domingo, 6 de enero de 2013

La Teoría del Sociómetro de la Autoestima


Probablemente una de las nociones más queridas de la mentalidad occidental es la de la separación entre nuestros “yos”, encapsulados por la piel, la creencia de que somos como máquinas aisladas e independientes. Nuestra Psicología clásica ( conductismo, terapia cognitiva, psicoanálisis...) ha sido también una psicología individualista que se ha centrado en el sujeto de piel para adentro, como un ser autónomo. Hay que matizar esta afirmación porque también existen otras escuelas, como la Teoría de Sistemas que se aplica en Terapia de Familia, o la Psicología Social, que han hecho énfasis en las relaciones sociales, yendo más allá del individuo. Pero creo que es real el hecho de que la cultura occidental se centra de forma exagerada en el individuo. La Biología evolucionista nos dice, sin embargo, que somos seres ultrasociales, que venimos al mundo en un grupo, y que no podemos existir individualmente. El ancestro común del hombre y el chimpancé ya era social y las especies de australopitecos y de homo anteriores al homo sapiens ya eran sociales. Fuimos sociales antes de ser humanos. Y tal es el error del pensamiento occidental que en la filosofía y la política occidental han existido teorías, como la del Contrato Social de Rousseau, según la cual los individuos se unieron y cedieron sus derechos individuales para vivir en sociedad. Es evidente que esto no ha existido nunca, y como prueba nos podemos remitir a los niños salvajes, individuos criados aisladamente fuera del grupo, para darnos cuenta de que carecen de la mayoría de las cualidades, o capacidades, que consideramos fundamentalmente humanas, como el lenguaje, y probablemente la noción de un yo, o una identidad propia. Parece claro que los buenos salvajes no están en condiciones de firmar contratos. Esto nos sugiere que para entender muchas cualidades humanas ( yo, identidad, conciencia...) igual tenemos que partir del grupo y no del individuo. Aquí ya hemos hablado en un post anterior de la función social que cumplen las emociones.
Mark Leary

Partir del grupo es lo que hace la hipótesis llamada del sociómetro de la autoestima, de Mark Leary, que concibe la autoestima de una manera totalmente diferente a la tradicional, precisamente teniendo en cuenta nuestra naturaleza social. Se ha esgrimido la autoestima para explicar muchos fenómenos y patologías psicológicas, pero nadie se había preguntado qué función cumple la autoestima, por qué existe. Leary dice que el sistema de autoestima funciona como una especie de termostato, un sociómetro, que monitoriza el grado en el que el individuo es incluido o excluido por otras personas, es decir su aceptación social. Este sistema de sociómetro motiva a la persona para comportarse de maneras que  minimicen la probabilidad de ser rechazado o excluido por el grupo.

Dado que el ser humano en su estado primitivo es prácticamente incapaz de sobrevivir y de reproducirse, evolucionaron sistemas psicológicos que motivan a las personas para desarrollar y mantener un nivel mínimo de inclusión en las relaciones sociales y grupos. Mantener con éxito nuestras relaciones con los demás requiere un sistema que monitorice las reacciones de los demás, especialmente todo lo que signifique rechazo, exclusión o desaprobación. Este sistema debe alertar al individuo de cambios en su estatus de inclusión ( especialmente descensos de la aceptación social) y motivarle para realizar conductas que reparen o restauren la situación. Los sucesos que disminuyen la autoestima son sucesos que pueden llevar a la exclusión social, todo lo que pueda poner en peligro los vínculos sociales de la persona.

Por lo tanto, la gente no tiene que mantener la autoestima per se. La autoestima es simplemente un indicador de la calidad de las relaciones sociales de la persona. Si la persona realiza actividades que aumentan su aceptación social ( ayudar, ser cariñoso, logros importantes...) su autoestima aumentará. Si muestra conductas que le llevan a ser rechazado por el grupo ( violaciones morales, poseer características que son rechazadas socialmente, fracasos...), su autoestima sufrirá y se hundirá. Es muy interesante en este sentido notar que la autoestima está unida a procesos afectivos, es decir, que tiene un fuerte componente emocional. La alta autoestima hace sentirse bien y la baja autoestima es una sensación dolorosa. Como ya hemos aprendido en entradas anteriores -sin ir más lejos en la del sesgo de negatividad-, la naturaleza suele marcar con placer las cosas que quiere que repitamos y con dolor las que quiere que evitemos. Las amenazas al organismo ( o en general  estados en los que las necesidades no están cubiertas) se asocian a una sensación aversiva, precisamente para que el organismo actúe y resuelva la situación. Experimentamos sensaciones no placenteras con la sed, el hambre, el sueño o los peligros, pero nos sentimos bien cuando estamos saciados, hidratados, seguros y descansados. En el caso de la autoestima las emociones negativas aparecen cuando detectamos desaprobación o rechazo (puede ser real o imaginaria), porque esa situación es un peligro para nuestra supervivencia. Por contra, cuanta más aprobación y apoyo reciba una persona, más alta será su autoestima.

