemas que tenemos y va a generar más  confusión y enfrentamiento. Hay que decir que el emperador de la violencia machista está científicamente desnudo. Dicho queda.


@pitiklinov

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sábado, 27 de enero de 2018

No somos tan crédulos como se piensa

En esta entrada voy a comentar un par de artículos que coinciden en plantear algo que en principio suena contraintuitivo. ¿Somos fácilmente influidos por lo que nos dice la gente? ¿Aceptamos los mensajes que nos llegan incluso si son perjudiciales para nosotros? ¿Creemos fácilmente a las figuras de autoridad? Mucha gente, desde filósofos de la antigüedad a psicólogos modernos, cree que la respuesta es sí. Pero, aunque el tema es debatible, según los autores de estos dos artículos, los datos parecen indicar que no es así, que no somos tan crédulos. Conocer la evidencia disponible sobre este tema tiene repercusiones sobre la adopción de determinadas políticas, por ejemplo en Facebook u otros lugares, en relación a la libertad de expresión, como ahora veremos.

El primer artículo es de Gordon Danning, de la organización FIRE, en Quillette. Aunque es un artículo divulgativo está referenciado y bien argumentado. El punto que quiere transmitir es que los discursos que fomentan o incitan al odio no causan directamente el odio y la violencia por cambiar las creencias de la gente. Parece lógico pensarlo así pero si nos paramos a analizarlo no es muy creíble que odiemos a otras personas y las ataquemos simplemente porque hemos sido expuestos a ese discurso. Gordon trata con más detenimiento el papel que jugó la radio en el genocidio de Ruanda, que se ha dicho que fue esencial, y cita artículos y fuentes que refutan el papel directo de la radio sobre las creencias de la gente. Para empezar, el ambiente previo al genocidio no era de armonía y paz ni fue la radio la que creó el odio a partir de la nada. Por otro lado hay estudios (no limitados a Ruanda) que no encuentran relación de la radio con asesinatos. Lo que sí hizo la radio es ayudar a coordinarse a todos los que estaban dispuestos a participar en los asesinatos. Llegó hasta el punto, según parece, de decir a quién matar y dónde. Por ello, los directivos de la cadena fueron condenados, pero por esos actos delictivos concretos y no por un discurso “general de odio”. A pesar de lo que creemos, hay poca evidencia de que la propaganda nos haga cambiar de ideas. Lo que sabemos es que es efectiva con los que ya están convencidos pero que puede ser contraproducente incluso con los rebeldes a la ideología que difunde esa propaganda. De esto hablaremos luego.

Pero Gordon reconoce que la investigación indica que hay una importante diferencia entre el discurso del odio del gobierno o de las élites y el discurso del odio de un particular. El discurso del odio “oficial” sí es muy peligroso porque legitima el recurso a la violencia, hace pensar a la gente que si actúan con violencia no va a pasar nada porque el gobierno lo apoya. También intimida y atemoriza a los que piensan diferente y puede conseguir su silencio evitando que reaccionen. También genera lo que se llama la falacia del consenso, la creencia de que nuestras  opiniones  y creencias son las apoyadas por la mayoría. Este discurso sí es peligroso. Pero, según Gordon, no hay datos de que el discurso de un ciudadano particular sea igual de peligroso. Por eso, opina que medidas como que Facebook o Twitter censure la opinión de gente corriente no sirve de nada y puede ser contraproducente, incluso, al hacer pensar a esta gente que son una minoría perseguida y que están por tanto justificados  en usar la violencia para ser oídos.

El segundo artículo es un artículo reciente (lo cita Gordon) de alguien al que ya hemos traído a este blog, Hugo Mercier, a propósito de su libro, el Enigma de la Razón, con Dan Sperber. Este es un artículo académico profundo y extenso del que voy a extraer algunas ideas. Lo primero que hace Mercier es demostrar que la creencia general es que somos unos crédulos a los que demagogos y otras personas pueden fácilmente engañar. Empieza por la antigüedad pero dice que esta visión se expande y articula en el siglo XIX con las ideas de Marx y Engels de que “las ideas de las clases dominantes han sido en toda época y lugar las ideas dominantes”. En la Edad Media se supone que los campesinos aceptaron las ideas religiosas y los valores feudales de sus opresores. Tras la revolución industrial, los trabajadores aceptaron los valores capitalistas y burgueses de sus explotadores. La “tesis de la ideología dominante” se ha usado también para explicar la aceptación del sistema de castas de la India. La visión feminista sobre el Patriarcado sigue las mismas premisas. En todos estos casos los grupos subordinados parece que son ingenuos y crédulos y se supone que “interiorizan” valores que no sirven precisamente a sus intereses.

