Colaboración de Juan Medrano
Reconocido experto en los efectos de las hormonas sobre la
conducta y director del Laboratorio de Neurobiología y Conducta de la
Universidad Rockefeller, Donald W Pfaff (1939) defiende en “The altruistic brain: How we are naturally
good” la tesis que el ser humano es buena gente por naturaleza, hasta el
punto de que la respuesta conductual por defecto es la respuesta moral, de
ayuda, solidaridad y apoyo. Pfaff plantea que esta respuesta moral no se
calcula, no es racional, sino más cercana a lo emocional y a lo automático,
porque nuestro cerebro viene de serie altruista, preparado o cableado para el
comportamiento moral, al estilo de la preparación que según Chomsky trae de
fábrica para la gramática.
La especie humana es la especie cooperadora por naturaleza.
Pero además, puede contribuir a la disposición a la conducta moral la
importancia que en las sociedades humanas y primates en general tiene la
reputación de cada individuo, como se demuestra en la obra de De Waal, por
ejemplo. Ayudar a los demás favorece el establecimiento de alianzas y refuerza
la posición y la imagen de cada cual, al tiempo que si invocamos la idea de la
selección por parentesco, en la medida en que los grupos que practican la
solidaridad y el apoyo hay genotipos compartidos se beneficiarán de conductas
que favorezcan la supervivencia del mayor número posible de sus miembros. El hecho
de que la solidaridad y la compasión son consustanciales a nuestra especie
cuenta, asimismo, con un creciente refrendo arqueológico, con el hallazgo del
cuidado con que se enterraba a niños en un yacimiento austriaco, hace más
de 25000 años, los indicios sólidos de la supervivencia
y el especial rito funerario destinado a otro menor con un importante
traumatismo craneoencefálico en Israel o los aún más remotos del apoyo
a niños con discapacidades importantes en Atapuerca. La antigüedad de estos
hallazgos sugieren que la capacidad de conmoverse y el impulso a la solidaridad
son en el ser humano más un factor intrínseco de la especie que un añadido
cultural.
Para Pfaff son de importancia habilidades generales de
nuestra especie que tienen su trasunto en la actuación moral: anticipación de
consecuencias, capacidad para enjuiciar y posibilidad de elegir entre
alternativas. Cita a Hoffman para referir al elemento más filogenético y
evolutivo de estas capacidades: “aunque
ningún primate contemporáneo parece tener sistemas morales como los nuestros,
sí poseen los ingredientes conductuales necesarios –apego, vinculación,
cooperación, abandono y detección de abandono, empatía- para lo que se ha dado
en llamar “sentimientos premorales”. El altruismo recíproco es una forma de
sentimiento premoral que requiere la capacidad de dar y aceptar beneficios,
previendo o anticipando el compromiso de devolución de la ayuda”.
Gran parte del libro que comentamos se dedica a la
presentación de su teoría de cerebro altruista, junto con sus bases
neurofisiológicas. Para nuestro autor, la decisión moral de ayuda sigue cinco
pasos, cada uno de los cuales estaría sustentado por mecanismos identificados
en el cerebro para habilidades o funcionamientos más generales. El primer paso
consiste en la representación o
simulación mental de la acción necesaria (ayudar a una persona necesitada
porque, pongamos como ejemplo, se encuentra en peligro). El segundo paso es la percepción de la persona que será
objeto de la conducta altruista. Cuando el actor no se encuentra frente a esa
persona (por ejemplo, cuando se entera de que hay alguien en una situación
comprometida a una cierta distancia) la percepción se consigue bien mediante la
visualización mental de esa persona, si la conoce, bien mediante la de una
especie de “individuo genérico”, una imagen estándar del ser humano, como una
persona anónima que puede requerir apoyo (como víctima de un siniestro, de una
catástrofe natural). La consecuencia de esta doble vía de representación es que
nos movilizamos para socorrer o apoyar a alguien conocido que sabemos que está
en dificultades, pero también lo hacemos, con los matices que se quieran poner,
para contribuir a la ayuda internacional a las víctimas de un terremoto, y en
este segundo caso lo hacemos no porque conozcamos su nombre o sus rasgos, sino
porque son representadas en nuestra mente por la figura humana genérica.
