sábado, 27 de febrero de 2016

¿Por qué nos indignamos moralmente?

Los seres humanos tenemos un apetito por la indignación moral. No creo que exagero si digo que vivimos una auténtica epidemia de indignación moral. Sólo hay que asomarse a Twitter para verlo, pero también en el mundo real vemos cómo los de un partido político se indignan con los del polo opuesto, los ateos con los religiosos y viceversa, y en nuestra vida personal no dejamos de criticar a los amigos, colegas y vecinos que se comportan mal, según nuestros valores. Todo el mundo se siente ofendido en estos tiempos. Probablemente siempre ha sido así pero tal vez ahora tenemos más vías y medios para expresar nuestra indignación moral y es más visible.

¿Por qué nos ponemos tan furibundos, incluso cuando la ofensa en cuestión no nos afecta directamente? La explicación admitida es que denunciamos los que hacen el mal porque valoramos la justicia y queremos un mundo mejor, se trata de una conducta que no tiene nada de egoísta…O eso es lo que creemos, porque acaba de salir un estudio que aporta pruebas de que las raíces de nuestra indignación moral son, por lo menos en parte, egoístas.

Se trata de un trabajo de Jillian Jordan, Paul Bloom, Moshe Hoffman y David Rand  en Nature, del que tenéis un buen resumen en el New York Times, realizado por los propios autores, que es el que yo estoy siguiendo para hacer esta entrada. Lo que estos autores sugieren es que la indignación moral es una forma de anunciarse o publicitarse a uno mismo: confiamos más en las personas que dedican tiempo y esfuerzo a condenar a los que se portan mal (según los valores de nuestro grupo, claro).

El artículo trata de resolver un problema evolucionista: ¿cómo puede surgir una conducta no egoísta como la indignación moral de un proceso evolucionista “egoísta”? La respuesta es que expresar indignación moral beneficia al que lo hace, a la larga, porque mejora su reputación. Los autores del artículo presentan un modelo teórico que es el de las “señales costosas” del que el clásico ejemplo es la cola del pavo real. Sólo los pavos reales sanos y con buenos genes pueden permitirse tener esas colas vistosas que funcionan como un anuncio de su calidad genética . De la misma manera, castigar a los que se portan mal funciona como una señal de integridad, de fiabilidad. Y esto es así porque castigar a los demás supone un coste, pero ese coste se recupera si a la larga los demás nos van a hacer favores o van a colaborar con nosotros al ver que somos personas de fiar. Por lo tanto, si ves que ser integro moralmente te da resultado vas a estar más dispuestos a castigar a los malos.

Es importante matizar aquí que estamos hablando de causas últimas y de un proceso evolucionista. Los autores no están diciendo que conscientemente hagamos esto. Es como comer, no lo hacemos porque queramos multiplicar nuestros genes sino porque nos gusta, pero la explicación última es que comer sirve para hacer copias de nuestros genes.

En el experimento realizado en el estudio no voy a entrar en detalle. Básicamente se le da dinero a una persona que puede dedicarlo a castigar a los que se porten mal mientras que otra persona observa su conducta y decide si confiar en él o no. El resultado es que efectivamente los que castigan más son más fiables y el observador hace bien en confiar en ellos.

La teoría propuesta por estos investigadores explicaría algunas cosas que vemos en Twitter donde ha habido casos absolutamente desproporcionados de linchamiento moral a algunas personas que puede que no hayan estado muy acertadas en alguno de sus tuits, como el de Justine Sacco y su broma sobre Africa y el SIDA. Fueran o no conscientes de ello, las personas que criticaron a esta chica lo que estaban haciendo no era realmente decir lo mala que era Justine sino lo buenos que eran ellos, que ellos no eran racistas.

La indignación moral es parte de la naturaleza humana pero es bueno saber que el castigo que dispara esta indignación se explica mejor no como una reacción proporcionada y justa sino como el resultado de un sistema que evolucionó para potenciar nuestras reputaciones individuales, sin demasiada atención a lo que eso supone para los demás. La próxima vez que te indignes con alguien recuerda plantearte si estás en realidad diciendo: “¡mirad qué bueno soy, mirad que cola más bonita tengo!

@pitiklinov







3 comentarios:

Mikel Itulain dijo...

Es natural que se aprecie a aquellos que se atreven a denunciar injusticias, aunque el denunciante acabe muchas veces malparado, porque contribuyen a la mejora y seguridad del grupo; sacando a la luz y poniendo en evidencia, por ejemplo, a los tramposos.

ΣAnr dijo...

Pertenecer. Liturgias y misas negras desde el anonimato. El grupo, pero cohesionado, al menos como ilusión, si no no es grupo. Algo que nada tiene que ver con la 'injusticia'. Ni con asimilar al otro o la ecuanimidad de juicio. Sino, de eso habla me parece el post, con el interés personal de arroparse a través de ideas enfáticas pero gregarias. Esencialismos (nacionales, estéticos, ideológicos...), y en este caso concreto, moral. Porque fuera hace frío y eres menos viable, simplemente. La verdad y lo justo estaría en otro sitio, supongo que más reflexivo, y pienso que generalmente más individual y menos indignado (consciente se sí).

idea21 dijo...

Está muy bien que se resalte que nos indignamos para que se nos aprecie. Eso está en contradicción con quienes presumen -presumen- de que se indignan por la injusticia objetiva.

"se atreven a denunciar injusticias, aunque el denunciante acabe muchas veces malparado"

Precisamente porque está bien considerado no suele suceder que el denunciante acabe malparado. Ésa es la excepción y no la regla. La masa acude al linchamiento, a abuchear al caído... de la misma forma que acude a vitorear al vencedor y al poderoso.

Una solución es crear entornos concretos donde el denunciante minoritario reciba el feedback correspondiente. ¿Por qué los judíos soportaron durante mil años los pogroms y los desprecios? Porque crearon una fuerte comunidad interna donde recibían apoyo moral y donde la idea de lo que era justo o injusto era diferente a la de fuera. Así, el denunciante de la injusticia que se cometía contra los judíos podía solo salir malparado si denunciaba FUERA de esa comunidad interna. Ya procuraba no hacerlo.