Afinando un poco más, La visión imperante de que somos unos crédulos fácilmente influenciables asume estos presupuestos, o tiene estas tres características:

1- La credulidad está muy extendida, la gente acepta fácilmente mensajes que no tienen fundamento

2- La credulidad se aplica a creencias costosas, es decir, ideas o conductas que tienen un gran coste para el sujeto, como comprar productos caros, actos de rebelión, rituales costosos, etc. No es lo mismo que nos cuenten que hay un planeta más en el sistema solar que no conocíamos y que no sea cierto a cambiar de creencias políticas o religiosas. 

3- La credulidad, la aceptación de la ideología que se difunde, se debe a la acción de la fuente que la emite. Es decir, la causa de que cambiemos de creencias son las figuras de autoridad, los líderes religiosos, los medios de comunicación, los demagogos, los programas de TV, las celebridades, etc. 

Esta visión y estos presupuestos teóricos son los que combate Mercier. Y empieza por sugerir que debemos dudar de esta visión a poco que apliquemos la lente evolucionista a la misma. Desde un punto evolucionista, que fuéramos tan crédulos e influenciables no tiene lógica. La comunicación entre dos sujetos solo puede ser evolucionistamente estable si beneficia al emisor y al receptor. Si los emisores no se benefician dejarían de emitir y si los receptores no se benefician dejarían de recibir. La credulidad implica costes graves para el receptor, porque acepta una información errónea o engañosa contraria a sus intereses. En la medida en que la comunicación es adaptativa, los humanos no deberían ser crédulos por defecto. Al contrario, deberían discriminar hábilmente entre información perjudicial e información beneficiosa. Los mecanismos que realizan esta función de filtrado de la información para que no nos engañen se han llamado mecanismos de vigilancia epistémica. Y que seamos unos crédulos no es, de entrada, una cualidad de un buen sistema de vigilancia epistémica.

El artículo de Mercier tiene dos partes. En la primera parte revisa toda la evidencia sobre el funcionamiento del sistema de vigilancia epistémica de la que disponemos gracias a estudios de laboratorio. En la segunda parte sale del laboratorio y revisa estudios históricos y de ciencias sociales. Señalo solo algunas cosas. 

Un aspecto interesante del sistema de vigilancia epistémico (informativo/conocimiento) es el llamado chequeo de verosimilitud (plausibility checking) en el que merece la pena que nos detengamos un momento. Se tiende a creer que, dado que en general la información que nos transmitimos es principalmente verdad, deberíamos tener un sistema cognitivo que se basara, por defecto, en la confianza. Este mecanismo aceptaría de entrada la información comunicada y luego más tarde se revisaría, si es necesario. Pero no es así como funcionamos y la razón es que un sistema de este tipo sería fácilmente manipulable y sometido a abusos. Dado que la gente se cree todo pues voy a contar mentiras y para cuando se den cuenta yo ya me he beneficiado. Y no funcionamos con ese sistema porque usamos nuestro conocimiento anterior para evaluar el que vamos recibiendo, eso es el chequeo de verosimilitud.  Si la información que me comunican no es compatible con mi conocimiento previo (como os puede estar pasando ahora mismo a los que estáis leyendo esto dado que os cuento unas cosas que no son las que habéis oído previamente sobre este asunto) yo voy a rechazar esa información ya de entrada, en tiempo real.

Puede haber cosas sobre las que yo no tengo un conocimiento o unas creencias previas. Si me dicen que en el lenguaje Hopi estrella se dice “monishna” pues probablemente de entrada me lo voy a creer, pero en las cosas importantes de la vida para mí (en las que tengo “skin in the game” que dice Taleb) es muy poco probable que no tenga referencias previas. Así que es muy difícil que tengamos un sesgo de exceso de confianza es temas realmente serios para nosotros. Es totalmente lógico la diferencia entre percepción e información recibida de otra persona. Imaginad que María le dice a Juan que hay un elefante en el jardín. Si Juan ve con sus ojos el elefante (puede haberse escapado de un zoo) lógicamente lo va a creer. Pero si viven en Avila, donde nuestro conocimiento previo dice que no hay elefantes, pues esa comunicación inconsistente con nuestra información acumulada  no va a hacer que la revisemos (cosa que sí haría una percepción).