Leary y colaboradores, así como otros autores, han llevado a cabo varios trabajos con resultados compatibles con sus teorías, pero no los analizaremos aquí y remito al lector a la bibliografía. Es curioso, sin embargo, porque se trata de un ejemplo más del sesgo de negatividad, que los datos sugieren - aunque es un matiz difícil de precisar- que la función principal de la autoestima es evitar la exclusión, más que promover la inclusión. Sería parecido a lo que ocurre con el hambre: la motivación de la gente es evitar el hambre más que mantenerse lleno. Lo mismo que no tiene mucho sentido un sistema que lleve a la persona a tener el estómago siempre lleno, tampoco hay mucha razón ( hasta la llegada de Twitter y Facebook, por lo menos ), para empujar a la persona hacia una inclusión cada vez mayor y a una aceptación por un número cada vez mayor de personas. No hay que olvidar que hemos vivido el 99% de nuestra historia en pequeñas comunidades de alrededor de 150 individuos, el famoso número de Dunbar,(y en sociedades de cazadores-recolectores, hiciéramos lo que hiciéramos, nunca llegaríamos a tener más de 150 seguidores)

Pero todo esto que parece muy teórico tiene repercusiones prácticas importantes. Si es verdad lo que dice Leary, y la autoestima es un indicador, no tiene sentido actuar directamente sobre ella, como se propone en cantidad de libros y se hace en muchos talleres y clases ( se puede decir que hay toda una industria de la autoestima). En una persona con baja autoestima intentar reforzar o elevar la autoestima, per se, es como querer subir la aguja del marcador de gasolina para tener más gasolina en el coche. Si quiero más gasolina tendré que llenar el depósito, y no trucar el marcador. La linea de actuación para que una persona mejore su autoestima será ayudarle a desarrollar  capacidades que le conduzcan a ser aceptado socialmente: ayudar a los demás, habilidades sociales, aprender a tocar la guitarra o cualquier otro logro, colaborar en ONGs, ayudarle a expresar sus emociones, su cariño y amor a los demás adecuadamente, etc. Es decir, promover todo lo que conduzca a una mayor  inclusión social, llenar el depósito para que así suba la aguja. Lo contrario ( “quiérete a ti mismo”...) sería empezar la casa por el tejado ( si nadie te quiere es muy difícil que te quieras a ti mismo).

Puede haber un grano de verdad en la visión de la autoestima por la psicología popular, que tengas fe en ti mismo y seas optimista te va a ayudar a triunfar, pero tiene que haber realidades debajo de ello. Un caso extremo es lo que ocurre en el Trastorno Bipolar en la fase de manía en la que el sujeto se encuentra eufórico, contento y muy optimista. En ocasiones el sujeto consigue contagiar , arrastrar, y triunfar ante los demás porque todos preferimos estar con una persona alegre y optimista antes que con una triste. Pero esto suele tener un límite. El paciente se vuelve irritable y agresivo cuando se le contradice, y normalmente hay que contradecirle porque no presenta unos logros acordes con sus afirmaciones. Por ello la mayoría acaban ingresados. Este comportamiento de los maníacos respalda la afirmación de Baumeister -que veíamos en el post sobre el mal- de que una de las causas de la violencia es una autoestima artificialmente exagerada, una autoestima que no se apoya en hechos reales, porque ese individuo narcisista  reacciona agresivamente al ser desvalorizado. 

Dentro de la Biología Evolucionista hay una rama que se llama Teoría de las Señales dedicada a la comunicación entre individuos, al tema de la honestidad en las señales. Es verdad que a nosotros nos interesa autoinflarnos y presentarnos ante los demás como más importantes y mejores de lo que somos. Pero los demás han sido diseñados para no dejarse engañar, y “comprar”, como se dice ahora, lo primero que se les ofrece. Los otros individuos buscarán señales honestas que de verdad reflejen nuestra calidad.Si yo soy cocinero no vale simplemente con que me repita a mí mismo que soy muy guapo y el mejor del mundo. Tendré que hacer buena cocina y buenos platos. Y si me devuelven los platos sin tocar, o no viene nadie a mi restaurante, mi autoestima se hundirá. Si, por el contrario, escucho halagos: “¡qué rico está esto!” o tengo el comedor a rebosar, mi autoestima subirá como la espuma. En definitiva, al final los demás nos ponen en nuestro sitio.

Referencias

Leary, M. R., & Baumeister, R. F. (2000). The nature and function of self-esteem: Sociometer theory. In M.P. Zanna (Ed.), Advances in experimental social psychology (Vol. 32, pp. 1-62). San Diego, CA: Academic Press.

Leary, M. R., Tambor, E. S., Terdal, S. K., & Downs, D. L. (1995). Self-esteem as an interpersonal monitor: The sociometer hypothesis. Journal of Personality and Social Psychology, 68 , 518-530.

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