lunes, 30 de junio de 2014

Paciencia y Moral

Walter Mischel
La paciencia, la capacidad de esperar, es un rasgo de personalidad variable: unos somos más capaces de esperar que otros. Es también un rasgo que no se potencia en esta sociedad consumista. En los anuncios nunca se nos anima a que esperemos a comprar una cosa, el mensaje es siempre cómprala ya, si no tienes dinero cómprala con tarjeta, compre hoy pero pague mañana, como dice la canción de Cucharada.

Pero los sistemas morales se basan en individuos que miran al futuro y que pueden resistir la tentación de actuar de forma inmediata en su propio interés. La capacidad de esperar, de ejercitar la paciencia, es parte de nuestra facultad moral y a veces nos referimos a ella con otros nombres: autocontrol, autodominio, fuerza de voluntad, o retrasar la gratificación. Dentro del modelo de los Cinco Grandes (Big Five) de personalidad formaría parte de la dimensión responsabilidad (consciousness). 

Un hombre que ha estudiado esta facultad desde hace más de 40 años es Walter Mischel que ha realizado unos famosos experimentos, sobre todos en niños, aunque también en adultos. Su objetivo era averiguar cómo cambia en el tiempo esta capacidad de retrasar una gratificación y si la capacidad de esperar es un rasgo innato de la personalidad, una firma personal que predice la competencia intelectual en la vida posterior, así como otros problemas de control, como ludopatías, trastornos de alimentación, promiscuidad sexual y consumo de alcohol. En su estudio clásico, ofrecía a los niños unos caramelos pero luego se iba y les decía a los niños que si esperaban a que él volviera les daría muchos más. No les decía cuánto tiempo iba a tardar en volver y los niños no sabían cuánto tenían que esperar. El hallazgo más significativo en todas las culturas y clases socioeconómicas es que los niños de menos de 4 años  tenían muy poca o ninguna paciencia. Tomaban la recompensa inmediata en vez de una mayor recompensa posterior. Gradualmente, los niños adquirían la capacidad de controlar los impulsos. Pero lo interesante no era si se comían los caramelos (la mayoría lo hacía), sino cuánto eran capaces de esperar.

Se observó que la capacidad de retrasar la gratificación era muy variable en niños de 2 a 4 años. Esto indica que estas diferencias son un rasgo de personalidad innato porque aparece antes de que la cultura haya tenido tiempo de imponer su propia firma. Algunos niños, a la edad de dos años, esperan segundos, o minutos incluso, más que otros. Parece que el genoma crea un estilo de relacionarse con el mundo que bien internaliza las acciones o las externaliza. Los niños con una firma internalista asumen mayor responsabilidad por lo que pasa. Si alguien les da un helado, piensan: “ he sido bueno,me lo merezco”. Si un amigo deja de jugar con él concluyen: “será que no estoy jugando bien”. En el caso de los externalistas es justo lo contrario. Si le dan un helado dirán: “¡qué persona más maja!” y si dejan de jugar con ellos pensarán: “ será que está cansado”. Cuando se pasa el test de Mischel, de retraso de gratificación, a estos dos tipos  de personalidades, se ve que los internalistas esperan más a recibir la mayor recompensa. Y los internalistas violan menos las normas que les transmiten las madres: “no juegues con eso”, y engañan menos en juegos.

Es decir, que el autocontrol predice la tendencia a transgredir las normas, la capacidad de retrasar la gratificación está muy unida a la conducta moral. El número de segundos que un niño es capaz de esperar predice, como si fuera una bola de cristal, su futura conducta moral, su estilo ético, si queremos. Si miramos cuánto espera podemos extrapolar a cómo va a ser de adolescente y de adulto. Niños de sexto grado que eran impacientes engañaban más en ciertos test de juegos que los que eran pacientes. Los niños que tomaban la recompensa inmediata era más probable que acabaran como delincuentes institucionalizados que los que esperaban. En un estudio longitudinal en que se siguió a niños muy pequeños hasta la edad adulta, los que esperaban más se enfrentaban mejor a situaciones negativas en el futuro, encontraban empleos más seguros, mayor nivel de estudios y tenían relaciones románticas más estables. Los impacientes también respondían con más ira y agresividad hacia sus compañeros y parejas que los pacientes. 

Por lo tanto, estos estudios sugieren que la impaciencia o impulsividad en los test del estilo de los realizados por Mischel, es un excelente predictor de quién va a transgredir las normas de la cultura, y no sólo de su nivel futuro de estudios o de ingresos. La capacidad de esperar del niño pondrá limites a su capacidad de ser justo con los demás y revela algo muy profundo acerca de la personalidad de un sujeto. La paciencia no sólo es una virtud, sino un marcador del éxito en la vida. El problema es que ese éxito depende de una característica innata en buena medida.

Y estos experimentos nos plantean otro problema. Si los que esperan van a tener mejores ingresos, trabajos, relaciones románticas, etc., ¿por qué la evolución no ha eliminado los tipos impulsivos? La respuesta es que la paciencia no es siempre una virtud, depende del ambiente y la cultura en la que está inmerso el sujeto. Cuando el ambiente es inestable, o cuando hay poco recursos, esperar al mañana tiene un coste y es mejor tomar el pájaro en mano ya. Por eso siempre habrá una variación en esta dimensión, porque los dos tipos de personalidades tienen ventajas e inconvenientes.

@pitiklinov

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