Mercier dedica un espacio a tratar los famosos experimentos de conformidad de Asch o los de obediencia de Milgram. Simplemente señalaré que en los de Asch el sujeto no cambia de creencias sino que se las calla para conformarse y seguir al grupo. En los de Milgram hay análisis donde se ve que cerca de la mitad de los participantes no se creen que el cebo reciba realmente los shocks y solo un 27% creen firmemente al experimentador. Además muchos utilizan técnicas para evitar hacer lo que se les pide. Por último, es crucial que los sujetos del experimento no están sometiéndose a cualquier autoridad sino a la autoridad de la ciencia (el experimento se realizó en la universidad de Yale). Cuando se han repetido estos experimentos fuera de la universidad, en ámbitos menos “científicos”, el sometimiento a la autoridad ha sido menor. Esto quiere decir que tener una especial consideración con la ciencia puede ser racional hasta cierto punto.

Como decía, Mercier revisa datos procedentes de contextos que no son solamente estudios de laboratorio. Los puntos que él defiende son los siguientes:

  • La información comunicada influye menos de lo que sugiere nuestra visión de que somos unos crédulos.
  • la información comunicada es menos perjudicial de lo que sugiere la hipótesis de la credulidad.
  • Cuando realmente la información nos hace cambiar de creencias eso se debe al contenido de la información y no a las fuentes.

Vamos a ver el último punto con más detalle con el ejemplo de los demagogos y su carisma. Se suele atribuir el éxito de los demagogos a su carisma, a las extraordinarias cualidades que tiene una determinada persona que consiguen que arrastre a las masas. La realidad, según Mercier, es que los demagogos no son exitosos porque sean carismáticos sino que se convierten en carismáticos porque tienen éxito, es decir, porque ponen voz a deseos y creencias existentes previamente en la población. Hay ejemplos de muchos líderes que no fueron considerados carismáticos hasta llegar al poder y para llegar al poder tuvieron que adaptar su retórica a los intereses de las audiencias. El mismo Hitler en su ascensión se vio obligado a poner más énfasis en el anticomunismo que en el antisemitismo. Así que los demagogos no deben su éxito a sus cualidades personales sino a los mensajes que proponen. 

Y llegamos al anticipado tema de la propaganda. La evidencia que revisa Mercier sugiere que la eficacia de la propaganda es muy limitada. Por ejemplo, la propaganda nazi falló en muchas cosas, como en que la gente aceptara la eutanasia de los discapacitados o en que los alemanes fueran optimistas en cuanto al resultado de la guerra (avanzada la campaña). Pero, además, si no falló más veces es porque se adaptaba el mensaje a la anticipada reacción de la población. El partido comunista con Stalin, por ejemplo, cambió del internacionalismo al patriotismo. Todo esto sugiere que el éxito de la propaganda no se debe a sus métodos (dominio de los medios, repetición, argumentos falaces…) sino en gran medida al encaje de sus mensajes con las creencias preexistentes en la población. La propaganda sí es eficaz , como dice Kershaw, para construir sobre consensos previos, para confirmar o promover valores existentes o para potenciar prejuicios, pero no crearía esas cosas de la nada. Un tema que se ha estudiado es el de las creencias antisemitas en Alemania que evidentemente eran previas a los nazis. 

Todo esto es importante a la hora de tomar medidas o enfrentarnos a unas creencias perjudiciales. Si atacamos a la fuente pensando que eso va a solucionar el problema estaremos condenados al fracaso porque lo que deberíamos intentar es atacar el contenido y las creencias extendidas en la población y no a un líder o portavoz de esas creencias. Esto vale igual para LePen, Trump o cualquier líder populista de derechas o de izquierdas. No son ellos el problema sino el caldo de cultivo de creencias en la población del que se alimentan (el problema es cómo podemos intentar ese cambio de creencias si estamos sosteniendo en esta entrada precisamente que la educación y la propaganda son muy poco eficaces :) ).