El tercer paso, según Pfaff, es la fusión de la imagen del autor con la del objeto de la ayuda. Se debe
a un aumento de la excitabilidad neuronal cortical, de modo que la activación
de las neuronas que representan a la otra persona o al humano genérico
sufriente se excitan al tiempo las que representan al autor. Para esto existen
al menos tres mecanismos identificados. El primero es la reducción de la
inhibición cortical por disminución de la actividad de sinapsis inhibitorias;
uno se siente tentado a pensar que la clásica “exaltación de la amistad” que se
describe en la intoxicación por etanol tiene su origen en este mecanismo de
fusión por inhibición de la inhibición. El segundo es la activación de puentes
intercelulares (gap junctions) que
potencian la comunicación de modo que se comparte más información. El tercer
mecanismo que propone Pfaff es la acción excitatoria de la acetil colina.
También participarían en este tercer paso las neuronas espejo, que reflejan y
representan las acciones de los otros y son un mecanismo de identificación. En
situaciones en las que hay una intensificación de cualquiera de estos
mecanismos se produce una fusión de la información, de modo que, por ejemplo,
aumentan los errores en la discriminación de caras. En el marco de la teoría
del cerebro altruista, la existencia de estos mecanismos y la constatación de
sus efectos permiten plantear que es posible que el impulso de ayuda se deba a
que la diferencia entre autor (benefactor) y objeto (beneficiado) se difuminen
hasta prácticamente anularse. Dicho de otra manera, el actor, fusionado con la
persona a la que ayuda, estaría ayudándose en virtud de este paso que difumina
la diferencia y favorece la integración de los dos individuos a un nivel
neorofisiológico.
El cuarto paso es el que pone en marcha al cerebro
altruista, y consiste en la activación
del interruptor ético, por denominarlo de una manera operativa. Con este
paso, el actor se dispone a hacer lo que querría para sí. El principio de la
ayuda basada en dar o hacer lo que uno querría recibir o que se le hiciera es
universal, como plantea Pfaff. Hunde sus raíces en muchas tradiciones
filosóficas, culturales y religiosas y, por tanto, habla más de lo que es
humano “de serie” y nos viene dado que de lo que es adquirido a través de la educación,
la cultura o la religión de cada grupo. Lleva de la fusión - identificación del
paso previo a la empatía y, explica nuestro autor, puede vincularse a fenómenos
neurofisiológicos en los que la amígdala juega un papel importante. En tanto
que es así, en tanto que filogenéticamente antiguo y neuroanatómicamente
profundo, el acto altruista es más emoción que razón.
El quinto y último paso es la realización del acto. Pfaff remite a los mecanismos que ponen en
marcha la conducta motora, sin olvidar la valencia positiva (favorecedora de la
acción) o negativa (inhibitoria a través del asco moral) con que la carga la
actividad de la ínsula.
Para explicar el trasunto neurofisiológico (y por lo tanto
consustancial, y por lo tanto, seleccionado) Pfaff ofrece documentadísimas
observaciones sobre los mecanismos íntimos del altruismo, en los que –somos
mamíferos- la relación sexual (hormonas sexuales) o el vínculo maternofilial
(oxitocina) o la solidaridad de la pareja para sacar adelante a las crías
(hormonas sexuales y oxitocina) son la base para que impulsos más elementales y
orientados hacia la procreación, se extiendan al grupo de humanos.
Expuesta a grandes rasgos la teoría, merece la pena hacer hincapié
en algunos aspectos importantes, planteados por el propio autor en una serie de
capítulos que vienen a ser corolarios de la idea del cerebro altruista y sus
bases experimentales. También propondremos algunas ideas que Pfaff no
desarrolla pero que ciertamente podrían derivarse de su planteamiento de que el
ser humano tiende al apoyo y cómo se articulan los mecanismos que sustentan
esta tendencia.
![]() |
| Donald Pfaff |
-El paso 4 de la teoría, señala Pfaff nos explica por qué no
actuamos habitualmente mal contra los demás. No querríamos causarnos daño, por
lo que una vez fusionados con el objeto (paso 3) sería ilógico dañarlo. Por
otra parte, la valencia negativa de algunos actos impide el desarrollo de
conductas lesivas hacia otros.
