sábado, 23 de enero de 2021

Malos tiempos para el escepticismo

   



“Una sociedad liberal se sostiene sobre el principio de que todos debemos tomar en serio la idea de que podemos estar equivocados. Esto significa que no debemos poner a nadie, ni siquiera a nosotros mismos, fuera del alcance de la crítica.”

-Jonathan Rauch


“La señal de una inteligencia de primer orden es la capacidad de tener dos ideas opuestas presentes en el espíritu al mismo tiempo y, a pesar de ello, no dejar de funcionar”.

-Scott Fitzgerald



Vivimos unos tiempos muy malos para el escepticismo, la razón, la crítica, la duda y los matices. Hoy en día las narrativas se venden en paquetes y tienes que comprar el paquete completo y sólo hay dos posiciones, los que compran el paquete completo o los que lo rechazan. Como digas: “pues mira, de tu narrativa me parece bien esto y esto pero sin embargo creo que eso de ahí y eso otro no es así…”, automáticamente vas al lado de los negacionistas, conspiranoicos o de los enemigos que rechazan ese discurso y lo que ello conlleva. La crítica racional, o la duda razonable, han desaparecido, sólo hay buenos y malos, blanco y negro.


Recientemente he leído Kindly Inquisitors, un libro que -aunque está escrito inicialmente en 1993- sigue siendo muy actual (lo cual son malas noticias porque indica que las cosas han ido a peor). En él, Jonathan Rauch hace una defensa de la ciencia, de la libertad de expresión y del escepticismo. En este libro, Jonathan Rauch resume así el principio esencial del escepticismo: “debemos todos tomar en serio la idea de que cualquiera de nosotros, y todos nosotros, podríamos, en cualquier momento, estar equivocados.” Nadie está por encima del escrutinio y tampoco lo está ninguna creencia.


Un corolario de este principio es que la crítica sincera es siempre legítima. Si cualquier creencia puede ser errónea, nadie puede legítimamente afirmar que se ha acabado la discusión, nunca. 

-En otras palabras: nadie tiene la última palabra.


Y otra conclusión es que ninguna persona puede decir que está por encima de ser evaluado o criticado por otros. Además, si todo el mundo puede estar equivocado nadie puede reclamar tener un poder especial para decidir lo que está bien y está mal.

-En otras palabras: Nadie tiene autoridad personal (tiene la que le otorga sostener una creencia que, de momento, está respaldada por datos y no ha sido refutada, no una autoridad personal)


De acuerdo con estas premisas obtendríamos la regla escéptica que dice: “Nadie tiene la última palabra: tú puedes afirmar que una declaración está establecida como conocimiento sólo si puede ser refutada, en principio, y sólo en la medida en que aguanta los intentos de refutarla.”


Esto no quiere decir que valga igual lo que dice la OMS que los antivacunas ni requiere tampoco renunciar al conocimiento. Y no quiere decir no llegar a conclusiones o a actuaciones. Adelante, concluye lo que quieras o toma decisiones y explica las razones. Pero a lo que sí hay que renunciar es a la certeza y hay que admitir que esas decisiones y creencias pueden necesitar ser corregidas.


Como decía, hoy en día ha desaparecido en la gente la capacidad de albergar en su mente ideas contradictorias, como dice Scott Fitzgerald, y convivir con la realidad de que todo es complicado y con muchos matices de grises, que casi nada es blanco y negro. Esta parece ser la esencia de la nueva visión de narrativas en paquetes. Hoy en día es imposible ya un planteamiento del tipo: “Por un lado tenemos tal…pero por otro lado -junto a lo anterior, al lado de lo anterior- tenemos cual”. 


La amenaza al escepticismo viene desde diferentes frentes. Por un lado, están los fanáticos. Los fanáticos ya saben cuál es la verdad, el principio fundamentalista es: los que saben la verdad deben decidir lo que está bien y el que niegue la verdad evidente deber ser castigado. Es el totalitarismo, tener ideas incorrectas es un crimen y ésta ha sido la doctrina de algunas religiones, por ejemplo, la cristiana.