Para terminar, una pregunta: si la gente no es tan crédula, sobre todo en cosas importantes que tienen un coste para ellos, ¿por qué creemos lo contrario? Una primera explicación tiene que ver con la atribución causal. Cuando vemos que una creencia es propagada por una figura prestigiosa, y mucha gente apoya esa creencia, es natural deducir que la figura causó el apoyo. Como hemos comentado, normalmente es al revés. Una prueba de que la causalidad va en la dirección contraria es que cuando prestigiosas figuras defienden creencias impopulares no consiguen que se difundan e incluso corren el riesgo de convertirse en impopulares (aunque se apoyen en un poderoso aparato de propaganda). Un segundo factor es que creer en la credulidad de la gente es una explicación sencilla para entender por qué nuestros rivales piensan de otra manera. Lo achacamos a que les han lavado el cerebro determinadas fuentes, la prensa que leen o la TV que ven, y a correr. Un tercer mecanismo es que es más visible la aceptación de información que las veces en que no cambiamos de opinión y somos conservadores. Por último, creer en la credulidad de la gente es útil políticamente. Defender que la gente es crédula es un argumento conveniente contra la democracia y contra la libertad de prensa y de expresión, una excusa par ir contra todo ello, como nos recordaba Gordon en el primer artículo que comentábamos.

En fin, un tema con muchos matices y aristas que se presta a un profundo debate. Como en todos los aspectos de la vida, las cosas no son blancas o negras y hay muchos grises. Podemos encontrar ejemplos que contradicen todo lo comentado por Gordon y Mercier pero hay muchos datos históricos que les dan la razón y si reflexionamos sobre nuestra experiencia diaria es evidente que no es fácil conseguir que cualquiera de nosotros cambiemos de opinión. Hemos hablado mucho de ello en este blog. Lo que sí es claramente más fácil es conseguir que la gente tenga miedo y se calle, pero eso es otra cuestión.

@pitiklinov

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sábado, 20 de enero de 2018

Dominancia y Prestigio, dos formas de subir en la jerarquía.

La jerarquía es ubicua en todos los grupos humanos. A lo largo de la historia, un número pequeño de gente en la cima de la misma ha disfrutado de los beneficios que conlleva un alto rango social (más recursos, autonomía, salud, felicidad y bienestar) mientras un gran número de gente se ha visto privada de esos beneficios. Consecuentemente, se ha igualado el deseo por un alto rango social a otras necesidades fundamentales como la necesidad de pertenencia social.

Un tema de investigación reciente que han trabajado fundamentalmente los psicólogos evolucionistas es la distinción entre dos tipos de estrategias diferentes para navegar las jerarquías sociales: la dominancia y el prestigio. Aunque las dos estrategias buscan conseguir un mayor rango social, hay claras diferencias entre ellas. En psicología social se ha hablado de liderazgo y de jerarquía pero son las teorías evolucionistas las que han distinguido estas dos estrategias lo que nos ayuda a entender mejor cómo regula la gente su lugar en la jerarquía y cuáles son las raíces ancestrales de las mismas. Este tema ya lo tocamos lateralmente cuando hablamos de la evolución del orgullo.

La dominancia y el prestigio reflejan distintos patrones de conducta cuyo fin es ayudar a la gente a ascender de rango social, definido éste como una elevada capacidad de influencia social. La dominancia es filogenéticamente una estrategia más antigua que compartimos con otras muchas especies. La mayoría de las jerarquías animales se regulan por la dominancia, de manera que los individuos alcanzan rango social en base a su tamaño, fuerza y capacidad para intimidar. Los más grandes y fuertes utilizan la conducta agonística, competitiva, para ascender de rango mientras los débiles y menos asertivos se quedan en los escalones inferiores. Entre chimpancés, por ejemplo, hay una marcada jerarquía y el macho alfa domina a sus subordinados por el miedo, la intimidación y la agresión directa. La dominancia a veces implica crear coaliciones para vencer al individuo en el poder pero estas coaliciones son cambiantes según las circunstancias e intereses. En la dominancia el rango social no lo conceden los demás libremente sino que se toma y se mantiene por el uso de la fuerza y la coerción.