-Igualmente, explica nuestro autor, su teoría permite
plantear una explicación para la sociopatía, que sería que en estos individuos
habrá defectos en al menos los pasos 3, 4 y 5
-El papel de la cultura, explica Pfaff, no queda excluido
por su teoría de la disposición innata a obrar moralmente. De hecho, ese papel
consistiría en la potenciación del altruismo innato. Si algo caracteriza al
cerebro es su plasticidad, que a su vez supone la modificación de sus
capacidades. Aunque el altruismo sea una capacidad innata y no algo que deba
infundirse, sí puede incrementarse, mejorarse, ampliarse. La práctica altruista
enriquece y fortalece los circuitos altruistas de la misma manera que hacer
pesas aumenta el volumen y la fuerza del bíceps. Una educación en valores, una
valoración (si vale el término) del altruismo, reforzará los comportamientos
solidarios y de ayuda.
-A la luz de la teoría de Pfaff tiene sentido la sugerencia de
Pinker en “Los ángeles que llevamos
dentro” acerca de la importancia de la literatura y en particular la narrativa
en el descenso de las conductas violentas en los últimos años. El autor
canadiense sugiere que la novela identifica al lector con los personajes, le
hace compartir emociones y por tanto empatizarlas y, en el contexto de la
teoría del cerebro altruista, aumentaría la disposición al paso 3 de la teoría.
Aquí se harían selectivamente pesas para la fusión con el objeto de la ayuda.
-También desde la perspectiva de Pfaff es posible encontrar
un especial sentido al mecanismo para disponer a cualquier ser humano hacia la
victimización de sus semejantes. Los ideólogos de los genocidios pueden ser
monstruos, pero los ejecutores de la monstruosidad suelen ser personal muy
vulgares que no serían activados por las consignas de sus líderes sin no se
produjera el paso previo de la deshumanización de las víctimas. Para ser exterminados,
los judíos, los bosnios, los armenios, los serbios, los croatas, los negros
africanos, los indígenas americanos, tuvieron que ser previamente ser vistos
como no-humanos por sus victimarios. El trabajo del líder malvado es convencer
a su masa de que nada tiene que ver con el colectivo al que se ataca. En
términos de Pfaff, la deshumanización es una abolición del paso 2 que impide
que se produzca el paso 3.
-En paralelo, esos líderes perversos buscan la consolidación
de la vivencia de pertenencia al grupo y la defensa colectiva e interindividual
frente a un exogrupo amenazante o presentado como tal. La base
neuroendocrinológica bien podría atribuirse a la oxitocina, una hormona que
dispone a la socialización y la ayuda intragrupo, y a la defensa de la prole (o
de los allegados, o de los comilitones, o de los compatriotas, o de los
correligionarios) contra el grupo extraño, externo, peligro potencial, para lo
que cada vez hay más apoyo científico, e incluso
antropológico.
![]() |
| Una visión optimista de la Oxitocina |
-La agresión sexual podría relacionarse con una “separación”
de la víctima: la mujer agredida se convierte en objeto sin derechos, se
deshumaniza. No es posible así identificación ni mucho menos fusión alguna, y
por tanto, no hay percepción de sufrimiento derivado de la violación.
-La idea de Pfaff de la importancia de la plasticidad cerebral
y la influencia de la educación, puede pensarse que es posible la generalización
del altruismo. Es decir, algo que trascienda el grupo íntimo y cercano, permitiendo
que el ser humano amplíe el concepto genérico de quién es su igual (paso 2), de
modo que la imagen con la que es posible fusionarse (paso 3). Cobra sentido
aquí la propuesta religiosa del “todos somos hermanos” o la “brotherhood of
men” (habría que decir, en tiempos de políticamente respetuosa terminología,
“siblinghood of persons”, pero da la impresión de que esta construcción echaría
por tierra la armonía de “Imagine”). Estas consignas proclaman la igualdad
(identidad, fusión) de los seres humanos y representan un intento de extender
el grupo y la solidaridad más allá de lo más básico, elemental y mediado por la
oxitocina. Formar a los niños en el reconocimiento como iguales (en la
identificación que favorezca la fusión) con otros colectivos generalizaría el
impulso altruista y reduciría las posibilidades de actuación agresiva, violenta
o egoísta. En otros términos, si el ser humano viene de fábrica con disposición
a la ayuda intragrupal, en la medida en que seamos capaces de ampliar el grupo
reconociendo a otros humanos como integrantes del mismo fomentaremos la
solidaridad, la cooperación y la paz.