Pero otras amenazas a este escepticismo provienen desde posturas humanitarias e igualitarias aunque conducen a un lugar parecido. Permitir las ideas incorrectas o los “errores” es arriesgado y han proliferado los fact-checkers y avanza por todos lados la tentación de crear Ministerios de la Verdad. Preocupa la desinformación, las noticias falsas y con razón. Pero contra esta tendencia, Rauch nos plantea que suprimir los errores tiene más riesgos y peligros que no suprimirlos, básicamente porque para llevarlo a cabo hay que crear una autoridad que dice lo que es verdad y lo que no lo es. Una vez creada esa autoridad, un “error” será cualquier cosa que las autoridades no quieren oír. Circula un chiste -que ilustra esto muy bien- que dice que en la URSS por supuesto que había libertad de expresión, lo único que ocurría es que no se permitía decir mentiras… Obviamente, el Politburó decía lo que era verdad y mentira. Es oportuno recordar que casi todas las grandes ideas fueron al principio consideradas erróneas y subversivas. Con Ministerios de la Verdad nunca habrían salido adelante, los Ministerios de la Verdad no van a favorecer el progreso. Un mundo como el reflejado en la novela 1984 de Orwell no es un modelo a seguir.


¿Y por qué está desapareciendo esta capacidad de disentir de una manera razonada, de hacer una crítica constructiva, de aceptar que en muchos temas hay, a la vez, razones a favor y razones en contra? ¿Por qué hemos caído en el “si no estás a favor estás en contra” en el “con nosotros o contra nosotros”? ¿Por qué este pensamiento por lotes? Pues como todo en esta vida las razones son complejas pero una de ellas es que estamos moralizando todos los temas. Cuando se moralizan los temas, como veíamos en la entrada anterior, nuestra postura es la verdad absoluta, desaparece la tolerancia y tendemos a poner el fin por encima de los medios. Las reglas que defiende Rauch pueden parecer muy exigentes pero son un pilar central de nuestra sociedad para poder gestionar los conflictos que siempre van a existir y para poder seguir haciendo ciencia. 


@pitiklinov



17 comentarios:

Francisco Muñoz Gutiérrez dijo...

¡Mon Dieu! Qué coctail espirituoso de retórica on the rocks a ritmo de salsa de los 90. Así que si digo que dos mas dos es cuatro, nadie tiene la última palabra; nadie tiene autoridad personal… y si insisto estoy creando el «Ministerio de la Verdad»… Así que debemos todos seguir el principio esencial del escepticismo de ese tal ilustre Jonathan Rauch. Empecemos pues por considerar que el ilustre Rauch está profundamente equivocado. 24/01/2020 15:45

12monos dijo...

Pues no, no tienes la última palabra. Porque cuando dices que dos y dos son cuatro tal vez equivoques tus premisas y en realidad no eran dos sino dos y medio, con lo cual da cinco. O uno con noventa y nueve con lo que da menos de cuatro. Y qué decir si esos doses tienen signo opuesto, entonces están lejísimos de ser cuatro.
Pero aún asumiendo que aciertes en tus premisas y sean doses pelados y exactos del mismo signo, en ciertos contextos bajo la interpretación de sinergias positivas y negativas, dos más dos no siempre son cuatro.
Geométricamente, si sumas dos cuadrados perfectos yuxtapuestos compartiendo un lado con otros dos idénticos en el sentido adecuado obtendrás, oh sorpresa, cinco cuadrados perfectos. Si en cambio simplemente los superpones en el área de uno de los cuadrados tendrás lamentablemente tan sólo tres cuadrados perfectos.
¿Que dos y dos son cuatro dices? Ya, pero cómo, cuándo y dónde.
Y eso con la afirmación más ridículamente simple que se te ha ocurrido, por no entrar en asuntos harto más complejos.
Antes de considerar que alguien está equivocado tómate al menos antes el esfuerzo de comprenderlo.

Francisco Muñoz Gutiérrez dijo...

Chaval; cuenta los monos porque seguro que tienes más de 12. ¿Cómo, cuando y dónde?... eso ya lo controlas tú porque con tanto mono la promiscuidad es alta, las sinergias divergentes y la geometría multiversa. Con esas condiciones yo no diría que tus afirmaciones sean ridículamente simples; seguro que son complejas de comprensión y de diagnóstico. Buen día.

Anónimo dijo...

12monos, con tu respuesta al comentario anterior queda todo claro. Lo único importante para ti es ganar el argumento y sentir que tienes razón. Las palabras no significan nada para ti, no te importa si es verdad o mentira lo que dices, lo que importa es tener razón, ganar, sentirte más listo que el otro. Da igual si dices la tontería más grande, si tienes que inventarte supuestas premisas donde dos no es dos y cuatro no es cuatro, mientras sientas que tu contrincante se ha quedado sin nada que decir.

Cuando la gente a tu alrededor se largue y te deje de hablar, cansada de discutirte obviedades y de tu pseudo-sofismo relativista de niñato impertinente, entonces pensarás que has ganado, incapaz de entender la diferencia entre dejar al otro sin argumentos o hartarles con tus simplismos. Mientras tanto, dos y dos seguirán siendo cuatro, la tierra seguirá siendo redonda, y las vacunas seguirán sin tener microchips dentro.