En el caso del prestigio, por contra, el rango social es otorgado libremente. El prestigio implica mostrar cualidades y conocimiento que el grupo valora  lo que lleva a ser admirado y respetado y, en última instancia, a alto rango social. Comparado con la dominancia, el prestigio es más maleable porque las cualidades y conocimientos que los demás valoran  varían entre grupos y culturas. Por ejemplo, la inteligencia puede conferir prestigio en el mundo de la academia mientras que la fuerza o habilidad física puede darnos también prestigio en el mundo del deporte. Los individuos que tiran por la vía del prestigio suelen ser más amables y se preocupan más por el bienestar del grupo y de sus miembros. El prestigio es una estrategia filogenéticamente más reciente y, aunque se puede discutir si existe en animales, podemos afirmar que es propiamente humana porque aparece tras la llegada de la cultura. 

Aunque las dos estrategias sirven para conseguir rango social, la propensión a usar una u otra varía entre los individuos y también es posible usar las dos según las circunstancias. Pero hay datos de que las dos estrategias se caracterizan por diferentes rasgos de personalidad. Las personas que usan la dominancia son relativamente agresivos, desagradables, manipuladores y puntúan alto en la tríada oscura (maquiavelismo, narcisismo y psicopatía). Los que utilizan el prestigio puntúan más alto en autoestima, agradabilidad, necesidad de afiliación, monitorización social, responsabilidad y miedo a una evaluación social negativa. La dominancia y el prestigio también se corresponden con diferentes tipos de emociones. La dominancia se asocia con sentimientos de arrogancia, superioridad y vanidad mientras que el prestigio se asocia a sentimientos de orgullo por lo conseguido pero sin sentido de superioridad o arrogancia. Otra emoción que las distingue es la humildad, el prestigio se asocia con humildad. Por todo ello, no sorprende que la gente con prestigio es más querida que la gente dominante.

En cuanto a los correlatos fisiológicos de la dominancia y el prestigio los datos son muy limitados. Algunos hallazgos ligan la dominancia a la testosterona, aunque no siempre se ha encontrado relación entre ambas. Lo que también parece encontrarse es una relación negativa entre testosterona y prestigio lo que es consistente con la hipótesis de que el prestigio se asocia a restar importancia a la agresividad y la competitividad. Se ha hablado de que la testosterona está ligada al uso de dominancia pero no al lugar en la jerarquía, de que  ciertos rasgos faciales -como una cara más ancha- se asocian a dominancia, de que la dominancia se asocia a bajar el tono de voz y a poses expansivas, pero la verdad es que la literatura sobre los aspectos fisiológicos de la dominancia y el prestigio es muy pobre.

La gente dominante tiende a ser calculadora y ver a los demás como aliados o como enemigos, como gente que les va a ayudar o estorbar para conseguir sus fines. Tienen sed de poder porque eso les da el control de los recursos y así pueden coaccionar a otros con castigos o recompensas. Cuando se les pone en posición de liderazgo, buscan asegurar su poder aunque ello signifique sacrificar el bienestar del grupo. Por ejemplo, si les sirve para proteger su poder no compartirán información con otros miembros del grupo y se la guardarán para ellos mismos. Estos líderes dominantes ven a los individuos con talento como potenciales amenazas y les degradarán o les controlarán. En un experimento, los líderes dominantes rebajaron de categoría a un grupo con talento y eligieron en su lugar a un grupo incompetente que no suponía una amenaza para ellos. También tienden a aislar a sus subordinados y a impedir vínculos entre ellos porque las alianzas entres subordinados son vistas como potenciales amenazas. Los líderes con prestigio no muestran estas conductas que dañan al grupo sino que, al contrario, tienden a priorizar el bien del grupo y aumentan las relaciones entre subordinados. También mantienen buenas relaciones con los demás porque esas relaciones son la base de su respeto y su admiración. 