-Lamentablemente, si bien nuestra especie pudo progresar
mediante la cooperación y la disposición de su cerebro hacia el altruismo, otro
rasgo que nos caracteriza es el de la escisión o ruptura de los grupos, un
fenómeno tan ubicuo que se han propuesto mecanismos evolucionistas y ecológicos
para explicarlo. La escasez de recursos, la emergencia de nuevos líderes carismáticos,
o simplemente la aparición de oportunidades de exploración o mejora de
alternativas, hacen que el ser humano, solidario, cooperador, tienda a romper
sus grupos que, una vez disueltos se convierten a menudo en enemigos
difícilmente reconciliables. Las bromas entre vecinos (los chistes que
bizkainos cuentan de gipuzkoanos y viceversa) no dejan de ser la manera benigna
de trasladar al humor la tendencia a la deshumanización de otro muy cercano, para
darle connotaciones negativas, como ser inferior, como malvado o como infiel en
un impulso que posiblemente tenga su expresión más intensa en la violenta y
genocida diferenciación religiosa y alfabética de serbios y croatas, un
colectivo de origen e idioma común.
-En esta línea, asistimos al reconocimiento de derechos de grupos
que una vez articulados ponen el acento en la diferencia y exigen (y de lo
contrario se sienten agraviados) el cumplimiento de sus premisas, intereses y
deseos o que pasan, paradójicamente, a cuestionar los de otros colectivos. La
proliferación por decenas de “géneros” que reclaman la adaptación de la vida
social a sus necesidades (o deseos, o intereses) corre el riesgo de convertirse
no en el reconocimiento de la diferencia, sino en el mecanismo de
diferenciación. No en el puente para la inclusión en el grupo, sino en la vía
para la escisión a través del agravio real o supuesto. El cisma existente en el
feminismo francés con la consolidación de un movimiento específico de
“afromujeres” (Mwasi) es otro ejemplo de la tendencia humana a la separación. Y
el emergente racismo “antiblanco” en algunos medios universitarios
norteamericanos ilustra que una vez configurado el grupo, una vez consolidados
los lazos de solidaridad intergrupales, una vez articulado el “nosotros”,
cuesta poco identificar “ellos” enemigos, anatemizarlos y negar sus derechos.
-La dialéctica entre altruismo (y la posibilidad de
extenderlo si ensanchamos el grupo) y la escisión (que genera más grupos y
potencialmente más conflictos) se complica con el fenómenos de identificaciones
que aparentemente están muy distorsionadas. El animalismo, con reconocimiento
de los derechos de los animales y la incorporación al “nosotros” de primates,
cetáceos, mamíferos en general, o cualquier otro grupo, no tiene por qué ser
anómala ni criticable, indudablemente. Pero sí tiene algo de peculiar, extraño
e incluso poco natural que la solidaridad hacia esas especies incorporadas a
nuestro “nosotros” difumine la compasión hacia miembros de nuestra especie. La
reacción hostil hacia un niño enfermo que quería ser torero, al que en las
redes sociales alguna persona deseó la muerte, hace pensar en una aberración de
los pasos 2 y 3 del cerebro altruista de Pfaff, en la medida en que se
establecen vínculos e identificaciones más sólidas con el bovino torturado y herido
de muerte que con el humano con una enfermedad mortal. En este sentido, no
parece que tildar de inhumana esa reacción sea exagerado.
La teoría del cerebro altruista de Pfaff es atractiva y abre
sugerentes posibilidades para explicar nuestra fisiología, nuestra psicología y
nuestra conducta. Y también nuestra conducta patológica. Y aun nuestra conducta
problemática, moralmente incómoda o que desearíamos cambiar, pero que no por
ello deja de ser característicamente humana. Una vez más nos encontramos ante lo
apasionante que es la indagación acerca de la naturaleza humana y lo tortuoso
del camino para acercarse a su conocimiento.