Jean-Paul Sartre hablaba de antisemitismo, pero aplica perfectamente a los conspiranoicos y otros escépticos sistemáticos de la realidad, a quienes piensan que dos y dos sólo son cuatro si con ello se les da la razón:

"Never believe that anti-Semites are completely unaware of the absurdity of their replies. They know that their remarks are frivolous, open to challenge. But they are amusing themselves, for it is their adversary who is obliged to use words responsibly, since he believes in words. The anti-Semites have the right to play. They even like to play with discourse for, by giving ridiculous reasons, they discredit the seriousness of their interlocutors. They delight in acting in bad faith, since they seek not to persuade by sound argument but to intimidate and disconcert. If you press them too closely, they will abruptly fall silent, loftily indicating by some phrase that the time for argument is past.”

Anónimo dijo...

alguno se sorprendería aún más de lo que lo hicimos los alumnos cuando el primer día en la carrera de matemáticas un profesor nos hizo una demostración bastante larga y compleja para demostrar que 1+1 no era 2 y que todo dependía de las premisas

Anónimo dijo...

La hostia con los intensitos de primero de matemáticas. Que si, que uno más uno en módulo dos es cero, y en módulo Fran Perea uno mas uno son siete. Sois muy listos todos. Tomaos una galletita y un vaso de leche e iros a dormir, anda, que están hablando los adultos.

Anónimo dijo...

Mucho me temo que el que ha escrito:

- alguno se sorprendería aún más de lo que lo hicimos los alumnos cuando el primer día en la carrera de matemáticas un profesor nos hizo una demostración bastante larga y compleja para demostrar que 1+1 no era 2 y que todo dependía de las premisas

no entendió a su profesor de matemáticas. Más bien lo que te demostró es que 1+1 puede ser también otras cantidades (por ejemplo, puede ser 4 si trabajamos en los enteros módulo 2), pero en ningún caso te justificó que 1+1 sea diferente de 2.

12monos dijo...

Hay un comentario anónimo que me ha recordado a un viejo disco, se llamaba: y ése que tanto habla, está totalmente hueco, ya sabes, el cántaro vacío es el que más suena.

Anónimo dijo...

Dada una vaca esférica en el vacio...

Ikki dijo...

Yo lo único que veo por parte de gobiernos y corporaciones es la infantilizacion de la sociedad. Hacer incapie en las emociones por encima de la razón. Mientras más emocionales mejor para el gobernante incompetente y el sacerdote de turno. Promovamos la estupidez y la mediocridad y hagamos rico a personajes de medio pelo para que sean ídolos y moldes de nuestros jóvenes y el corrupto podrá seguir saqueando sin miedo a represalias,ya que los niños no son capaces de decir las cosas a la cara ni afrontar los problemas con contundencia.

Héctor dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Héctor dijo...

Yo supongo que es cuestión de perspectiva, porque a mi forma de entenderlo (seguramente influida por mis experiencias y mi visión de las cosas), yo afirmaría que es al revés; estamos viviendo una época del relativismo moral y ético, del todo vale, estamos empezando a atacar a valores que sustentan la democracia actual por el simple hecho de cuestionar todo, movido por el beneficio personal y no siempre se entra a ese debate con las mismas armas. Creo que todo debate sería posible si entrásemos al debate en las mismas condiciones, pero esa no es la realidad de las sociedades humanas.

Los seres humanos no somos números, uno no puede demostrar la misma fórmula todo el rato ante cualquier persona cuando tratamos temas sociales, pues ahí influyen muchos factores; por ejemplo, que la igualdad, la justicia, el respeto, la libertad son fundamentales y la carencia de ellas o la supremacía de uno solo de estos valores sobre el resto, puede ser fatal. Entra ahí la experiencia propia, las emociones, valores como la empatía, el propio sesgo, etc. Por eso no se puede poner todo el rato en debate ciertas cosas, se podría si estuviéramos ante seres totalmente imparciales sin ningún tipo de influencia, ahí sí entendería cualquier clase de escepticismo, pero no es ese el caso.

¿Os imagináis a un niño de 4 años llamándole absolutista a su padre por no dejarle beber un bidón de gasolina? Y diréis: "ya, pero eso mismo defiende el escepticismo, que si es el bidón de gasolina es malo, se lo debes poder demostrar a tu hijo'. Y he aquí justo donde recupero mi párrafo anterior, eso sería así, si nosotros fuéramos números y no seres humanos con todo lo que conlleva. Siguiendo con el ejemplo, imaginemos que el padre tiene varios hijos de una edad entre los 4 y los 7, y ahora se hace un debate en torno a si beber un bidón de gasolina. Los niños por afinidad de edad se juntan, un niño puede decir que el tiene la libertad de beber el bidón, otro puede decir que la gasolina tiene carga de energía como lo hacen con los coches. Tú podrías explicárselo, pero no serían capaces de entenderlo. Después de eso se vota, sale que sí, que se puede beber el bidón de gasolina. ¿Y entonces qué ocurre...? Es que hay muchas cosas que se ponen en juego a la hora de debatir entre grupos de seres humanos.