La conducta negativa y antisocial de los líderes dominantes es moderada por dos tipos de situaciones. Cuando se les garantiza la seguridad del poder entonces sí tienden a priorizar el bienestar del grupo. Y también disminuye esta conducta negativa cuando hay competición con otros grupos. Cuando su grupo compite con otro grupo externo hasta los líderes dominantes prefieren el éxito del grupo que su propio poder personal. De hecho, en tiempos de conflicto con otros grupos la gente prefiere líderes dominantes porque se les ve como apropiados para resolver esos conflictos competitivos. A lo largo de la historia, la competición con otros grupos ha implicado lucha física y necesidad de agresividad y dominancia y en estas situaciones el prestigio se ve incluso como algo negativo, lo de ser altruista por ejemplo podría minar los intereses del grupo. 

Más allá de estas distinciones que hemos señalado hay mucho que investigar con respecto a estas dos estrategias, como los diferentes mecanismos cognitivos implicados, qué factores hacen que una persona elija una u otra, las relaciones entre ambas (por ejemplo, alguien podría usar dominancia para ascender y esto podría ganarle respeto, y al revés) o la diferente orientación en el tipo de estrategia de ascensión en la jerarquía que usan hombre y mujeres. También sería muy interesante estudiar la psicología de los seguidores.  Mientras que el prestigio da lugar a aprobación social, la dominancia da lugar a sumisión. Habría que estudiar sistemáticamente a los seguidores tanto de líderes dominantes como con prestigio. 

En cualquier caso, es interesante distinguir entre dominancia y prestigio para entender los motivos, cogniciones y conductas implicadas en las jerarquías sociales. Aquí tenéis una tabla con un resumen de las características de ambas:



@pitiklinov

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domingo, 14 de enero de 2018

La Reciprocidad Indirecta

(Publicado originalmente en la Nueva Ilustración Evolucionista el 19-9-2017)

A la hora de explicar la aparición del altruismo desde un punto de vista evolutivo se suele hablar de Hamilton y de la inclusive fittness y de Trivers y de su altruismo recíproco pero se menciona mucho menos a otro autor, Richard Alexander, y su concepto de reciprocidad indirecta. En su libro de 1987, Biology of Moral Systems, el concepto de reciprocidad indirecta juega un papel estelar. Alexander afirma que los sistemas morales son sistemas de reciprocidad indirecta y que los sistemas de reciprocidad indirecta se convierten automáticamente en sistemas morales (hay que decir que Alexander se refiere con sistemas morales a guías para la acción o estándares de conducta y no se refiere a moralidad en un sentido más amplio).

Reciprocidad indirecta es aquella en la que la recompensa, pago o devolución por un favor que ha sido realizado a otro individuo no le llegará al sujeto que ha realizado el acto de ayuda de parte del individuo que se ha beneficiado de ella sino de una tercera persona o de la sociedad en su conjunto. Es decir, A ayuda a B pero no es B el que devuelve el favor sino C que ha observado cómo A ha ayudado a B. La reciprocidad directa (el altruismo recíproco de Trivers) se basa en el principio “yo te rasco la espalda y tú me la rascas a mí”, la reciprocidad indirecta es más bien “yo te rasco la espalda y tú se la rascas a otro” o “yo te rasco la espalda y otro me la rascará a mí”. Como casi todo en evolución, este concepto ya fue intuido por Darwin en el Origen del Hombre cuando dice: “los motivos del hombre para ayudar no consisten sólo en un impulso instintivo ciego sino que es muy influenciado por la alabanza o culpa de sus semejantes”.

La reciprocidad indirecta es un sistema más sofisticado porque se basa en dos aspectos muy importantes: la reputación y la transmisión de información social, ambos relacionados. En un grupo es importante saber con quién puedes cooperar y quién te puede engañar y no devolverte los factores. Y todos van a querer elegir como compañero a los que tienen buena reputación, a los que sabemos que han sido buenos cooperadores en el pasado, y van a evitar interacciones futuras con los explotadores. Los que nunca ayudan no recibirán ayuda. Esto da lugar a una situación en la que todos los miembros del grupo están monitorizando (escrutinio moral, dice Alexander) constantemente y valorando las interacciones que tienen los demás y transmitiendo esa información fundamental para tomar decisiones en el futuro por medio del cotilleo. Un sujeto puede conocer sus propias interacciones con los demás y recordar quién se ha portado bien con él y quién no, pero no puede observar todas las interacciones que tienen lugar entre los otros miembros del grupo. Por eso el cotilleo es esencial. Y conviene recordar que según Dunbar la fuerte necesidad de intercambiar información acerca de los demás (de cotillear) es la mayor presión selectiva para la aparición del lenguaje. Como dice Haigh de forma muy acertada: “para la reciprocidad directa necesitas una cara, para la reciprocidad indirecta necesitas un nombre”.

