lunes, 7 de julio de 2014

El Placer de la Incertidumbre

Timothy D. Wilson
El libro Redirect, de Timothy Wilson trata del poder que tiene cambiar las historias que nos contamos a nosotros mismos para cambiar nuestra vida. Es conocido desde la antigüedad que la forma en que interpretamos el mundo es muchas veces lo que nos hace sufrir, y no tanto la realidad objetiva exterior. Y nuestra interpretación del mundo tiene sus raíces en las narrativas que construimos acerca de nosotros mismos y de nuestro mundo social. Para solucionar los problemas de la gente tendríamos que redirigir sus interpretaciones del mundo en direcciones más sanas. El cambio se conseguiría “editando sus historias”, pero, para entender por qué hace la gente las cosas que hace, hay que ver el mundo a través de sus ojos y entender cómo dan ellos sentido a lo que les ocurre. Una vez comprendido esto es cuando podemos editar sus historias y redirigirlas.

Este enfoque no tiene nada de nuevo. Prácticamente todas las psicoterapias buscan esto mismo, por ejemplo la Terapia Cognitiva. Sin embargo, la teorización de Wilson parte de las ideas de Kurt Lewin de los años 30 y 40 del siglo pasado. Lo que él llama “editar historias” es un conjunto de técnicas destinadas a cambiar los cuentos que nos contamos a nosotros mismos para conseguir un cambio permanente en la conducta de la persona. Una de estas técnicas puede ser escribir acerca de los problemas que tenemos, algo que inició James Pennebacker y que luego se ha visto en muchos estudios posteriores que funciona; escribir acerca de los traumas personales y problemas hace mejorar psíquicamente a la persona, e incluso mejora su sistema inmune.

Pero en esta entrada quería comentar un aspecto en particular que trata Wilson, que es lo que él llama el placer de la incertidumbre. Partimos entonces de que cuanto mejor podamos explicar y entender los sucesos negativos que nos ocurren, antes nos recuperaremos de ellos. Imaginemos ahora que tu padre tiene enfermedad de Huntington, que es una degeneración del sistema nervioso hereditaria, de manera que si tu padre está afectado tienes un 50% de padecerla. Tú tienes veintitantos años (la enfermedad aparece más tarde, en los 30 o los 40) y puedes realizar un test para saber si desarrollarás o no la enfermedad, ¿lo harías? Tal vez sería mejor dejar las cosas y que la naturaleza siga su curso…

Bien, hay por lo menos un estudio que ha investigado este problema. Los investigadores siguieron a un grupo de jóvenes que decidieron realizarse el test  y les pasaron escalas de depresión y demás nada más realizar el test, a los 6 meses y al año. Los que recibieron las malas noticias estaban devastados al principio, pero a los 6 meses y al año la situación de ambos grupos era indistinguible, es decir, ambos grupos, tanto los que iban a desarrollar la enfermedad como los que no, estaban igual de bien. Pero lo más sorprendente es lo que ocurrió con un tercer grupo que también siguieron los investigadores: los que no quisieron hacer el test, o en los que el resultado no fue concluyente. Al principio este grupo estaba bien, pero al de un año tenían más depresión y malestar psíquico en general que los otros dos grupos. Dicho de otra manera: los que tenían un 100% de probabilidades de tener la enfermedad y morir jóvenes se encontraban mejor que los que tenían un 50% de probabilidades de estar sanos y no tener ninguna enfermedad. No parece lógico…

La explicación podría estar en el papel que juega la incertidumbre. Los que no estaban seguros de su estado de salud no podían realizar ese proceso de cambio de narrativa que se supone que habían realizado los que ya conocían su diagnóstico. Los que habían dado positivo en el test e iban a desarrollar la enfermedad podrían haber cambiado la narrativa, por ejemplo, hacia pensar que su vida iba a ser corta pero que la iban a disfrutar a tope y a vivir con más intensidad…Los que habían dado negativo también podían seguir con su vida. Pero los que estaban en la incertidumbre eran los que se habían quedado estancados. Esto lo vemos todos los días en los procesos de ruptura de parejas. Estas rupturas no suelen ser radicales, de un día para otro, sino que suele ocurrir un período de ambivalencia en el que se toma la relación, se deja, quedas como amigos, se vuelve a romper…y uno no sabe a qué atenerse. Cuando al final se rompe definitivamente, entonces se cambia la narrativa y , aunque sea traumático y se pase mal, al final se supera la ruptura. Pero si ese periodo de ambivalencia se prolonga indefinidamente también lo hace el sufrimiento.

Hasta aquí todo bastante esperable, pero ahora viene lo más contraintuitivo. Decíamos, resumiendo, que dar sentido a los sucesos negativos es el primer paso para recuperarnos de ellos, que explicar los sucesos negativos desactiva su poder. Pero, ¿qué ocurre si entendemos o damos sentido también a las cosas buenas que nos pasan? Pues aquí viene la paradoja, que lo mismo que entender los sucesos negativos atenúa su impacto, eso mismo ocurre al entender los sucesos positivos, es decir, aclarar la incertidumbre evita el dolor, pero también el placer. Si reducimos la incertidumbre acerca de los placeres de la vida, y los entendemos demasiado bien, les robamos la magia que los hace placenteros. En la novela Enduring Love, Ian McEwan dice: “ La gente a menudo señala lo rápido que lo extraordinario se convierte en lugar común. Lo predecible se convierte, por definición, en el telón de fondo, dejando la atención despejada, lista para tratar con el azar y lo inesperado”.

Por lo tanto, la gente quiere entender las cosas buenas de su vida para vivirlas nuevamente, pero al hacer eso se reduce el placer que obtienen de esos eventos. Es por eso que escribir lo que se llaman diarios de agradecimiento, en los que las personas escriben acerca de las cosas de su vida por las que están agradecidos, no funciona muchas veces. Para evitar que ocurra esto Wilson propone la llamada técnica de George Bailey, el protagonista de Qué bello es vivir!, basada en lo que le hace el ángel a George: enseñarle cómo habrá sido el mundo si él no hubiera nacido. Lo que Wilson y cols. proponen a sus sujetos en uno de sus experimentos es que sustraigan, que resten de su vida, aquello que consideran valioso. Por ejemplo, en un estudio con parejas felizmente casadas, les proponen que se imaginen cómo habría sido su vida si no hubieran conocido a su pareja. Un grupo escribe la historia de cómo se conocieron y otro escribe sobre cómo no llegaron a conocerse. Los que estaban en el grupo de la técnica de George Bailey informaron sentirse más felices con su relación que los otros. 

Los que contaron la historia de cómo se habían conocido ya habían hecho eso mismo incontables veces y , a fuerza de repetirla, había perdido su impacto. Pero imaginar que una de las cosas más importantes de su vida podía no haber ocurrido la convirtió de nuevo en sorprendente y especial, e incluso en algo misteriosa, y estas características son las que hacen que obtengamos placer de las cosas buenas de la vida. O eso por lo menos es lo que dice Wilson…

@pitiklinov

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