Como conclusión, creo que la clave es una especie de relativismo absolutista, que en realidad es lo que ya hay. Debatir todo pero sabiendo que hay unas bases fijas que permiten que, efectivamente, se pueda debatir todo y que, si se debaten esas bases, se puede eliminar el propio debate también.

Dicho todo esto, aclaro que no quiero decir que no me haya gustado el artículo, simplemente hay ahí una parte en la que difiero. Pero vamos, también quiero decir que el tema del artículo me gusta, me sugiere y hace que me plantee otras cosas, lo cual es muy de agradecer :)

Un saludo.

Anónimo dijo...

En nuestras maravillosas "democracias" nunca había sido problema la libertad de expresión, al fin y al cabo los discursos con capacidad de tener verdaderos efectos sociales solo estaban al alcance de los grandes poderes políticos y mediáticos. Mientras solo ellos tuvieran eco suficiente para que su discurso tuviera efecto, todo iba bien.
Pero ¡ay! aparecieron las redes sociales y de pronto cualquiera puede sostener un discurso que sea oído por miles y miles de personas... y ahora sí, en nuestras maravillosas "democracias", de pronto la libertad de expresión es un "problema".
Curioso ¿no?
Da la sensación de que alguien muy poderoso se ha quedado sin el monopolio de la verdad, de la mentira y de la tergiversación...
No pasa nada: ya se está encargando la propia borregada de pedir que la censuren. Vivir para ver.

Anónimo dijo...

Por cierto, todo el mundo sabe que 2 más 2 son 22.

Sipe dijo...

Articulo muy bueno, pero dificil de entender y aplicar, la prueba son los enfrentamientos que genera, el querer tener razon, dando los argumentos que a cada uno le interesan. Pero realmente estamos evolucionando para poder trabajar en los dos puntos de vista que son opuestos el uno al otro al mismo tiempo?, almenos en algunos temas, no es preciso que sea en todos. Ejemplo de que no somos capaces son los politicos, no hace falta llegar al ejemplo de los fundamentalistas.
Si al ser humano, lo dejamos que siga evolucionando, biologica y socialmente, algun dia llegará a poder trabajar y debatir, especialmente en aspectos sociales, con temas opuestos, en los que se puede tener parte de razon y en parte estar equibocado. Será un gran avance, mientras tanto aguantarnos.

Sipe dijo...

He vuelto a leer mi comentario y me he equivocado, pues he escrito la palabra equivocado con "b" ja ja ja, todos nos podemos equivocar en una cosa o en otra, disculpas y saludos.

Jan dijo...

El artículo está interesante e invita a la reflexión y al debate.
Muy buena la cita de Scott Fitzgerald.
Vivimos tiempos chungos, sí, de blanco o negro, maniqueos, sin lugar a los matices, de el fin por encima de los medios.
Dado que yo sí veo matices y tengo espíritu crítico, hay quien me cataloga como negacionista. Por supuesto lo rechazo y me defino más bien como racionalista: hay cosas que mi razón no acaba de calibrar, sospecho que porque parecen escapar a la razón misma.
"El sueño de la razón produce monstruos", "El corazón tiene razones que la razón ignora",...
Es cierto que todos podemos estar equivocados, que nadie está por encima de nadie, que nadie tiene nunca la última palabra. Pero esto es sobre el papel. Por eso nunca aceptaré la autoridad impersonal de un Ministerio de la Verdad, fuese soviético o sea monárquico-neoliberal.
Sin embargo algunos de nosostros, en situaciones concretas y a veces incluso de riesgo personal físico, tomamos decisiones y acciones que comportan transgredir esos principios. De tal manera que nos vemos ejerciendo una autoridad personal, no precisamente respaldada en creencias, sino en urgencias o necesidad perentoria, aparte de en nuestra fuerza vital. Sacamos lo mejor o lo peor de nosotros, pero es por nuestra supervivencia o por la de los nuestros, en ese preciso momento.
Si eres creyente, verás que en los evangelios Jesucristo transpira autoridad personal en y entre cada parábola. Cuando actúa haciendo milagros ya ni te digo. Y él no cree, él sabe o, más 'heavy' aún: él es, o al menos va de eso.
Saludos