Hay que decir que Alexander se suma con estas ideas a una visión del ser humano como fundamentalmente egoísta, es decir, actos que aparentemente son altruistas no lo son tanto porque llevan implícita una ventaja para el actor aunque se materializará más adelante. Son actos egoístas en última instancia. Un gran número de experimentos económicos han mostrado que los humanos son muy propensos a implicarse en la reciprocidad indirecta y se ha visto que los que ayudan a otros son ayudados por terceras personas. Y también se ha visto que si uno sabe que se va a informar a los demás de cómo se comporta y que su actuación va a ser conocida, entonces es mucho más altruista. En este contexto, la ayuda no es un acto altruista sino una inversión en el capital social que es la reputación.

El caso es que este sistema va catalogando a los individuos en “malos” y “buenos” y un aspecto interesante es que el que no ayuda es considerado malo salvo que la persona a la que no ayuda esté ya etiquetada como mala. Si alguien está catalogado ya de malo, y eso es conocido por todo el grupo, entonces no ayudar a esa persona concreta no será considerado como un mal acto. Pero esto requiere que esa información sea conocida por todos, es decir que ese sujeto tenga una mala reputación en el grupo. También señala Alexander un matiz importante de la psicología moral humana, a saber, que los seres humanos tienden a decidir que la persona es buena o no según los actos y que no tendemos a pensar que alguien puede ser bueno en una situación y malo en otra. Es decir, atribuimos con más facilidad la virtud a la persona y consideramos que la virtud es un atributo de la persona más que pensar que la virtud es un atributo de los actos o de las decisiones (ya se sabe: si matas un perro, mataperros).

Otro aspecto es que las interacciones negativas también pueden ser reciprocadas, la retaliación es también una forma de reciprocidad. La gente tiene una gran propensión a castigar a los engañadores o explotadores. Muchas personas están dispuestas a correr con costes personales para castigar a los que rompen las normas incluso cuando a ellos no les afecta directamente lo que ha hecho esa persona, sino que simplemente lo han observado. Así que la reciprocidad indirecta implica tanto ayudar a alguien que hemos visto que ayuda como castigar a alguien que hemos visto que engaña.

Hasta ahora hemos hablado de reciprocidad y recompensas entre individuos. Pero decíamos al principio que en muchas ocasiones los que devuelven los favores son grupos de individuos o instituciones. De hecho, la mayor parte de los castigos son aplicados por instituciones. Las instituciones son herramientas que permiten a las comunidades proveer incentivos positivos y negativos. 

Otro aspecto en el que entra Alexander es en el de la selección de grupo. Comenta que el beneficio de los actos de reciprocidad puede ser únicamente el éxito del grupo. Alexander ve la moralidad como cooperación dentro del grupo en el contexto de competición con otros grupos. La letal competición entre familias, bandas y tribus sería la principal fuerza selectiva que habría modelado la evolución humana. En este contexto, los individuos tienen que equilibrar su bienestar dentro del grupo con el bienestar del grupo porque si desaparece el grupo desaparecen los individuos de ese grupo. Es sabido que Darwin tiene un famoso párrafo hablando de la selección de grupo: “No hay duda de que una tribu que incluya muchos miembros que estén dispuestos a ayudar al otro y a sacrificarse por el bien común saldría victoriosa sobre el resto de tribus; y eso sería selección natural”. También dice Darwin: “el que esté dispuesto a sacrificar su vida no dejará descendencia que herede su noble naturaleza. Por lo tanto parece poco probable (teniendo en cuenta que no hablamos aquí de una tribu que resulta victoriosa sobre otras) que el número de hombres dotados con esas virtudes pudiera aumentar por selección natural”. Si nos fijamos en el paréntesis, vemos que Darwin si cree que la competición entre grupos podría explicar la aparición de conductas altruistas. De hecho, los mejores ejemplos de altruismo ocurren en la guerra y es sabido que los mayores actos de solidaridad ocurren cuando una sociedad se ve amenazada desde el exterior. Sin embargo, hay que destacar que el modelo de reciprocidad indirecta funciona en poblaciones que o están en competición con otros grupos.

Bueno, hemos comentado algunos aspectos del concepto de reciprocidad indirecta de Alexander   que está recibiendo una atención cada vez mayor por los economistas, precisamente por el auge de Internet. Hoy en día son cada vez mayores las interacciones puntuales entre desconocidos (compras, e-comercio, etc.) y curiosamente se basan también en mecanismos de reputación (se puntúa habitualmente a los vendedores o agentes que interactúan en estas webs)  de una forma similar a la que se utilizaba con el boca a boca y el cotilleo en las sociedades de cazadores recolectores. Y de la necesidad humana de señalar lo buenos que somos y de castigar a los que realizan alguna mala acción ya ni hablamos. Para escrutinio moral el de Twitter donde sólo hay que ver los linchamientos que ocurren continuamente. Además, estamos asistiendo a una novedad que es la implicación de una institución que anteriormente no se consideraba parte de la administración de la justicia: las empresas. Se ha puesto de moda que las empresas despidan a los empleados que dicen alguna inconveniencia en las redes sociales y la justificación parece ser precisamente que la actuación de sus empleados no manche la reputación de la empresa.

@pitiklinov


Referencia:




jueves, 11 de enero de 2018

El miedo a lo impredecible

Circula por ahí la idea de que el temor que le tenemos al terrorismo es irracional ya que no se corresponde con el número de muertes que origina. El tema se aborda por ejemplo en esta web donde se hacen eco de un gráfico del Sistema Nacional de Salud británico con las principales causas de muerte y sus cifras, que es muy impactante, porque las cifras de muertos por terrorismo son insignificantes:




Las explicaciones que se dan para este miedo suelen hacer referencia a que la mente humana calcula mal las probabilidades, que no somos racionales y nos dejamos llevar por las emociones y demás. Scott Alexander en su blog Slate Star Codex aborda el problema de otra manera (aprovecho para recomendar encarecidamente este blog). Nos pone un ejemplo de un argumento extremo, similar al del gráfico anterior, que encontró en una web: muere más gente aplastado por muebles, como una televisión inestable o un armario que por actos terroristas:



Pero nos cuenta que la réplica a ese gráfico anterior la encontró por Twitter (Twitter también tiene cosas buenas) donde alguien retocó el gráfico de la siguiente manera:


Visto así las cosas empiezan a tener otro aspecto. Si en vez de tomar la fecha del gráfico a partir del 11 de Septiembre de 2001 empezamos desde el 10 de Septiembre e incluimos el atentado a las torres gemelas los números cambian de forma importante. Habrá quien diga que el atentado de las torres gemelas es un hecho excepcional, un valor atípico que no debe ser incluido. Pero hay cosas en la vida donde precisamente lo atípico es lo que importa. Nadie predijo el atentado de las torres gemelas y, de la misma manera, nadie puede asegurar que no nos espera en el futuro un ataque terrorista con armas químicas o incluso con armas nucleares. Como dice Alexander, con su típico humor, después de un hipotético ataque nuclear de ISIS en Londres en 2020 volverían a aparecer páginas similares a las comentadas que dirían cosas como: “Después del ataque del ISIS contra Londres del 2020, que generó 4 millones de muertos, el terrorismo mata al año menos que las cabeceras de cama”.

El meollo del asunto es que el terrorismo produce cisnes negros y el mobiliario casero no, el primero es impredecible y el segundo no tanto, es poco probable un apocalipsis provocado por muebles. Como explica Taleb en su estupendo libro, si yo trabajo de obrero en una cadena de montaje mis ingresos van a ser constantes toda la vida (y escasos) pero si me dedico a escribir libros puede que me ocurra el milagro (un cisne negro), como fue el caso de J.K. Rowling que de estar en el paro se convirtió en la primera o segunda persona más rica del Reino Unido (aunque también hay más probabilidades de que los escritores se mueran de hambre). 

Así que es verdad que deberíamos tener más miedo a peligros de la vida diaria como meternos en la ducha. Probablemente el baño de una casa es un lugar más peligroso que un avión. Pero tampoco hay que concluir que tener miedo a lo imprevisible es irracional.

@pitiklinov